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Qantara Qantara

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Vida de corte y arte vivir

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Arte de vivir

En Bizancio

En el Imperio Bizantino, donde todos los poderes se concentran en el soberano, la vida de la corte tiene fundamentalmente un sentido político. El emperador es el representante de Dios en la Tierra y la vida de la corte, un complejo misterio organizado alrededor del soberano, que está muy bien documentado en numerosos libros de la época. El más conocido es el Libro de las Caremonias, compilado por orden de Constantino VII Porfirogéneta. Durante veinticuatro años (920-944), éste debió dejar el poder a su padre político, Romano I Lecapeno. Emperador sin poder gobernar y muy propenso al estudio y a la cultura, Constantino puso orden en varias obras, entre ellas, el Libro de las Ceremonias. Maestro en la materia, explica la lógica de las ceremonias en estos términos: “El poderío imperial, ejercido con ritmo y orden, es la imagen de la armonía y del movimiento que el demiurgo le ha dado al Universo”.

Los aristócratas que rodean al emperador son los principales agentes y los primeros beneficiarios de este modo de vida. Por tanto, son los primeros interesados por que se respete la taxis (orden o clase en el que se deben disponer unos y otros). Así pues, hasta la época de la dinastía de los Paleólogos, redactan taktika (tratados de prelación) que exponen no sólo el orden de los cargos y de las dignidades, sino también las principales ceremonias áulicas, empezando por los banquetes que se llevan a cabo en el Gran Palacio durante las festividades más importantes. Más allá de mostrar la fastuosidad del Imperio, que tan bien simbolizan el oro y la púrpura, se trata de expresar una ideología política. En el comedor dorado del Gran Palacio, el chrysotriklinos, el emperador preside una mesa especial, situada en una posición dominante, en la que se sientan otros doce comensales al igual que en la Última Cena de Cristo. Si al final del Imperio se debió remplazar la vajilla de oro por otra apenas dorada, y más tarde por enseres que sólo eran de plata, el ceremonial seguía siendo el mismo.

En este misterio cuentan mucho las vestimentas. Según Constantino VII, fue un ángel quien le trajo el atuendo imperial. El emperador es el único que puede usar vestidos púrpura y blancos, incluidas las pantuflas que también eran púrpura. Los demás dignatarios tienen igualmente sus propios trajes, que forman parte de su paga. La majestad imperial obliga al silencio. Las asambleas oficiales en las que el emperador da a conocer sus decisiones se denominan silentia; el emperador jamás habla directamente, sino a través de gestos y de algún dignatario. En torno a él se despliega todo un ceremonial de adoración con connotación religiosa: en el rito se emplean cirios e incienso. Ante el soberano, súbditos y visitantes se prosternan (proskynesis) inclinándose profundamente hasta el suelo, después de lo cual en algunas ocasiones tienen derecho a besarle los pies y las rodillas.

Un cuerpo especial formado por los eunucos de la corte, herencia de la Antigüedad, es el encargado de hacer respetar la etiqueta. Su condición de eunucos les permite circular más libremente por el Gran Palacio, ya que están autorizados a acercarse a las mujeres de la familia imperial, incluida la emperatriz. Sin contar con que ellos son los que dirigen el ceremonial. A esto se debe su gran influencia política, en especial cuando están a cargo de custodiar la cámara imperial (cubiculum). El de más alto rango se denomina parakoimomenos porque duerme cerca del emperador. En el siglo x, José Bringas administra el Imperio durante el reinado de Romano II (959-963). El parakoimomenos Basilio, hijo ilegítimo de Romano I, razón por la cual se ha visto privado de su virilidad, colabora con Constantino Porfirogéneta entre 944 y 959, y será el verdadero regente del Imperio durante los primeros años de reino de Basilio II, a partir de 976, antes de que éste lo mande a asesinar (985) y anule todas las disposiciones que se habían tomado bajo su responsabilidad.

Basilio era además un gran conocedor de las artes, aspecto sustancial en la vida de la corte bizantina, sobre todo a partir del siglo x. De hecho, se puede hablar de una auténtica cultura cortesana. El emperador y los cortesanos tenían afición por el arte, especialmente las piezas de orfebrería —ambos sexos usaban joyas— y marfil. A partir del siglo ix, el renacimiento de la Universidad nace en la corte. Constantino Porfirogéneta impulsa el movimiento enciclopédico que marcará el siglo x. Durante el siglo siguiente, Constantino IX Monómaco se rodea de un auténtico cenáculo de intelectuales, entre los cuales destaca principalmente el escritor y jurista Miguel Pselo, de forma tal que se ha llegado a hablar de un “gobierno de filósofos”. En esta misma época nace la poesía cortesana. No obstante ello, el auge de la vida literaria en la corte comenzó realmente en el siglo xii, durante la dinastía de los Comneno, alcanzando incluso a la familia imperial puesto que Ana Comnena, hija de Alejo I, escribió una epopeya sobre la vida de su padre. A esta época se remonta el renacimiento de la novela, destinada a este mismo público. El fenómeno se acentuó durante la dinastía de los Paleólogo, cuyos principales ministros fueron además escritores y promotores de las artes. Mientras se aproxima el final, la corte de Manuel II Paleólogo (1391-1425), que es a su vez escritor, atraviesa un período de gran esplendor. La corte disfruta de espectáculos, música y danza.

Pero la vida de la corte también reluce fuera del Gran Palacio. Los emperadores aprecian deambular por sus jardines, ordenados con una visión artística, cuentan con un terreno de polo y salen a cazar. La corte se muestra incluso de cara al público, cuando aparece junto al emperador en las carreras del hipódromo, que comunica con el palacio.

Esta vida de corte se extiende más allá de los límites del Gran Palacio, llegando hasta los palacios de los aristócratas que, a su nivel, organizan una vida igualmente fastuosa y artística. Además de las carreras de carros, la población puede asistir a algunos espectáculos: pese a las prohibiciones de la iglesia, que nadie respeta, el teatro y los mimos perduran en lugares de dimensión más reducida. Todos aquellos que tienen medios como para hacerlo disfrutan del buen vestir. La población de Constantinopla pasea bajo los pórticos que bordean las calles principales de la capital o por las elevadas terrazas (sobre todo por la arteria principal de la ciudad, la Mese), al menos cuando están en buen estado, lo cual no volverá a repetirse después de 1204.

M. K.

En Islam

Vida de corte y arte de vivir que son dos nociones que, en tierras de Islam, se articulan en torno a la figura del príncipe. El culto de la personalidad y la valorización del soberano están en la base de la concepción del poder y de su ejercicio.

El ceremonial áulico, que vio la luz a partir de la época omeya, es una componente esencial de la vida de corte. Los califatos omeya y, a continuación, abbasí corresponden a un período de puesta a punto de reglas de funcionamiento de este ceremonial, que fueron consideradas a continuación como modelos. Inspirado en las prácticas sasánidas y bizantinas, este ceremonial muy codificado, que pretende glorificar al monarca, se pone en marcha en diversas ocasiones, entre las cuales se encuentran las audiencias principescas, públicas o privadas, que ocupan un lugar primordial.

Parece que, en contexto islámico, el nacimiento del ceremonial áulico deba relacionarse con la práctica religiosa. Efectivamente, los primeros califas, al reclamarse sucesores del profeta Muhammad, ocupaban una situación central en el momento de la oración en el marco de la mezquita. A partir de la época omeya, el marco del ceremonial se desplaza al palacio. Numerosas reglas organizan absolutamente todo el desarrollo de los acontecimientos, desde la progresión que debe seguir el auditorio a través de las múltiples salas y jardines del palacio hasta la colocación de los miembros de la corte en torno al califa. Entre estos últimos, cuyo número aumentó ampliamente bajo los omeyas – especialmente bajo el reino de Abd al-Malik (685-705) – algunos ocupan funciones que existían ya en el Irán sasánida, como la de chambelán. Los eunucos ocupan a partir de este periodo funciones privilegiadas, favor que perdurará en la vida de las cortes mameluca y otomana de los siglos posteriores.

En las audiencias, el califa se coloca detrás de una cortina, que no se sabe precisamente en qué momento u ocasión se levanta. Recibe con ropa de color, mientras que las vestimentas blancas estaban reservadas a las apariciones en la mezquita. Está peinado con una corona adornada de gemas (tâj) o de un gorro (qalansuwah), conocido anteriormente en el Irán sasánida.

En la época abbasí, el ceremonial se conoce, en parte, a través de las descripciones del Libro de la corona[1]. Las prácticas omeyas perduran, en particular la de la cortina. El califa enarbola accesorios emblemáticos de su función: el abrigo del profeta y el Corán de Uthman, uno de los califas «bien guiados» de los primeros tiempos del Islam, yerno del profeta. El relato[2] de la recepción de una embajada bizantina en 917 por el califa al-Muqtadir nos permite reconstituir el recorrido sembrado de maravillas seguido por los visitantes. Todo el palacio se había adornado para la ocasión de miles de tapices; objetos de oro, plata, piedras preciosas y maderas exóticas se habían dispuesto en diversos sitios. Los embajadores fueron conducidos a través del palacio, pasando por jardines con estanques de mercurio, poblados de animales exóticos. No atravesaron menos de catorce palacios antes de llegar al de la Diadema, donde vivía entonces el soberano. El califa, rodeado por su corte, dio por fin la orden de accionar un mecanismo de autómatas: una fuente mecánica salió entonces del suelo para mayor admiración de los invitados.

Estas prácticas se transmitieron a las épocas posteriores, con variaciones técnicas a las especificidades de cada entidad cultural. Por ejemplo, los turcos selyukidas de Irán introdujeron en el ceremonial la valorización de las actividades militares, una tendencia que será igualmente seguida en el Egipto mameluco (1250 - 1517), donde un desfile militar semanal llevaba al sultán hasta el campo de maniobra. Los fatimíes de Egipto retomaron elementos de los ceremoniales omeya y abbasí, como la cortina. Privilegiaron particularmente las procesiones públicas, a lo largo de las cuales el califa aparecía bajo una sombrilla, rodeado de sus dignatarios y de su guardia, según un protocolo demostrado en contexto bizantino. En el momento de estas salidas oficiales, los honores de la muchedumbre se concedían periódicamente al califa.

Las fiestas[3]públicas presentan una faceta interesante de la vida de la corte. Es, con las procesiones públicas, una de las raras ocasiones donde la corte sale del recinto del palacio o de la ciudad real para mostrarse al pueblo.

La actividad diplomática, que se materializa en parte a través de estas audiencias, constituye otro aspecto de la vida de corte. Los contactos con cortes extranjeras, a veces europeas, permiten establecer intercambios políticos, económicos y culturales. El fenómeno está particularmente bien documentado para la época otomana, durante la cual las relaciones entre la corte turca, instalada en el palacio de Topkapi en Estambul, y las cortes europeas fueron particularmente prósperas: invitaciones de artistas europeos a Estambul[4], recepciones de embajadores, intercambios de correos diplomáticos respecto a las alianzas políticas o comerciales[5]. La visión de los visitantes extranjeros y los relatos de su experiencia están en Occidente en el origen de una cierta visión de Oriente, en la que el lujo y la fastuosidad del arte de vivir se subrayan invariablemente.

Las diversiones encarnan otro aspecto del arte de vivir de las cortes islámicas. Si las nociones de placer y lujo están estrechamente relacionadas con este aspecto de la vida de corte, estas actividades están igualmente destinadas a aumentar las virtudes del príncipe y, por tanto, a valorizarlo todavía más. Es probablemente por esta razón que los placeres principescos encuentran una posición tan favorecida en la iconografía de las artes islámicas.

La caza, actividad principesca por excelencia practicada en los círculos de poder desde la antigüedad (Asiria, Irán sasánida), es uno de los pasatiempos favoritos del príncipe. Se desarrollaba especialmente en paradeison, jardines poblados de animales destinados a la práctica cinegética, cuya existencia se demuestra en el Irán sasánida y el Imperio bizantino. El tema aparece varias veces en las decoraciones de los palacios islámicos[6].

La poesía es un arte que fue practicado por los príncipes mismos a partir de la época omeya [7]. Ocupando antes del advenimiento del Islam un puesto importante de la vida intelectual en Arabia, los poetas fueron particularmente valorizados en las cortes islámicas, especialmente en la época omeya en Siria y particularmente en Andalucía, donde, celebrando el Oriente perdido, proporcionaron en cierta medida una legitimación a esta dinastía nuevamente instalada en España. Este fenómeno, demostrado a partir de la época sasánida, se observa igualmente en las cortes occidentales, donde los poetas practican su arte, ante todo, al servicio del poder.

Música y danza ritman la vida de corte, especialmente durante los banquetes, de los que se imagina, según el estudio de algunos sitios como Khirbat al-Mafjar (Palestina, siglo VIII), que se desarrollaban especialmente para la ocasión de las audiencias principescas. La evocación de este complejo palaciego nos permite abordar rápidamente el fenómeno de los baños, heredado del mundo romano antiguo, que conoció una atención excepcional en la civilización islámica. Para volver a la música y a la danza, cabe citar que estas actividades ya eran muy apreciadas en Arabia en la Meca y en Medina, así como en el Irán sasánida, donde los músicos y los bailarines pertenecían a la categoría de cortesanos agrupados bajo el vocablo de «maestros de placer».

El consumo de alcohol, que, a pesar de los preceptos coránicos, parece formar parte integrante de las costumbres principescas y de la ceremonia, parece la huella de un significado simbólico que se debe relacionar con el ejercicio del poder. Las fuentes prueban el consumo de bebidas alcohólicas en el marco de la vida oficial, como ya era el caso en el Irán sasánida. El tema de la copa, quizás llena de vino, visible en un gran número de representaciones figuradas descubiertas en contexto palaciego[8], encuentra probablemente su origen en los cultos antiguos a Baco o Mitra.

C. S.

En la Europa Occidantal

La corte

 

La corte se constituye del entorno del soberano, que lo frecuenta diariamente y le aporta su asistencia en las tareas de gobierno: papel de consejo, ayuda para hacer justicia y gestionar sus asuntos... Tiene, por tanto, una doble función, privada y pública. Su composición ha variado mucho con el paso del tiempo. En la Antigüedad tardía, numerosa y muy estructurada, participaba en el ceremonial imperial, retomado ulteriormente en el Imperio bizantino. Por el contrario, los reyes merovingios se rodeaban de un número bastante restringido de oficiales, de forma relativamente informal al parecer. Tomando ejemplo de la Roma imperial, Carlomagno se había rodeado de una corte fastuosa, brillante intelectualmente y organizada, pero su obra no sobrevivió prácticamente al hundimiento del poder carolingio a partir de finales del siglo IX. Bajo los Capetos, se distinguen, entre los habituales del rey (curia regis), los grandes oficiales: un senescal responsable de los servicios, un condestable a la cabeza de las caballerizas y el ejército, asistido de mariscales, un mayordomo o copero que se ocupaba de los servicios de mesa y un camarlengo o chambelán que supervisaba los acondicionamientos interiores, la ropa y los muebles. Aunque estos oficios eran ocupados por laicos, un eclesiástico -culto-, el canciller, escribía y sellaba los actos reales.

 

Esta corte se estructura de forma notable a partir del siglo XIII en Inglaterra y Francia, distinguiendo el servicio personal del soberano (el Hotel del rey, llamado también corte) del del Estado (el Consejo), mientras que se ponen en marcha nuevas instituciones. Así, San Luis organiza el Parlamento (curia in parlamento), que lo asiste para hacer justicia, lo aconseja y puede participar en la elaboración de ordenanzas. Es un tribunal de apelación de la justicia de las bailías y senescalías, salvo para las causas reales, es decir que conciernen a personajes o causas de primer plano. Los fallos de esta corte soberana no son susceptibles de apelación, pero el rey, de quien emana toda justicia, puede anularlos. Muy rápidamente, se asiste a una especialización de esta institución, con el nacimiento de cámaras (Gran Cámara, cámara de investigaciones, de requerimientos...) y una verdadera profesionalización de los oficios (presidentes, consejeros, maestros...). En el siglo XIV, aparecen otras cortes, como la cámara de cuentas (que controla las finanzas) o la corte de las ayudas (que juzga materias fiscales).

 

La corte no deja de crecer a finales de la Edad Media. El Hotel del rey, a principios del siglo XIV, comprende unas 400 personas, como el del papa, mientras que el rey de Aragón tiene 200 y el de Mallorca 150. A principios del siglo XV, Carlos VI está rodeado de unas 800 personas, su mujer Isabeau tiene alrededor de ella a unas 36 damas, 30 caballeros, clérigos y servidores (el Hotel de la reina). Los duques de Berry, de Orléans y de Guyenne tienen entre 200 y 250 personas que constituyen su hotel. Es evidente que, para llevar ese tren de vida fastuoso, los gastos de los reyes y príncipes incrementan continuamente hasta alcanzar sumas enormes. A mediados del siglo XV, el duque de Borgoña Felipe el Bueno, uno de los más poderosos príncipes de Europa que lleva una política independiente, se rodea también de una de las cortes más fastuosas. Forma parte de ella el pintor Jan van Eyck, asalariado como ayuda de cámara, que el duque aprecia particularmente y cuya deserción sería «una pérdida irreparable».

 

La vida de corte y vida aristocrática

 

La vida de corte comporta múltiples facetas, que no han dejado de evolucionar con el paso del tiempo. En primer lugar, es una vida intelectual, artística y espiritual. Hasta el siglo XIII, efectivamente, sabios, pensadores y teólogos pertenecen al medio monástico o episcopal. No obstante, se encuentran en el entorno del soberano. La corte de Carlomagno ofrece un ejemplo emblemático de ello, agrupando una parte de los espíritus más brillantes de la época, como Alcuino, Pedro de Pisa, Angilberto o Teodulfo. Cada uno se dota de apodos: Carlomagno es el rey Davis, Alcuino el poeta latino Horacio, Angilberto se designa con el nombre de Homero... En el sur de Francia, en el siglo XII, los trovadores, poetas y músicos están estrechamente integrados en la vida de corte. El duque de Aquitania y conde de Poitiers Guillermo IX, el abuelo de Eleonor, practica él mismo el «gran canto cortés» de los trovadores. De la misma forma, la novela cortesana que se desarrolla entonces (apuntemos que el término «cortés» se deriva de corte, supuesto lugar de todos los refinamientos) se basa en una concepción aristocrática del amor, el fin'amor. Así, Guillermo escribe en una de sus obras:  

Ma dame m'éprouve, tente
De savoir combien je l'aime ;
Mais elle a beau chercher querelle,
Je ne renoncerai pas à son lien

(Mi señora me prueba, intenta

Saber cuánto la quiero;

Pero aunque busque pelea,

No renunciaré a su relación)

 

A partir del siglo XIII, el nacimiento de las universidades hace aparecer un personal de especialistas en el entorno real. Así, en los asuntos públicos, el rey puede apoyarse en maestros de derecho civil, como Felipe el Hermoso y sus «legistas». Entre los sabios, el médico del soberano ocupa un puesto de primer plano. De esta forma, Guy de Chauliac, médico de cuatro papas en el siglo XIV, de humilde extracción pero formado por la universidad y convertido en clérigo, escribe el tratado más importante de cirugía de la época (Chirurgica magna). Consigue, además, aportar algunas respuestas científicas a la terrible peste, que contrae curando a los enfermos, pero de la que logra curarse. Los eclesiásticos siguen ocupando un puesto esencial en torno al soberano y se diserta sobre teología o espiritualidad. El confesor o capellán del rey, que pertenece muy frecuentemente a las órdenes mendicantes a partir de San Luis, desempeña un papel importante por la influencia que puede ejercer sobre el alma de los monarcas. La vida religiosa ocupa un puesto esencial en la corte, a la que los papas confieren a veces indulgencias a finales de la Edad Media, como a instituciones religiosas (a la inversa, Juan de Salisbury asimilaba, en el siglo XII, la corte de Enrique II Plantagenet con el Infierno...). En el siglo XVI, el Escorial de Felipe II cerca de Madrid es, a la vez, un palacio y un convento. La influencia del contexto espiritual en la corte del duque Felipe el Bueno, a mediados del siglo XV, se expresa en la pintura flamenca de Jan van Eyck: la corte crea vínculos y favorece los intercambios intelectuales y artísticos. A finales de la Edad Media, el entorno real y principesco hace nacer verdaderos focos artísticos, hasta tal punto que una corriente de creación en el siglo XIV se calificará como «arte cortés». Los artistas también se encargan de poner en escena los placeres de la corte, fiestas y diversiones.

Una parte importante de la vida de corte, como la vida aristocrática y señorial, se desarrolla en diversiones. Aun así, esos placeres son a menudo pretextos para la escenificación del poder y la afirmación de su influencia. Así, la caza, practicada con pasión por la mayoría de los soberanos durante toda la Edad Media, es el derecho exclusivo de los reyes y la aristocracia: tiene pues un significado de identidad. Marca también una influencia territorial. Por último, ofrece un entrenamiento a las actividades militares, al igual que las justas y los torneos, que constituyen una actividad noble por excelencia, magnificada y puesta en escena. El rey Renato de Anjou y de Provenza, que escribió un famoso Libro de Torneos en el siglo XV, nos dice: « Qui veult faire ung Tournoy, fault que ce soit quelque prince, ou du moins hault baron, ou banneret, lequel doibt faire ainsi que cy après sera devisé... ». Los escudos de armas se llevan con ostentación, convirtiéndose incluso en esta época en un tema decorativo recurrente, que invade la arquitectura. La nobleza se repliega en la vida de corte, teatralizando su papel, mientras que con la Guerra de Cien años una armada de profesionales se pone en marcha y aparta a la caballería de los campos de batalla, donde su presencia, a pesar de su valentía, se había revelado desastrosa (derrotas de Crécy en 1345, de Poitiers en 1356 y de Azincourt en 1415, particularmente).

 

Por último, las fiestas, los banquetes, los juegos, las danzas y las pantomimas refuerzan los vínculos sociales del mundo aristocrático, ofreciendo a su vez agradables distracciones. Una mascarada de disfraces, guirigay, siguió siendo famosa por su dimensión trágica: el Baile de los ardientes en 1393. El rey Carlos VI y varios de sus oficiales se habían disfrazado de salvajes, con pez, estopa y plumas. El hermano del rey se acercó accidentalmente con una antorcha y cinco jóvenes fueron quemados vivos. El rey escapó por poco a la catástrofe (pero su razón, ya frágil, se vio muy quebrantada). Estas diversiones ofrecen la ocasión de encuentros y de elaboración de proyectos de alianzas matrimoniales en el entorno principesco. Con ello, la corte sólo reviste más coherencia en torno al soberano. Al mismo tiempo, los grandes señores feudales son ocupados y vigilados, lo que limita los riesgos de rebelión. Este papel político resultará portador de futuro e irá acentuándose hasta Luis XIV, que hizo de los grandes señores del reino los testigos permanentes de la grandeza de su majestad, poniéndola en escena en el seno de la corte.

T.S.

Bibliografía

Grabar, O., Ceremonial and art at the Umayyad court, Princeton, University Press, 1955.

Lewis, B., « Abbassides », in Encyclopédie de l’Islam, nouvelle édition, vol. I, Leyde, E.J. Brill, 1991, p.15-25.

Marçais, G., « Fâtimides », in Encyclopédie de l’Islam, nouvelle édition, vol. II, Leyde, E.J. Brill, 1977, p. 870-884

Saule, B., « Ambassade », in Topkapi à Versailles, Trésors de la cour ottomane, (cat. exp., Versailles, Musée national des châteaux de Versailles et de Trianon, 1999), París, RMN, AFAA, 1999, p.316-333.

Sourdel, D. et J., « Cérémonial aulique », in Dictionnaire historique de l’Islam, París, PUF, 1996, p. 189-193.

Yontan Musnik, S. « Esquisse d’un jour d’une très longue fête », in Topkapi à Versailles, Trésors de la cour ottomane, cat.exp., Versailles, Musée national des châteaux de Versailles et de Trianon, 1999, París, RMN & AFAA, 1999, p.302-313.

« Le prince », in L’Islam dans les collections nationales, (cat. exp. Paris, Galeries nationales du Grand Palais, 1977), París, RMN, 1977, p. 132

« Le luxe et les plaisirs », in L’Islam dans les collections nationales, (cat. exp. Paris, Galeries nationales du Grand Palais, 1977), París, RMN, 1977, p. 145.

Nota


[1] Kitâb al-Tâj, por al-Jahiz.

[2] Historia de Bagdad, por al-Khatîb al-Baghdâdi.

[3] Desfile de la maqueta de la mezquita de Solimán, Surnâme de Murad III, Turquía, Estambul, hacia 1582, Estanbul, Biblioteca del Topkapi Sarayi Müzesi, inv. H 1344, fol. 90v°-191r°.

[4] Retrato de Mehmet II por G. Bellini, Turquía, Estambul, 25 de noviembre de 1480, Londres, The National Gallery, Layard Bequest, 1916, inv. NG3099.

[5] Carta de Solimán el Magnífico a Francisco I, Turquía, Estambul, 6 de abril de 1536, París, Biblioteca nacional de Francia, Ms. or. Supl. turc 822.

[6] Azulejo que representa a Bahram Gûr y Azadeh, Turquía, proveniente de la decoración del palacio de Kubâdâbâd, 1236, Konya, Museo Koyunoglu.

[7] El califa al-Wâlid II (r. 743-744) era poeta, así como el sultán otomano Solimán el Magnífico, del que se conservan las obras poéticas, redactadas bajo el pseudónimo de Muhibbi.

[8] Techo de la capilla Palatina, Palermo, siglo XII?



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