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Los Ziríes y Hammadíez (972-1152)

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Después de tres siglos de dominación árabo-musulmana sobre las principales regiones de África del norte, los bereberes, islamizados en su mayoría desde el siglo VIII, establecieron un poder central en el Magreb oriental. Esta tarea fue asumida por los sanhaga, una gran confederación tribal cuyo territorio era la actual Argelia central. La familia de Ziri, hijo de Manad, tomó las riendas de esta confederación y se alió con el califato fatimí, instalado en Mahdiya, con un objetivo principal: conferir seguridad a la región y rechazar los movimientos de la confederación tribal de los zanata, aliados del califato suní de Córdoba.

Achir: una ciudad-fortaleza bereber-fatimí

Con el fin de llevar a cabo esta misión, el segundo califa fatimí, al-Qaim (r. 934-946), ordenó a Ziri la fundación de una ciudad fortificada, Achir, en los montes de Titri, al sur de Icosium (la antigua ciudad romana de Argel). El jefe de los sanhaga construyó la ciudad en el 935 y erigió en ella un palacio y una gran mezquita. Durante dos siglos, la ciudad conoció un florecimiento urbano considerable gracias a su situación en la ruta que comunicaba Kairuán y Fez, las dos grandes metrópolis del Magreb en aquella época. La arquitectura del palacio era de inspiración fatimí.

El regreso de la hegemonía bereber

En el 972, al-Muizz al-Din Allah (r. 953-975), cuarto califa fatimí, abandonó el Magreb para establecerse en El Cairo, ciudad fundada por su lugarteniente Gawhar. Confió el gobierno del Magreb a Bulugin (r. 972-984), que había sucedido en el puesto de jefe de los sanhaga a su padre, muerto en combate. Le dio el nombre de Abu-l-Futuh Yusuf y el título de Sayf al-Dawla. El nuevo jefe del Mabreb se separó de su territorio tribal y se instaló en la fundación califal fatimí de Sabra al-Mansuriya, cerca de Kairuán.

La toma de poder por parte de la familia zirí suscitó la resistencia inmediata de las tribus opuestas desde hacía tiempo a la emergencia de toda forma de poder estatal. La Orania y el extremo del Magreb (Marruecos) fueron desligados del territorio gobernado por los miembros de la familia zirí. Bulugin y sus sucesores tuvieron que llevar a cabo expediciones de pacificación sin por ello llegar a someter a las comunidades del Magreb occidental, aliadas al califato de Córdoba. Al-Mansur (r. 984-996)  sucedió a su padre y tuvo que enfrentarse a la oposición de sus primos y hermanos. En el 997, designó gobernador de la provincia de Tihart a su hermano Hammad con el fin de restablecer la autoridad de la familia dirigente en una región agitada. Tras varios fracasos, logró finalmente expulsar a las comunidades rurales rebeldes. Unos años más tarde, el Magreb central fue el escenario de una guerra civil cuyos actores fueron los primos del príncipe al-Mansur. Hammad tuvo que reprimir de nuevo la oposición familiar: mató a unos y provocó la huida de otros a al-Ándalus, donde en 1019 fundarían una dinastía bereber en Granada.

La ausencia de modos claros de transmisión del poder acentuó la crisis en el seno de la dinastía zirí. Los califas fatimíes de El Cairo impusieron a los ziríes una transmisión del poder de padre a hijo, mientras que la tradición tribal de los sanhaga era gerontocrática. En 1005, Hammad impuso a su sobrino, el príncipe Badis, un acuerdo de reparto del poder: el primero obtuvo los territorios del Magreb central y el segundo conservó las ciudades de Ifriqiya. La dinastía zirí se dividió en dos ramas: los badisíes, en Ifriqiya, cuya capital fue primero Sabra al-Mansuriya y luego Mahdiya, y los hammadíes, que fundaron sucesivamente la Qala de los Banu Hammad y Bougie para alojar a su corte.

La fundación de la Qala de los Banu Hammad

Sobre las ruinas de la fortaleza antigua de Qalat al-Hijara, a 35 km al noreste de Msila, Hammad fundó a los pies de la montaña de Takarusat una ciudad principesca, la Qala, cuyo nombre procedía de su topónimo anterior. Las obras de construcción empezaron en 1007. Dos años más tarde, la ciudad se pobló con elementos sanhaga y grupos desplazados por la fuerza desde Msila, Hamza y los Aures.

Los principios de ambas dinastías fueron belicosos. Cada una reivindicaba la posesión de las ciudades limítrofes (Constantina, Tigis, Qasr al-Ifriqi). Tras varios enfrentamientos, se firmó en 1015 un acuerdo de paz que puso fin a las guerras y confirmó la disposición del acuerdo del 997. Si la transmisión del poder no planteó ningún problema por el lado badisí, los hammadíes vivieron situaciones muy difíciles: derrocamientos, asesinatos, disidencias. Se sucedieron nueve soberanos en total, el último de los cuales fue Yahya (1124-1152).

El desarrollo de la arquitectura y de las artes

Las construcciones palaciegas se erigieron en las alturas de la Qala, al pie de la montaña. De los siete palacios citados por las fuentes, hoy sólo son visibles los vestigios de los palacios del Kawkab, del Manar y del Salam. Los modelos arquitectónicos fatimíes y las innovaciones ornamentales de Sabra y de Mahdiya fueron ampliamente retomados por los hammadíes en la Qala. Pero en los vestigios de los palacios, hay también presentes elementos de origen sasánida y bizantino. Y así vemos, por primera vez en el Magreb y en al-Ándalus, el empleo de muqarnas (o mocárabes), sobre todo para decorar las cúpulas y las entradas. Este elemento de origen sasánida pudo introducirse por mediación del Egipto fatimí.

La cúpula que corona la sala de oración (del lado del patio) de la Gran Mezquita de Túnez (al-Zaytuna), donde la profusión de nichos se combina con la bicromía de la piedra, es un hermoso ejemplo de este arte de la época abasí.

Los artesanos desarrollaron el arte de la cerámica y del esmalte. De ahí que encontremos en la Qala un amplio abanico de cerámicas representativas de las producciones contemporáneas del mundo musulmán medieval. Se percibe una influencia oriental que remite a Irak y a Persia, sobre todo a través de la presencia de cerámica con reflejos metálicos. Las necesidades cotidianas de transporte, conservación de alimentos líquidos, iluminación, utensilios y decorado explican el uso corriente de la cerámica y la loza por parte de la población de la época.

La Kairuán basidí, por su parte, asistió al desarrollo de las artes del libro. Los manuscritos conservados en la biblioteca de la gran mezquita de la ciudad son una buena muestra. Dos buenos ejemplos son los coranes sobre pergamino, entre ellos el copiado e iluminado por al-Warraq en 1020 para la nodriza del príncipe al-Muizz b. Badis o el legado por este mismo monarca a la biblioteca para acercarse a los ulemas malikíes de Kairuán. Estas obras de lujo confirman la utilización de la tinta dorada y del índigo sobre pergamino.

Los hammadíes y los badisíes frente a los hilalíes

Pese a sus realizaciones, el Magreb de los hammadíes y de los badisíes no se libró de crisis importantes. La primera se debió a las luchas político-religiosas entre shiíes ligados a los fatimíes y suníes, tras la adopción del sunismo por los hammadíes en 1015 y por los badisíes en 1048. Se saldó con masacres perpetradas contra los shiíes.

En esa época tuvo lugar un acontecimiento fundamental de la historia del Magreb medieval. Las tribus árabes hilalíes abandonaron el Alto Egipto y se lanzaron a la conquista de los territorios de Ifriqiya y del Magreb central. Al-Muizz b. Badis se refugió en Mahdiya, donde sus descendientes tuvieron que hacer frente a los hilalíes y a los normandos de Sicilia hasta 1148, fecha de la conquista de la ciudad por estos últimos. En cuanto a los hammadíes, estos fundaron Bougie (Bijaya) en el litoral de la Pequeña Kabilia en 1067, para integrarse mejor en el próspero espacio económico mediterráneo y protegerse de los ataques de los hilalíes. En 1152, las tropas del almohade Abd al-Mumin pusieron fin a la dinastía hammadí y, por ende, a la de los ziríes en el conjunto del Occidente musulmán.

A.A.


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