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Qantara - Los amorianos
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Los amorianos

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Miguel II el Amoriano (820-829), nacido en Amorio, Frigia, en 770, entra joven en el Ejército, donde pronto es nombrado general. En 820, después de que sus partidarios asesinen a León V, se hace con el poder. Miguel II adopta una política resueltamente iconoclasta, más moderada sin embargo que la de su antecesor. Durante su reinado, tiene que enfrentarse a los musulmanes, que han logrado tomar Creta en 823, y ataca Sicilia en 829.

Tras su muerte, en 829, asciende al trono su hijo Teófilo (829-842), nacido en 813, que destaca por sus firmes convicciones iconoclastas y un reinado ejemplar, centrado en la lucha contra la corrupción y la realización de grandes obras. En materia de política exterior, entra en guerra con el califato abasí, que ha conquistado Sicilia. Durante los primeros años de su reinado, Teófilo da asilo a miles de persas que huyen de la invasión árabe; gracias al respaldo de éstos, el emperador bizantino logra formar un nutrido ejército y se alza con la victoria en Siria. En 837, los bizantinos y los persas juntos asolan la ciudad de Zapetra, ciudad natal del califa al-Mu’tasim. Este último reacciona reuniendo a su vez un poderoso ejército que, en 838, derrota al bizantino: Amorio, ciudad natal de Teófilo y cuna de la dinastía amoriana, queda literalmente arrasada Con todo, en 841, aprovechando las tensiones que dividen en ese momento el bando árabe, Teófilo logra que al-Mu’tasim firme una tregua.

Al morir Teófilo en 842, su hijo Miguel III no tiene más que dos años de edad. La madre de éste, Teodora (842-856), asume la regencia con la ayuda de su hermano Bardas. Habida cuenta de que las persecuciones ordenadas por su esposo no han arrojado sino resultados negativos, en particular, desde el punto de vista militar, y de que el pueblo se subleva contra la iconoclasia, Teodora convoca un sínodo en marzo de 843, con el fin de que se reconozcan las decisiones del Concilio de Nicea de 787. A raíz de este sínodo, se restaurará definitivamente el culto a las imágenes: el 11 de marzo de ese año, primer domingo de Cuaresma, se rehabilitan solemnemente los iconos. Desde entonces, la Iglesia Ortodoxa celebra ese día como el «Domingo de la Ortodoxia».

El Imperio debe enfrentarse asimismo a los paulicianos, que preconizan un regreso al culto cristiano original y rechazan clero, santos y ceremonias religiosas. Considerados como herejes y, como tales, perseguidos por Teodora, deciden hacer causa común con los árabes que, gracias a este refuerzo, se apoderan de la totalidad de Sicilia en 847.

En esa misma época, Teodora emprende la evangelización de los eslavos del Peloponeso.

El reinado de Teodora termina en 856 cuando su hermano Bardas manda asesinar al consejero de aquélla, Teoctisto. Teodora se retira a un monasterio, en el que morirá en 867.

Tras retirarse su madre, Miguel III decide confiar el gobierno a su tío Bardas. La política de evangelización de los eslavos continúa a lo largo de toda la década de 860: el zar Boris I, rey de los búlgaros, será el primer soberano en convertirse al cristianismo. En Asia Menor, Miguel III prosigue la lucha contra los musulmanes. En septiembre de 867, es asesinado por Basilio el Macedonio, que acapara el poder.

Por lo general, los emperadores iconoclastas no emprenden nuevos proyectos ni se preocupan del estado de abandono en el que se hallan las ciudades del Imperio, como Tesalónica o Éfeso; los edificios públicos de Constantinopla, por ejemplo, están en ruinas. Como consecuencia de su rechazo de las representaciones icónicas, mandan destruir las decoraciones cristianas figuradas que ornaban hasta entonces el interior de las iglesias y, en su lugar, hacen que introduzcan motivos anicónicos, como la gran cruz que ocupa la concha del ábside de Santa Irene de Constantinopla, realizada seguramente después del terremoto de 740. Santa Irene es la única iglesia que ha conservado intacto este elemento de decoración iconoclasta; con todo, en Santa Sofía de Tesalónica y en la Dormición de la Virgen de Nicea, aún puede distinguirse claramente el trazado de los brazos de una gran cruz en torno a la decoración actual de la Virgen con Niño, realizada después de 843. Los monumentos iconoclastas con ornamentación profana son mucho más numerosos, pero sólo tenemos constancia de su existencia por las fuentes escritas, aunque pueden citarse algunos monumentos griegos (iglesias de la Protothrone y de San Juan Evangelista en la isla de Naxos) o capadocios (San Esteban, San Basilio), cuya decoración está constituida por una cruz rodeada de motivos geométricos y ornamentales.

Los iconos y los relicarios corren diferente suerte, ya que su producción escapa en gran medida a la autoridad estatal porque suelen fabricarse en lugares remotos, como el monasterio del Sinaí, a veces situados incluso fuera de las fronteras del Imperio. Aunque en esa época resulta difícil exponer y venerar iconos, por miedo a que se decrete su destrucción, los paneles icónicos seguramente siguen siendo objetos de devoción privada muy apreciados. Y lo mismo cabe decir de los relicarios que, dado su reducido tamaño, pueden conservarse fácilmente. Los pequeños relicarios con forma de cruz que se llevaban colgados al cuello tienen mucho éxito en la época porque se les atribuyen poderes profilácticos; algunos de ellos revisten gran interés artístico, ya que presentan ejemplos antiguos de un ciclo cristológico que se extendió a finales de la crisis iconoclasta (relicario de Plisca).

La iconoclasia, periodo de crisis, tiene como consecuencia el fortalecimiento del poder imperial. Sin embargo, pese a los esfuerzos de los emperadores iconoclastas, la llamada «querella de las imágenes» no sólo dista mucho de debilitar el poder de los monasterios y de poner en entredicho definitivamente el culto a los iconos, sino que, en realidad, marca el principio del auge de los monasterios, que se convertirán más adelante en importantes potencias terratenientes. Paradójicamente, ésta es también la época en la que los iconos se integran en la liturgia.

E.Y.



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