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Qasr al-Hallabat es quizá uno de los emplazamientos más representativos e importantes de Oriente Próximo para entender los cambios sociopolíticos y culturales que se produjeron en el periodo de transición entre la Antigüedad y la Edad Media, periodo en el que nació la cultura islámica.
Originariamente, al-Hallabat era una pequeño fuerte romano, que fue construido para proteger la Via Nova Trajana, vía romana que iba de Bosra a Aqaba, abierta en 106 d. C. Este fuerte formaba parte del Limes Arabicus, la frontera con Arabia. Fue ampliado y fortificado con cuatro torres en las esquinas en el siglo IV d. C., probablemente durante el mandato de Diocleciano. Aparentemente, esta fortaleza resultó seriamente dañada en 551 por un terremoto, tras el que fue transformada en monasterio y, luego, en palacio.
A principios del siglo VI, las tribus árabes cristianizadas (los tanuks, los salíes y, por último, los gasaníes) comenzaron a desempeñar un papel primordial en la defensa de la frontera. El ejército romano regular abandonó la mayor parte de las fortalezas del Limes Arabicus, que fueron ocupadas en numerosos casos por comunidades monásticas, muy activas en la conversión de la población pastora nómada de la estepa que precede al desierto (Badiya). Los monasterios, en particular los de doctrina monofisita, contaban con el apoyo de los gasaníes, árabes cristianos federados (foederati) que ejercían el poder militar de hecho en el siglo VI y cuya creciente importancia político-militar fue consolidada por el emperador Justiniano. Para desempeñar su nueva función, los gasaníes necesitaban lugares donde asentarse y, en muchas ocasiones, especialmente en el caso de al-Hallabat, eligieron fortalezas abandonadas para instalar sus salas de audiencias.
En muchos aspectos, puede considerarse a los gasaníes como los predecesores de los omeyas, sobre todo, en lo que al aspecto arquitectónico se refiere, ya que no sólo emplearon la imaginería bizantina, sino también sus propias tradiciones árabes de origen yemení, con el fin de definir una cultura gráfica propia destinada a consolidar su nuevo estatuto y a reforzar sus ambiciones políticas, tal y como puede observarse en al-Hallabat, pero también en Umm al-Yimal o en Bosra. Los omeyas, que ya no eran vasallos sino gobernadores de un auténtico imperio, siguieron el ejemplo de los gasaníes en numerosos puntos. Establecieron una cultura heredada de los dos imperios a los que habían vencido (persa y bizantino), al tiempo que se mantenían sólidamente anclados en la identidad árabe que compartían con los gasaníes y que éstos fueron los primeros en afianzar. Incontables palacios omeyas, tales como Qasr al-Hallabat, Qasr al-Khayr al Gharbi, al-Qastal, Jabal Says o Burqu, se edificaron sobre antiguos emplazamientos gasaníes. En el caso de al-Hallabat, la intervención omeya consistió en apropiarse de las estancias palatinas conservando su función y en transformar las dependencias monásticas en almacenes funcionales para el palacio. Su actividad arquitectónica se centró en eliminar toda decoración que pudiese recordar la identidad política o religiosa de sus predecesores cristianos. Obsérvese que, en lugar de aprovechar la humilde decoración de la capilla interior, prefirieron levantar una mezquita en el exterior del edificio existente, a una altura en la que podía divisarse desde lejos.
En el suelo y muros de las salas de audiencias, se realizó un conjunto nuevo de mosaicos, frescos y listeles de estuco, que debía transmitir a cualquier observador el mensaje de renovación. La decoración, basada en motivos geométricos, florales, animales y humanos, se rige por un estilo diferente de una sala a otra. Y así, por ejemplo, según G. Bisheh, el extenso suelo de mosaico que cubre la sala 11 puede recordar tanto la tradición bizantina como el león y las gacelas de Khirbat al-Majfar; la compleja iconografía de este mosaico, que muestra a un hombre guiando a un avestruz, encerraba seguramente un significado, que hoy, desgraciadamente, resulta imposible interpretar. En el mayor de los dos patios, hay un pozo, cuyo brocal contiene motivos de arcos grabados con formas geométricas.
De la doble intervención omeya (restauración y aprovechamiento del palacio gasaní, por una parte, y construcción de una mezquita extramuros, por otra) pueden sacarse abundantes conclusiones. Si bien refleja la escisión política y religiosa que efectivamente tuvo lugar en esa época, ilustra igualmente un hecho más importante si cabe, a saber, el ascendente y la influencia que pudo tener dicha intervención, en términos políticos y religiosos, sobre la población de pastores que afluía al lugar, que, una vez más, suponía un apoyo esencial para los nuevos dirigentes.
El proceso de fusión entre las influencias romano-bizantinas, parto-sasánidas y árabes que instauraron los omeyas al definir una nueva cultura gráfica propia no sólo dejó su impronta en la decoración de este alcázar, sino que es palpable, asimismo, en la arquitectura de la mezquita. Este nuevo lenguaje estructural y decorativo estableció el nexo de unión entre Oriente y Occidente y sentó las bases del desarrollo de un arte islámico maduro.
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