Qantara Qantara

Los aglabíes (800-909)

Consultar el mapa histórico

El nacimiento del emirato aglabí en Ifriqiya (forma árabe de la antigua África, espacio que recubría el actual Túnez, la mitad oriental de Argelia y la Tripolitania) tuvo lugar al cabo de medio siglo de disturbios políticos y religiosos desencadenados a raíz de la revuelta bereber del año 740. Tras la caída del califato omeya en el 750, los abasíes de Bagdad no lograron imponer permanentemente su autoridad sobre la provincia. La dinastía de los gobernadores muhallabíes, fieles a los nuevos califas, tuvo que hacer frente a las revueltas de los contingentes árabes (jund). Y en este contexto agitado apareció Ibrahim ibn al-Aghlab, de la tribu árabe de Tamim, que era subgobernador de Zab y estaba a la cabeza de un imponente jund con base en Belezma. Su lealtad para con Bagdad le valió el puesto de gobernador de Kairuán, que él aceptó a condición de que Harun al-Rashid lo reconociera como emir a la cabeza de un poder hereditario y no como wali (gobernador). Una vez investido emir por el califa en el 800, instauró por primera vez un poder dinástico autónomo en el seno del califato abasí. Ibrahim  y sus primeros sucesores lograron desbaratar las rebeliones del jund de Túnez y establecieron un poder estable, calcado del modelo de Bagdad en cuanto a instituciones y atributos. Se dotaron de visires, chambelanes y numerosos diwan, oficinas del gobierno encargadas de diferentes asuntos: cancillería (kitaba), correos (barid), ejército (jund), fiscalidad (kharaj). Acuñaron monedas de oro (dinar), privilegio generalmente reservado al poder califal. Y, al igual que los abasíes, los aglabíes se dotaron de dos ciudades principescas, próximas a Kairuán: al-Abbassiyya, construida por Ibrahim a partir del 800-801 y Raqqada, fundada en el 876 por Ibrahim II (875-902).

En el 827 los aglabíes, que reinaban sobre un vasto territorio –desde la Tripolitania hasta Sétif–, emprendieron una larga conquista de Sicilia que se prolongó hasta el 902. La isla fue anexionada políticamente a Ifriqiya, que de este modo vio reforzada su posición geoestratégica en el Mediterráneo central. Desde Sicilia, los marinos aglabíes multiplicaron los asaltos contra el sur de Italia y ocuparon Malta en el 869. Esta actividad militar, a la cual se añadieron frecuentes actos de piratería, no impidió el desarrollo de los intercambios comerciales con los países cristianos, aunque las fuentes históricas apenas mencionen el tema.

Bajo los aglabíes, Kairuán adquirió sus títulos de nobleza: centro comercial próspero, situado no lejos de las grandes propiedades agrícolas del Sahel (región costera que tenía como capital Sousse), la ciudad se convirtió también en un foco cultural y espiritual influyente. Conoció el desarrollo de las actividades jurídicas de dos escuelas suníes: los hanafíes, más bien minoritarios, y los malikíes. Estos últimos fueron dominando progresivamente la vida religiosa en Ifriqiya y lograron implantarse durante largo tiempo. A partir del reinado de Muhammad I, que designó para el puesto de cadí de Kairuán al célebre jurista Sahnun, la dinastía aglabí se declaró abiertamente pro-malikí. Pero pese a esta tendencia, la Ifriqiya aglabí conoció una situación de efervescencia ideológica y religiosa, caracterizada por la presencia de diferentes doctrinas musulmanas (shiíes, jariyíes, mutazilíes), pero también de una minoría de judíos y cristianos autóctonos (Afariq).

Los aglabíes eran grandes constructores; varios de los monumentos que nos han dejado son auténticas joyas del arte musulmán. La gran mezquita de Kairuán es, incontestablemente, el mejor ejemplo. Sobre el emplazamiento de la primera mezquita construida por Uqba, conquistador de Ifriqiya y fundador de la ciudad, el emir Ziyadat Allah I decidió en el 836 la reconstrucción de la Gran Mezquita, ampliada a continuación por Abu Ibrahim (856-863). La mezquita tiene una planta en forma de T, con siete naves perpendiculares al muro de la qibla a ambos lados de una nave axial. Al norte de la sala de oración hipóstila, que descansa sobre un bosque de columnas de piedra, hay un gran patio central, en el límite del cual se encuentra un alminar de planta cuadrada. La decoración exuberante del mihrab da fe del cuidado con que los aglabíes trataron el monumento, así como de las influencias que lo inspiraron. Además de la pintura que adorna la bóveda del mihrab, este está decorado con 28 paneles de mármol esculpido, adornados esencialmente con motivos florales de tradición bizantina. El interior y la fachada del mihrab están tapizados de azulejos de cerámica con reflejos metálicos monocromos o polícromos, importados de Irak, donde este tipo de material de lujo apareció en la época abasí (siglo IX).

La gran mezquita de Túnez (al-Zaytuna) también fue reconstruida por los aglabíes en 864-865. Su planta en forma de T es comparable a la de Kairuán, como también los elementos arquitectónicos de la sala de oración, con arcos de herradura y medio punto que descansan sobre columnas antiguas realzadas mediante ábacos e impostas. Esta estructura aérea es sostenida por tirantes de madera.

En Sousse, puerto de la metrópolis kairuanesa, al-Aghlab (838-841) mandó construir la pequeña mezquita del barrio de Bou Fatata, con su planta cuadrada original. La Gran Mezquita, que data del 850, se extiende a lo ancho en una disposición distinta de la de Kairuán o Túnez. A las fundaciones oficiales se añadían las mezquitas patrocinadas por mecenas privados; dos buenos ejemplos son la mezquita de Ibn Khayrun (o de las Tres Puertas) en Kairuán, fundada por un erudito originario de al-Ándalus en el 866, y la gran mezquita de Sfax, construida en el 849 por el jurista al-Jabanyani. Los aglabíes favorecieron la construcción de varios ribats (monasterios fortificados) a lo largo de las costas de Ifriqiya. El ribat de Sousse, que es el ejemplo perfecto, presenta un recinto rectangular cuyos lados y ángulos están reforzados por torres circulares. En el interior del edificio, hay un patio central rodeado de una sala de oración y de celdas abovedadas destinadas al alojamiento de los voluntarios. Una torre vigía construida bajo el emir Ziyadat Allah refuerza el aspecto defensivo del lugar. Este edificio, cuya fundación parece anterior a los aglabíes, ofrece una disposición similar al ribat de Monastir, construido por el gobernador abasí de Ifriqiya, Harthama, en el 796.

La obra aglabí marcó igualmente la historia de la arquitectura civil en Ifriqiya. Es a Abu Ibrahim Ahmad a quien debemos las presas de Kairuán (860-862), destinadas a alimentar la ciudad en agua. Estos estanques de decantación o de almacenamiento, de forma poligonal, están reforzados por numerosos contrafuertes internos o externos.

Pese a su importancia, las artes mobiliarias de los aglabíes fueron generalmente menos conocidas que su arquitectura. Fue a través de la Ifriqiya aglabí como hizo su aparición la técnica de la cerámica con reflejos metálicos (o lustre metálico) en la parte occidental del mundo musulmán. Además de los azulejos de la gran mezquita de Kairuán, se han encontrado muestras de esta producción de lujo en Raqqada, antes de su difusión a las épocas fatimí y zirí. El «amarillo de Raqqada», tipo de cerámica vidriada polícroma con fondo amarillo, descubierto en numerosos yacimientos de la Ifriqiya de la Alta Edad Media, se caracteriza por motivos geométricos que evocan el repertorio bereber o por sus estilizadas aves. Las artes del libro, testigos del refinamiento de la producción artística y de la vivacidad de la vida intelectual, nos han dejado igualmente varios ejemplares de coranes copiados en escritura cúfica. En este conjunto, perteneciente a la antigua biblioteca de la gran mezquita de Kairuán, podemos incluir el célebre Corán Azul, escrito con letras doradas.

A finales del siglo IX, la confesión ismailí dirigida por Abu Abd Allah arraigó entre los bereberes kutama. La insurrección que estalló en el 902 hizo vacilar el edificio aglabí. El éxito de los fatimíes fue fulgurante y el último dinasta aglabí, Ziyadat Allah III, huyó hacia Oriente en el 909.

Y. B.