Las artes figurativas son las únicas que nos permiten imaginar las alfombras bizantinas citadas también en los textos.
El volumen de alfombras fabricadas en Armenia debía ser aún más importante, puesto que los autores árabes las celebran como producciones muy valiosas.
En la iconografía florecen también los cojines, las alfombrillas, que parecen realizadas en tejidos cuyos motivos son idénticos a las sederías que hemos conservado.
Los intercolumnios de las naves, así como los del cimborio de las basílicas paleocristianas, eran tapizados de textiles de lujo utilizados como colgaduras.
Igual que el Libro de las ceremonias del emperador Constantino IX Porfirogénito, que nos informa acerca de las colgaduras y de las cortinas de los palacios imperiales, el Liber Pontificalis es una fuente de primer orden para el mobiliario textil de las iglesias de Roma en la Alta Edad Media. Frecuentes donaciones de los papas alimentan con regularidad los edificios religiosos de prestigiosas colgaduras, cortinas y manteles de altar, procedentes de varios sitios, aunque la gran mayoría parece haber sido fabricada en el Imperio bizantino así como en la España musulmana.
M. M.-R.
Debido a la fuerza de su ornamentación, las alfombras anudadas son uno de los emblemas del arte musulmán. Su fabricación es sencilla. Una vez tensada la urdimbre, el tejedor introduce un listón que la separa en dos capas de hilos. Un portalizos, fijado en la parte exterior del telar, trae hacia delante todos los hilos de la capa posterior que se alzan con los lizos (pequeños anillos). Al bajar el listón sobre el portalizos, los hilos vuelven al fondo. Cuando se alza nuevamente el listón, los hilos de atrás vuelven a su posición. Gracias a este sistema, el tejedor puede confeccionar con su trama una banda de tapicería que constituirá el orillo del tapiz. Después de ello comienza el anudado. Con la ayuda de un cuchillo con punta curva, el tejedor anuda una hebra de lana en dos hilos consecutivos de la urdimbre. Luego pasa a los dos hilos siguientes y así sucesivamente hasta terminar la hilera. Terminada la hilera, se suele pasar dos veces la trama, que se comprime con un peine. Se dice que el nudo es simétrico cuando sus dos extremos aparecen en paralelo y asimétrico cuando enlaza con un solo hilo de la urdimbre antes de salir de costado por detrás del siguiente.
Cuando se produce el advenimiento del Islam, las alfombras ya traen detrás de sí una larga historia. En el valle de Pazyryk, en el este de Siberia, se halló sepultada una pieza decorada con jinetes y gamos que data del siglo v a. J. C. En Marruecos, en la región del Hauz de Marrakech, las alfombras tienen el aspecto áspero de un vellón. Asociándolas al culto religioso y al protocolo de la corte, y enmarcando el campo de las alfombras con una especie de escritura, los musulmanes les otorgan una función territorial. A la hora de rezar, se las considera como un oratorio, sobre todo porque, al menos a partir del siglo x, están decoradas con un mihrab adornado con dibujos.
Pese a la existencia de testimonios escritos, sólo podemos referirnos con certeza a la decoración de las alfombras que datan del siglo xiii o posteriores, y ello gracias al descubrimiento, en 1905, en la mezquita de Alá al-Din de Konya, de ocho alfombras selyúcidas y otras tres piezas algo más tardías halladas en la mezquita de Beyshehir. Su campo sembrado de elementos vegetales estilizados y rodeado por una importante franja cúfica lleva el sello del «gótico oriental» característico de los tejidos de seda de la época. Uno de los fragmentos de Konya posee un diseño de octógonos rojos que remite al arte del centro de Asia.
Las alfombras españolas del siglo xv perpetúan la estética de la Edad Media. De forma alargada, están cubiertas por una malla de estrellas octogonales o de palmetas con forma de alcachofa. Once de estas alfombras están decoradas con escudos de armas como el de los Enríquez, una tradicional familia de almirantes castellanos. Estas alfombras mudéjares, manufacturadas en Letur, Liétor y Alcaraz, en la actual provincia de Albacete, suceden a las del período musulmán que conocemos gracias a fragmentos de la ciudad de Fustat y a una alfombra de «sinagoga» del siglo xiv, decorada con un árbol con florones y un borde que lleva inscrito el nombre de Alá (Berlín). Poseen una técnica particular: el nudo sólo enlaza con un hilo de la urdimbre y se desplaza hacia el hilo adyacente de la hilera siguiente; además sólo se efectúa una pasada de trama. Estas serán las primeras alfombras europeas. Se las pudo admirar en Londres, en 1255, en ocasión de la boda de Leonor de Castilla con Eduardo I. Asimismo, un fresco pintado en 1344 en el palacio de los Papas de Aviñón muestra un ejemplar de estas alfombras y se observa otro en el libro de las Muy ricas horas del duque de Berry. Más tarde, la producción se traslada hacia Cuenca, donde se imitan las alfombras turcas, para finalmente declinar en el siglo xvii, tras la expulsión de los moriscos.
Muy diferentes son las alfombras mamelucas fabricadas en El Cairo, probablemente a partir del reino de Qait Bey (1469-1496), que despliegan una majestuosa composición en tonos verdes y rojos que parte de un motivo central. En el centro del campo se puede ver efectivamente un gran octógono rodeado de medallones y de diminutos elementos vegetales (papiros, cipreses, vainas de lupinos), composición que produce un efecto de caleidoscopio o el de un linternón de base cuadrada. Cuando esta construcción se repite en un campo oblongo, recuerda los techos artesonados que combinan polígonos, que a su vez evocan la esfera celeste, considerada en una de sus partes. Su factura es característica de Egipto: lana brillante, torsionada en S, urdimbre de varios cabos, terciopelo de nudos asimétricos, alta densidad. Dentro de esta esmerada producción, probablemente controlada por el Estado, cabe destacar la pieza monumental de seda expuesta en el museo de Viena y la alfombra judaica de Padua ornada con un candelabro, una inscripción en hebreo y un pórtico sacado de un frontispicio de imprenta. Las alfombras mamelucas, que llegaron a Europa a través de Venecia y Génova por encargo de los Médicis, fueron reproducidas en bordado por los monasterios de Portugal y más tarde por la manufactura de Aubusson en el siglo xviii. Hacia 1530, El Cairo fabricó alfombras de estilo «floral otomano», copiando su técnica. Las alfombras de «Damasco», semejantes a las mamelucas, adoptaron una composición con cuadrados.
Las alfombras turcas de Anatolia se renovaron gracias a las aportaciones sucesivas de los selyúcidas y los otomanos venidos de la Alta Asia. Estas alfombras misteriosas, de colores intensos, sedujeron a los pintores del Renacimiento que las incluyeron en sus lienzos. Tanto es así que se habla de una alfombra «de tipo Holbein» o «de tipo Lotto» para caracterizar una alfombra sin necesidad de describirla. Su estructura equilibrada se distingue por: una urdimbre de lana blanca de dos cabos, torsionada en Z, dos pasadas de trama de lana roja, de igual tensión, terciopelo realizado con nudos simétricos de densidad media. Los ejemplares más antiguos (exceptuando los fragmentos de Konya), procedentes del oeste y del centro de Anatolia, se dataron en el siglo xv. Están decorados con una composición geométrica hecha de ruedas y cruces (Holbein con motivos pequeños) o con una sucesión de compartimentos octogonales (Holbein con motivos grandes). Otro modelo muy representado en la pintura europea es la alfombra «de tipo Lotto», llamada así por referencia a Lorenzo Lotto: un elegante motivo amarillo sobre base roja, que quizás haya sido diseñado por moriscos. Bajo los reinados de Mehmed II Fatih (1441-1481) y de Bayezid II (1481-1512), el serallo confecciona composiciones más elaboradas. Ejecutadas en gran formato, se fabrican lejos de Estambul, en la pequeña ciudad de Usak, en la región centrooriental de Anatolia. Presentan esencialmente una multitud de estrellas rojo vivo sobre fondo azul noche, así como un magnífico medallón en forma de mandorla. Estas representaciones de los cielos y del trono, anteriores a las de la Persia safávida, se ven realzadas por la concepción anatólica de las alfombras: separación de los planos por oposición de las formas y los colores, decoración continua que sugiere el paso de las figuras detrás del borde que sirve de marco. El vocabulario decorativo —florones, siluetas de peonías, flores de loto estrelladas y mandorlas— se inspira de las cerámicas de Tabriz realizadas en la época de los Kara Koyunlu. Muy apreciadas en Europa, las alfombras de Usak aparecen representadas en los retratos de Enrique VIII y en los de su corte. Se realizaron imitaciones bordadas o anudadas en Inglaterra, Polonia y Hungría. Durante el reinado de Solimán el Magnífico (1520-1566), nace un nuevo estilo: el de las «cuatro flores» o saz. Cuando las alfombras adornadas con este opulento repertorio floral salen de El Cairo, la paleta de las alfombras mamelucas se enriquece de la estética del Renacimiento; en los talleres de Usak se confeccionan otras alfombras del mismo tipo. En el siglo xviii, el serallo pierde sus funciones. Las alfombras de Esmirna —semejantes a las de Usak pero más bastas— comienzan a exportarse abundantemente a Europa, donde suelen encontrarse en las catedrales, delante del altar principal. La industria se concentra en las pequeñas ciudades y aldeas. Las flores otomanas, de estilo naïf, se combinan con elementos antiguos. Las alfombras de oración, que en ocasiones presentan mihrabs con influencias sufíes, se fabrican en Kula, Ghiordes y Kirsehir. Los temas anatólicos se popularizan en los Balcanes y en el norte de África: en Argelia, en las alfombras del sur de Constantina, y en Marruecos, en las alfombras de Rabat.
R. G.
En Byzancio
Beckwith J., « Byzantine tissues », Actes du XIVe congrès international des études byzantines, septembre 1971, Bucarest, 1974, p. 343-353
Bisso marino, fili d’oro dal fondo del mare, Muschelseide, Goldene Fäden vom Meeresgrund, Basilea/Milano, 2004
Byzance, l’art byzantin dans les collections publiques françaises (cat. exp., 1992-1993, Museo del Louvre, Paris), Paris, RMN, 1992
Cornu G. ; Martiniani-Reber M., « Étoffes et vêtements dans le ménologe de Basile II, reflets des courants d’échange entre Byzance et le monde islamique », Quaderni di studi 15, Roma, 1997, p. 45-64
Falke O. von, Kunstgeschichte der Seidenweberei, Berlín, 1913
Forbes R. J., Studies in ancient technology, vol. IV, Leiden, 1956-1957
Francisque-Michel J., Recherches sur le commerce, la fabrication et l’usage des étoffes de soie, d’or et d’argent et d’autres tissus précieux en Occident, principalement en France pendant le Moyen Age, 2 vol., Paris, 1852
Geijer A., A history of textile art, Londres, 1979
Johnstone P., The Byzantine tradition in church embroidery, Londres, 1967
Koutava-Delivoria B., « Siklat, siglaton, sigillatum », Studies in Byzantine Sigillography, 2, Washington D. C., p. 49-53
Lopez R., « Silk industry in the Byzantine empire », Speculum, XX, 1945, p. 1-42
Lombard M., Les textiles dans le monde musulman du VIIe au XIIe siècle, Paris, 1978
Martiniani-Reber M., Lyon, Musée historique des tissus, Soieries sassanides, coptes et byzantines, Paris 1986
Martiniani-Reber M., Louvre, Département des antiquités égyptiennes, Textiles et mode sassanides, Paris, 1997
Martiniani-Reber M. (éd.), Parure d’une princesse byzantine, tissus archéologiques de Sainte-Sophie de Mistra, cat. exp., Ginebra, Museo de arte e historia, 2000
Martiniani-Reber M. (éd.), « Une broderie exceptionnelle conservée en Suisse : l’antependium de Grandson », Chypre d’Aphrodite à Mélusine, Eclairages archéologiques et historiques, Ginebra, La Pomme d’or, 2007, p. 85-89
Muthesius A., Byzantine Silk Weaving A.D. 400 to A.D. 1200, Vienne, 1997
Piponnier F. (éd.), Tentures médiévales dans le monde occidental et arabo-islamique, Roma, 1999
Schmedding B., Mittelalterliche Textilien in Kirchen und Klöstern der Schweiz, Berne 1978
Serjeant R. B., « Material for a history of islamic textiles up to the Mongol Conquest », Ars Islamica, 9 a 16, Ann Arbor, 1942-1951
Verpeaux J., Pseudo-Kodinos, traité des offices, Paris, 1966
Vocabulaire du Centre international d'étude des textiles anciens, Lyon, 1959 et 1997
Wilckens L. von, Die textilen Künste von der Spätantike bis um 1500, Múnich, 1991
En Islam
Oktay Aslanapa, One thousand Years of Turkish Carpets, Estambul, 1988
M. S. Dimand, y J. Mailey, Oriental rugs in the Metropolitan Museum, Nueva York
Oriental Carpet and Textiles studies II, R. Pinner y W. Denny, Londres 1986
C. G. Ellis, «Mysteries of the Misplaced Mamluks», Textile Museum Journal, II, n° 3, 1968, pp. 17-34
Roland Gilles y Joëlle Lemaistre, Tapis, présent de l’Orient à l’Occident, cat. IMA, París 1989
Roland Gilles, «Paradis perdus, histoire du tapis des origines au XVe siècle, Arabies, n° 44, julio-agosto 1990
Roland Gilles, Le Ciel dans un Tapis, cat. IMA, París 2004
Roland Gilles, «Le Soleil proposé en énigme», Revue du Louvre, n° 4, 1997
Donald King, David Sylvester, cat. The Eastern Carpet in the Western World, Londres 1983
David King, «French Documents relating to Oriental Carpets, 15th-16th Century», Oriental Carpet and Textile Studies II, ed. R. Pinner, W. B. Denny, Londres, pp. 131-137
Louise W. Mackie, «Two remarkable fifteenth century Carpets from Spain», Textile Museum Journal, n° 1977, pp. 15-32
J. Mills, Carpets in Paintings, Londres 1983.
R. M. Riefstahl, «Primitive Rugs of the “Konya” type in the Mosque of Beyshehir», The Art Bulletin, vol. 13, n° 2, 1931
F. Sarre, «A Fourteenth Century Spanish “Synagogue Carpet”», Burlington Magazine, LVI, 1930, pp. 89-95
F. Spulher, Islamic Carpets and Textiles in the Keir Collection, 1978
| El proyecto | Exposición itinerante | visita virtual | Catálogo | Nuestros enlaces | Aviso legal | Contacto | ![]() |
![]() |
![]() |
| Copyright Qantara 2008 © todos los derechos reservados |