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Qantara - Las artes del libro
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Qantara Qantara

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Las artes del libro

En Byzancio

Aunque algunos cristianos hayan mostrado desconfianza de cara a la cultura antigua, eran numerosos aquellos, entre ellos algunos Padres de la Iglesia, que se apropiaron la paideia griega, sin intentar crear otro sistema de enseñanza que les fuera propio. Los autores cristianos se sirvieron de la filosofía y la retórica, en las que encontraron sus fuentes de inspiración.

Paralelamente, el triunfo de la religión cristiana favoreció la creación de nuevos géneros literarios como la teología, la hagiografía y la homilética[1], copiados muchas veces en códices, géneros cuyo rol era primordial para la práctica del culto cristiano. En el siglo IV, los tres Padres capadocios de la Iglesia, Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno, formados a la retórica y a la filosofía, se distinguieron en géneros como la poesía, la exégesis, los tratados teológicos y espirituales y la elocuencia sagrada. De cara a la historia profana, los cristianos desarrollaron su propia tradición historiográfica, gracias, ante todo, a Eusebio de Cesarea y su obra, la Historia Eclesiástica, y también a varios historiadores de la Iglesia como Sozomeno o Teodoreto de Ciro. En el siglo VI,Cosmas Indicopleustes propuso, con su Topografía cristiana, una geografía propiamente cristiana.

La necesidad de transmisión de los textos antiguos y de las nuevas formas literarias que emergieron con la victoria del cristianismo aumentó considerablemente el número de copias en códices, en particular a partir del siglo IV, cuando el pergamino se empleó mayoritariamente, suplantando al papiro. El interés por la edición de los textos tanto clásicos como teológicos favoreció así la producción libresca, que conoció su apogeo en la época medio-bizantina. La forma del libro, constituido de varios cuadernos de pergamino encuadernados entre ellos, permite albergar diferentes textos y protegerlos mejor del desgaste del tiempo respecto al rollo que se utilizaba anteriormente. La forma del codex evoluciona con el paso de los siglos, mejorando su estructura y la paginación de su contenido.

Una vez la piel animal limpia, seca y plegada para formar hojas, la materia estaba lista para recibir el texto. Las líneas directoras, trazadas en el pergamino con punta seca (sistema de pautado) antes de que las hojas de pergamino se reuniesen en cuadernos, servían para guiar el trazado del cálamo. Estas marcas imprimían, efectivamente, en el pergamino, líneas penetrantes verticales que determinaban los márgenes del libro, y horizontales, que proporcionaban a la escritura un apoyo regular.

La copia del texto, así como la ejecución de las ilustraciones, requerían una perfecta colaboración entre copista e ilustrador. El escriba empezaba por tener cuidado en delimitar bien el espacio reservado al miniaturista. Escribía su texto en una o dos columnas. Sin embargo, han llegado hasta nosotros algunos raros ejemplos donde el texto estaba repartido entre tres o incluso cuatro columnas (codex Vaticanus[2] o Sinaiticus[3]). Entre las herramientas del copista figuran, además de la tinta y el tintero, tijeras y cuchillos afilados para sacar punta a cálamos y plumas y cortar el pergamino, así como piedras pómez para rascar los errores «secos». La copia del texto se hacía con tinta marrón o negra, mientras que los pasajes importantes, las iniciales, los títulos de los capítulos y las indicaciones litúrgicas se escribían con tinta roja. En raras ocasiones, en particular para los manuscritos litúrgicos, el escriba hacía uso de tinta de colores diferentes, para distinguir mejor los pasajes de texto entre ellos (París, BnF Ms. gr. 54). Las tintas de oro y plata, reservadas únicamente para las grandes iniciales y el principio de un texto, también se utilizaron para la copia de todo el texto en algunas ocasiones (Evangelios de Rossano[4] o de Sinope[5]).

Una vez que se había definido la superficie atribuida al escrito, quedaba libre una zona lateral bastante amplia para poder recibir bien comentarios sobre el texto principal – los escolios – o bien ilustraciones. La otra ventaja del margen era hacer posible la intervención tardía del copista y/o de un corrector, o incluso del ilustrador. Los márgenes se rellenaron, a veces, bastante después de la época en la que se había ejecutado el manuscrito, mediante anotaciones, correcciones, trazos de pluma, esbozos o ilustraciones complementarias.

Las ilustraciones, lejos de reservarse solamente a los márgenes, ocupaban una posición importante en un codex. Podían presentarse en página completa para el frontispicio del libro o de un capítulo. También se realizaban en los márgenes de cada folio o se integraban en el texto como friso o cuadro. Las miniaturas aportaban así una interpretación visual al texto, facilitando su comprensión.

El tratamiento de las imágenes reflejaba las tendencias iconográficas y estilísticas de cada época, visibles paralelamente en el arte monumental y el de los iconos. Entre los manuscritos bizantinos que han llegado hasta nosotros, aquellos que presentan una rica decoración de miniaturas siguen siendo relativamente poco numerosos. El número importante de miniaturistas que debían movilizarse durante un largo periodo para la realización de esas ilustraciones implicaba un coste suficientemente importante para impedir a las diferentes scriptoria del Imperio entregarse al arte de la ilustración.

El uso generalizado del papel a partir del siglo XIV, así como de los caracteres de imprenta, hicieron evolucionar la forma del libro bizantino, sin alterar verdaderamente su estructura de base tal y como acabamos de describirla.

 

E. Y.


 

En Islam

El arte del libro concierne a todas las etapas de la elaboración de un libro: visto desde fuera, el códice se presenta en un principio como un conjunto de cuadernos cosidos, recubiertos por una encuadernación que suele llevar una solapa. Las hojas, soporte de la escritura, son en un principio de pergamino, antes de ser reemplazadas progresivamente por el papel; el copista ejecuta su trabajo sobre este soporte, luego enriquecido por los adornistas. Obviamente, según las regiones y las épocas, los libros que han sido copiados en las diferentes regiones del Mediterráneo no presentarán el mismo aspecto.

El libro o códice es una maravillosa herramienta de transmisión del saber; constituye también un objeto digno de estudio: la codicología. Esta disciplina se interesa tanto a una simple copia de un libro de recetas, como a la copia, suntuosamente decorada, de un Corán por ejemplo. Sin embargo, hay que precisar que numerosos manuscritos que nos han llegado antes del periodo « moderno »- en el transcurso del cual el libro impreso hará, muy progresivamente, su aparición- que sean textos científicos, religiosos ó poéticos, reflejan un trabajo cuidado, en el que se mezclan los talentos de encuadernadores, calígrafos e iluminadores.

La reputación de la biblioteca de Alejandría, símbolo de la sabiduría antigua mediterránea, es indiscutible. Después de la destrucción de la Biblioteca en una fecha todavía incierta (probablemente anterior al siglo IV), se podría creer que el saber antiguo, particularmente copiado sobre rollos de papiro ó pergamino, desaparece entre sus cenizas. Sin embargo, varios siglos más tarde, en la Bagdad de Harun al-Rashid y de sus sucesores (los califas abasidas), « La Casa de la Sabiduria » (Dar al-hikma, siglo IX), toma el relevo de esta empresa de compilación y de transmisión del saber; ésta vez, es el papel el soporte mayoritario del saber. Sus hojas cosidas en pliegos y encuadernadas, forman así los « libros ».

En la tradición musulmana, el Libro designa obviamente al Corán, lo mismo que las « Gentes del Libro » comprenden las tres grandes religiones monoteístas conocidas. El estatuto del « libro » en la religión musulmana - bien se trate del Texto revelado ó de su copia transcrita - confiere a este objeto « libro » un puesto privilegiado en la sociedad. No cabe ninguna duda que la copia del Corán ha dado al libro árabe un impulso definitivo.

En un principio, mayoritariamente compuesto de pergamino recubierto con una encuadernación de planchas de madera forradas de cuero, el libro árabe va a conocer un auge sin precedentes con el desarrollo de la fabricación del papel, que llega a Bagdad a partir del final del siglo VIII. Las muestras más antiguas de documentos árabes sobre papel se remontan al final del siglo VIII-principio del siglo IX y han sido descubiertas en Egipto.

Los manuscritos sobre pergamino adoptan en un principio formatos verticales, luego mayoritariamente horizontales (formato apaisado); cuando el papel fue introducido, los libros volvieron progresivamente al formato vertical. Por otra parte, la sustitución del papel por el pergamino u otros soportes (como el papiro) se hace muy progresivamente, de este a oeste: mientras que Irak lo fabrica desde finales del siglo VIII, hay que esperar al siglo X para que el papel « desembarque » en Sicilia, y al siglo XII para que se fabrique en la península ibérica en Xátiva (Valencia). En este proceso de sustitución, se nota de manera casi sistemática una reticencia a reemplazar el pergamino por el papel en las copias de los Coranes.

La calidad del soporte es obviamente importante para la realización de un libro: bien se trate de pergamino ó de papel, el soporte tiene que estar preparado para poder recibir la tinta del copista, cuya pluma (o cálamo) debe de deslizarse sobre la hoja. Toda una serie de mordientes, eventualmente acompañados de tintes, se aplican sobre el soporte antes de la copia.

Luego hay que ajustar el soporte, es decir trazar líneas según diferentes procedimientos (según se trate de pergamino ó de papel), con el fin de conseguir un texto bien alineado, « justificado ». Esta operación de renglonadura (mistara) se acompaña con la definición de los márgenes, así como del espacio reservado a las decoraciones.

Se puede entonces empezar la copia, gracias a toda una gama de tintas elaboradas según múltiples recetas; los ingredientes de base de una tinta negra, por ejemplo, son la gallarita por el tanino, el negro de humo para el pigmento, una sal metálica para precipitar el tanino en negro, y la goma arábica para ligarlo todo. Se pueden también fabricar tintas de colores, que servirán principalmente para subrayar algunos pasajes, para componer comentarios ó bien para añadir decorados. A la gama de colores minerales ó vegetales, hay que añadir las tintas metálicas, destacando la tinta de oro: un ejemplo particularmente logrado de empleo de tinta de oro sobre pergamino teñido con añil es el célebre « Corán azul » (museo del Instituto del mundo árabe, inventario. AI 84 09).

Se copia el texto gracias al cálamo (qalam), pluma fabricada a partir de un tipo particular de caña (los más apreciados en el mundo árabe venían de Baja-Mesopotamia), cuyo pico está tallado en bisel. Las distintas clases de escritura dependen de los estilos practicados según las épocas y las regiones.

Una vez la copia acabada, se podían añadir iluminaciones, según la calidad deseada por el comanditario. Estas iluminaciones conciernen principalmente el frontispicio y los encabezados de capítulos. La ilustración de los textos es extremadamente variable según los periodos y las regiones del mundo musulmán. Así, mientras que el Oriente musulmán presenta una amplia gama de libros ilustrados - tratados científicos y obras poéticas, novelas galantes o relatos fantásticos - los libros ilustrados son raros en el Magreb y en la España musulmana.

Cuando se acaba el trabajo sobre las páginas, éstas se reúnen en cuadernos y se cosen; el número de hojas dobles (doble folio) por cuadernos puede variar según las prácticas en uso en el lugar y en la época de elaboración de un libro. Una costura reúne los cuadernos por el lomo, arriba del cual la cabecera es bordada; el libro recibe entonces su cobertura: una encuadernación de cuero que cubre planchas de cartón, por ejemplo. La encuadernación de la España musulmana ha influenciado duraderamente las producciones de la península ibérica y de sus vecinos (encuadernaciones mudéjares).

El contorno mediterráneo ofrece una gran variedad de ejemplos de este arte del libro; algunas regiones, a semejanza de la España musulmana, han conocido no sólo periodos de intolerancia interna, como en la época de Averroes (1126-1198) por ejemplo, sino también episodios sombríos como la Inquisición. Por lo general, estos periodos son funestos para los libros, arrojados a menudo al fuego. Otras regiones han podido preservar los volúmenes en bibliotecas casi olvidadas, ó bien rescatadas por sabios en ambas riberas del Mediterráneo. Afortunadamente, poseemos un gran número de estos volúmenes, que ahora nos permiten su estudio

Los primeros libros impresos en caracteres árabes han sido obras de europeos a partir del siglo XVI; es sólo mucho más tarde (sobre todo en el siglo XIX), después de haber roto con las barreras del gusto y de las tradiciones, que los países del área musulmana adoptan progresivamente la imprenta; en este campo, las técnicas de impresión litográfica, que permiten restituir la ductilidad propia del alfabeto árabe, recibirán los favores de un público más amplio.

Y. P.

Nota


[1] Forma de retórica aplicada a la predicación o a las declamaciones que trataban sobre religión.

[2] Roma, Biblioteca del Vaticano, Ms. Gr. 1209.

[3] Londres, British Library, Ms. Add. 43725.

[4] Codex Purpureus Rossanensis, Italia, catedral de Rossano (siglo VI).

[5] Codex Sinopensis, París, BnF, Ms. gr. 1286 (siglo VI).



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