Al igual que sus rivales marinidas, los abdelwadidas (asimismo denominados zayyanidas en referencia a Zayyan, padre de Yaghmurasan, fundador de la dinastía), provienen de tribus zenetas nómadas que se desplazan en el siglo XII a la parte oeste del Magreb central. Fiel al poder central almohade, uno de los jefes de los abdelwadidas, fue investido por el califa al-Ma’mun como gobernador de Tlemcen en 1227. En 1236, el poder tribal cae en manos de Yaghmurasan, que no tarda en mostrar sus veleidades de independencia. Desde 1240, deja de reconocer al califato almohade y se impone el título de emir de los musulmanes, que antiguamente adoptaron los almorávides. Para afirmar su poder, Yaghmurasan debe enfrentarse a un clima hostil. No sólo hace frente a los almorávides deseosos de recuperar su autoridad en Tlemcen, sino que también resiste a las ambiciones de sus vecinos hafsidas. La rivalidad duradera con los marinidas se cristaliza un tiempo alrededor del control del puerto caravanero de Sijilmasa. Con los sucesores de Yaghmurasan, esta rivalidad hace vacilar el poder abdelwadida en varias ocasiones. Entre 1299 y 1307, los abdelwadidas se atrincheran en Tlemcen, que resiste a un largo siglo marinida. Al salir de esta prueba, Abu Hammu I (1308-1318) y su hijo Abu Tashfin (1318-1337), emprenden una política de consolidación del poder abdelwadida y extienden su poder al territorio de las tribus zenetas de los tujin y de los maghrawa en el valle del Chelif y de sus alrededores. Tlemcen recobra su esplendor y se beneficia, gracias a su situación central en el Magreb, de las riquezas del comercio transahariano. Las relaciones exteriores establecidas con Aragón y Mallorca refuerzan la posición regional de los abdelwadidas, especialmente frente a los hafsidas en crisis. Las rivalidades con los marinidas ponen fin a esta calma. Tlemcen cae en manos de Abu l-Hasan en 1337. Los marinidas, sin poder establecerse allí de forma duradera, la reocupan periódicamente, en especial en 1352, 1360 y 1370. Con Abu Hammu II (1359-1389), monarca cultivado, nacido y criado en Al-Ándalus, el poder abdelwadida recobra algo de su esplendor.
Posteriormente la dinastía se mantiene con dificultad, resistente a los intentos de expansión marinidas y hafsidas (en el siglo XV), pero sin conseguir establecer un poder central fuerte, triunfando las disensiones tribales internas.
El arte abdelwadida nos ha dejado varias realizaciones modestas, principalmente situadas en la capital Tlemcen. Se edificaron varios oratorios, especialmente cerca de mausoleos de personajes santos. La mezquita Sidi Abu l-Hasan, dedicada a un sabio de Ténès, se fundó en 1296 y la mezquita de Awlad al-ImAm (1310), ambas de tamaño reducido, carecen de patio central. La sala de oración consta de naves perpendiculares al muro de la qibla. La mezquita Sidi Ibrahim, construida en el reinado de Abu Hammu II, adopta una planta similar a las dos anteriores, pero con un patio central rodeado de una galería que prolonga las naves de la sala de oración. El mihrab va precedido por una cúpula acanalada. Los edificios están cubiertos de estructura de madera, acondicionada a veces, como en el caso del oratorio de Sidi Abu l-Hasan, según las técnicas andaluzas de techos artesonados.
Aunque los abdelwadidas no construyeron muchas mezquitas nuevas, aportaron su cuidado al mantenimiento, la restauración y la ampliación de edificios preexistentes. Así, varias mezquitas del territorio zayyanida disponen de minaretes. Probablemente a Yaghmurasan debemos los minaretes de dos mezquitas de Tlemcen: la gran mezquita y la de Agadir. En ambos casos, los minaretes se elevaron según el modelo almohade, cuyo prototipo es el minarete de la mezquita de la kasba en Marrakech. Las torres cuadradas se rematan en un linternón y la decoración de relieves de ladrillo dibuja la red rómbica que orna el cuerpo del minarete. La presencia de un panel de red rómbica se observa en otros casos, como en Nedroma, o en los minaretes de los oratorios de Abu l-Hasan y de Sidi Ibrahim en Tlemcen. Sin embargo, la red rómbica, marca típica de la herencia decorativa almohade, no aparece en los minaretes de las mezquitas de Awlad al-Imam y de Mechouar en Tlemcen, donde las fachadas de la torre están decoradas con un panel rectangular adornado con arquerías entrelazadas.
Los soberanos abdelwadidas edificaron varias madrasas, desgraciadamente todas desaparecidas. La primera se debe a Abu Hammu I que financia hacia 1310 la construcción de la madrasa de los Awlad al-Imam, en honor de dos sabios de la región de Ténès. Hacia 1327, se construye al-Tashfiniyya, levantada por Abu Tashfin, e implantada muy cerca de la gran mezquita de Tlemcen. Restaurada varias veces, especialmente en el siglo XV, en el reinado de Abu l-Abbas b. Musa (r.1430-1461), se demolió en 1873 para construir el ayuntamiento. Conocemos su planta y varios fragmentos de su decoración. El monumento se organizó según dos ejes perpendiculares, uno que unía las dos entradas monumentales, y el otro que atravesaba el mihrab de la sala de oración. El patio central, de forma rectangular, está totalmente rodeado de galerías. La sala de oración presenta una disposición original, ya que va precedida de una galería decorada con una pila. En el interior, el oratorio se divide en tres partes: un sector central cubierto por una cúpula está delimitado de una y otra parte por un espacio rectangular; uno de los sectores laterales al parecer tuvo una vocación funeraria. Una última madrasa zayyanida, al-Ya‘qubiyya, se construyó en el reinado de Abu Hammu II.
Paralelamente al desarrollo del culto a los santos, la arquitectura magrebí post almohade se caracteriza por el interés mostrado a los centros funerarios. Así, nos han llegado algunas qubbas funerarias de época abdelwadida. La qubba de Sidi Marzuq, que probablemente data del reinado de Yaghmurasan, está situada en la esquina suroeste de la gran mezquita de Tlemcen. El acceso al mausoleo se realiza mediante una antecámara. El espacio funerario está rematado con una cúpula de ocho caras. La qubba de Sidi Ibrahim, construida por Abu Hammu II, está precedida por un patio a cielo abierto. La cámara funeraria, coronada también por una cúpula de ocho caras, está profusamente decorada por paneles esculpidos en escayola que incluyen largas inscripciones coránicas.
El final de la dinastía abdelwadida es tan agitado como el primer siglo de su historia. Debilitados por sus disensiones internas y por la gran influencia de las tribus árabes nómadas, los abdelwadidas se reducen a la soberanía de los españoles de Orán (1509) y después a los turcos de Argel (1517). Tlemcen, sometida un tiempo a los saadíes, es ocupada definitivamente por los turcos en 1550, poniendo fin definitivamente de este modo al poder abdelwadida.
Y.B.
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