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Qantara - La diplomacia
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Qantara Qantara

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La diplomacia

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En Bizancio

Para comprender la diplomacia bizantina, es necesario volver a la concepción que tiene de él mismo el Imperio de los romanos, como se hace llamar hasta su caída en 1453. El Imperio pretende ser universal; es el oikoumene, el conjunto del mundo habitado. Toda tierra que ha sido romana tiene vocación de volver a serlo; toda tierra que no lo es tiene vocación de integrarse, sobre todo si se trata de una tierra habitada por un pueblo cristiano. Por consiguiente, no hay extranjeros propiamente dichos para los bizantinos, incluso si la subida de nuevas potencias, como el Imperio arabo-musulmán, que no es cristiano, en el siglo vii, viene a matizar esta concepción de un principio de realidad. Con los príncipes cristianos, el Imperio no firma, en principio, ningún tratado; el Emperador concede a aquellos que considera como sus súbditos, al menos potenciales, ventajas supuestamente unilaterales, como hace para sus súbditos efectivos.

Los diferentes príncipes se inscriben pues en un orden jerárquico del mundo, cuyo líder es el emperador de los romanos, que es el padre de esta familia de príncipes. Según su poder y la calidad de las relaciones mantenidas con ellos, ocupan un rango en esta familia. Los más alejados son simples amigos. Los más cercanos tienen derecho al trato de hijo. Por último, signo de ascensión en la consideración o visión realista del emperador, pueden convertirse en hermanos suyos, hermanos menores se entiende. El mejor ejemplo que se puede dar de ello es el de los búlgaros. Aparecidos como potencia en los Balcanes en el siglo vii, constituyen una amenaza constante hasta la anexión de Bulgaria por Basilio II (976-1025) en 1018. Varias veces, estos excelentes guerreros amenazan al Imperio; en 811, el emperador Nicéforo I (802-811) muere combatiendo al rey Krum, que llena de terror a la población de Constantinopla, asediándola. La situación cambia profundamente en el año 864, cuando Boris recibe el bautismo de manos del clero bizantino: los búlgaros, todavía independientes, entran en el oikoumene bizantino y su zar, que toma como nombre de pila el del emperador reinante Miguel III (842-867), merece el título de hijo. Para garantizar la integración al oikoumene, los hijos del soberano búlgaro son enviados a educarse a Constantinopla, donde también son rehenes.

 

Uno de ellos, Simeón, integra tan bien la ideología bizantina que, al convertirse en zar a su vez en 893, se propone atacar al Imperio con la intención de ocupar el puesto del emperador de los romanos. Hasta su muerte en 927, la lucha es incesante y terrible; en las fases de paz relativa, bastante a menudo el patriarca Nicolas Mystikos sirve de relación privilegiada, recordando la dimensión religiosa de integración al oikoumene. La muerte de Simeón permite restablecer la paz y, entonces, se llama al zar búlgaro hermano. A partir de 987, el nuevo zar Samuel restablece las ambiciones de Simeón, pero se topa con el más poderoso de los emperadores bizantinos, Basilio II. Éste decide acabar de una vez con todo, al final de una guerra terrible, continuación lógica de la diplomacia universalista cuando el Imperio tiene los medios para ello, y que dura de 991 a 1018, anexionándose Bulgaria.

Con los califas árabes, encontramos verdaderas relaciones de Estado a Estado. Evidentemente, la guerra es casi permanente, pero se entrecorta con treguas e intercambios de prisioneros. Asistimos pues a verdaderos intercambios de embajadas. Así, en el siglo ix, el califa abasí al-Ma‘mun, que organiza en Bagdad la Casa del saber, al enterarse por un funcionario prisionero que existe en Constantinopla un sabio que domina la totalidad de la geometría euclidiana que aún no poseen los árabes, envía al emperador Teófilo (829-843) una embajada para ofrecerle la paz y un suntuoso tributo si acepta enviarle a León el Matemático. La embajada fracasa, ya que Teófilo no quiere deshacerse de un sabio que ha inventado un sistema de telégrafo óptico, que permite conocer en menos de una hora lo que pasa en la frontera del Tauro y parece ser una especie de producto estratégico. Pero los tratados de igual a igual con príncipes árabes fueron numerosos.

Tras la toma de Constantinopla por los latinos en 1204 y la restauración bizantina de 1261, el Imperio ya no tiene medios para tal diplomacia. A su vez, el emperador está obligado a enviar rehenes al sultán otomano, para intentar diferir ataques que podrían revelarse fatales. Así, Juan V Paleólogo (1341-1391) envía para varios años a su hijo Manuel como rehén al sultán Murad I. Convertido en emperador, Manuel II, en lugar de esperar a los «extranjeros» en Constantinopla, hace un viaje por Europa occidental, visitando a diferentes reyes para intentar, en vano, conseguir ayuda.

La organización de la diplomacia reposa en el que ocupa el más alto rango entre los funcionarios civiles, el Logothetes tou dromou (Logoteta postal), convertido más tarde en el Gran logoteta. Tiene bajo sus órdenes a un cuerpo de intérpretes y a un funcionario responsable del edificio reservado para recibir a enviados de las potencias extranjeras, antes de que eventualmente les reciba el emperador.

De esta recepción, hemos conservado un relato sobrecogedor del obispo de Cremona, Liutprando, que sirvió de embajador primero al rey lombardo Berengario y, después, al emperador germánico Otón I (936-973). En esta época, se recibía a los embajadores en una sala especializada en un edificio del palacio imperial, la Magnaura. Liutprando nos describe cómo lo llevan, con los ojos vendados y las manos atadas detrás de la espalda como un prisionero, a través de los laberintos del palacio, para que no pueda encontrar el camino de vuelta. Lo introducen en la inmensa sala y finalmente lo tiran al suelo, donde cae de bruces cuan largo es. Entonces lo desatan y le quitan la venda. Por fin puede mirar. El trono donde se encuentra el emperador Constantino VII Porfirogéneta desaparece alzándose con una maquinaria hábil. Alrededor del trono rugen leones dorados, mientras que, en árboles igualmente dorados, cantan pájaros que también lo son. Se entiende que el embajador sigue confundido ante tal lujo. Es la finalidad buscada. Cuando el trono vuelve a bajar, se admite que el embajador abrace las rodillas y bese las pantuflas de púrpura del soberano. Esto resume bastante bien la concepción bizantina de la diplomacia, en principio no igualitaria, pero en los hechos adaptada a la relación de fuerza.

M. K.

En islam

Las reglas de la diplomacia islámica se definieron con referencia a la vida del profeta y a las formas de las relaciones exteriores, que se impusieron en el momento de la constitución del joven Estado musulmán. Esta diplomacia se basa en una bipartición del mundo, en el derecho islámico, entre el territorio del islam (dâr al-islâm) por un lado, al que se reserva la paz – se justifica cualquier guerra contra otro Estado musulmán, acusando al soberano de ser un infiel –, y el territorio de la incredulidad (dâr al-kufr), dominado por Estados no musulmanes. La guerra es el estado normal de las relaciones con el dâr al-kufr, pero éste se divide a su vez en dos entidades, el territorio de la guerra (dâr al-harb) y el territorio del acuerdo (dâr al-‘ahd). La guerra es oficial con el dâr al-harb, mientras que los países del dâr al-‘ahd son los que gozan de un tratado con el Estado musulmán. En principio, sin embargo, no se puede firmar ningún tratado de paz con los países no musulmanes, aunque los acuerdos de paz sólo son, en realidad, treguas (hudna) cuya duración normal es de diez años – como referencia a la primera tregua acordada por el profeta Mahoma con los Quraysíes paganos de la Meca, en al-Hudaybiya, en 628.

Las negociaciones para el establecimiento de treguas, tratados de alianza o de comercio, constituyen lo esencial de la diplomacia islámica. A este efecto, se constituye, a partir de los primeros tiempos del islam, una cancillería, primero modesta, pero que se amplía a partir de la estabilización territorial del imperio, bajo los califas abasíes. Esta cancillería tiene por vocación recibir y redactar cartas entre los soberanos. La complejificación de las relaciones diplomáticas incitó a una definición cada vez más precisa de la forma de las actas y del protocolo, lo que demuestran gruesos manuales de cancillería, como el redactado por al-Qalqashandî (siglo XIV), administrador del sultanato mameluco.

La comunicación de estas cartas, así como las negociaciones y la firma de tratados, las realizan emisarios (safîr). Posteriormente, los tratados quedaban ratificados por el juramento del soberano. Los enviados a tierra extranjera sólo tenían una función de embajador para el momento de la misión. Este cargo se confiaba a dignatarios del Estado o notables, en general gente que sabía otras lenguas, especialmente dhimmis (no musulmanes provenientes de un Estado musulmán), por ejemplo los obispos cristianos delegados por el califato de Córdoba de cara a los soberanos cristianos.

Se encuentran también varios tratados de alianza, entre ellos el acordado entre el califa Hârûn al-Rachîd y el emperador Carlomagno. Estas alianzas pueden, por tanto, concluirse entre cristianos y musulmanes, como se vio a menudo en el momento de las Cruzadas. Algunas alianzas políticas pudieron concretizarse mediante una alianza matrimonial, como el matrimonio del que proviene ‘Abd al-Rahman Sanchuelo (que reina en Córdoba en 1008-1009), nieto del regente de al-Andalus al-Mansûr y del rey de Navarra Sancho. Estos matrimonios tenían como función reforzar las alianzas acordadas entre los soberanos.

Todas estas embajadas son la ocasión de intercambios de regalos de dinero, animales, tejidos preciosos, libros, etc. En el momento de la recepción de una embajada, el soberano intenta impresionar al emisario, haciendo alarde de riquezas, armas, rarezas y soldados, con el fin de presentar su superioridad de cara al señor del embajador. Así, en el momento de la embajada franca en El Cairo, en 1167, la recepción de los emisarios del rey Amaury I se organiza suntuosamente, los fastos y riquezas del califato se exponen a lo largo de su itinerario en el palacio. Así, la llegada o el envío de un embajador es un acontecimiento decisivo, que marca la apertura de relaciones diplomáticas entre dos soberanos e impone el respeto de un cierto número de convenciones y de un aparato protocolario.

Con el desarrollo del comercio europeo, especialmente italiano, en el Mediterráneo, los tratados de comercio se multiplicaron a partir del siglo XII. Uno de los más antiguos ejemplos de tratado de comercio, formalmente redactado artículo por artículo, fue firmado entre Génova y el emir de Mallorca, en 1184. Estos tratados adoptaban una forma nueva: no se trataba de acuerdos bilaterales sino de proclamaciones unilaterales, decretos, en los que el soberano musulmán concedía privilegios a los mercantes de tal ciudad italiana o de tal nación europea. Las principales disposiciones de estas actas son: la seguridad de las personas y de los bienes (amân), la extraterritorialidad (con la constitución de una jurisdicción consular y modalidades de aplicación variables) y la abolición de la responsabilidad colectiva. Definen también el régimen fiscal, precisan la fundación (o no) de un establecimiento permanente (un funduq), etc. Las ciudades italianas y las demás naciones presentes en el país nombran pues a cónsules. Así, a partir de 1238, Venecia tiene un representante en Egipto. El cónsul tiene una autoridad jurídica en su comunidad, es el representante de su Estado mandatario y lo informa sobre la situación del país donde reside. La concesión de estos privilegios permite a los Estados musulmanes hacerse aliados políticos en el seno de la cristiandad, obtener mercancías y materias primas raras y estratégicas y, sobre todo, favorece el desarrollo del comercio internacional y, por tanto, de los ingresos aduaneros. El aspecto unilateral de estos tratados permite al soberano musulmán denunciarlos, a partir del momento en que considere que el beneficiario (le musta’min) no ha respetado las condiciones. Apuntemos que los Estados musulmanes no solicitaron tales privilegios de cara a los Estados de Europa occidental – pero algunos acuerdos entre el sultanato mameluco y el imperio bizantino prevén la libertad y la protección mutua de los mercantes del otro Estado.

Con el triunfo del imperio otomano (siglo XVI), Estambul se convierte en el único centro diplomático del Mediterráneo musulmán (a excepción de Marruecos, que sigue siendo independiente). No obstante, la importancia de las comunidades europeas y de sus intereses comerciales en algunas ciudades mercantes de Oriente Próximo incitó a algunos Estados a nombrar a cónsules en localidades de provincia, siendo el primer caso la nominación de un cónsul de Francia en Alejandría, en 1528. Los tratados otorgados por el sultán (las «capitulaciones») conservan, en general, la forma de proclamaciones unilaterales hasta el final del siglo XVII y el principio del declive del imperio. La paz de Carlowitz, firmada con la Liga Santa (coalición de potencias europeas) en 1699, marca este cambio de estilo, de la proclamación al documento negociado. Progresivamente, el imperio otomano cede cada vez más privilegios a los Estados europeos, y de imperio conquistador se convierte en «el hombre enfermo de Europa». Sus prácticas diplomáticas se parecen entonces a los modelos europeos, especialmente con la apertura de legaciones permanentes a las cortes de Europa, a partir de 1792.

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