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Los Almorávides (1056-1147)

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La dinastía de los almorávides nació de un movimiento religioso y político entre las tribus bereberes del sur del Sáhara a partir de 1039. Abd Allah ibn Yasin, jurista malikí bereber, partió rumbo al desierto para predicar la reforma de las prácticas religiosas y de las costumbres de las poblaciones saharianas respondiendo así a la iniciativa de un jefe de la tribu de los gdala. Ibn Yasin reunió a sus discípulos en el ribat, lugar de retiro espiritual y base del jihad, y los bautizó con el nombre de murabitun («moradores del ribat»), de donde más tarde nacería la denominación «almorávides» en las lenguas europeas. Tras haberse aliado con otra poderosa tribu, los lamtuna, inició la conquista del Sáhara y del Magreb occidental siguiendo los ejes del comercio transahariano. Se apoderó de Siyilmasa (1054) y de Aghmat (1058), pero pereció en un combate contra los barguata de las llanuras atlánticas en 1059. Tras la muerte de Ibn Yasin, el poder recayó en manos de Abu Bakr ibn Umar, que se consagró a la lucha contra el reino de Ghana (al sur de la Mauritania actual). Su lugarteniente y sucesor en el poder hacia 1070, Yusuf ibn Tashfin, consolidó la autoridad almorávide prosiguiendo la conquista de la mitad oeste del Magreb hasta Argel (1083). Se estableció en su nueva capital, Marrakech, probablemente fundada en 1070,  y adoptó el título soberano de emir de los musulmanes. Esta innovación en la titulatura política musulmana le permitió legitimar su poder sin dejar de reconocer al califa abasí de Bagdad, respetando así el principio de la unidad del califato tan querido por los juristas malikíes. Estos adquirieron, bajo los almorávides, un estatuto privilegiado e influyeron en la toma de decisiones políticas. Algunos de ellos estuvieron entre los instigadores de la intervención almorávide en al-Ándalus, cuyo primer objetivo fue el de bloquear el avance de los ejércitos castellanos tras el duro golpe que representó la conquista de Toledo en 1085. La victoria de Ibn Tashfin en la batalla de Zallaqa en 1086, ofreció al caudillo la legitimidad necesaria para someter progresivamente a su autoridad los reinos de taifas y anexionar esos territorios a su imperio. Durante unos treinta años, los almorávides lograron contener la conquista cristiana, sobre todo retomando Valencia, que había sido brevemente ocupada por el Cid.

El Imperio almorávide, que se extendía desde el valle del Ebro hasta la Mauritania actual, se dotó de un aparato administrativo organizado y centralizado, supervisado por dignatarios almorávides. El medio de los juristas malikíes influyó en las altas esferas del poder y proporcionó el personal destinado a cargos judiciales y religiosos. El espacio almorávide se benefició de un desarrollo económico importante gracias al control de los ejes del comercio transahariano. El oro africano alimentó de manera continuada los talleres de acuñación monetaria, de donde salían dinares de buena ley rumbo a los reinos cristianos de España (donde los llamaban marabotinos). El florecimiento de ciertas ciudades como Almería da fe de esta rica actividad económica, favorecida igualmente por el desarrollo de los intercambios comerciales con el norte del Mediterráneo.

La historia de la ciudad almorávide aún está por escribir. Y sin embargo, debemos a esta dinastía dos grandes realizaciones en el urbanismo marroquí. Fundaron Marrakech, la dotaron de una zona palaciega –Qasr al-hajar, palacio de piedra, situado en el emplazamiento de la futura Kutubiyya almohade– y de una gran mezquita –que llevaba el nombre del segundo soberano almorávide, Alik b. Yusuf (1106-1143)–, y aseguraron su alimentación en agua gracias a una compleja red de canalizaciones subterráneas (khettaras), necesarias para la irrigación de los numerosos jardines urbanos. Marrakech fue protegida más tarde de la amenaza de los rebeldes almohades mediante una gran muralla de tierra.

La segunda gran realización almorávide concierne a Fez, dividida desde su fundación por los idrisíes en dos núcleos independientes. La ciudad fue reunificada por los almorávides, que construyeron una nueva muralla y efectuaron la ampliación más importante de la mezquita de al-Qarawiyyin.

En materia de arquitectura religiosa, la obra almorávide, poco conservada en Marruecos, es esencialmente conocida gracias a sus realizaciones en la parte oriental del Imperio, en la actual Argelia. Las grandes mezquitas de Nedroma, Argel y Tremecén ofrecen la misma disposición arquitectónica, con naves perpendiculares al muro de la qibla. Las naves extremas se prolongan formando las galerías (riwaq) que enmarcan el patio central (sahn). En Marruecos, se conocen sobre todo las obras almorávides realizadas en la mezquita al-Qarawiyyin de Fez, donde se construyeron tres nuevas naves paralelas al muro de la qibla. Asimismo, se edificó un nuevo mihrab, que se realzó mediante una sucesión de cúpulas que cubrían la nave axial. Cerca de la mezquita, se construyó un oratorio fúnebre (jami al-janaiz), destinado a acoger restos mortales para la celebración de la oración fúnebre. En Marrakech, los vestigios del período almorávide apenas sobrevivieron a las transformaciones de los siglos posteriores; y así, de la mezquita de Ali b. Yusuf sólo subsiste una parte de los edificios anexos, concretamente la célebre cúpula que corona una pequeña fuente de abluciones. El exterior de la cúpula está adornado con espiguillas en relieve que dibujan zigzags. En el interior del monumento, hay una cúpula con nervaduras disimulada entre una decoración exuberante que combina el rigor de los trazos geométricos de arcos y muqarnas (o mocárabes) con una profusión de motivos florales y epigráficos. El conjunto lo realza una policromía de la que dan fe los numerosos fragmentos de vidrieras coloreadas encontrados durante las excavaciones.

El arte almorávide aportó ciertas novedades a la tradición arquitectónica del Occidente musulmán: abunda la utilización de los arcos polilobulados, ya conocidos en el al-Ándalus omeya, que viene acompañada de una nueva forma de recorte del intradós en trazos recticurvilíneos. En cuanto a los motivos decorativos, se advierte el desarrollo notable del motivo de la palma, que a partir de ahora ocupará un lugar preponderante en las composiciones florales. En la epigrafía, se recurre más frecuentemente a la cursiva, que desde principios del siglo XII asume su nuevo papel de escritura ornamental. Efectivamente, la letra cursiva se adapta mejor a la fantasía de la flora y compensa la rigidez del cúfico, que en esa época adopta a menudo una tonalidad florida.

Las artes mobiliarias también nos han dejado numerosos vestigios. El trabajo de la madera es, sin lugar a dudas, el mejor representante. El mimbar de la Kutubiyya, patrocinado por los almorávides entre 1125 et 1130 y ejecutado en Córdoba, es una obra de arte en la materia: este púlpito, de cuatro metros de altura, está recubierto de una red de lazos geométricos delimitada por varios paneles poligonales, esculpidos con motivos florales finamente cincelados que contienen incrustaciones de marfil y de maderas preciosas.  Otras piezas de madera procedentes de Fez certifican la continuidad de una actividad local alimentada por los cedros del Atlas Medio; los decorados están muy influenciados por la herencia artística de al-Ándalus bajos los omeyas y los taifas.

El poder almorávide conoció los primeros síntomas de su decadencia bajo el reinado del emir Ali b. Yusuf. Implicados en la guerra de al-Ándalus contra el avance cristiano, que recomenzó a partir de 1118 tras la toma de Zaragoza por los aragoneses, los almorávides también tuvieron que hacer frente a la revuelta almohade. Pese a su fuerza militar y a la serie de fortificaciones levantadas para impedir el acceso a las llanuras desde las zonas montañosas disidentes, los almorávides sucumbieron a los ataques almohades, y su capital, Marrakech, cayó en 1147. En al-Ándalus, el hundimiento de la dinastía dio paso a una fase de inestabilidad, a veces denominada «taifas post-almorávides». Sólo las islas Baleares ofrecieron a un último clan almorávide, los Banu Ghaniya, la posibilidad de mantener un poder autónomo durante medio siglo.

Y.B.