La toma de Constantinopla por los cruzados el 13 de abril de 1204 produce un vuelco en las relaciones entre los bizantinos y los cristianos de Occidente. Los latinos eligen un emperador, Balduino de Flandes, y se reparten el Imperio bizantino con arreglo al tratado conocido como Partitio Romaniae[1]. Los venecianos se reservan la mayor parte de las islas y los puertos de Albania, Epiro, Peloponeso, Eubea y Creta. Por su parte, Bonifacio de Montferrat ocupa Tesalia y crea el reino de Tesalónica; Godofredo de Villehardouin reina sobre el Peloponeso e instaura el principado de Acaya (o de Morea), mientras Otón de La Roche recibe el ducado de Atenas. La repartición del territorio en varios principados feudales genera dificultades, ya que, enfrentados unos con otros, se niegan a someterse a la autoridad del emperador latino de Constantinopla.
Al mismo tiempo, bajo la autoridad de descendientes de diversas familias imperiales, se constituyen tres focos de resistencia bizantina, y así, los nietos de Andrónico Comneno, Alejo y David, se establecen en Trebisonda, mientras Miguel Ángelo ocupa las montañas de Epiro, y Teodoro Láscaris, yerno de Alejo III, se asienta en Nicea. Cada uno de estos tres nuevos Estados independientes persigue el objetivo de restablecer el Imperio a su favor y, por ende, arrebatar Constantinopla a los latinos.
El Estado de Trebisonda, debilitado por los ataques turcos, es el primero en renunciar al proyecto.
Por su parte, Miguel Ángelo logra apoderarse de Durazzo y del oeste de Tesalia, pero es asesinado en 1215. El reino pasa a su hermanastro, Teodoro Ángelo, que somete a los territorios búlgaros colindantes y, tras la muerte del emperador Enrique[2], extiende su territorio en dirección a Tesalónica. Pedro II de Courtenay, cuñado de Enrique, sucede a este último y lanza una campaña para invadir Epiro desde el Oeste, pero sucumbe a una emboscada epirota. Teodoro Ángelo se apodera entonces del este de Tesalia, toma Tesalónica en 1224 y se proclama emperador. Pero su triunfo será breve. En 1230, los búlgaros le infligen una aplastante derrota en la batalla de Clocónica y se alzan con los territorios interiores del Imperio de Tesalónica. Los alrededores de Tesalónica quedan en manos de uno de los hermanos de Teodoro, y Miguel II Ángelo se proclama rey de Epiro.
En Nicea, Teodoro Láscaris logra organizar un poderoso Estado gracias al respaldo de dignatarios de Constantinopla exilados en la región. Sus victorias frente al sultán selyuquí en 1211 primero y, tres años después, frente al emperador Enrique, le permiten afianzar la autoridad de su Estado. En 1222, le sucede su yerno, Juan Vatatzes, que logra arrebatar a los francos las posesiones de éstos en Anatolia y conquistar las islas Lesbos, Chios, Samos y Rodas. La derrota del déspota de Epiro, Teodoro Ángelo, ante los búlgaros en 1230 le brinda la ocasión de rehacerse en Tracia, al tiempo que la victoria de los mongoles sobre los selyuquíes en 1243 lo libera de toda posible amenaza en el frente oriental. En 1246, ataca la frontera meridional de Bulgaria y, más adelante, la ciudad de Tesalónica. Un año después, Juan Vatatzes conquista el resto de Tracia, salvo Constantinopla. Entabla negociaciones con el papa Inocencio IV, que parece dispuesto a tomar Constantinopla a condición de que se selle la unión de las iglesias cristianas de Oriente y Occidente, pero no se logra un acuerdo. Juan Vatatzes e Inocencio IV mueren en 1254. El Imperio de Nicea pasa a manos del hijo de Vatatzes, Teodoro II Láscaris (1254-1258), que se ve obligado a defender sus territorios contra el zar búlgaro, pero también contra Miguel II de Epiro, que ha constituido una alianza con el príncipe franco del Peloponeso y el regente germánico del sur de Italia, que incita a los albaneses de los alrededores de Durazzo a rebelarse contra la autoridad de Nicea. En 1258, muere Teodoro II Láscaris y deja el Imperio de Nicea a su joven hijo Juan Láscaris y a Miguel Paleólogo, que es proclamado regente en 1259.
Durante la ocupación latina (1204-1261), se saquea una gran parte de las riquezas de Constantinopla, en beneficio especialmente de los venecianos, tal y como lo prueban la Pala de Oro y los valiosos objetos que forman parte del tesoro de la Basílica San Marco de Venecia.
Fuera de la capital, los latinos centran todos sus esfuerzos en construir fortalezas para defender los territorios ocupados; una de las más imponentes es la de Mistra, en el Peloponeso, levantada por los Villehardouin. Pero los cruzados erigen también algunas iglesias, de estilo gótico; las iglesias bizantinas en las que pueden observarse bóvedas de ojiva o cuya decoración se ha completado con esculturas figurativas recuerdan la presencia franca. En Chipre, la ocupación de los cruzados es ostensible en los monumentos de la isla. Al igual que Palestina, Chipre es uno de los principales núcleos de desarrollo del arte icónico, y en esta isla los artistas latinos realizan un gran número de paneles inspirándose en las obras bizantinas. Tras la caída de Jerusalén en 1244, San Juan de Acre se convierte en el mayor centro de producción de manuscritos e iconos, de clara inspiración bizantina aunque de estilo occidental.
El alma de Bizancio permanece viva gracias a los artistas e intelectuales bizantinos que han abandonado la capital imperial, ocupada por los cruzados, y se han refugiado en las regiones aún independientes de Grecia y los Balcanes, como el monte Atos, o los Estados de Nicea y de Trebisonda. Nicea, capital provisional del Imperio gracias a Teodoro Láscaris, es uno de los grandes focos intelectuales y artísticos de la época, al igual que Trebisonda, a partir de la llegada de los comnenos. También las obras de los artistas bizantinos implantados en el despotado de Epiro, en Grecia, contribuyen a hacer perdurar durante este periodo los rasgos característicos del arte bizantino, como puede observarse en Arta, capital de ese Estado.
E. Y.
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