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Las artes textiles

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El cartucho estrellado

En Bizancio

Si Bizancio, como el mundo islámico medieval, ha podido ser definido por el historiador Maurice Lombard como la civilización del textil, los testigos de esta producción han sido muy escasos, a excepción de los tejidos coptos. La gran mayoría de los tejidos bizantinos ha sobrevivido en los tesoros de las iglesias occidentales, en Francia, en Suiza, en Alemania, en Bélgica o en Italia. Servían para envolver las reliquias de los santos, así que los llamaron sudarios. Otros tejidos preciosos fueron cortados para realizar casullas ó otros trajes religiosos.

Nuestra información está también truncada puesto que si en Occidente, disponemos de una fuente importante de informaciones sobre la naturaleza de las importaciones de sederías de lujo, en las regiones de producción, los testigos son rarísimos. Efectivamente, las excavaciones arqueológicas revelan sobre todo unos tejidos ordinarios, de uso cotidiano, poco estudiados. Existen sin embargo algunas excepciones como aquella cofia encontrada en el territorio de lo que es hoy Bulgaria, los restos de una sedería en la tumba de un miembro de la aristocracia enterrado en la iglesia de Santo Aquiles de Prespa, o los de un traje femenino en Mistra, en Grecia.

Función

La primera función del textil es de proteger el cuerpo, de vestirlo. Si tenemos pocas informaciones sobre la naturaleza exacta del vestido popular, compuesto de una túnica y de un abrigo de lino o de lana, sabemos mucho más de lo que se llevaba en la corte. Según unas informaciones extractas del Libro de las ceremonias de Constantino Porfirogénito y del Tratado de los oficios de Pseudo-Codino; las formas, los accesorios, los colores de los trajes áulicos eran estrictamente reglamentados en sus más mínimos detalles. Sobre las ilustraciones de los manuscritos, como en el Menólogo de Basilio II, aparece que los vestidos litúrgicos eran cosidos con las mismas telas que los de la aristocracia. Se supone que fue la razón por la que, debido a su sobriedad, se hayan elegido más que las sederías monocromas "esgrafiadas". Además, numerosos textiles de lujo, y sobre todo los trabajos bordados, eran empleados en la liturgia, y, de forma general, en el culto.

Los materiales

Los materiales más utilizados en la Antigüedad y en la Edad Media en Oriente Próximo proceden de la agricultura y de la ganadería local. Según los miles de textiles y de prendas de aquellas épocas encontrados en Egipto; la lana y el lino se asociaban; la lana, a diferencia del lino, se teñía con más facilidad y servía para crear las decoraciones coloreadas mediante inserciones de tapicería.

La seda es una fibra que se conoce desde la Antigüedad clásica pero su uso, procedente de China, se extendió en el siglo VI. En aquella época, fue bajo el reinado del emperador Justiniano que la sericicultura fue introducida en el Imperio bizantino. Parece que fue en esta misma época que empezó a practicarse en las tribus sasánidas. Sin embargo, sigue siendo un material de lujo, como lo atestigua la ley náutica de Rodas, al principio del siglo VII, suerte de seguro que estipulaba que en caso de pérdida del cargamento, el valor estimado de la seda igualaba al del oro, de las piedras preciosas o de las perlas, de peso similar. El biso, seda o lana de mar, procede de un filamento que segregan los mejillones; fuentes árabes y bizantinas lo nombran como una fibra preciosa, en particular en el siglo VI. Entre los regalos hechos por el emperador bizantino al soberano armenio, Procopio señala unos tejidos de biso. De hecho se utilizará también en el sur de Italia hasta la Segunda Guerra mundial.

Los colores

Los matices  más corrientes de los tejidos del Oriente Próximo son el azul oscuro, a base de índigo, los amarillos, de origen vegetal, y el rojo. Para este último color, los tintoreros conocían la rubia, que produce un tono rojo anaranjado, pero también el quermes y la cochinilla, insectos que poseen un pigmento rojo. El color que se obtiene con estos parásitos contiene un reflejo ligeramente violáceo y su producción es mucho más costosa.

El colorante  más prestigioso resta sin embargo el púrpura, producido a partir de conchas y que genera varios matices de violeta. Los numerosos y frecuentes estudios y análisis nos han permitido encontrar numerosos ejemplos de fragmentos de tintes realizados con esta concha, procedentes de los vestigios de la Antigüedad griega y romana (conservados en el Museo de Palmira o en el tesoro de la catedral de Colonia). En cuanto al periodo bizantino, uno de los más hermosos especimenes de tejido teñido con púrpura procede de la catedral de Sion, en Suiza. La forma de este fragmento demuestra que se trata de la parte inferior de una dalmática.

Las técnicas

Los damascos, los taqueté, los samitos labrados ó los lámpas, que son las urdimbres de tejidos conocidas en Bizancio, necesitaban un telar perfeccionado llamado telar de tiro. Fueron los estudios técnicos los que permitieron establecer el uso de este telar puesto que ningún elemento ha llegado hasta nosotros. En efecto, los taquetés y los samitos labrados se caracterizan por la presencia de dos cadenas: la cadena de ligadura, que junta los tramos de tafetán para el taqueté y de sarga para el samito. Los telares de tiro poseen órganos de mando que seleccionan las cadenas. Hay que tener en cuenta  que los telares bizantinos debían de ser muy grandes, contrariamente a los telares chinos, pues hemos conservado amplios anchos de tela, como las sederías imperiales decoradas con leones.

Organización del trabajo

Bizancio, así como el mundo arabo-islámico contemporáneo, utiliza el sistema romano de los talleres privados (collegia ó ministeria en Roma, somata en Bizancio) y de las manufacturas de Estado (fabricae publicae en Roma, demosia somata en Bizancio). Conocemos muy bien el funcionamiento de los talleres privados gracias a un manuscrito de la biblioteca de Ginebra, el Libro del Prefecto de León VI el Sabio. Este texto nos informa también de los vínculos que existían entre el mundo bizantino y arabo-islámico entorno al comercio y a la terminología del textil.

Los demosia somata trabajan para la corte imperial y fabrican también los tejidos destinados a los intercambios diplomáticos. Así como la producción de los talleres privados, la exportación de sederías de lujo es estrictamente controlada. Tenemos un testimonio de la aplicación severa de estos reglamentos con el relato de Liutprando de Cremona en la segunda mitad del siglo X. Una categoría de tejidos llamados sigillata, o sellados, puede a lo mejor confirmar estas informaciones. Hemos dudado mucho tiempo antes de definir este tipo de telas como decoradas con medallones circulares ó octogonales. Sin embargo, la hipótesis más probable es que este término designaba las telas que llevaban el sello de los talleres oficiales.

Las decoraciones

Las criaturas fantásticas inspiradas de Oriente Próximo desempeñan un papel importante en las decoraciones textiles bizantinas: caballos alados, simurgh o grifones. Los caballos alados y los íbices que adornan numerosos estucos o sellos sasánidas también figuran sobre los textiles. Hay que señalar que estos motivos, como aquellos leones de tipo iraní, son emblemáticos de la producción de los talleres imperiales. Llevaban además una inscripción con el nombre de los soberanos (ver varios ejemplos conservados en Alemania, Colonia, Berlin…). Ocurre lo mismo con los caballeros enfrentados procedentes del relicario de santo Austremoine en la abadía de Mozac; se conserva en el Museo de las telas de Lyon. Variantes simplificadas ofrecen personajes que hemos identificado con el tiempo como las amazonas.

Así como el mundo árabe, Bizancio conoce también las decoraciones geométricas que pueden formar la única decoración del textil ó combinarse con motivos florales o figurados. Un ejemplo conservado en el tesoro de la catedral de Lieja mezcla con una red de rosetones el monograma del emperador Heraclio.

En este Imperio cristiano, las telas con sujetos bíblicos son numerosas, aunque ciertos obispos, como Asterio de Amasea, condenan este uso. Poseemos sederías que muestran la Historia de José, en el tesoro de la catedral de Sens, la Presentación de Samuel a Elias en la iglesia de Chelles, la Anunciación y la Natividad del Sancta Sanctorum, para nombrar sólo los ejemplos más famosos. Estos temas también aparecen en la tapicería copta, como lo atestigua la gran colgadura que enseña a María rezando, conservado en el Museo de Arte e Historia de Ginebra.

Los temas mitológicos, que evocan la cultura clásica apreciada de la aristocracia durante los primeros siglos de Bizancio, también se ilustran sobre las sederías, como los Dioscuros en Saint-Servais de Maastricht, la representación de una escena dionisiaca en Sens, ó también sobre varias tapicerías coptas conservadas en la Fundación Abegg en Suiza.

Más tarde aparecerán unas decoraciones orientales atestiguando la influencia arabo-musulmana como los grifones, o aún más significativo, los pseudo-caracteres cúficos utilizados para su valor ornamental. El mejor ejemplo es sin duda el segundo sudario de San Potentino en el tesoro de Sens, que nos ha llegado después del saqueo de Constantinopla por los cruzados, en 1204.

Observamos también que algunas formas decorativas como los compartimentos con aspecto de rombos curvados, que se hallan también sobre las telas bizantinas a partir del siglo XI, marcaron con intensidad la organización ornamental de las sederías labradas y de los terciopelos que se tejerán, después de la caída de Bizancio, en la Italia renacentista como en el Imperio otomano.

Hacia el año mil, aparece el tipo de sederías monocromas esgrafiadas, que conocemos tanto por unos ejemplares conservados en los tesoros de las iglesias de Occidentes como por testimonios iconográficos (frescos o iluminaciones). Estas telas sobrias eran muy apreciadas en un contexto religioso, puesto que muchos ejemplos de casullas y otros trajes litúrgicos cortados en este tipo de telas, han sido conservados, especialmente en Alemania, Francia y Suiza. Según el ángulo de visión, se puede en efecto leer o no su decoración; sino, la sedería parece ser de color totalmente liso. Las iluminaciones de los manuscritos como las del Menólogo de Basilio II revelan una gran variedad, tanto en los trajes imperiales, de los notables o también de los altos dignatarios de la Iglesia.

Las urdimbres que han servido para realizar estas sederías monocromas son el samito labrado, que hace aparecer el motivo solamente por sus contornos dibujados únicamente gracias al cruzado de las tramas de derecho y de envés, ó el lampás que, por la alternancia de dos efectos, la tela y la sarga, crea un fondo sobre el cual resalta claramente los adornos. El lámpas ha debido ser elaborado a esta época, sin que podamos determinar su lugar de nacimiento puesto que parece surgir de forma simultánea alrededor del año Mil en el mundo arabo-bizantino y en Bizancio.

M.M.-R.

En Islam

Los pueblos musulmanes han atribuido una importancia primordial a las artes del textil, no sólo por su función práctica en la vestimenta y el mobiliario de cada día, sino también como representación del lujo y el esplendor. En estas artes es efectivamente donde mejor se ha plasmado su estilo de vida y su percepción de la belleza, de lo sagrado y lo supranatural.

Acorde con la tradición semítica y con el ejemplo del Profeta, el hombre debe llevar prendas largas y amplias. Vestidos, abrigos, turbantes y mantones les otorgan un carácter más imponente y solemne, y los coloca definitivamente por encima de todos los seres de la Creación. Musulmanes, judíos y cristianos de Oriente coinciden en este aspecto, como de hecho en muchos otros. Además, una vestimenta sencilla y digna expresa convenientemente el poderío. Aun cuando las distintas piezas que la integran no varían, se establece toda una jerarquía en cuanto a la calidad y los adornos de la vestimenta. En la época de los califas, una institución inspirada en un modelo bizantino y sasánida materializó los lazos entre los textiles y el poder: el tiraz, taller de fabricación de ropa para el soberano, es un auténtico monopolio de Estado comparable con el de la moneda o el del papel. El vocablo tiraz, de origen persa, está asociado a la idea de bordado y se emplea en un primer momento para designar la franja epigráfica en la que aparece el nombre del califa reinante, sus títulos y sus alabanzas. Por extensión, también designa el tejido decorado con estas franjas epigráficas y, más tarde, las manufacturas reales que lo confeccionan. El dar al-tiraz puede ser privado (khassa), si está instalado dentro del área delimitada por los muros del palacio, o público ('amma), en cuyo caso la venta de su producción constituye una importante fuente de recursos para el Tesoro. De los talleres de tiraz sale la khila, es decir, el vestido honorífico que el califa distribuye dos veces por año (único bien que cualquier musulmán se lleva a la tumba), además de toda clase de tejidos suntuosos que forman parte de una política hecha de prestigio y de obsequios.

Durante la Edad Media, el mobiliario está constituido fundamentalmente por tejidos. Mantas, cojines, alfombras, tapices y cortinas para las puertas evocan la vida en el desierto y el lujo de las monarquías bizantina y sasánida. Los árabes aprecian esta ambivalencia entre el marco de vida sedentario y el nómade, que obliga a utilizar materiales ligeros. Una ambivalencia que encontramos asimismo en el ceremonial de la corte. La cortina que oculta al califa de la asistencia es una evocación de los palacios sasánidas, mientras que las alfombras que configuran el espacio del poder, los tejidos drapeados que delimitan habitaciones dentro de salas más amplias y los cojines que sirven de apoyo hacen referencia a la tienda de los patriarcas. Los cronistas suelen mencionar castillos de telas rodeados de murallas de lino, auténticas ciudades de tejidos en las que los abasíes y los fatimíes hallan deleite y descanso. Estos ricos pabellones decorados con motivos figurativos se amontonan en los almacenes del palacio. En El Cairo, durante el saqueo de 1067, se hallaron cantidades ingentes de tejidos en la morada de al Mustansir. El espléndido mobiliario textil y las vestimentas magistrales de los tiraz se suelen conservar como tesoros, cual una reserva en metálico, como ilustra el hecho que una única palabra en árabe, khizana, significa al mismo tiempo las vestimentas y el tesoro, lo cual a su vez nos recuerda que a menudo los sueldos y las retribuciones se convertían en piezas de tejido. En la estructura de las grandes ciudades subsisten rastros de ello: los mercados de telas nunca están demasiado lejos de los bancos. Las fiestas son momentos culminantes en los que se sacan a relucir los lujosos tejidos. Así sucedía, por ejemplo, con la fiesta que celebraba en El Cairo la apertura del canal y su magnífico despliegue de alfombras, sombrillas, estandartes, paramentos y trajes prodigiosos.

Este esplendor no podía sino llegar hasta la esfera religiosa. Es bien sabido el simbolismo que tienen las alfombras de oración, que presentan pequeños mihrabs como los de las mezquitas, delimitando así espacios propicios para la devoción. También tiene su simbolismo la kiswa, es decir, el manto bordado con frases religiosas que cubre la kaaba como si se tratase de un traje de ceremonia. Los talleres del califa fabrican efectivamente cada año esta lujosa pieza de tejido de 700 m2 para el santuario de La Meca. Este manto, así como los mantos de las tumbas o las refinadas colgaduras adornadas con figuras fantásticas, nos lleva a evocar la dimensión mística de los tejidos, cuyos hilos entrecruzados forman una malla sutil, un cuerpo inmaterial, una substancia cuanto menos distinta de los elementos que la componen y que nos acerca del Creador. En este sentido, el arte islámico, y en particular la decoración arquitectónica, tiene muchos elementos en común con la estética del textil: los mismos motivos estilizados, en dos dimensiones, repetidos indefinidamente y sembrados sobre la estructura que les sirve de soporte, lo cual sugiere un mundo inestable, frágil, irreal, a caballo entre las formas perceptibles y los números abstractos.

Frente a un Occidente técnicamente debilitado por las invasiones bárbaras y frente a un Imperio Bizantino protector de sus sedas, los países musulmanes impulsan un desarrollo de las artes del textil acorde con el gran interés que despiertan. Y todo contribuye a dicho desarrollo. Las conquistas de los primeros siglos reunieron bajo una única dominación a los pueblos de España, del Magreb, del Oriente Medio bizantino y del imperio sasánida. De esta manera, manufacturas sumamente activas caen en manos de los árabes, entre ellas, las de Alejandría, Tiro y Antioquía, que tejen telas de seda asargada, y las de El Fayum, especializadas en las telas de lino con inserción de tapiz. En este espacio por tanto abierto, circulan las materias primas, se difunden catálogos y procedimientos, y se intensifica el cultivo de las fibras textiles y de las plantas tintóreas. Egipto y el norte de África desarrollan el cultivo del añil mientras que España se especializa en el azafrán. Los textiles tradicionales, como la lana y el lino, se multiplican por todas partes. Los textiles nuevos, como el algodón y la seda, se propagan de este a oeste. La sericicultura lanzada en la Siria bizantina durante el reinado de Justiniano (s. vi) se introdujo en el Levante español y en el norte de Sicilia. En Andalucía, dará lugar a una industria suntuaria centrada en Almería. El tejido de los lampás, inventado en Bagdad en el siglo xi, se introduce paulatinamente en Siria, Egipto y España, y sustituye al de los samitos. Y el Occidente latino adopta la misma tendencia. El florecimiento urbano producido como consecuencia de la expansión musulmana, el lujo de las cortes y las necesidades del ejército y de la marina estimulan la producción de tejidos. Las nuevas capitales —Fustat, Kairuán, Raqqada, Sabra al-Mansuriyya, Mahdia, Fez, Madinat al-Zahra, El Cairo y más tarde Marrakech—, a las que afluye una mano de obra especializada, son lugares de creación y de consumo a la vez. En los mercados, un inspector (el muhtasib), armado de su manual, controla la estabilidad de los precios y la calidad de las piezas de tejido. Su amplio léxico de los tejidos designa procedimientos, lugares de fabricación o venta, diseños… Los términos no siempre ayudan a identificar las técnicas empleadas, pero demuestran la importancia que tenía el arte del textil en la civilización musulmana, que se suele definir como una civilización del textil.

R.G.

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En Byzancio

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