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Qantara - Los Abasíes (750-1258)
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Los Abasíes (750-1258)

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Nombre de la segunda dinastía de califas del Islam, cuyos soberanos, descendientes de al?Abbas, tío del Profeta, reinaron entre 749 y 1258.

Preparada por un movimiento propagandístico –mezcla del descontento anti-omeya y de las aspiraciones alíes– arraigado en las regiones orientales de Dar al-islam en la primera mitad del siglo VIII, la toma de poder por parte de los abasíes marcó la vuelta al poder de los miembros del clan hachemí. El primer califa abasí, al-Safá, fue proclamado en Kufa en el 749 y el último califa omeya Marwan II fue capturado y ejecutado junto con su familia al año siguiente.

Es al segundo califa abasí, al-Mansur (r. 754-775), a quien debemos las decisiones fundadoras de la identidad abasí y, en primer lugar, el desplazamiento del centro de gravedad del Imperio musulmán hacia el este con la elección de una nueva capital, Bagdad, fundada en Irak en la orilla occidental del Tigris. La «Ciudad redonda», primer núcleo urbano de la ciudad, construida en ladrillo y totalmente planificada, fue terminada en el 762. Albergaba los palacios califales, una mezquita central, edificios administrativos y barrios de viviendas. Además de su función de capital política, Bagdad se convirtió rápidamente en el principal centro intelectual del Imperio abasí, crisol de la cultura árabo-musulmana en gestación.

Entre los sucesores de al-Mansur, el califa Harun al-Rashid (r. 786-809) retomó la lucha armada contra los bizantinos y tuvo que hacer frente a las primeras autonomías regionales que comprometieron la unidad del Imperio (aglabíes de Ifriqiya). Una lucha por la sucesión entre sus dos hijos, al-Amin (r. 809-813) y al-Mamun (r. 813-833), que degeneró en guerra civil, provocó en el 813 la ruina de la «Ciudad redonda», que los califas acabaron abandonando para instalarse en la ciudad oriental del Tigris. Al-Mamun aplicó una política religiosa e intelectual original, intentando un acercamiento a los medios shiíes y tratando de imponer como oficiales doctrinas originarias de un enfoque racionalista del Islam, el mutazilismo. Ambas tentativas se saldaron con sendos fracasos. Pero, entretanto, al-Mamun había favorecido el desarrollo de las ciencias y de la filosofía, y encargado la traducción de obras griegas al árabe, en torno a la biblioteca llamada Bayt al-hikma, «Casa de la sabiduría».

Desde las primeras décadas del siglo VIII, Bagdad se había desarrollado a ambas orillas del Tigris. Los conflictos crecientes entre los militares turcos de la guardia del califa al-Mutasin y la población de Bagdad motivaron la decisión de fundar una nueva capital a 125 km al norte de Bagdad: de este modo, Samarra se convirtió en el centro del poder abasí entre el 836 y el 892. Tras esta fecha, los califas abasíes regresaron a la orilla oriental de Bagdad, donde instalaron un complejo palaciego, Dar al-khilafa, rodeado de jardines.

Durante los dos primeros siglos del reinado abasí, a menudo considerados como una «edad de oro» en razón de la autoridad política efectiva de la que gozaban los califas y de la prosperidad general del Imperio, se asistió al florecimiento de una producción artística y material original, a veces calificada de «arte abasí», marcada por influencias orientales, sobre todo de la Persia sasánida.

En el ámbito arquitectónico, se asistió durante estos dos siglos a la construcción de imponentes monumentos de ladrillo cocido, que retomaban técnicas de construcción sasánidas: importantes fortificaciones de la «Ciudad redonda», gigantescas mezquitas de Samarra (mezquita de al-Mutawakkil y mezquita de Abu Dulaf) con sus minaretes helicoidales, palacios califales de los que han llegado muy pocos vestigios a la época contemporánea. El palacio fortificado de Ukhaydir, situado a 120 km al suroeste de Bagdad y construido hacia el 778 por un sobrino de al-Mansur, es un buen testimonio de la monumentalidad de las construcciones de la época. Fue también a finales del siglo VIII cuando se edificaron los primeros monumentos funerarios de los soberanos, por ejemplo, la primera tumba con cúpula de Samarra, la Qubbat al-Sulaybiyya; las tumbas dinásticas se multiplicaron a partir del siglo X. Las caras internas de las construcciones de ladrillo de la época abasí estaban recubiertas de estucos labrados con decorados geométricos.

Una de las innovaciones técnicas de la primera época abasí conocería una larga posteridad en el mundo musulmán y luego en Europa: se trata de la producción de cerámica lustrada mediante la aplicación de un óxido metálico sobre el vidriado ya cocido, seguida de una segunda cocción. La cerámica llamada «de Samarra», fabricada a partir de principios del siglo IX, presentaba diferentes tipos de lustres, monocromos y polícromos, que siguieron produciéndose mucho después del regreso de los califas abasíes a Bagdad.

Esta cerámica lustrada –bajo forma de objetos funcionales (copas), pero también de decorados arquitectónicos (azulejos de cerámica destinados al revestimiento mural de los monumentos)– era exportada a otras regiones de Dar al-islam: encontramos ejemplos de ella tanto en la gran mezquita de Kairuán (siglo IX) como en Medina Azahara, ciudad palaciega de los omeyas andaluces (siglo X). También se producía a escala regional, en Irán (Rayy et Nishapur), en Egipto (Fustat), en el Magreb y en Andalucía.

Otros productos del Irak abasí exportados a las provincias del Imperio eran los tejidos de algodón de los tiraz (talleres dedicados a la confección de tejidos de lujo) califales, de los que se han encontrado algunas muestras en Fustat; pero había otros talleres regionales conocidos en el ámbito abasí, sobre todo en Yemen, en Irán y en Egipto (talleres de tejidos de lino del Delta, de El Fayum y del Alto Egipto).

Desde finales del siglo IX, los califas abasíes tuvieron que hacer frente a la autonomía, incluso a la secesión, de numerosas provincias. En las primeras décadas del siglo X, la proclamación del califato omeya de Córdoba y sobre todo del califato fatimí shií de Ifriqiya, y luego de Egipto, puso fin a la ficción de un Dar al-islam unido bajo la dirección de un solo califa en Bagdad. Entre 945 et 1055, los abasíes tuvieron que aceptar la tutela de jefes militares shiíes, los emires buyíes, originarios de Daylam (sur del mar Caspio). En las regiones orientales y occidentales del antiguo Imperio abasí, el desarrollo de numerosas cortes regionales y el mecenazgo de los dinastas autónomos propiciaron la eclosión de estilos locales en materia artística, así como el renacimiento de una literatura en persa a partir del siglo X.

A mediados del siglo XI, los selyúcidas, generales turcos originarios de Asia central, pusieron fin al reinado del último buyí y adoptaron el título de sultanes, liberando a los califas abasíes de la tutela shií pero estableciendo otra nueva: la suní. Bajo su dominación, se fundaron en Irak instituciones nuevas según un modelo oriental: las madrasas, lugares de enseñanza del derecho musulmán. En Bagdad aparecieron numerosas madrasas en la segunda mitad del siglo XI y, en las regiones mediterráneas (Siria, Egipto y luego Magreb), a partir del siglo XII y con características arquitectónicas diferentes.

A partir del segundo tercio del siglo XII, la dominación selyúcida sobre el califa de Bagdad se hizo más indirecta, lo cual hizo posible una lenta recuperación de la autoridad abasí, que culminó bajo el reinado de al-Nasir (r. 1180-1225). La primera mitad del siglo XIII fue un período de efervescencia artística: los manuscritos iluminados producidos en Mosul y Bagdad a partir de 1220 (de los que el más célebre es el ejemplar del Maqamat de al-Hariri illustrado por al-Wasiti, 1237, actualmente conservado en la Biblioteca Nacional de Francia) o la arquitectura de ladrillo de la madrasa Mustansiriyya de Baghdad son buenos ejemplos. Fue en este contexto cuando el empuje militar mongol puso fin al califato abasí con la toma de Bagdad en 1258 y la ejecución del último califa abasí de Irak, al-Mustasim.

En 1261, Baybars, el sultán mameluco de El Cairo, recogió a un superviviente de la familia abasí y restableció una dinastía califal títere, cuya única función era la de legitimar al sultán mameluco reinante. De este modo, la dinastía de los abasíes de El Cairo reinó de manera ficticia hasta que los otomanos pusieron fin al régimen mameluco en 1517.

V. V. R.



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