A falta de pruebas arqueológicas sobre los jardines en Bizancio, el conocimiento que hoy tenemos de ellos es indirecto. Las fuentes históricas, las descripciones (ekphraseis) de los jardines que figuran en relatos y textos retóricos, y la representación que hacen de ellos los monumentos y los objetos artísticos son el único testimonio de la cultura de los jardines en el Imperio Bizantino. Por más que haya sido una herencia de la Antigüedad, dicha cultura tenía características propias y se desarrolló hasta el final del Imperio.
Las fuentes dan muestras de varias clases de jardines. Los jardines ornamentales coexistían junto a vergeles y huertos, los parques embellecían las grandes ciudades, los jardines rodeaban los palacios imperiales, las mansiones aristocráticas y los monasterios. No obstante, no es fácil reconstituir su aspecto y sus formas. En el arte, los jardines no dejan de ser un soporte descriptivo para la narración y un elemento accesorio de la composición que los artistas no pretenden desplegar por completo. Las ekphraseis proporcionan más indicaciones, pero hay que tener en cuenta que estas descripciones ofrecen una visión poética e idealista del jardín, en la que éste representa un concepto y obedece a una retórica asociada a modelos literarios antiguos. Nicolás Mesarites (1163-1224) parte precisamente de una ekphraseis de Libanios (siglo iv) para describir los jardines que rodean la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla[1]. Las fuentes escritas no siempre son fidedignas a la hora de comprender cómo se ordenaban los jardines.
Después de la reconquista de Constantinopla en 1261, el emperador Miguel VIII Paleólogo restaura también sus parques. Teodoro II Laskaris describe los numerosos cipreses que se alzan por encima de la muralla de la ciudad de Nicea[2]. Estas alusiones atestiguan la existencia de parques públicos en las grandes ciudades, pero desconocemos su apariencia en concreto. En la iconografía de Ramos, las hileras de cipreses dispuestas entre las casas de Jerusalén, como por ejemplo en la escena de la iglesia de la Virgen de la Pantanasa de Mistra (hacia 1430), pueden evocar dichos parques. En el manuscrito del monasterio Santa Catalina del Sinai (Ms. gr. 339, mitad del siglo xii), el retrato de Gregorio de Nazianzo tiene como fondo arquitectónico la representación de una iglesia. Dos fuentes se levantan en su atrio, flanqueado por dos jardines cercados y poblados de coníferas y flores que están bien visibles detrás de la balaustrada de mármol. En una iluminación de un manuscrito del Monte Athos (cód. Iviron 463, siglo xii), detrás de la reja del jardín se observan una fuente, árboles y ciruelos, dispuestos entre las alas de un palacio.
Estas representaciones, comparadas con los jardines del Gran Palacio de Constantinopla, indirectamente permiten distinguir los elementos característicos de los jardines palaciegos: césped, flores y árboles dispuestos en distintos niveles, y fuentes ricamente decoradas con esculturas. Los mosaicos de la mezquita de los omeyas en Damasco (principios del siglo viii), en la que participaron a ciencia cierta los mosaístas bizantinos, presentan por ejemplo motivos de flores y árboles de abundantes frutos alrededor de complejos edificios. Los elementos paisajísticos son idénticos, aunque hayan sido tratados de otra manera. Las fuentes históricas revelan que, en Bizancio, la disposición de los jardines imperiales, símbolo del poderío del Imperio, era sumamente lujosa y elaborada. En cambio, sus representaciones son menos descriptivas, su repertorio más limitado y la expresión naturalista más contenida, sobre todo en comparación con los ejemplos del arte islámico. Una prueba de que el arte bizantino evoca con moderación el esplendor de los jardines imperiales y da prioridad a las representaciones reducidas y muy estilizadas.
Los jardines que embellecen las viviendas aristocráticas son un innegable signo de prestigio y riqueza. Teodoro Metoquita, estadista durante el reinado de Andrónico II, había adornado su palacio con jardines suntuosos, que comprendía pórticos e incluso una senda para hacer caminatas y equitación[3]. En los mosaicos que encargó para la iglesia de Chora (1321), en Constantinopla, aparecen varias representaciones de jardines, que constituyen una referencia a los jardines de su propio palacio. La iconografía de la Anunciación de Ana ofrece algunas de las representaciones más acabadas de los jardines.
En el mosaico del monasterio de Dafni (Ática, Grecia) de finales del siglo xi, Ana se encuentra en su jardín, tal como lo describe el Protoevangelio de Santiago. La ekphraseis del jardín de Ana de Teodoro Hyrtakenos permite identificar varios elementos reales en la representación del jardín de dicho mosaico[4]. La pared baja que se encuentra detrás de la protagonista dibuja un cerco del jardín y constituye un rasgo característico del jardín bizantino. También se puede observar este detalle en las iluminaciones precitadas. El jardín de Ana está plantado de árboles y arbustos; posee una hilera de cipreses pequeños y después dos árboles con altas ramas y abundante follaje. El jardín ideal combina coníferas, árboles frutales, plantas y flores. Los cipreses son muy apreciados por constituir una protección adicional para el espacio cerrado del jardín. Por tanto, no es de extrañar que aparezcan en el mosaico de Dafni. Una fuente suntuosa, elemento indefectible en los jardines, ocupa el primer plano del mosaico. En Dafni, se trata de una estructura compleja formada por tres estanques: el primero, de forma cuadrada, es de piedra verde y está presidido por una pila cuadrilobulada de mármol policromo, a su vez coronada por una pila pequeña en la que destaca una piña. Según los documentos históricos, en los jardines imperiales y aristocráticos se podía hallar fuentes semejantes, provistas de esculturas o automata. Asimismo, en Dafni, varias aves están posados en las ramas de los árboles. Ruiseñores, loros y pavos reales amenizaban los parques y los jardines, pues su presencia y su canto se consideraban indispensables. Así, el mosaico de Dafni refleja con concisión los elementos esenciales de la lujosa disposición de los jardines. El jardín refuerza, además, la veracidad de la representación y enriquece el contenido simbólico de la escena. Los árboles, la piña y las aves aluden a la fertilidad y a la procreación, por lo que contribuyen a evocar la buena nueva que el ángel se dispone a anunciar a Ana. Un jardín cercado repleto de árboles y flores también es una metáfora usual en el Cántico de los cánticos; para los autores bizantinos, era el paradigma de Ana y de la Virgen.
En la Grecia y la Roma antiguas, el jardín estaba en relación con su entorno. Al igual que en Occidente, en Bizancio el jardín es un lugar confinado, separado de su entorno y protegido por un cerco. En la literatura y en el arte, este jardín cerrado representa las virtudes de la protagonista y simboliza a la Virgen. El jardín bizantino parece diseñado para que se lo mire desde dentro, un detalle que lo aproxima de la tradición oriental. Último rasgo distintivo, su vegetación, elegida y dispuesta con esmero, no es ni exuberante, ni invasiva, ni salvaje. Su representación extremadamente estilizada hace pensar en la acción del hombre que controla y trabaja esta porción de la naturaleza. El jardín es una parcela del paraíso terrestre. El jardín bizantino, cercado y estrecho, es un espacio ideal, protegido, un jardín medieval enriquecido con elementos procedentes de la tradición antigua y de la civilización islámica. Su modelo es el jardín del Edén, símbolo de la nostalgia de la unión sagrada entre el hombre y la naturaleza.
I. J.
Bizancio
J. Lafontaine-Dosogne, Iconographie de l’enfance de la Vierge dans l’Empire byzantin et en Occident, I, Bruselas, 1964, p. 71, fig. 43
Ch. Barber, "Reading the garden in Byzantium: nature and sexuality", BGMS 16 (1992), p. 1-19
A. R. Littlewood, "Garden of the Palaces", Byzantine Court Culture from 829 to 1204, Washington 1997, p. 13-38
J. Trilling, "Daedalus and the Nightingale: Art and Technology in the Myth of the Byzantine Court", Byzantine Court Culture, Washington, 1997, p. 217-230
H. Maguire, "Gardens and Parks in Constantinople", DOP 54 (2000), p. 251-264
A. R. Littlewood, H. Maguire, J. Wolsche-Bulmahn (ed.), Byzantine Garden Culture, Washington, 2002
[1] G. Downey, "Nicolas Mesarites: Descriptions of the Church of the Holy Apostles at Constantinople", Transactions of the American Philosophical Society, Nueva Jersey 1957, 47, p. 862-864.
[2] C. Foss, Nicaea: A Byzantine Capital and Its Praises, 1996, p. 140-145.
[3] J. M. Featherstone (introducción, traducción y comentarios), Theodore Metochite’s poems "to Himself", Viena, 2000.
[4] M.-L. Dolezal, M. Mavroudi, "Theodore Hyrtakenos’ Description of the Garden of St. Anna and the Ekphrasis of Garden", Byzantine Garden Culture, Washington, 2002, p. 105-158.
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