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Las representaciones de Dios en las tres religiones

Los historiadores tienen costumbre de describir un balanceo histórico de las religiones politeístas, representándose a sus dioses de forma antropomorfa o zoomorfa, con el Dios único creador del universo del judaísmo, el cristianismo y el islam. Esta visión no es errónea, pero hay que matizarla. Este paso ha sido bastante largo. Existen varios pasajes bíblicos donde el Dios de Israel se considera como el mayor y más digno de adoración, sin que se niegue la existencia de los demás dioses (Dt. XXXII 8-9; Ps. 29, 1, 89, 7; Jb. 1, 6). De la misma forma, el Corán no niega la existencia de fuerzas intermediarias entre cielo y tierra, pero rechaza categóricamente que se les dirija cualquier forma de culto. Por otro lado, un Dios completamente abstracto no sería expresable, ni incluso pensable. Los hombres, los creyentes, pasan necesariamente por el lenguaje. Describen a Dios mediante palabras humanas: conceptos, comparaciones, metáforas, paradojas. Estas palabras se retoman o inspiran de los textos sagrados (Biblia, Corán) o de los textos teológicos ulteriores. Por tanto, es totalmente legítimo hablar de las «representaciones de Dios» y compararlas.

 

Los rasgos comunes entre las evocaciones de Dios en las tres religiones «monoteístas» parecen perfilarse solos. A priori, estas tres religiones apuntan a un Dios idéntico. Efectivamente, hacen referencia a una historia sagrada común, de la que se encuentran elementos en la Biblia, retomada y aumentada por el Nuevo Testamento en el cristianismo y ampliamente recuperada, a continuación, en el Corán. El relato de la creación de Adán y de la primera mujer, de su pecado, los relatos en torno a grandes personajes como Noé y el diluvio, Abraham dejando su patria, acogiendo ángeles y listo para sacrificar a su propio hijo por orden divina, José en Egipto, Moisés recibiendo la revelación de Dios y transmitiéndola a los Hijos de Israel, Jesús nacido de la Virgen María realizando numerosos milagros y otros muchos se encuentran en los textos comunes. Dios habla mediante voces aparentemente similares, las de los patriarcas y los profetas: estos exhortan a los hombres abandonar los cultos paganos, dedicarse al culto del Dios único, respetar una cierta moral. Sus enemigos son los mismos: la idolatría, la perversión. Su finalidad parece idéntica: hacerse reconocer y adorar como única divinidad.

Los atributos divinos son vecinos en las tres tradiciones. Dios se evoca como un ser todopoderoso, omnisciente, sabio, justo, misericordioso, pero también severo o incluso vengador. Castiga a los rebeldes y malhechores, ama y recompensa a los creyentes justos. Varios textos, especialmente en la Biblia cristiana y el Corán, afirman la resurrección de los hombres y su vida eterna ante Dios, como una prolongación de esta acción de justicia. Cabe citar que todos estos textos describen cualidades humanas al hablar de Dios. El perdón, la misericordia y la justicia son algunas de las nociones totalmente humanas. Es decir, que el Dios monoteísta es un dios cercano, un Dios de relación con los hombres. Estamos lejos del destino impersonal de la Antigüedad, o de la Totalidad indecible evocada en las sabidurías orientales. Incluso si los creyentes monoteístas ya no representan la divinidad con un cuerpo físico, siguen concibiendo un Dios correspondiente a su propia vida moral.

 

Sin embargo, las diferencias entre las representaciones de Dios en las tres religiones no son menos patentes. El Dios según el judaísmo Se unió a un pueblo preciso, étnicamente hablando. La conversión al judaísmo no es imposible para nada; pero no hay que pasar por alto que el fundamento de la religión es una alianza entre Dios y toda una comunidad, que se compromete a respetar una Ley muy precisa. Por tanto, la comunidad judía no se siente concernida por las predicaciones cristianas y musulmanas, exteriores a la práctica de esta Ley. A la vez, el Dios del judaísmo se revela en términos humanos (en los textos bíblicos) y es totalmente trascendente, innominado. La relación primera entre Dios y los hombres se expresa mediante el respeto de una Ley, no por el asentimiento a un credo o una teología. Los profetas aparecen en la Biblia como hombres inspirados. Pero no son los únicos y, en el fondo, todo el pueblo judío es «portador de la revelación»; contrariamente al islam, que concede un puesto aparte a los profetas, intermediarios indispensables e irremplazables entre Dios y los hombres.

El Dios de los cristianos está humanizado, personificado, vino a la tierra para compartir el destino de las criaturas. Trasciende las etnias. Une a la comunidad en una relación de espíritu, no de ley: para San Pablo, la Ley hace conocer el pecado, pero simultáneamente somete al hombre, impidiéndole acceder a un estado verdaderamente espiritual. Sólo la vida «en espíritu» libera al hombre, asociándolo con Dios en Cristo. El Dios del cristianismo es prófugo en amor, en un movimiento que Él vive en Él mismo: el dogma de la Trinidad traduce una concepción en la que Dios Se vive como relación de amor. Dios, y la relación trinitaria que Él es, vive como germen en cada ser humano. Toda una parte de la tradición cristiana – el catolicismo, la ortodoxia – acepta y anima el respeto de las imágenes religiosas: como Dios ha manifestado su presencia a través de la persona de Cristo y los santos, es legítimo evocarlos mediante la imagen y la palabra. Las corrientes procedentes de la Reforma protestante son mucho más reticentes en cuanto a las representaciones figuradas.

El mensaje de Dios que se desprende del Corán recusa varias ideas judías: Dios es universal, se dirige a todos los hombres y no a una única comunidad. Por tanto, que Mahoma se reclame de una tradición bíblica sin ser de origen judío no plantea ningún problema. Los profetas se suceden para actualizar un único y mismo mensaje: adorar sólo a Dios y evitar la idolatría. Según el Corán, este mensaje se recuerda constantemente con el paso del tiempo, con las misiones de Noé, Abraham, Moisés y Jesús. De alguna manera, como revelación más reciente, el islam hace que el judaísmo y el cristianismo estén caducos. Por otra parte, el Corán rechaza elementos centrales de la doctrina cristiana: la idea de la encarnación divina en Jesús, el dogma de la Trinidad. El Dios del Corán quiere que lo honoren y le obedezcan a través de una práctica social – un poco como en el judaísmo – pero la Ley musulmana difiere considerablemente de los preceptos bíblicos y rabínicos. La mayoría de los teólogos musulmanes afirma la incapacidad del hombre para conocer a Dios por sus propias facultades. ¿Cómo conocer a Dios y representárselo? Por lo que dice de Él mismo en el Corán, por los nombres y cualidades que Él se atribuye. Aquí interviene el papel del exégeta, del gramático, del especialista de la tradición. Las personas autorizadas a hablar sobre Dios y su voluntad son los letrados, los que dominan completamente el texto del Corán, su lengua, así como las lecciones de Mahoma.

¿Se puede decir que los creyentes de las tres religiones adoren el «mismo» Dios? ¿Qué significaría aquí la palabra «mismo»? Dios no es un objeto de conocimiento que se pueda identificar. Algunas traducciones del Corán conservan el nombre «Allâh» y no lo traducen por «Dios», «God», etc. Los traductores argumentan que el Dios trinitario de los cristianos no coincide con la visión coránica. Las traducciones judías de la Biblia son más reticentes todavía a traducir los nombres hebreos de Dios. Fundamentalmente, tenemos aquí una cuestión de posibilidades. Un creyente de una religión X puede considerar que adora «el mismo» Dios que el creyente de la religión Y, pero también puede rechazarlo. ¿La oración del otro creyente será, según él, aceptada o no? ¿El otro será recompensado en el más allá? Cada uno elige su respuesta teológica. No es falso decir que el discurso sobre Dios remite, en definitiva, a un discurso sobre los hombres mismos.

P. L.

Bibliografía

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Attias J. –C., Benbassa E., Des cultures et des dieux – Repères pour une transmission du fait religieux, Fayard, 2007

Boespflug F., Dieu et ses images – Une représentation de l’Eternel dans l’Art, Bayard, 2008

Emery G., Gisel P., Le christianisme est-il un monothéisme ?, Genève, Labor et Fides, 2001

Oubrou T., L’Unicité de Dieu / al-Tawhîd – Des Noms et des Attributs divins, Paris, Bayane, 2006


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