Interview du professeur Riadh Mrabeth, Maitre assistant, Faculté des lettres, arts et humanités de la Manouba
Las fortificaciones eran prácticamente desconocidas en la Arabia de principios del islam, sólo el oasis de Ta’if poseía entonces una muralla y la principal acción del profeta Mahoma en este ámbito fue hacer excavar, en el año 627, un foso alrededor de su capital Medina, con el fin de evitar que los mecanos se la acaparasen. Por el contrario, las provincias persas y, sobre todo, bizantinas que cayeron a partir de los años 630 bajo la dominación del islam poseían una red de fortificaciones densa, que se reutilizó o sirvió de modelo a los musulmanes. No obstante, durante el primer siglo de su expansión, el dâr al-islâm siguió agrandándose y retrocediendo más lejos sus fronteras, de manera que no necesitó la construcción de un sistema defensivo para protegerlas. Sólo fue a mediados del siglo VIII, en el momento en que los límites del Imperio se estabilizaron, cuando se hizo sentir la necesidad de defenderlas, mediante la instalación de un sistema fortificado. Éste adoptó varias formas, según que las fronteras a proteger fueran terrestres o marítimas. La organización militar de las regiones musulmanas del sureste de Anatolia, limítrofes del Imperio bizantino, se caracterizaban por una doble línea de fortificación, llamada thughûr para la línea avanzada y ‘awâsim para la más retirada. Estas fortalezas las ocupaban combatientes de la guerra santa o ghâzî, que venían a pasar una temporada desde las regiones más remotas del mundo musulmán, así como los ejércitos regulares, que la utilizaban como base para lanzar sus razias de verano o sawâ’if en la llanura anatolia. En al-Andalus, estas marchas que debían frenar la Reconquista eran tres (superior, media e inferior) y llevaban también el nombre de thughûr, pero presentaban una red de fortificación más floja, que se organizaba esencialmente en torno a algunas ciudades, como Zaragoza para la Marcha superior. Sin embargo, el interior de la Península Ibérica se cubrió, a partir del siglo IX, de un hábitat fortificado y elevado, los husûn, que se presentaba bastante a menudo bajo la forma de una sencilla muralla adaptada al relieve y a las líneas de terreno, que servía de refugio temporal o de hábitat permanente a las poblaciones locales, a la vez que estructuraba el espacio.
En las fronteras marítimas del mundo musulmán, los ataques repetidos de la flota bizantina implicaron la construcción, a partir de finales del siglo VIII, de un sistema original de defensa continua compuesto de torres vigía y fortines, que podían comunicar entre ellos o con el interior de las tierras, mediante un sistema de señales luminosas o de humo. Las obras más originales, los ribât, que florecieron en Ifriqîya en el siglo IX bajo la dinastía de los aglabíes, algunos de los cuales, como los de Monastir o Susa, están aún muy bien conservados, se presentaban como establecimientos a la vez militares y religiosos, cuya arquitectura se inscribía en la tradición romana y bizantina de la región. El edificio, generalmente de piedra, era cuadrado con tres torres angulares redondas y una última que servía de torre vigía. Flanqueaban el centro de las cortinas unos salientes semicirculares. La única entrada permitía acceder al patio central, hacia el que daban una serie de celdas, que servían para albergar a los residentes. Se encontraba la misma disposición en tres de los lados de la planta, el último estaba ocupado por un oratorio.
La necesidad de fortificar algunos lugares de poder en el corazón mismo del territorio musulmán se hizo sentir igualmente a partir de principios del siglo VIII. Podía tratarse, para el nuevo régimen, de implantarse en zonas pioneras de colonización: los califas omeyas multiplicaron así, en el corazón de la estepa siria, la construcción de fortines conocidos con el nombre de «castillos del desierto», cuyos ejemplares mejor conservados son Mshatta o Qasr al-Hayr al-Gharbi. Estos edificios, generalmente dotados de una muralla cuadrada y torres angulares circulares, debían dar nacimiento a hogares de sedentarización, controlar los nudos caravaneros y afirmar la presencia del poder central.
A partir de la época abbasí, los diferentes príncipes musulmanes debieron protegerse de los múltiples adversarios, que representaban corrientes políticas o religiosas y deseaban derrocarlos. Las grandes fundaciones palaciegas de este tiempo están generalmente protegidas por una vasta muralla de forma geométrica, flanqueada de múltiples torres y precedida de un foso. El caso más emblemático es, sin duda, el de la ciudad redonda de Bagdad, con su triple muralla de adobe precedida de un foso, cuya planta que encuentra sus orígenes en la tradición persa se difundió hasta el Magreb, con la fundación de Sabra-Mansuriyya, no lejos de Kairuán. Este modelo califal fue retomado por los diferentes príncipes y gobernadores del Imperio que, como el príncipe abbasí Isa ibn Musa, se hizo construir el palacio de Ukhaydir en Irak para protegerse del famoso Hârûn al-Rashîd, que quería apartarlo de la sucesión al califato.
De la misma forma, las múltiples capitales que se hicieron construir los califas fatimíes son todas fortificadas, para protegerse de las poblaciones sobre las que ese poder chií había impuesto su dominación. La triple muralla que permitía acceder a la península de Mahdia, en Ifriqîya, resistió así en 943 a la revuelta jariyí de «el hombre del asno» y sirvió de último reducto defensivo a la dinastía de los ziríes. De la misma forma, la fundación en 973, una vez más por los fatimíes, de la ciudad califal del Cairo, primero rodeada de una muralla de adobe, sustituida un siglo más tarde por una nueva muralla de piedra, refleja las dificultades encontradas por esta dinastía en el momento de su instalación en Egipto y la necesidad de protegerse de los habitantes de la ciudad vecina de Fustat.
La llegada al poder, a partir de mediados del siglo XI, de príncipes turcos, kurdos y bereberes, acarreó la construcción de nuevos lugares de poder con formas más estrechas, las ciudadelas, llamadas qasaba en el Occidente musulmán y qal’a en Oriente. Estos edificios fortificados se implantaron generalmente en eminencias que dominaban las grandes capitales del mundo musulmán; tanto en Alep, el Cairo o Túnez, como en Granada, dominada por la famosa Alhambra. Estas construcciones, que controlaban generalmente la muralla urbana, servían tanto para proteger a los príncipes de los peligros exteriores, representados por las diferentes formas que tomó la ofensiva cristiana en el Mediterráneo (Reconquista, invasiones normandas, cruzadas), como de las poblaciones locales, predominantemente árabes, que generalmente les eran hostiles. La multiplicación de estos edificios corresponde también con un período de hundimiento del poder central y con la emergencia de pequeños principados independientes, donde los soberanos locales afirman su soberanía mediante la edificación de fortalezas. Sólo durante la época ayubí (1174-1260), se construyeron varias decenas de fortalezas en el territorio sirio. Los progresos de la poliorcética, especialmente en la época de las cruzadas, se acompañaron de acondicionamientos constantes de estos edificios, con el fin de mejorar su seguridad. La construcción de rampas en la base de las murallas y de entradas con codos múltiples como en Alep, o incluso de torres masivas y matacanes, son algunas de las obras que se emprendieron entonces. Estas ciudadelas fueron, en su mayoría, constantemente reocupadas hasta finales de la época medieval y los acondicionamientos principales que sufrieron se limitaron, bastante a menudo, a la restauración de la coronación de las torres y las cortinas, y al acondicionamiento de nuevos palacios, mezquitas y hammams en el interior de estos reductos defensivos, para responder a las exigencias de los nuevos ocupantes, preocupados por imprimir su marca personal en estos edificios. No obstante, los progresos de la artillería, a partir de finales del siglo XV, implicaron una profunda mutación de la arquitectura militar, que se tradujo por ejemplo mediante la multiplicación de los bastiones avanzados, los reductos y los fosos, así como mediante la reintroducción masiva de una arquitectura de tierra apisonada, que resistía mejor al fuego del adversario, permitiendo alinear un gran número de cañones.
J. Z.
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