A principios del siglo VIII, los contingentes árabo-bereberes alcanzaron las tierras situadas a orillas del «Océano circundante» (el Atlántico) y mataron en el campo de batalla al último rey visigodo de Hispania: una nueva era se abría en la historia de la Península Ibérica, conocida a partir de entonces bajo el nombre de al-Ándalus. Lo que fue una de las últimas provincias anexionadas por el califato de Damasco iba a convertirse durante los siglos siguientes en el Estado más poderoso del Mediterráneo occidental, capaz de enfrentarse sucesivamente a los carolingios y a los fatimíes, y de mantener relaciones diplomáticas privilegiadas con Bizancio. La familia omeya no podía imaginarse tampoco que ese lejano territorio iba a ser en su último refugio tras haber sido exterminada en tierras orientales. En efecto, el triunfo de la revolución abasí en el año 750 puso un fin brutal a esta dinastía con la masacre de sus principales miembros. Uno de los supervivientes, Abd al-Rahman b. Muawiya, nieto del califa Hisham b. al-Malik, llegó a imponerse como emir de al-Ándalus en el año 756 tras un largo periplo jalonado de alianzas y conflictos. A partir de entonces, al-Ándalus escapó al control del muy reciente califato abasí instalado en Irak.
Los primeros siglos del poder omeya en la Península estuvieron marcados por numerosas revueltas que cuestionaban su legitimidad y que culminaron, en la segunda mitad del siglo IX (870-880), en un período de anarquía (fitna). La consolidación definitiva del estado islámico de al-Ándalus se materializó en el año 929, cuando Abd al-Rahman III se autoproclamó califa. Más que una simple declaración de prestigio frente a Bagdad, se trataba sobre todo de un arma política para hacer frente a los califas fatimíes shiíes asentados desde principios del siglo X en Ifriqiya (actual Túnez). Bajo su reinado y el de su hijo, al-Hakman II, este nuevo califato, llamado «de Córdoba», conoció su mayor esplendor. Pero en el 976, el chambelán Almanzor se hizo con el poder, instauró un gobierno militar y pretendió perpetuar su propia dinastía. El estallido se hizo irremediable en 1009: la guerra civil que azotó al país y en la cual se enfrentaron bereberes, eslavones, árabes y mercenarios cristianos, llevó finalmente a la abolición del califato en 1031. El territorio de al-Ándalus se fragmentó entonces en numerosos principados dirigidos por reyezuelos locales (muluk al-tawaif).
A lo largo de este período, la sede de la capital fue Córdoba (Qurtuba), antigua fundación romana instalada en medio de llanuras fértiles, irrigadas por el Guadalquivir. Esta ciudad rebasó muy pronto los límites de la madina amurallada donde se concentraban los principales órganos administrativos y religiosos (gran mezquita, complejo residencial de los emires, zocos, etc.), así como los edificios públicos (baños, funduk) y privados, para extenderse hacia una veintena de barrios periféricos densamente urbanizados y planificados en parte. Durante su apogeo en el siglo X, Córdoba fue el centro político, económico y cultural más importante de al-Ándalus, pero también la gran ciudad de toda Europa occidental. Apodada «la madre de las ciudades», suscitaba la admiración de sus contemporáneos, tanto musulmanes como cristianos.
En el paisaje urbano de al-Ándalus, Quturba o Córdoba era una excepción y un modelo al mismo tiempo. Por una parte, reflejaba el proceso de recuperación del papel de la ciudad, marco y vector de aculturación mediante los elementos emblemáticos de la nueva religión: mezquita, baños. Por otra parte, concentraba el control administrativo, fiscal y militar, pero además centralizaba la actividad comercial, para la cual se crearon o reactivaron circuitos de distribución que vinieron a completar un sistema monetario centralizado. Pero la prosperidad económica fue perturbada, sobre todo durante el emirato, por desastres naturales y por una situación política inestable, reflejada en las fluctuantes emisiones de monedas.
Por otra parte, su estatuto de centro ideológico directamente ligado al poder hizo de ella un caso excepcional. Las producciones arquitectónicas y artísticas procedentes de Córdoba utilizan la ostentación como parte integrante de un discurso de propaganda dinástica. Las pruebas más patentes son los proyectos emblemáticos de la dinastía: la Gran Mezquita y la ciudad palaciega de Medina Azahara, cuyos tamaño y magnificencia estuvieron a la altura de las inversiones humanas y materiales.
La fundación de la Gran Mezquita por Abd al-Rahman I en el 786 reemplazó el lugar de culto primitivo, que ocupaba parte de una iglesia. Sus sucesores no dejaron de ampliarla, tanto para acoger a una población en plena expansión, como por simple afán de prestigio. Desde la primera fase de su construcción, este edificio se caracterizó por una original combinación de elementos orientales y locales, de préstamos del repertorio antiguo y de innovaciones. Su sala de oración hipóstila, con naves perpendiculares al muro de la qibla, se distinguía por la introducción de una fórmula sin precedentes de arcadas superpuestas con arcos de herradura y de medio punto, que sería respetada en todas las intervenciones ulteriores. El lujoso decorado epigráfico y vegetal de mosaicos con fondo de oro que adorna el mihrab data del reinado de al-Hakam II, que recurrió para su realización a mano de obra bizantina. Constituye la culminación de una puesta en escena jerarquizada del espacio, en la que participan materiales de relleno, juegos de policromía y volúmenes.
Esta manipulación del espacio y de la ornamentación arquitectónica encuentra su máxima expresión en Medina Azahara (literalmente «la resplandeciente»), perfectamente integrada en un complejo protocolo palaciego, destinado a afirmar el poder del Estado omeya. Su edificación debutó por orden de Abd al-Rahman III hacia los años 936 o 940 y se hizo a costa de una inversión considerable que requirió la creación de vías de comunicación, un sistema hidráulico y canteras de piedra. Sus 112 hectáreas, encerradas en un recinto rectangular, se extienden por los contrafuertes de Sierra Morena, a unos 8 km al oeste de Córdoba. Están divididas en tres grandes terrazas ocupadas por jardines, residencias privadas, edificios públicos y barrios militares. La topografía, considerada como un elemento suplementario de la escenografía, contribuye en gran medida a la originalidad de esta ciudad, concebida para alojar a la corte y los servicios administrativos del Estado. El salón de recepción (el Salon Rico) concentra lo esencial del programa iconográfico con un simbolismo basado esencialmente en el árbol de la vida y la palmeta.
Finalmente, también las artes menores fueron portadoras de la ideología califal, en particular las arquetas y píxides de marfil, destinadas a personas directamente relacionadas con el círculo califal y cuyo decorado, muy elaborado y refinado, contiene los signos distintivos del poder. Todavía más explícito es el mensaje epigráfico que adorna las cerámicas decoradas en verde y manganeso con la fórmula al-mulk (el poder), divisa general del orden califal.
S. G.
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