Poco después del final de la conquista árabe del Magreb a principios del siglo VIII, estalló la rebelión bereber del año 740, encabezada por tribus autóctonas que se oponían a la política fiscal y a la trata de esclavos practicadas por los representantes de los omeyas de Damasco. Los rebeldes pertenecían al movimiento jariyí, que predicaba la igualdad en el seno de la comunidad de creyentes y la insurrección contra un poder injusto, tolerando la pluralidad de imams (imam es utilizado por los jariyíes con el sentido de guía espiritual supremo de la comunidad de creyentes). De esa rebelión, nacieron en el Magreb varios poderes jariyíes autónomos, en particular los barguatas de Tamesna (llanuras atlánticas de Marruecos), los midraríes de Siyilmasa y los rustamíes de Tihart (o Tahart, actual Tiaret).
El fundador epónimo de la dinastía rustamí, Abd al-Rahman ibn Rustam, probablemente de origen persa, era el jefe de las tribus ibadíes (el ibadismo era la más importante doctrina jariyí) que se replegaron hacia Tihart en el 761, donde fundaron su capital. En el 777, Abd al-Rahman fue designado «imam manifiesto»; era el ancestro de una dinastía que reinaría en una vasta parte del Magreb central hasta la llegada de los fatimíes. A diferencia de los jariyíes, aferrados al principio de la libre elección del imam por parte de los creyentes, los sucesores de Abd al-Rahman ibn Rustam instauraron un poder dinástico hereditario. Ello provocó numerosas disidencias políticas y religiosas que fragilizaron el poder rustamí. Y así, desde la llegada al poder en el 784 de Abd al-Wahhab, hijo del fundador de la dinastía, los ibadíes que se negaron a reconocer su legitimidad se rebelaron y crearon la corriente nukarí, uno de los principales cismas del ibadismo magrebí.
Es difícil definir con precisión los límites territoriales del poder rustamí. Su autoridad era reconocida, al menos nominalmente, por varias regiones de dominante ibadí (concretamente en la Tripolitania o en el Djerid), pero se extendía sólo muy parcialmente por la parte occidental del Magreb central (el actual oeste argelino), donde coexistía con varios principados alíes autónomos. El poder rustamí, poco estructurado, no tuvo un aparato administrativo desarrollado y conservó sus fuertes connotaciones tribales. Los rustamíes se apoyaban principalmente en dos grupos tribales: los nafusa, que constituían la base del ejército, y los nómadas mazata, enriquecidos gracias a su implicación en el comercio transahariano. De ahí que el segundo imam rustamí, Abd al-Wahhab, declarara que el poder ibadí radicaba en «las espadas de los nafusa y las riquezas de los mazata». Parece que los rustamíes no acuñaron monedas, a diferencia de la mayoría de los poderes musulmanes del Magreb.
Tihart era la capital y el principal centro urbano de la dinastía. La fundación rustamí, Tihart la Nueva, se encontraba próxima a una localidad antigua, la Tihart Antigua de la que hablan las fuentes árabes, dotada de una ciudadela y de una doble muralla, probablemente de época bizantina. La ciudad nueva de los rustamíes, asentada sobre una planicie, debió de construirse sobre los vestigios de otra ciudad antigua, lo que explicaría el topónimo de Tagdemt (forma bereber del árabe qadim, «antigua»), que la designó igualmente desde la Edad Media.
Atravesada por dos ríos, Tihart la Nueva disponía de recursos hidráulicos suficientes para el desarrollo de vergeles y de cultivos hortícolas prósperos. Una serie de obras hidráulicas permitió optimizar la explotación del agua: se pusieron en marcha los vestigios de un edificio hidráulico formado por una sucesión de estanques, y las fuentes árabes hablan de molinos accionados por la fuerza del agua.
El urbanismo de Tihart se caracterizaba por su aspecto fragmentado. La ciudad estaba formada por la yuxtaposición de barrios comunitarios (de habitantes originarios de Kairuán, Kufa o Basora) o tribales (de bereberes nafusa). Contaba también con una fuerte comunidad cristiana autóctona (ajam o barqajana en los textos árabes), que tenía a su disposición una iglesia y un mercado.
Tihart estaba dominada por una ciudadela, llamada «la qasaba inviolable» por el geógrafo al-Bakri. Georges Marçais la sitúa en el ángulo suroeste de la ciudad. Se trataba de un edificio rectangular, dotado de una sola entrada directa que desembocaba en un gran patio central, rodeado en sus cuatro lados por piezas de dimensiones variables: viviendas, cuadras y tiendas. La vocación defensiva de la qasaba explica su sobriedad; pero la ausencia de toda decoración encuentra igualmente una explicación en la austeridad de los imams rustamíes y en su ideología puritana, de las que la gran mezquita, conocida únicamente a través de los textos, sería una buena muestra. Al-Bakri describe un edificio de cuatro naves sostenidas por columnas de madera. El material arqueológico descubierto durante antiguas excavaciones organizadas en Tihart se compone esencialmente de una cerámica a torno con un decorado de motivos excisos bien característico. Los jarrones están adornados con motivos geométricos, principalmente triangulares, pero también lineales o curvos.
Con un territorio poco abierto sobre el litoral, los rustamíes tuvieron pocas relaciones con el mundo mediterráneo. Gracias a las fuentes andaluzas, sabemos que mantenían relaciones continuas con los omeyas de Córdoba; ambas dinastías compartían su oposición a los aglabíes y su fidelidad a los abasíes.
Tihart, en cambio, se convirtió en una parada capital del comercio transahariano: por ella transitaban el polvo de oro y los esclavos africanos destinados a alimentar el mercado magrebí y mediterráneo. En sus relaciones con el África negra, Tihart era igualmente un foco principal de difusión del Islam, cuyas enseñanzas eran transmitidas por los mercaderes y misioneros ibadíes. La ciudad estaba asimismo implicada en el comercio con otras partes del mundo musulmán: disponía de un mercado de radanitas (Rahadina), mercaderes judíos políglotas que constituyeron una red comercial cuyas actividades se extendían desde China, India o la Transoxiana, hasta el Magreb, al-Ándalus y el país de los francos.
En 909, tras su victoria sobre los aglabíes en Ifriqiya, los ejércitos fatimíes se apoderaron de Tihart, ejecutaron al último imam, al-Yaqzân (906-909), y a su familia, y saquearon la ciudad. Los ibadíes de Tihart se refugiaron en Sédrata, cerca de Ouergla, en el desierto argelino. Los vestigios de Sédrata, que datan del siglo X-XI, son conocidos gracias a excavaciones antiguas. Constituyen la prolongación del arte y la arquitecturas de los rustamíes. Se descubrieron una mezquita cubierta de cúpulas ovaladas yuxtapuestas y varios conjuntos residenciales. El arte de Sédrata se caracteriza, sobre todo, por una decoración de yeso que pone en escena motivos geográficos o florales de factura simple, o inscripciones en cúfico.
La presencia de los ibadíes en Sédrata fue relativamente corta. Hacia 1077, tras una nueva migración, se instalaron en Mzab, auténtico bastión del ibadismo magrebí hasta nuestros días.
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