En 717, cuando León III el Isáurico (717-741) toma el poder, la situación del Imperio es inestable. Los árabes asedian por segunda vez Constantinopla, pero se ven obligados a levantar el sitio a finales del verano de 718 y abandonan definitivamente su empeño de tomar la capital imperial. Pese a esta victoria bizantina, la situación sigue siendo favorable a los árabes, y habrá que esperar hasta 740 para que León III pueda infligirles una amarga derrota en pleno corazón de Anatolia, lo que dará al traste con las ambiciones de conquista árabes.
León III utiliza las sucesivas derrotas frente a los árabes y ciertas catástrofes naturales –por ejemplo, la erupción volcánica en Santorini poco antes de 726? como pruebas de la cólera divina provocada por la excesiva veneración que los bizantinos profesan a los iconos. Al parecer, para solucionar la cuestión, León III trata de iniciar una política iconoclasta a partir de 726 ordenando la destrucción de la imagen del Cristo de la puerta Chalke (por la que se accedía al Gran Palacio de Constantinopla), que manda sustituir por una simple cruz. El pueblo no acepta la decisión y se manifiesta en favor de la conservación de esta imagen y de todas las imágenes en general. León III tendrá que esperar hasta 730 para poder instaurar una política iconoclasta y destruir cualquier tipo de imagen. Los iconódulos (adoradores de imágenes) lo acusan de responder a la influencia de árabes y judíos, dos pueblos de tradición anicónica.
El reinado del hijo de León III, Constantino V (741-775), constituye el punto de partida de una verdadera política iconoclasta, que provoca enconadas controversias. Durante los primeros años de su reinado, Constantino V dirige brillantes campañas contra los árabes, como la toma de Melitene en 752, aprovechando la guerra civil que divide al bando árabe. A partir de 752, centra todos sus esfuerzos en la política interior e intenta imponer la doctrina iconoclasta. En 754, convoca un concilio en el palacio de Hiereia, cerca de Calcedonia, para que la iconoclasia se reconozca como creencia ortodoxa de la Iglesia y del Estado bizantinos. La doctrina iconoclasta califica de idólatra a toda persona que venere iconos. La idea fundamental de los iconoclastas se basa en el principio platónico según el cual la imagen reviste la misma naturaleza que su prototipo. A ojos de la iconoclasia, sólo la cruz y la Eucaristía son imágenes legítimas. En el bando opuesto, los iconódulos defienden que la imagen hace referencia a un modelo cuya sustancia no comparte, lo que anula la acusación de idolatría, ya que los honores tributados a la imagen deben entenderse hechos al prototipo y no a la materia que lo representa.
Tras la muerte de Constantino V en 775, su hijo León IV (775-780) intenta aplacar el descontento de los iconódulos y pone fin a las persecuciones. Al fallecer León IV, su esposa Irene asume la regencia en nombre de su joven hijo, Constantino VI. Para ganarse el respaldo de Occidente y del Papa, Irene decide rápidamente abandonar la política iconoclasta y, a este efecto, convoca un nuevo concilio, que se celebra en la iglesia de Santa Sofía de Nicea, el 24 de septiembre de 787. Este concilio condena la iconoclasia, a la que califica de herejía, y declara que la fabricación y la veneración de imágenes constituyen la verdadera doctrina.
En 790, Constantino VI, hijo de Irene y del difunto León IV, accede al poder con ayuda del ejército y emprende una política de pacificación. Pero su reinado no dura más que siete años. En 797, Irene manda cegar a su hijo y se convierte así en la primera mujer en asumir el poder en solitario (797-802). Pese al apoyo que le brindan los monjes, a los que ha concedido sustanciosos privilegios fiscales, Irene es derrocada en 802 por su ministro de finanzas, Nicéforo I (802-811). Después del reinado de éste, cuya política exterior se centra en reconquistar los territorios controlados por los eslavos y en la guerra contra los búlgaros, se proclama emperador León V el Armenio (813-820), estratega del thema de Anatolia. Aunque sin ser él mismo un acérrimo iconoclasta y pese a la oposición del patriarca Nicéforo, León V decide restaurar la iconoclasia. Para ello, convoca un nuevo concilio en 815 en la iglesia de Santa Sofía. Si bien el clima del concilio es bastante moderado y está exento de verdadera oposición, las persecuciones, principalmente dirigidas contra los monjes, resultan más violentas. León V es asesinado en 820 por los partidarios de su sucesor, Miguel II el Amoriano (820-829).
La iconoclasia forma parte del programa social y político de los emperadores León III y Constantino V. En una época en la que el Imperio se ve mermado por epidemias y guerras, la principal preocupación de León III y de sus sucesores consiste en restaurar la autoridad imperial y reforzar el poder del Estado. Por una parte, es innegable que las victorias frente a los árabes les devuelven un claro prestigio. Por otra parte, con el fin de mejorar el nivel económico y social, los emperadores imponen la reforma del Estado y de la Iglesia y, en este sentido, la iconoclasia sirve de excusa para la política de remodelación que León III y su hijo aplican fervorosamente. La lucha contra las imágenes se convierte en la pieza central de la batalla emprendida por el emperador contra la Iglesia y sus posesiones, contra los monasterios y sus ingresos, y contra el significativo papel de todos ellos en la vida social y su creciente influencia en la opinión pública.
Resulta difícil hablar con exactitud de la cultura y del arte iconoclastas porque subsisten pocos vestigios. Seguramente ciertas escuelas de enseñanza superior continúan su actividad en la capital durante ese periodo, pero los textos escritos no aportan precisión alguna al respecto. Los ejemplos de arte iconoclasta escasean, porque los iconódulos destruyeron sistemáticamente toda decoración realizada por los iconoclastas. Según fuentes iconódulas, las únicas que han llegado hasta nosotros, los iconoclastas se oponían a toda representación de Cristo, dado el carácter divino de éste, lo que conllevaba el rechazo absoluto de cualquier otra imagen sagrada; sólo autorizaban la representación de la cruz, símbolo de la Encarnación de Cristo, rodeada de motivos vegetales, animales u ornamentales. Los motivos inspirados en la iconografía imperial, como la representación de cocheros en el Milión encargada por Constantino V o el panel de seda del siglo VIII conservado en el Museo de Cluny, se convierten en los símbolos del emperador victorioso.
E. Y.
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