Desde siempre, los hombres han sentido la necesidad de proteger los textos y los documentos. Junto a las tabletas de terracota, espesas e indestructibles, los Asirios y los Babilonios usaban a veces unas tabletas tan finas, que se podían guardar en un estuche, también de terracota. Muy pronto también, se logró reunir por anillas ó por hilos las tabletas de madera o de marfil. Es lo que hacían los Hititas, desde el siglo VII antes de cristo, liando exterioramente estas tabletas por un tira de cuero. En Egipto, más tarde en Grecia y en Roma, para proteger el libro de papiro en forma de rollo (volumen), bastaba con deslizarlo en un estuche cilíndrico. Pero, a partir del siglo II de nuestra era, aparece el libro escrito sobre pergamino, bien en forma de rollo, ó bien constituido por hojas pegadas por su corte lateral, de manera a poder abrirse en acordeón; los folios de las dos extremidades eran pegados a placas de madera o de cartón recubierto con brocado.
Pero sólo se puede hablar de encuadernación a partir del momento en que el libro toma la forma de un códice, compuesto por cuadernos. La costura del conjunto de los cuadernos se ata sobre las placas. El artesano encuadernador, después de haber cotejado el buen orden de los cuadernos, deja un tiempo el volumen en la prensa, antes de coser los cuadernillos entre sí. Se practica la costura sobre los nervios, formando salientes en el lomo del volumen; los hilos se alojaban en las muescas hechas en el pliegue de los cuadernos (encuadernación de lomo largo). Se constituye así el bloque de cuadernos. El artesano encuadernador los une al mismo tiempo que los cose a las placas. Esta práctica es la más frecuente, porque es la que asegura mayor solidez al bloque de los cuadernos. Las hojas de madera que lo componen eran unidas por dos hilos, uno arriba y otro abajo. El interior de las placas está protegido por las contraguardas y las guardas, mientras que el dorso del volumen es a menudo tintado ó dorado. Las encuadernaciones bizantinas no tienen cejas, es decir que las placas son cortadas a las dimensiones exactas del cuerpo del libro. La cadeneta bordada en cabecera y en pie es por consiguiente más alta que las placas sobre las cuales se prolonga, coronada por el tocado. Este tipo de encuadernación, con su cadeneta alta y su tocado desbordante, es tan peculiar que los manuscritos griegos y también, los impresos griegos encuadernados en Occidente en el siglo XVI, y hasta el principio del siglo XVII, han sido realizados a la manera griega.
El encuadernador recubre después de cuero ó de tela la totalidad de los planos (encuadernación completa), ó solamente el lomo y los ángulos (media encuadernación), ó sólo el borde de los planos (encuadernación con bandas). Las pieles más sólidas y bellas son el tafilete y el chagrín (piel de cabra). La piel de becerro es lisa y da bellos efectos, pero es frágil. El pergamino tiene tendencia a romperse. La badana (piel de cordero) es menos sólida que muchas de las telas generalmente empleadas en nuestros días. Una vez la cobertura terminada, un obrero especializado, solía engastar los planos con finas tiras de piel (encuadernación mosaico).
Muy pronto, el encuadernador se preocupa por enriquecer estas encuadernaciones. La mayoría de los manuscritos estaban cubiertos de cuero adornados con dorados. El dorador ejecuta la decoración, que puede ser una invención suya, o también la de un maestro. La decoración es realizada según la técnica del « estampado en frío », la impresión de los hierros (florones, filetes) se hacía en realidad en caliente, pero sin el dorado, sobre una encuadernación de cuero que llevaba placas de madera. El encuadernador suele deslizar estos hierros sobre hojas de oro puestas sobre el cuero (encuadernación dorada). Los decorados se obtienen por la repetición de pequeños hierros rectangulares, cuadrados, romboides, circulares o triangulares, cuyos motivos iconográficos son relativamente limitados. Elementos metálicos (de plata ó de cobre), vienen a complementar la decoración sobre los ángulos de cada uno de los dos planos de encuadernación: las gammata. Ella encuadernación. Los textos oficiales se colocaban a veces entre placas de marfil semejantes a los dípticos consulares ó a los marfiles imperiales de cinco compartimentos (Marfil Barberini). En Bizancio y quizás en Roma también, los registros oficiales eran cubiertos por cueros de diferentes colores y podían adornarse con el retrato del emperador, como atestiguan los manuscritos de la centro de la placa superior era habitualmente decorado con una Crucifixión, los dos planos de una misma encuadernación siendo habitualmente decorados según planos distintos. Los manuscritos más lujosos eran decorados con ricas encuadernaciones ornamentadas de placas de marfil (Evangelio de San Lupicino) ó de placas esmaltadas ornamentadas de piedras preciosas (placa con el arcángel San Miguel del Tesoro de San Marco). Cierres ornamentados de herrajes ó de gemas, completan Notitia dignitatum.
Los manuscritos bizantinos no suelen haber conservado su encuadernación primitiva, indicio precioso de su origen. La mayoría de las encuadernaciones de los numerosos manuscritos griegos que conservamos en nuestras bibliotecas son relativamente recientes (siglos XIV-XVI). Cuando una colección privada o una biblioteca los adquiría, muchos perdían su encuadernación antigua y se dotaban de una encuadernación moderna ornamentada con los monogramas y las armas del coleccionista ó del rey de la época. Por ejemplo, el muy conocido Dioscoride de Juliana Anicia, entre otros, ha vuelto a ser encuadernado completamente en el siglo XV.
E. Y.
A lo largo del período situado entre los siglos VII y XVI, el mundo musulmán conoció dos tipos principales de encuadernaciones, en las que el lomo liso, sin borde indicador de la presencia de nervios, puede considerarse la característica común. El montaje, que asocia el bloque de los cuadernos a las tapas, recurre generalmente al encolado de las primeras y últimas hojas – o partes de hoja – sobre la placa de madera o el cartón de la tapa; se refuerza, en la mayoría de los casos, con un trozo de tela pegado en la parte trasera del bloque de los cuadernos. El forro puede contribuir a mejorar la solidez del conjunto cuando se prolonga con un taco pegado a la hoja enfrente de la sobrecubierta. Este ensamblado, fácil de realizar, tiene como inconveniente que da un papel fundamental a las bisagras, que deben reemplazarse frecuentemente para mantener la asociación entre las dos componentes.
De lejos, la encuadernación más extendida comporta, en sus lomos y tapas, dos piezas móviles, la solapa y la cubierta, que prolongan la tapa inferior; la articulación entre estos diversos elementos reposa sobre la colocación de la cubierta, que hace oficio de bisagra. La solapa, que se sitúa delante del doblez, y el recubrimiento, que se posiciona encima de la tapa superior o bajo ésta última, contribuyen a proteger el libro cuando está cerrado; el primero es un rectángulo de las dimensiones del doblez, mientras que el segundo se presenta como un pentágono cuya punta alcanza generalmente el centro del libro. Un único ejemplo de este tipo de encuadernación remonta al período omeya (principios del siglo VIII): forraba un códice documentario y su estado ya no permite observaciones sobre las técnicas empleadas. Sugiere, sin embargo, que en esa época se seguían manteniendo los procedimientos utilizados en la Antigüedad tardía.
Quizás hacia la misma época había visto la luz un nuevo tipo: se trata de una encuadernación-estuche, la mayoría de las veces de formato a la italiana, específico del manuscrito coránico. Participa, a su manera, de un esfuerzo llevado a cabo entonces para dar a las copias del Corán una identidad visual fuerte (siglos VIII-X) y que desaparece posteriormente. Sus placas son de madera; en la cara interior de la tapa inferior, una banda de cuero se pega para formar una pared continua que disimula los dobleces del códice. En el canto de la placa superior del lado del doblez se introduce un clavo, en el que se anuda un cordón de cuero fijado en la placa inferior con el fin de mantener el volumen cerrado. Este tipo no posee pues ni solapa, ni cubierta. Las placas están recubiertas de cuero, a menudo trabajado: una primera técnica consiste en estampar planchas, una segunda en insertar una cuerda entre la cubierta y la placa, de forma que se produzca un motivo en relieve, la mayoría de las veces una forma geométrica.
A partir del siglo XI se conservan en número sustancial encuadernaciones con solapa y cubierta. Sus placas son de cartón. En un primer tiempo, las decoraciones estampadas se inspiran de las de las encuadernaciones-estuches, aunque las planchas sean de dimensiones generalmente más reducidas. En la mayoría de los casos, pero no en todos, la misma composición figura en las dos tapas. De la misma forma, el recubrimiento puede ser el eco de esta última, o distinguirse radicalmente de ella. La decoración de la tapa reposa con frecuencia en motivos centrales circulares inscritos en un campo rectangular cuyos ángulos están cortados. En los ejemplos más elaborados, los encuadernadores decoran este espacio con enjutas, colgantes… Por último, más raramente, cubren de decoración toda la tapa. La mayoría de las veces tienen a su disposición una decena de planchas como máximo; su habilidad consiste pues en combinarlas para obtener dibujos complejos. Entre los siglos XIII y XIV hace su aparición un nuevo adorno central: se trata de la mandorla, cuya forma alargada en la vertical se adapta sin duda mejor a la disposición del campo. Su relleno por estampado de pequeñas planchas prosiguen las prácticas anteriores, con una preferencia sin embargo por entrelazos más finos.
El empleo del cuero domina para la colocación de la cubierta, pero algunos textos muestran que los textiles se utilizaban generalmente muy pronto. El estampado, a menudo utilizado solo, puede asociarse con el dorado, al menos a partir del siglo XIII; los artesanos parecen haber empleado para ello oro líquido. Los motivos de las planchas toman muy frecuentemente decoraciones provenientes de un mundo vegetal estilizado, de la geometría en todas sus formas y, más raramente, de la epigrafía. Las composiciones reposan más sobre la geometría. Las sobrecubiertas están a veces forradas con un simple papel, pero existen soluciones más refinadas: textiles, cueros prensados y, más tarde, filigranas. Este último procedimiento, que asocia cuero con un fondo de seda, se encuentra más raramente en tapas, especialmente en el Egipto mameluco, a pesar del riesgo de desgarrones que esta posición presentaba para la decoración. A partir del siglo XV, se conservaron ejemplos de encuadernaciones en textil, a veces extremadamente lujosas. Por último, algunos maestros saben realizar, con ayuda de plantillas, decoraciones figurativas o vegetales.
A finales del siglo XV, un avance técnico modifica sustancialmente la evolución de la encuadernación. Se imagina efectivamente grabar placas del tamaño de la decoración central en forma de mandorla para estamparlas en una única operación; planchas específicas pueden completarlas para realizar de la misma forma las enjutas, los colgantes e incluso a veces el motivo que adorna la punta del recubrimiento. Este progreso se acompañó, sin duda, de un cambio en el tipo de prensa utilizado. Los motivos, generalmente florales, aparecen en relieve, un relieve a veces reforzado por artificios técnicos. El dorado, incluso la pintura, viene a realzar el resultado final. Un desarrollo de este procedimiento consiste en preparar placas que permiten estampar toda la tapa en una o dos operaciones: toman sus motivos del mismo repertorio que las primeras o bien, más raramente, del de las miniaturas; en este último caso, se trata de obras de origen persa.
F. D.
Para proteger los manuscritos contra el desgaste y el deterioro, es conveniente proteger las hojas encuadernándolas con distintos materiales que hagan las veces de un envase. En la Edad Media, los cuadernillos de pergamino, o más raramente de papel, numerados, firmados y, en general, provistos en la parte inferior de la última hoja de una mención con las primeras palabras del cuadernillo siguiente para facilitar la constitución del volumen, se cosían con hilo de lino o cáñamo que se ataba firmemente a un armazón perpendicular (los nervios) que formaban el lomo de la obra. La representación más antigua de un caballete de coser medieval figura en un manuscrito de Bamberg que data de la mitad del siglo xii, lo cual no significa que todavía no se lo conocía en la época carolingia.
A partir del siglo viii por lo menos, la encuadernación occidental se caracteriza por el empleo de un sistema de dos nervios. Originalmente, se trataba de nervios auténticos de buey pero progresivamente se los sustituyó por pergamino enroscado, tiras de piel o un cordel doble. La cabecera trenzada o bordada, en ocasiones de seda de color, sirve para mantener fijos los cuadernillos y para reforzar el lomo al inicio y al final del bloque de cuadernillos. En un libro cosido, el anudador adapta dos tablas que forman una especie de recipiente móvil, en el que sujetará los nervios después de disimularlos en las muescas talladas en la madera. A través del tiempo se han experimentado distintos sistemas de anudado. A medida que el libro se populariza y su fabricación pasa a manos de laicos, las tapas se afinan y se aligeran cada vez más. Cuenta la leyenda que Petrarca estuvo a punto de perder una pierna por hacer caer sobre ella un ejemplar "monástico" de las Cartas de Cicerón… Este accidente fue al parecer lo que condujo a los italianos a sustituir las tablas de madera por cartón.
El revestimiento externo por lo general es de piel y algunas veces de terciopelo, mientras que la parte interna de las tablas va protegida normalmente por una hoja de pergamino nuevo o usado. El empleo de un bifolio en este sitio equivale a colocar una guarda volante al inicio del volumen y ayuda a preservar el comienzo del texto, que solía dañarse mucho en los manuscritos modestos. Las guardas de recuperación pegadas en las contratapas presentan a veces fragmentos de otras obras, que tienen un gran interés para los historiadores de libros. Las encuadernaciones más antiguas se ajustan al formato de su contenido (se dice que no tienen cejas); las hojas se igualaban a la hora de armar el volumen y en las restauraciones posteriores se debía comer parte del margen. Pocos son efectivamente los códices que conservan su cubierta original. Además de ello, la codicología no deja de ser una ciencia reciente; los coleccionistas de la Edad Moderna, príncipes y eruditos, no atribuían al libro el mismo valor arqueológico que le otorgan nuestros contemporáneos, por lo que se sacrificaron muchos dibujos e indicaciones al margen para seguir tal o cual moda bibliofílica.
Cuando los libros se empezaron a conservar de pie en los estantes, se comenzaron a suprimir los pernos (clavos metálicos colocados en las tablas para proteger el revestimiento), así como los cierres y las cadenas de metal que hacían las tapas más pesadas. A partir del siglo xiii, con el desarrollo de las bibliotecas universitarias como la "librería" de la Sorbona, las obras más solicitadas se ataban a los pupitres de consulta para evitar los robos (París, BnF, nal. 226: pernos, cierre, cadena). Por tanto, la variedad estética de las encuadernaciones medievales depende principalmente de las prácticas asociadas al uso de ese producto raro y polimorfo que era el libro antes de la invención de la imprenta en Occidente. Los sacramentarios preciosos que conservan los tesoros de las iglesias para celebrar las grandes fiestas religiosas no se manipulan de igual forma que un ejemplar glosado de las Sentencias de Pierre Lombard… El Salterio de Carlos el Calvo (París, BnF, ms. lat. 1152), una obra mayor del taller de la corte al servicio del emperador carolingio, conservó su aspecto primitivo, con sus tapas ornamentadas con dos placas de marfil rodeadas de bordes de plata dorada y engastada con piedras. El manuscrito que el nieto de Carlomagno obsequió a la catedral de Metz hacia el año 870 es en sí mismo un objeto de culto con una fuerte carga simbólica. Y el libro puede convertirse incluso en relicario sagrado cuando alberga restos santos (por lo general fragmentos de huesos) insertos en su armazón de madera (British Library, ms. ad. 11848).A la inversa, las obras más consultadas y trasladadas adoptan progresivamente un formato de bolsillo y un revestimiento más apropiado: en algunas encuadernaciones, una pieza de piel maleable prolonga las tablas a la que está sujeta para poder atar al cinturón los libros de las horas y otros relatos devotos al estilo de una bolsa (EE. UU. Carolina del Sur, Newberry Library, ms. 38). A finales de la Edad Media, esta clase de encuadernación se difunde por el norte y el este de Europa, como atestiguan pinturas y esculturas de la época. Otra solución consiste en fijar unas anillas a las tablas y a pasar por ellas un cordel que se ajusta alrededor de la cintura.
A partir del siglo xii, algunos manuscritos se cubren además con un envoltorio de piel y tela, una especie de funda que puede ir cosida o no a la cubierta original y que generalmente es mucho más grande que ésta. Además de aumentar la protección del libro cuando está cerrado, hecha una pelota, la misma puede servir como soporte para apoyar el libro una vez abierto. Las encuadernaciones cistercienses antiguas son una ilustración perfecta del uso de esta "segunda piel" en el ámbito monástico, mientras que la aristocracia principesca y laica despliega, a partir de la mitad de la Edad Media, un gusto cada vez más pronunciado por las telas preciosas en las bibliotecas: el paño de satén azul con flores de lis bordadas en hilos de oro, aplicado sobre un bello ejemplo de encuadernación románica estampada en frío —un encargo real de la segunda mitad del siglo xiv—, contribuye a realzar la suntuosidad del Salterio que se conoce como de san Luis y Blanca de Castilla (BnF, Arsenal, ms 1186 res.). Esta decoración sencilla con pequeños hierros y filetes repujados domina la Alta Edad Media y caracteriza al taller conventual que la efectuó. En el siglo xiii, las pieles de color y los variados motivos figurativos pasan a ser moneda corriente, una tendencia que se acentúa en los siglos xiv y xv, en los que el grabado sobre piel va ganando precisión gracias a la técnica del cincelado, particularmente difundida en los países germánicos. La introducción del dorado en caliente, técnica procedente de Italia, durante el reinado de Luis XII, va de la mano de una nueva complicidad entre el artesano y la persona que encarga la pieza, que da lugar a la aparición de una originalidad individual asociada a la expresión gráfica de la época: de las creaciones de Etienne Roffet para Francisco I y Jean Groslier a los mosaístas prerrevolucionarios de Padeloup, o de Marius Michel a Pierre Legrain, quien supo adaptar todos los temas de la estética moderna para convertir a la encuadernación en uno de los elementos fundamentales del libro de artista del siglo xx.
M. B.
E. Barras, J. Irigoin, J. Vezin, La reliure médiévale, París, 1981; Histoire de l’édition française : Le livre conquérant, París, 1982
M. P. Laffitte, V. Goupil, Reliures précieuses, París, 1991
R. Clemens y T. Graham, Introduction to manuscript studies, Ithaca y Londres, 2007, bibliog. del cap. 4, pp. 277-278
Exposiciones
La reliure originale, Bibliothèque nationale, 1947
Reliures royales de la Renaissance : la Librairie de Fontainebleau, 1544-1570, BnF, 1999
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