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Qantara - Los heraclios (610-711)
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Los heraclios (610-711)

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El largo mandato de Justiniano I (527-565) deja una profunda impronta en el Imperio, tanto por sus reconquistas militares, que permiten extender las fronteras bizantinas, como por su legado político-jurídico. Sin embargo, la situación del Imperio al término del reinado de Justiniano y durante los reinados de sus sucesores no es floreciente. El final del siglo VI constituye un punto de inflexión para el Imperio, que se ve afectado por una serie de catástrofes y por guerras en todos los frentes (eslavos, búlgaros, persas, ávaros). Aunque Mauricio (582-602) suma numerosas e importantes victorias frente a los persas, el Imperio queda desestabilizado por repetidas invasiones y por la crisis interna que provoca el acceso al trono de Focas (602-610).

En 608, Heraclio, futuro fundador de la dinastía imperial del mismo nombre, abandona Cartago rumbo a Tesalónica. En 610, llega a Constantinopla al frente de una poderosa flota, con la intención de derrocar a Focas, que, de hecho, es detenido y ejecutado de inmediato. El día mismo, Heraclio contrae matrimonio y es coronado emperador (610-641).

Aunque el reinado de Heraclio se inicia con una marcada reacción frente al despotismo de Focas y a la incapacidad de éste para oponerse al avance de los persas sasánidas, en 614, éstos toman Jerusalén, se apoderan de la Santa Cruz y queman la iglesia del Santo Sepulcro. Por su parte, los eslavos, bajo las órdenes de los ávaros, asedian dos veces, en 617 y en 619, la ciudad de Tesalónica que resistía y avanzan con sus ataques hacia Tesalia, el Peloponeso e incluso Creta en 623. Pese a las varias treguas firmadas con los ávaros, Heraclio no logra impedir el asedio de Constantinopla por parte de éstos en 626. Sin embargo, las murallas de la ciudad, el poderoso ejército de la capital y la energía del patriarca Sergio, que coloca iconos de la Virgen en las puertas de la urbe, impiden que los ávaros conquisten la ciudad. Tras esta derrota, la amenaza ávara deja de preocupar definitivamente a los bizantinos. Por el contrario, los eslavos continúan su expansión y, a finales del siglo VII, habrán ocupado ya la mayor parte de los Balcanes. En cuanto a los persas sasánidas, Heraclio lanza una gran ofensiva contra ellos a partir de 622 y obtiene significativas victorias gracias a una nueva táctica militar basada en fuerzas hipomóviles ligeras; de 623 a 628, sus tropas se adentran en territorio persa. Esta campaña militar ininterrumpida es el signo de una actitud resueltamente ofensiva, y el valor de Heraclio le vale incluso la admiración de sus enemigos. En 627, obtiene una victoria decisiva contra el ejército persa en la batalla de Nínive con la ayuda de los jázaros, pueblo turco del norte del Cáucaso. Tras la victoria frente a los persas, Heraclio devuelve en 630 la Santa Cruz a Jerusalén, llevándola él mismo hasta la iglesia del Santo Sepulcro, que ha sido reconstruida.

Siguiendo sus creencias religiosas, Heraclio lanza la primera guerra santa. Pero los territorios que reconquista se pierden de nuevo en favor de los árabes a partir de 636. Tras la muerte de Heraclio en 641, le sucede su hijo Constantino III Heraclio (641), que fallece ese mismo año, dejando el poder a su hermano Heraclonas (641), que se ve obligado a abdicar en favor de su sobrino Constante II Heraclio (641-668). Éste logra contener la invasión árabe y salvar Constantinopla. Para apaciguar los conflictos religiosos, promulga en 648 un edicto que prohíbe toda discusión cristológica. Después de ser asesinado en su bañera por un oficial de palacio, el trono pasa a su hijo Constantino IV (668-685), que acaba definitivamente con la invasión árabe en Oriente. Pero, mientras, los búlgaros se han convertido en una seria amenaza para el Imperio. Capitaneados por Asparuch, llegan al delta del Danubio hacia 670 y ocupan la región de Dobrudja. Constantino IV, incapaz de atacarlos, negocia un tratado por el que reconoce las fronteras búlgaras y acepta pagarles un tributo. Así, los búlgaros crean rápidamente un Estado independiente, con Plisca como capital.

El sucesor de Constantino IV, Justiniano II (685-695), pretende perpetuar la política seguida con los árabes, y logra obtener un tributo de éstos y una disminución de impuestos en Chipre, Armenia y Georgia. Sin embargo, su fracaso en 692 abre un nuevo periodo de inestabilidad, que devuelve la superioridad a los árabes, que retoman Armenia y Cilicia. Aunque Justiniano II vuelve al poder diez años después (705-711), no puede impedir perder África del Norte. Pesa la amenaza de un nuevo asedio a Constantinopla, y los árabes atacan por segunda vez la capital bizantina en 717. León III (717-741), que acaba de subir al trono, logra hacer frente a las fuerzas terrestres y navales árabes, y el califa Omar II ordena la retirada.

Las epidemias y las guerras en los diversos frentes han remodelado profundamente el Imperio. Estos sucesos han tenido graves consecuencias demográficas, y la población de las ciudades ha disminuido considerablemente. Constantinopla, en particular, se ha visto muy afectada, pero, en realidad, pocas son las provincias que han quedado exentas. La reducción de la población conlleva un empequeñecimiento del tamaño de las ciudades, que, en su mayoría, se convierten en kastra-refugio (kastron, fortaleza en griego). El descenso demográfico ha provocado asimismo una ralentización de los intercambios comerciales. De hecho, las consecuencias de las guerras son sobre todo de carácter económico. Dados los elevados gastos militares, los bizantinos se encuentran bajo el yugo del coste de funcionamiento del Estado. Sólo bien entrado el siglo VIII el Imperio logrará recobrar los recursos necesarios para recuperar una parte de los territorios perdidos y convertirse en la primera potencia de Oriente Próximo.

E. Y.



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