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Los otomanos (1281-1924)

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Puede calificarse a esta dinastía turca con superlativos: su territorio es el más extenso de todas las dinastías que han gobernado en el Islam, y su reinado el más largo. También asume de hecho la carga califal después de la desaparición, en 1517, del último califa abásida refugiado en el Cairo. Implanta el Islam en Europa oriental y central y pone un punto final al imperio bizantino con la toma de Constantinopla en 1453, que se convierte en Estambul, sede de la Puerta Sublime. La leyenda nos recuerda todavía a su fundador, “Uthmân Iquien, en Bitinia, crea un pequeño estado en la zona fronteriza con el sultanado selyúcida de Rum y Bizancio. La expansión hacia el oeste - Grecia continental, Islas Egeas, Balcanes, Hungría – empieza con la conquista de la orilla europea en 1352 y culmina con el sitio de Viena en 1683, sin por lo tanto menoscabar la dominación de Asia Menor. Desestabilizado por la incursión de Timur (Tamerlán) en 1402, el poder otomano se restablece y el comercio se desarrolla con Venecia, Génova y Ragusa. En 1516, los otomanos quitan a los mamelucos las provincias de Siria y Egipto; se afirman como los defensores de la ortodoxia sunita frente a los safavíes del Irán chiíta. Como tales extienden su hegemonía hasta las ciudades santas de la Meca y Medina y, más allá, hasta Yemen. Conquistan también a Irak y Bagdad y controlan ó apoyan a los principados corsarios - también llamados estados berberiscos – de África del Norte.

La autoridad del poder se concentra en la persona del sultán, semejante a la imagen de Rey Sol en Francia. Después de una primera fase ofensiva que ve al sultán presente en los campos de batalla y durante la cual la Europa cristiana, fragilizada por sus disensiones, los consideran como a una plaga, los otomanos ejercen el poder con peor gestión en condiciones más pacificas. Es, con alguna excepción, el caso de los descendientes de Sulayman II (Solimán el Magnífico, 1520 - 1566) confrontados a una Europa post-renacentista ya por entonces a la punta del progreso en las ciencias, el arte de la guerra, y también en la economía. Ya no se espera del soberano que intervenga directamente en el gobierno, ahora asumido por los grandes visires y dignatarios. En el siglo XIX, los ideales de la revolución francesa influyen en la emergencia de los nacionalismos que, en Grecia y en los Balcanes como en el Oriente Próximo, vuelven nominativa la autoridad otomana antes de que ésta se disuelva durante la Primera Guerra Mundial.

Los otomanos se muestran más bien tolerantes frente a la diversidad de poblaciones y de creencias que censan su amplio imperio, el cual, además, da cobijo a los judíos que huyen de las exacciones de la cristiandad. Una clase dirigente de no-turcos de origen cristiano refuerza la dinámica de la sociedad y contribuye a su desarrollo.

El arte pictórico otomano – a través de los manuscritos ilustrados en el seno del taller dependiente de la corte – refleja una idea fiel de la vida de los sultanes por la ilustración de múltiples relatos historiográficos: crónicas de reinados, relaciones de fiestas celebradas en diversas ocasiones, etc. Igualmente es peculiar la pintura topográfica que da cuenta de la campañas militares, especialmente las páginas debidas a Piri Reis en el siglo XVI .El estilo otomano hace síntesis de los legados de las pinturas procedentes de las distintas provincias del Imperio y de Persa, y se caracteriza por un realismo documental que recurre a colores vivos. El retrato ocupa un lugar importante. Mahomet II (r. 1444 - 1481) trae al palacio de Topkapi a pintores y escultores de medallas italianos, como Gentile Bellini, quienes van a asentar esta tradición adaptándola al contexto islámico con artistas como Sinan Bey.

En el siglo XVIII bajo el reinado de Ahmed III (r. 1703 - 1730), la influencia del enfoque naturalista de la pintura occidental es perceptible en la búsqueda de la perspectiva y el plasmado de las sombras, por ejemplo en las paginas de Lewni.

A través de la pintura del Renacimiento, conocemos también la producción otomana de alfombras y tejidos. Las alfombras de puntos anudados se dividen en dos tipos: las de dibujos geométricos y de motivos estilizados de vegetales y de animales – abundantemente reproducidas en los lienzos de Lotto u Holbein, entre otros, quienes les han dado sus nombres – y las inspiradas por la arquitectura y el arte del libro compuestas a partir de medallones, de estrellas y de motivos « chintamani », producidos especialmente en Ouchak. La cuidad de Bursa sigue siendo famosa por sus telas de seda y de terciopelo, también representadas en las pinturas y los manuscritos que permiten su datación a mediados del siglo XVI. Estas telas son objeto de un comercio intenso y de regalos diplomáticos, principalmente con Italia, y sirven para confeccionar trajes sacerdotales, excepto evidentemente los fastuosos trajes de ceremonia de los sultanes y sus cortes.

Las crónicas ilustradas dan información de la organización de los artesanos en gremios que desfilaban ante el sultán. En estos se ven a alfareros cuya producción basada en Iznik constituye un momento importante de la cerámica islámica. Piezas de forma y losas de revestimiento mural (el mosaico es abandonado y reemplazado por módulos cuadrados o rectangulares) evolucionan de un estilo monocromo azul – influenciado por la porcelana china que coleccionaban con pasión algunos sultanes – a un estilo más coloreado, culminando con el empleo del rojo, y floral mezclado de arabescos. Además del decorado de las mezquitas, por ejemplo la de Rüstem Pacha en Estambul (1551), hay que descartar la restauración de la Cúpula de la Roca en Jerusalén llevada a cabo por la voluntad de Solimán el Magnífico en 1564.

El refinamiento de la corte otomana y su mecenazgo llevan hasta la excelencia el trabajo del cuero y de los metales; así ocurre con las armas y armaduras admiradas por sus adversarios en Europa. Oro y plata realzados con piedras preciosas, se asocian en la elaboración de vasijas y de copas, o bien sirven para incrustarlos en piezas de piedra dura.

Aunque el imperio ocupara Siria y Egipto que tuvieron una industria cristalera próspera – aunque sus artesanos fueron deportados a Samarcanda por Tamerlán – habrá que esperar al siglo XIX para ver las producciones otomanas, salidas entre otros de la manufactura de Beykoz, difundirse por todo el Oriente Próximo; mientras tanto los cristales de Venecia y luego los de Bohemia estuvieron muy de moda.

En arquitectura, la toma de Constantinopla hace confortarse a los otomanos con la iglesia Santa Sofía que se convertirá en el modelo a superar. Se desarrolla la mezquita con gran sala de rezos bajo cúpula soportada por pilares de ángulo y precedida por un patio bordeado de un pórtico (no hay îwâns). Dos, cuatro, hasta seis minaretes con fustes estrechos ritmados por balcones y terminando en punta completan el conjunto. La personalidad de Sinán eclipsa la de los otros arquitectos. Su obra maestra sigue siendo la mezquita de Selim II en Edirne (1570). Estas mezquitas forman a menudo parte de grandes complejos que reagrupan funciones educativas, sanitarias y caritativas que se señalan por el principio de cobertura en domos.

Más que un plano organizado y simétrico, el palacio de Topkapi donde residen los sultanes después de la toma de Constantinopla, se caracteriza por una sucesión de pabellones: Çinili Kiosk (1472), Bagdad Kiosk (1638). Bajo el reinado de Ahmed III, que celebra la era de los tulipanes convertidos en el motivo recurrente de toda decoración – mientras que en Europa se extiende el de la turqueria – el barroco y el rococó influencian las construcciones religiosas y civiles, entre ellas las fuentes públicas (sabîl). En el siglo XIX, el palacio de Dolmabahçe (1853) introduce el estilo Beaux Arts en las construcciones europeas contemporáneas.

E. D.