Aunque pocos testimonios de bordados de la alta época haya llegado hasta nosotros, excepto unas piezas procedentes de las excavaciones de Egipto, esta forma de arte parece simbolizar por si solo la magnificencia de los tejidos bizantinos. A partir del siglo XII, pero sobre todo en los siglos XIV y XV, los ejemplos de bordados religiosos, realizados con punto inclinado con hilos dorados o de plata sobre samito, sarga o tafetán de seda, abundan en los tesoros de los monasterios bizantinos. Los inventarios medievales, tanto en Oriente como en Occidente, confirman también esta profusión, así como la multiplicidad de obras post-bizantinas. Las listas de los inventarios nombran a menudo, entre los bordados, los oros de Chipre. Si aún no se ha podido identificar con certidumbre la producción de esta isla, parece que hay que relacionarla con el antependium de Grandson.
M. M.-R.
Muy difundida en los pueblos islámicos, esta labor consiste en una aplicación a la aguja sobre un tejido previamente confeccionado que se tensa con ayuda de un bastidor o de un marco inclinado. El hilo de bordar puede ser de algodón, lana, seda, oro o plata. También se utilizan perlas y piedrerías. Los puntos que forman los motivos se clasifican en cuatro familias: los puntos rectos que determinan líneas sencillas; los puntos cruzados, como el punto de cruz o el punto de piquitos; los puntos lanzados, que sirven para cubrir superficies — en esta categoría entran el punto llano, muy utilizado en los bordados del Magreb para efectuar rellenos; también debemos incluir aquí al plumetí que se realiza por encima de un tejido matelassé para conseguir un efecto de relieve; esta técnica es la que se emplea para bordar con hilos metálicos la mayoría de los terciopelos del siglo xix— y, por último, los puntos en bucle, como el punto de cadeneta con el que las artesanas turcas y argelinas construyen sus motivos. Debido a que necesita poco material pero mucha paciencia, el bordado suele ser una labor que las mujeres realizan dentro de la casa. En cambio, el bordado con hilos de metal es trabajo de hombres y se efectúa en talleres.
Se cree que los países de Oriente y del Asia del Sudoeste son la cuna del bordado. Hallazgos arqueológicos en Siria y Mesopotamia confirman esta hipótesis. En la toma de Ctesifonte, en 637, una inmensa alfombra bordada captó la imaginación de los árabes: la Primavera de Cosroes (o Bahar-i-Khusraw) reproducía, con profusión de piedras preciosas, un jardín paradisíaco persa. Y el califa al-Muntasir, hijo de al-Mutawakkil, vio que se acercaba su fin en una alfombra bordada con inscripciones persas y retratos. Durante la Edad Media, los pueblos occidentales consideraban la labor del bordado, que tan bien conocían los bizantinos, como una especialidad del mundo musulmán. El vocablo árabe raqqam, que designa al bordador, pasará al latín medieval a través del verbo recamare («bordar») y de éste al italiano ricamare y al español recamar. Entre los primeros testimonios encontramos varios tiraz con inscripciones bordadas con el nombre del califa abasí al-Muktafi (902-908), que se pueden atribuir a Iraq por el tipo de bordado que destaca sobre algodón blanco; otros bordados sobre lino se consideran egipcios. Ambos ejemplos demuestran que el procedimiento se emplea en los talleres del Estado donde trabaja una mano de obra masculina. Otro factor que contribuyó a relacionar el bordado con el mundo musulmán es el empleo cada vez más frecuente de los hilos de oro y plata en la época de los fatimíes y de los omeyas de Córdoba. En El Cairo, en el siglo xi, durante la fiesta del canal, el viajero Nasir-Khusraw observó que todos los trajes y los accesorios llevaban bordados de oro. Por su parte, Ibn Zulaq señaló que, durante la peregrinación, un tejido totalmente bordado de oro y piedras preciosas, el Shemsa («el Sol»), se enviaba a La Meca o se izaba en lo alto del palacio, con lo cual el califato fatimí se convertía en el polo de la comunidad de creyentes.
Paralelamente a Egipto, el califato de Córdoba mandó realizar bordados en sus tiraz. En España, el sudario de San Lázaro de Autun, que supuestamente envolvió la reliquia del santo, es un extraordinario tejido de seda con fondo azul cubierto de medallones bordados con temas principescos. Inicialmente, se confeccionó en Andalucía hacia el 1007 para recompensar a Abd al-Malik, hijo de al-Mansur. Se lo puede asociar con otra pieza bordada en seda y oro que conserva, en España, la iglesia de Oña. Más tardía, la casulla de Thomas Becket, depositada en la catedral de Fermo, Italia, fue confeccionada en Almería en 1116. Tanto su técnica como su iconografía de inspiración zodiacal son comparables con las de las dos piezas anteriores. Estos tres tejidos testimonian la aptitud del bordado para desplegar ornamentaciones cargadas de sentido y transformar a las estofas que decora en auténticos objetos sagrados. El mundo cristiano toma en cuenta esta dimensión. Desde esta perspectiva cabe analizar las sedas bordadas de Sicilia y, ante todo, el manto de coronación del rey normando Rogelio II, realizado en Palermo en 1133 (Viena, Kunsthistorisches Museum). Bordeado con una inscripción propiciatoria en escritura cúfica, decorado a ambos lados con un león venciendo a un camello, y bordado de oro, plata y cinco mil perlas, este manto reivindica sus lazos con el arte musulmán. La forma semicircular, el esplendor y la técnica utilizada evocan las características de la capa litúrgica («pluvial») que la cristiandad europea seguirá confeccionando hasta el siglo xvi con un aspecto muy oriental, en particular en España, Italia y el sur de Alemania.
La intensificación del avance de los pueblos turcos —selyúcidas, mamelucos y más tarde otomanos— por el Mediterráneo oriental es sin duda uno de los factores que llevaron al desarrollo del bordado, que tiende a remplazar los decorados tejidos. Esta tendencia se observa en Egipto durante la dinastía ayubí (1171-1250). Los tejidos de lino abandonan las inserciones de tapiz e introducen adornos bordados o aplicaciones de fragmentos de sedas ensamblados, decorados con bordados. En el Líbano, bajo los mamelucos, la decoración geométrica de las túnicas con pechera bordada descubiertas en una cueva del Valle del Qadisha evidencia una clara influencia turcomana. Son bordados de seda sobre algodón realizados por mujeres hacia 1300, semejantes a los que se ven aún en la actualidad en algunos vestidos de aldeanas sirias y palestinas.
En el siglo xvi, la expansión otomana en el Mediterráneo completa la difusión del bordado y el cruce de culturas. En Estambul, todos los textiles de la casa —manteles, colgaduras, cubrecamas, fundas para el pan (bohça), toallas para el hammam— están cubiertos de bordados y la moda no deja de propagarse. Consecuencia de ello son las chalinas (tanchifa) y los cortinados bordados por las argelinas en los siglos xvii y xviii. Su decoración de seda policroma sobre estameña de lino se compone de corolas flamígeras, florecillas y tallos de formas curvas. Aunque encontramos la paleta dominante, de tonos azules y rojos, y la técnica de aplicación en piezas halladas en Estambul, así como en los suzani de Bujará, el vocabulario ornamental suele inspirarse en los terciopelos italianos y españoles del Renacimiento, que a su vez son muy similares a algunas producciones otomanas. El bordado más antiguo conocido de Argel —una chalina que servía de adorno en una estatua de la Virgen— se encuentra en la catedral de Chartres. Se cree que fue una ofrenda de la princesa de Condé hacia 1650. El gusto por las labores bordadas, con motivos turcos o europeos, se afianza en Marruecos, en Fez y Tetuán, así como en Túnez, donde eran muy apreciados los hilos de oro, los cequíes y los canutillos. Este arte propio de las ciudades se transmitía de capital en capital y de serallo en serallo, combinando temas «nobles», como las cuatro flores creadas para Solimán el Magnífico, con temas tradicionales, provenientes de los Balcanes, de las ciudades egeas o del sur de Italia, o traídas por los árabes y los judíos de Andalucía.
R.G.
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