Al principio de la tercera dinastía franca, Hugo Capeto, duque de los Francos, es preferido al pretendiente carolingio, Carlos, duque de Baja Lorena, y elegido rey de los Francos en 987. El linaje de los Capetos directos dará a Francia catorce reyes. Concedida al principio de manera electiva, la dignidad real es hereditaria para los Capetos en 1179. En 1190, el término “rey de los Francos” es remplazado por el de “rey de Francia”.
En los tiempos turbios que suceden a la división del Imperio Carolingio, nuevas dinastías aparecen: los Capetos, los duques de Normandía, los condes de Poitou y los Salios del Imperio germánico que redefinen la Europa Occidental en poderes feudales regionales.
En este contexto donde Europa se encuentra de nuevo dividida, ¿Cuál es el papel de los Capetos? Cuales son los intercambios con sus vecinos? ¿Que tipo de contactos han establecido con el Mediterráneo en los siglos pasados?
La lenta afirmación de los Capetos en el siglo XI y los tiempos de las grandes experiencias del románico
En el medio del siglo XI, Francia es el escenario de un desarrollo general.
En el campo de la arquitectura religiosa, el resplandor de la abadía de Cluny es culminante; los monasterios desempeñan un papel mayor en la economía y se convierten en verdaderos centros artísticos.
Las iglesias perfeccionan las innovaciones románicas y muchas iglesias de peregrinación son edificadas para el culto de las reliquias (Iglesia de Sainte-Foy de Conques). La renovación de la escultura románica se realiza en torno a la aparición de los capiteles historiados y de los pórticos que recogen los ciclos iconográficos. Los libros ilustrados se producen en masa y atestiguan la influencia de las regiones entre ellas. Los Vascones adoptan por ejemplo los colores lisos mozárabes españoles.
Más allá de las generalidades, cada región desarrolla variantes según su liturgia y su historia. Las zonas de permeabilidades entre los pueblos son más numerosas y ya no se teme frecuentar los no cristianos y su modo de pensar. El redescubrimiento del arte antiguo se efectúa sobre todo gracias al contacto de la España musulmana, donde la herencia de Platón, Cicerón, Aristóteles y Plinio ha sido mejor conservada. Las escuelas integran la enseñanza tradicional de las artes científicas profanas (la geometría, la astronomía y la aritmética) que se desarrollan entonces en el mundo musulmán.
La mitad del siglo XI es decisiva en el Mediterráneo, puesto que se trata del momento en el que la economía occidental vuelve a ser activa. Entre 950 y 1050, el Mediterráneo ocupa de nuevo un puesto eminente en la cristiandad occidental. La marina cristiana, que había desaparecido hace ya tres siglos, vuelve a aparecer, suscitando una nueva actividad comercial.
Bajo Felipe I (r. 1060 - 1108), la primera Cruzada es proclamada al Concilio de Clermont por el Papa Urbano II en 1095; se traduce en 1099 por la toma de Jerusalén y por la fundación del reino latino. La Europa medieval entra entonces en contacto directo con los mundos bizantino y musulmán. Si las primeras influencias de los talleres franceses son europeas, las huellas “orientales” reaparecen de vez en cuando.
La renovación del siglo XII
Limitada al principio al ducado de Francia (Paris y Orleans), la jurisdicción capetina se extiende progresivamente a otras regiones gracias a una política de anexión bajo Felipe Augusto (r. 1180 - 1223).
Esta época está marcada por una renovación urbana; las ciudades se dotan de unas murallas (Muralla de Felipe Augusto en Paris). El esplendor de la feudalidad siembra fortalezas por todas las regiones (Castillo de Loches, Castillo del Louvres).
Las artes preciosas se asocian a la liturgia. Además de los esmaltes de Limoges, una producción más puntual, pero de una gran riqueza, nos viene de los tesoros de las iglesias. El eclesiástico Suger, abad de Saint-Denis entre 1122 y 1151, consejero del rey Luis IV el Gordo (r. 1108- 1137) y regente de Luís VII (r. 1137-1152), glorifica la Iglesia constituyendo un tesoro que pueda servir de reserva monetaria. Este tesoro es uno de los más importantes de la cristiandad; recordaremos la majestuosa Águila de Suger, datada de 1147, realizada por los orfebres locales y de la Mosela, que reutiliza un florero pórfido antiguo, o también el aguamanil en cristal de roca procedente del Egipto fatimí, montado en orfebrería en el siglo XI en Italia[1]. La abadía de Saint-Denis es la iglesia protectora de los reyes de Francia. Su construcción se termina en 1144. Instala las primicias del vocabulario gótico en la arquitectura y la escultura que acompañan la renovación teológica e intelectual. Será un modelo que se difundirá durante todo el siglo XIII.
Los artistas, así como los peregrinos, los trovadores y los mercaderes viajan. La secunda mitad del siglo XII y el principio del siglo XIII son decisivas en cuanto a la apertura al mundo mediterráneo. Aparece entonces un eje comercial entre los centros industriales de Francia del norte, la Flandra e Inglaterra y los grandes puertos italianos y sus lejanas salidas orientales. Las ferias de Flandra y de Champaña son el motor de esta economía que es donde se intercambian los paños del Norte que inundan el Mediterráneo. El comercio internacional es sobre todo favorecido por las conquistas cristianas en el Mediterráneo; España, Sicilia y Tierra Santa. Los mercaderes cristianos se forman en las escuelas orientales; el Oriente inicia al Occidente en los métodos y en los instrumentos de la navegación y de la astronomía, con el astrolabio, el compás, las cartas marinas y seguramente también la brújula además del vocabulario marítimo y comercial.
La segunda Cruzada (1146) es una nueva ocasión de apertura sobre el Levante. El Gran Sepulcro de Jerusalén cuya dirección de obra fue sin duda francesa, es inaugurado en 1149 y tendrá una influencia sobre la arquitectura religiosa europea.
En Francia, los hombres empiezan a llevar los largos vestidos que se ponían los Cruzados en Oriente; se importan los textiles y las plantas orientales y se reproduce en Francia el invento árabe de los molinos de viento que seguramente vieron en Andalucía. Las adquisiciones del siglo XII son muy importantes gracias a los contactos con el mundo greco-árabe entonces muy adelantado en los campos técnicos y científicos.
Sin embargo, los trovadores y el cantar de gesta hacen circular una imagen hostil del Islam y las primeras traducciones latinas del Corán en Cluny por Pedro el Venerable son utilizadas con el fin de desacreditar a esta religión.
El siglo de Santo Luís y los últimos Capetos
La Francia de San Luís (r. 1226-1270) está poblada de catedrales góticas grandiosas (Reims, Chartres). La escultura y la vidriera son entonces unas artes de primer orden. Las creaciones de los talleres parisinos son los más suntuosos. La evocación de la Santa Capilla (Sainte-Chapelle, acabada en 1248), construida para albergar las reliquias de la Pasión de Cristo, es suficiente para ilustrar la arquitectura gótica majestuosa, una escultura que indica un retorno a la estética antigua y un arte de la vidriera dominado, que servirán de modelo a toda Francia.
En la segunda mitad del siglo XIII, el Mediterráneo vuelve a ser lo que había sido en los mejores tiempos del Imperio romano, el centro de los intercambios, de la civilización, el motor de la economía, pero esta vez en un mundo mucho más amplio, más rico e infinitamente más poblado.
Bajo el reino de Felipe IV el Hermoso (r. 1285-1314), el territorio se extiende aún más y las artes reflejan una evolución social mayor; la aparición de un mecenazgo aristocrático. La producción de marfiles profanos parisinos y de libros ilustrados se amplifica alrededor de 1300. Las investigaciones italianas llegan a Paris con el Livre d’heures de Juana de Evreux realizado por Jean Pucelle en 1328 y resume el refinamiento de aquellas obras realizadas para y por los laicos.
El linaje de los Capetos directos se extingue con Carlos IV el Hermoso (r. 1323-1328), hijo último de Felipe IV.
E. D. –P.
Bautier, R.-H., Commerce méditerranéen et banquiers italiens au Moyen Age, Brookfield, Gower, 1992.
Collectif, Moyen Age : Chrétienté et Islam, Paris, Flammarion, 2005.
Guillot, O., Hugues Capet et les premiers Capétiens, Paris, Tallendier, 2002.
Jordan, W. C., Europe in the High Middle Ages, Londres, The Penguin History of Europe, 2001.
[1] Los dos objetos son actualmente conservados en Paris, en el museo del Louvre, MR422 et MR333.
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