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Qantara Qantara

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Transmisión del saber

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Ciencia y saberes

En Bizancio

Contrariamente a una idea preconcebida, la época bizantina no conoció una regresión de la transmisión del conocimiento respecto a la Antigüedad[1]. A pesar de la retracción de la red urbana y las crisis, se constata la persistencia de un nivel de alfabetización alto, ya que el emperador y la Iglesia se esfuerzan por promover los estudios.

Hasta el siglo V, la instrucción elemental la dispensaba el gramatista, en escuelas municipales (financiadas por el evergetismo de las clases acomodadas) o privadas, presentes en la mayoría de los burgos, y la completaba el grammatikos en la ciudad cercana. Para la enseñanza superior, las escuelas reputadas (Atenas, Alejandría, Beirut, Antioquia) atraían a estudiantes de todo el imperio. La crisis de las ciudades, en los siglos VI y VII, provocó la desaparición de las escuelas municipales, pero subsistieron elementos de continuidad, permitiendo la supervivencia y después la reaparición de una enseñanza elemental y media.

La enseñanza elemental (propaideia) persiste en la mayoría de los pueblos bizantinos, en pequeñas escuelas privadas, como lo demuestra la hagiografía que describe la educación primaria de los futuros santos. La mayoría de los bizantinos (sobre todo los hombres) saben leer, escribir y contar, ya que el aprendizaje de la lectura se hace a la vez en el Salterio y en Homero.

La enseñanza media (enkuklopaideia) se prosigue en las ciudades y asegura principalmente la formación de los dirigentes del imperio y de la Iglesia, pero sólo se extiende verdaderamente a partir del siglo IX. Las escuelas son de pequeño tamaño, dirigidas por un maestro poco pagado y mal considerado, al que a veces ayudaban algunos alumnos avanzados. La enseñanza, correspondiente al trivium antiguo (gramática, retórica, poesía), utiliza sobre todo métodos pasivos (aprendizaje de memoria, imitación de los ancianos, esquedografía, que consiste en acumular en un texto corto un máximo de dificultades estilísticas y gramaticales), pero ofrece a menudo una buena cultura clásica (Homero, los Trágicos, oradores, pero también autores cristianos como Gregorio Nacianceno). Los manuales, como los de Choiroboskos (siglo IX), transmiten los cánones de la gramática antigua, que seguirán rigiendo la lengua escrita hasta finales del imperio. Los alumnos con más talento o facilidad pasan después a una especie de quadrivium (filosofía, matemáticas, astronomía, teoría musical). Un concurso clausura este ciclo de enseñanza, que conoce un desarrollo importante a partir de los siglos XI y XII. La financiación la aseguran ampliamente los alumnos, pero algunas escuelas están subvencionadas por el Estado o la Iglesia.

Después del siglo VI, con la desaparición de las grandes escuelas de la Antigüedad tardía  (la de Atenas la cierra Justiniano en 529), la enseñanza superior conoce un eclipse, incluso si una enseñanza de alto nivel persiste en Constantinopla hasta el reino de Heraclio (r. 610-641), con la venida de Esteban de Alejandría, que aclimata la tradición alejandrina. A continuación, los emperadores iconoclastas (siglos VIII-IX) favorecen una renovación de los estudios medios y la dinastía macedonia (a partir de 867) inaugura un período de renacimiento de los estudios superiores, con el césar Bardas, que restablece cuatro cátedras de enseñanza en el palacio de la Magnaura en Constantinopla, bajo la dirección de León el Matemático.  En el siglo XI, Constantino X Monómaco  confía la enseñanza de la filosofía a Miguel Psellos (hypatos de  los filósofos)  y la del derecho a Juan Xifilino (nomophylax). La  condena, bajo la presión de Alexis I Comneno, de Juan Ítalo,  alumno y sucesor de Psellos,  que había querido aplicar razonamientos filosóficos a la revelación, ilustra el control imperial sobre la enseñanza profana. La enseñanza teológica se efectúa en la Escuela patriarcal, con sede en Santa Sofía,  donde ofician las didascalias: didascalia del Salterio, del Apóstol (Pablo) y del Evangelio, este último dirigiendo el conjunto con el título de didascalia ecuménica. El patriarcado se implica también en la enseñanza profana, con el maestro de los retóricos, que asegura una enseñanza de retórica y pronuncia los elogios imperiales. Paralelamente, se dispensa una enseñanza profesional en el seno de los diferentes oficios: notarios, geómetras del fisco, médicos…

Después de la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204, que arruina la mayoría de las escuelas, los eruditos se refugiaron en el imperio de Nicea. Los estudiantes con más talento deben ir de ciudad en ciudad para encontrar a buenos maestros. Uno de ellos, Nicéforo Blemides, participa en la reconstrucción de una enseñanza superior de alto nivel, preparando el renacimiento de los estudios clásicos bajo los Paleólogos. Cuando reconquista Constantinopla en 1261, Miguel VIII reorganiza los estudios medios y superiores con, entre otros, Jorge Acropolita y Máximo Planudes. En el siglo XV, numerosas escuelas privadas (como las de Scholarios o de Manuel Kalekas) demuestran la vitalidad de la vida intelectual bizantina. Maestros prestigiosos (Juan Chortasmeno en Constantinopla para la medicina, Gemistos Pletón en Mistra para la filosofía) atraen a los intelectuales bizantinos e italianos, lanzando las bases del humanismo occidental de las décadas siguientes.

M.-H. C.

 

En Islam

El saber en el mundo musulmán clásico se declina en dos vocablos: ‘ilm, «la ciencia» por excelencia, y ma‘rifa, el «saber». Esta distinción capital separa los conocimientos que dependen del texto coránico de su comprensión y de su aplicación del «saber» profano, que cubre los demás conocimientos racionales, es decir las ciencias en el sentido moderno del término. Sin embargo, el ‘ilm no es restrictivo e incluye la lengua árabe, la gramática, la literatura y también las ciencias coránicas como las variantes del texto según las siete lecturas (qirâ’ât), la ortografía (rasm), el modo de recitar (tajwîd), la exégesis (tafsîr). A ello se añaden las tradiciones (les hadîth) y elementos de derecho. En la jerarquía de los saberes, es el ‘ilm el que prevalece sobre la ma‘rifa, lo que es visible también en la transmisión en general y la enseñanza en particular.

En los primeros tiempos del Islam, la instrucción de los niños tenía lugar en escuelas, más tarde llamadas kuttâb, pero podía hacerse también en la mezquita. Los niños aprendían a leer, escribir, contar; memorizaban pasajes coránicos. La enseñanza de la lengua era primordial y los dos instrumentos se limitaban a la tablilla y el cálamo. Los métodos se conocen por la obra de Ibn Sahnûn (siglo IX), El Libro de las reglas de conducta de los maestros de Escuela[2], y en caso de insubordinación, se recurría a los castigos corporales. En el siglo XIV, Ibn Khaldûn[3] observó las particularidades regionales de esta instrucción: en el Maghreb, se ponía énfasis exclusivamente en el aprendizaje del texto coránico, mientras que en Andalucía se añadía el arte epistolar y la poesía, así como la caligrafía. En Túnez, la caligrafía era menos preciada pero los niños estudiaban ya algunos hadîth. En cuanto a los orientales, Ibn Khaldûn sólo habló de oídas pero, según él, añadían al estudio del Corán algunas materias pero no la caligrafía.

A continuación, los jóvenes iban a la mezquita o a casa de un maestro, un sabio. En la mezquita, los estudiantes se reunían en torno a su enseñante para formar un círculo (una halqa), como Ibn Jubayr[4] observa en la gran mezquita de Damasco en el siglo XII. La enseñanza trataba primero el Corán, la sunna, pero se seguían el estudio de la lengua y la poesía.

En las residencias particulares, se hablaba de sesiones, majâlis. El método seguía siendo el mismo, basado en la anotación y la memorización. Las clases dictadas formaban apuntes, amâlî, susceptibles de ser «publicados». Los títulos de algunas obras muestran este origen, como Kitâb al-majâlis o al-Amâlî de al-Tha‘lab, o también el Kitâb al-amâlî de al-Qâlî. También había reuniones de contenido más literario, esta vez, con grandes personajes o incluso el soberano mismo. De manera general, el mecenazgo llevaba a cabo un papel importante, pero esta proximidad con el poder era también una limitación.

Antes del siglo XI  y la propagación de la madrasa,  las iniciativas privadas o reales de fundación de bibliotecas creaban lugares privilegiados de difusión de los conocimientos. El ejemplo más famoso fue «la  Casa de la sabiduría» (Bayt al-hikma) de Bagdad, en actividad bajo al-Ma’mûn, que reunió a sabios y traductores, así como material para la escritura y la difusión del libro. La materia era, en este caso, sobre todo profana y de origen helénico, o incluso persa o india. Para la medicina, el hospital se convirtió naturalmente en un lugar de enseñanza.

Antes de ir más allá, hay que subrayar que la aparición del papel y la difusión de su uso, a partir de mediados del siglo VIII, facilitó ampliamente la producción de los libros y su comunicación. Esta importancia del libro, de su atribución, de su clasificación, resulta de los repertorios bibliográficos que el Islam nos dejó y que siguen siendo herramientas indispensables todavía hoy, como el Kitâb al-fihrist o «Índice» de Ibn al-Nadîm (finales del siglo X), librero de Bagdad que quiso establecer un índice de todos los libros escritos en árabe, traducidos o no. Esta lista la completa Yaqût (m. 1228) para su propio diccionario Irshâd al-arîb ilâ ma’rifat al-adîb. Y en la época otomana, fue Hâdjî Khalîfa (1609 – 1657) quien se apoyó en estos repertorios para componer su Kashf al-zunûn ‘an asâmî l-kutub wa-l-funûn («La desaparición de las dudas sobre los nombres de los libros y de las artes»), retomando 14500 títulos de obras en árabe. Las capitales políticas y económicas como Bagdad, Basora, Kufa, el Cairo, Kairuán, Tlemcén, Fez, Córdoba y, más tarde, Estambul se convirtieron naturalmente en centros intelectuales. De hecho, es también de este a oeste donde se difunde, a partir de mediados del siglo XI, una institución importante, la madrasa o «colegio». Se extiende por iniciativa de Nizâm al-mulk, que funda la madrasa «Nizâmiyya» en Bagdad (1065-1067). Una de sus funciones fue difundir y anclar el Islam sunní tras la extensión experimentada por el chiísmo. Se convierte en el lugar por excelencia de la enseñanza, con una preponderancia naturalmente para las materias islámicas; primero el derecho, luego la exégesis y la teología. Desde un punto de vista práctico, la madrasa posee a menudo una hostelería, un khân, para los estudiantes extranjeros, todo financiado por bienes de manos muertas, waqf. La pedagogía sigue basándose en la memorización, pero varía según las materias. Un estudiante de derecho se diplomaba finalmente después de la defensa de una disputa (munâzara), mientras que la memorización y la capacidad de transmitir uno mismo un libro estudiado se sancionaban con una «licenciatura» (ijâza). Si se había leído simplemente ante un maestro tal o tal obra, se recibía un «certificado de lectura» y si uno se había contentado con escuchar una lección, se adquiría un «certificado de audición». A la hora actual, su estudio nos permite conocer la difusión geográfica, social e histórica de una obra. De Irak, la madrasa pasó, al este, a Irán y al Jorasán (Herat, Merw), así como al oeste hacia la Alta Mesopotamia (Mosul). En Siria, Nûr al-Dîn y posteriormente Saladino, fundaron establecimientos idénticos. Saladino la introdujo en la Jerusalén reconquistada, así como en Egipto y Hiyaz. Al Maghreb llega en la segunda mitad del siglo XIII. Evidentemente, la biblioteca era el complemento necesario para la madrasa. A partir del siglo XIII y del desarrollo de las cofradías sufíes, los «conventos» se convirtieron también en lugares de enseñanza, pero limitada a un saber de devoción.

En el mundo otomano, el sistema educativo estuvo en continuación con éste. El mekteb reemplazó al kuttâb, donde la parte de lengua árabe siguió siendo importante de cara a la posición fundamental del Corán, aunque la enseñanza fuese más bien en turco. En cuanto a las medrese, prosiguieron la tradición de las madrasas; la primera institución otomana de este tipo fue la de Iznik, fundada en 1331 por Orhan Ghâzî.

J. Ch. D.

Bibliografía

En Bizancio

Kazhdan, A., Browning, R., « Education », in The Oxford Dictionary of Byzantium, ed. A. P. Kazhdan, Oxford University Press , 1991, 20052.

Kalogeras, N.M., Byzantine childhood education and its social role from the sixth century until the end of Iconoclasm, Ann Arbor, Mich., 2001.

Flusin, B., « Un lettré byzantin au XIIe siècle : Jean Mésaritès », dans Lire et écrire à Byzance, édité par Brigitte Mondrain, Paris, Association des Amis du Centre d'Histoire et Civilisation de Byzance, 2006, p. 67-83.

Markopoulos, A., « De la structure de l'école byzantine : le maître, les livres et le processus éducatif », Ibid., p. 85-96.

En Islam

Kazhdan, A., Browning, R., « Education », in The Oxford Dictionary of Byzantium, ed. A. P. Kazhdan, Oxford University Press , 1991, 20052.

Kalogeras, N.M., Byzantine childhood education and its social role from the sixth century until the end of Iconoclasm, Ann Arbor, Mich., 2001.

Flusin, B., « Un lettré byzantin au XIIe siècle : Jean Mésaritès », dans Lire et écrire à Byzance, édité par Brigitte Mondrain, Paris, Association des Amis du Centre d'Histoire et Civilisation de Byzance, 2006, p. 67-83.

Markopoulos, A., « De la structure de l'école byzantine : le maître, les livres et le processus éducatif », Ibid., p. 85-96.

Nota


[1] Cf. Marrou, H.-I., Histoire de l'éducation dans l'Antiquité (Historia de la educación en la Antigüedad), París, 1948, 1965, p. 485: « Dans l'Orient grec, l'éducation byzantine prolonge, sans solution de continuité, l'éducation classique » («En el Oriente griego, la educación bizantina prolonga, sin solución de continuidad, la educación clásica»).

[2] G. Lecomte, «Le livre des règles de conduite des maîtres d’école» (El libro de las reglas de conducta de los maestros de escuela),  Revue des Etudes Islamiques (Revista de los Estudios Islámicos), XXI, 1953, p. 77-105.

[3] Ibn Khaldûn, Le Livre des exemples (El libro de los ejemplos), tr. Cheddadi, A., París, 2002, p. 1074-1078.

[4] Charles-Dominique, P., Voyageurs arabes (Viajeros árabes), París, 1995, p. 294.



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