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Qantara - Técnicas y procedimientos ingeniosos
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Qantara Qantara

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Técnicas y procedimientos ingeniosos

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Máquinas hidráulicas

En Bizancio

Según un prejuicio tenaz, Bizancio no inventó nada. Sin embargo, hasta el siglo XII, los especialistas concuerdan en reconocer que el Imperio bizantino es una de las civilizaciones más avanzadas del mundo mediterráneo en materia de tecnología, probablemente gracias a la herencia de la ciencia antigua, a la que se encomienda constantemente. Posteriormente, el Imperio bizantino pierde su capacidad de innovación, pero sigue siendo el punto de tránsito por el que pueden circular las invenciones de sus vecinos: Bizancio permite la difusión de la seda y la brújula hacia Occidente, relojes de agua y procedimientos de riego hacia el mundo árabe.

En el siglo VI, Alejandría es la capital científica del mundo mediterráneo, gracias a su biblioteca y su actividad de enseñanza; la ciencia antigua es el punto de partida de todas las reflexiones innovadoras. Uno de los grandes creadores de la época es Antemio de Tralles: a partir de los tratados de Herón de Alejandría sobre los procedimientos hidráulicos, imagina un dispositivo basado en la utilización del vapor, para simular un seísmo en el campo de su adversario Zenón el orador[1]; a partir de los comentarios de Arquímedes por Eutocio de Ascalón (sobre la medida del círculo, la esfera y el cilindro), concibe con Isidoro de Mileto la arquitectura de Santa Sofía, obra monumental que le permite erigir la cúpula más grande de la época; Antemio redescubre igualmente el principio de los espejos ardientes de Arquímedes.

En la misma época, se extienden en Bizancio nuevos procedimientos textiles: Procopio[2] cuenta que algunos monjes aportaron de China, de contrabando, huevos de gusanos de seda, lo que permitió el desarrollo de la sericicultura en Siria, Asia Menor y Grecia; Constantinopla se convierte, para mucho tiempo, en el centro de la industria de la seda para el mundo mediterráneo. Las sederías desempeñan un papel diplomático importante, al servir de regalos para los soberanos extranjeros. La púrpura, extraída de un molusco, el murex, contribuye también al prestigio de la industria textil bizantina: se emplea para teñir la ropa imperial.

La crisis del siglo VII es la ocasión de un recrudecimiento de la inventiva bizantina en el ámbito militar. La generalización de los droma (o chelandia), navíos largos y ligeros, rápidos, de vela o con remos, y la adopción de la vela triangular, llamada vela latina, favorecen la preeminencia de la marina bizantina. El fuego griego, inventado por Calinico en los años 670 para defender Constantinopla, se utiliza ampliamente a continuación contra los agresores que aterroriza: su renombre se extiende en todo el mundo medieval. Calificado de fuego líquido, se compone de nafta, salitre, azufre y betún. Su fórmula se mantiene tan secreta que sigue siendo misteriosa actualmente[3]. El fuego griego se lanzaba por un sistema de sifones y se utilizaba tanto en las batallas navales como a lo largo de asedios terrestres. La invención del estribo, por otra parte, mencionada en el Strategikon del emperador Mauricio (582-602), permite la emergencia de una caballería competente. Se pueden mencionar otras innovaciones técnicas de esta época, como el molino de agua o el herraje de los caballos.

El siglo IX fue también un periodo rico de invenciones, sobre todo gracias a la creatividad de León el Matemático. Quizás fuera él quien, apoyándose en Herón de Alejandría, inventase los autómatas, movidos por agua y fuelles de aire comprimido, que adornaban la sala de recepción de los embajadores extranjeros y que impresionaron tanto a Liutprando. El trono de Salomón se alzaba, los pájaros cantores sacudían las alas, los leones rugían[4]. En todo caso, le debemos con certidumbre un telégrafo óptico que, mediante una serie de fanales dispuestos entre el Tauro y Constantinopla, con dos relojes sincronizados dispuestos en ambos extremos, permitía transmitir muy rápidamente la información de una invasión cercana del Imperio. En medicina, se hace posible la extracción de cálculos renales sin incisión y la separación de dos siameses unidos por el vientre también es un éxito de la cirugía.

A partir del siglo X, aunque se agota la creatividad bizantina, el Imperio sigue siendo acogedor de las tecnologías extranjeras: los bizantinos adoptan así procedimientos árabes o latinos, como la ballesta.

Sin embargo, hay que relativizar el bloqueo tecnológico del Imperio bizantino a partir de esta época. Dos ejemplos muestran, efectivamente, que conviene ser prudente: evidentemente, el arado y la guadaña siguen siendo desconocidos en un momento en que, en Occidente, acompañan al auge demográfico y económico, pero hay que reconocer que los terrenos accidentados y secos de gran parte de los territorios del Imperio se prestan mejor al arado simple y la hoz. La civilización bizantina goza, sobre todo, de una gran facultad de adaptación: además del hecho de haber sabido preservar la herencia antigua y transmitirla, los bizantinos también tuvieron la capacidad de apropiarse las invenciones de las demás culturas. Por último, es cierto que los siglos de las grandes innovaciones son igualmente los de los periodos gloriosos del Imperio, mientras que los siglos de menor creatividad corresponden a momentos de crisis políticas y económicas.

 

M.-H. C.

En Islam

La hidráulica: la cultura del agua

Desde los primeros siglos del Islam, el control del agua y la necesidad de compensar la carencia pluviométrica eran preocupaciones mayores para ciudades y campos islámicos. Este esfuerzo de control se benefició de una larga tradición hidráulica, antigua sobre todo en el Creciente fértil, Irán y los campos egipcios.

La adopción de las técnicas hidráulicas, para el abastecimiento de las ciudades, acompañaba una voluntad, completamente distinta, de mantener en funcionamiento conductos de la época antigua. Los geógrafos árabes se maravillaron considerablemente ante estas construcciones antiguas. Al-Idrisi (siglo XII), por ejemplo, no niega su admiración ante el antiguo acueducto romano de Toledo. Ibn Khaldun compara los acueductos romanos de Cartago y Cherchel con las pirámides de Egipto. También se observan otras readaptaciones de las estructuras hidráulicas romanas en Sevilla, Jaén y Huelva. En Alep, la canalización que abastecía en el siglo XIII la mayoría de los barrios era, en realidad, una renovación de un conducto ya existente desde la Antigüedad. En Túnez, y con el fin de paliar la situación de penuria que conoció esta ciudad en el siglo XIII, los hafsíes tuvieron que restaurar una gran parte de los acueductos romanos.

Con la expansión del Islam, se asiste a una multiplicación de los dispositivos de pequeños sistemas hidráulicos y a su instalación a gran escala. Esta difusión de las técnicas había permitido un mejor dominio de los procedimientos de detección del agua subterránea y de su elevación, así como una generalización de los esfuerzos para la recuperación de las aguas pluviales y el aumento de los volúmenes almacenados.

Los qanats (galerías de agua subterráneas) conocieron entonces una expansión desde el Asia central hacia el sur del Mediterráneo, en la península Arábiga, el Occidente musulmán y Sicilia, adoptando denominaciones diferentes (karez, khettara, foggara…). Según J. Olivier Asin, Madrid fue dotada durante el período de Muhammad I (siglo X), de una red de qanats que medían de 7 a 10 km de largo.

El geógrafo al-Idrisi nos revela que, esta vez, le toca a un ingeniero andaluz introducir esta técnica en Marrakech, a petición del soberano almorávide Ali b. Yusuf (1106-1143), para resolver el problema del agua en esta capital almorávide.

Otras técnicas hidráulicas conocieron su difusión en el mundo musulmán, por su rentabilidad y su coste accesible. El campesino musulmán de la Edad Media recurrió a otros procedimientos de riego, como el shâdûf o la sâkia, denominada también «sâniya». En las ciudades, se instalaban las ruedas elevadoras para permitir el acceso al agua de los ríos, como en Alep, Hama y la Albolafia en Córdoba, construida por el emir almorávide Ibn Tashfin y cuyo diámetro alcanza los 15 m, o incluso la gran noria de Toledo, instalada entre el puente de Alcántara y el acueducto romano.

En definitiva, estas máquinas, con una tecnología fina que reposaba en un saber práctico de las verdaderas potencialidades del terreno, modificaron e influenciaron profundamente el paisaje agrario de la época. La terminología española actual de los sistemas de riego (como: alberca, azud, aljibe, noria, aceña, etc.), en su mayoría de origen árabe, aún conserva el testimonio de esta influencia de la cultura del agua a través del Mediterráneo.

El perfeccionamiento de los sistemas hidráulicos y los modos de producción agrícola se acompañaba de la introducción de nuevos cultivos, de origen tropical o semi-tropical (el arroz, el sorgo, la caña de azúcar, el algodón, las berenjenas…).

El esfuerzo emprendido por los artesanos-mecánicos musulmanes medievales se concretizó con un número importante de tratados de ingeniería mecánica. Sus autores, realizando un trabajo de apropiación y asimilación de una herencia antigua considerable, aportaron un número específico de perfeccionamientos técnicos. Los hermanos Banu Musa de Bagdad, autores del tratado Libro de los trucos, compuesto hacia el año 850, se inspiraron en parte de las ideas de Herón de Alejandría (125 a. C.) y Filón de Bizancio (230 a. C.).

El andaluz al-Muradi inventó en el siglo XI autómatas concebidos como sistemas complejos de engranajes segmentarios y epicíclicos. Pero el único manuscrito en árabe conservado, copiado en Toledo – actualmente en la Biblioteca Medicea Laurenzia de Florencia –, está completamente desfigurado.

Este arte de los procedimientos mecánicos alcanzará con al-Jazari un alto nivel de perfeccionamiento. Su tratado, terminado en 1206, se considera como la obra más importante sobre las máquinas desde la Antigüedad hasta el Renacimiento. El libro contiene muchos modelos reflexionados. Se encuentra, por primera vez, una máquina elevadora que funciona por medio de un sistema biela manivela. En este mismo modelo, al-Jazari concibe también la técnica de una bomba aspirante y compresora, contribuyendo así al principio del maquinismo.

Mecánica y artesanos-mecánicos musulmanes

Uno de los primeros textos que revelan la existencia y la práctica de este tipo de instrumento nos llega de Eginhardo, uno de los cronistas de Carlomagno. Hacia el año 807, el califa de Bagdad Harun al-Rashid (786-809) hizo llevar bellos regalos a este monarca, a Aquisgrán, entre ellos un reloj hidráulico. Era, nos dice: un «reloj de bronce dorado, construido con un arte admirable. Un mecanismo movido por el agua marcaba el curso de las doce horas y, en el momento en que daba cada hora, un número igual de pequeñas bolas de bronce caían en un timbre colocado debajo y lo hacían tintinear por su caída. Había también doce caballeros que, cuando eran las doce, salían por doce ventanas, cerrando detrás de ellos, en el choque de su salida, esas ventanas que anteriormente estaban abiertas».

Se han señalado otras realizaciones de este tipo a través del mundo musulmán. El viajero andaluz Ibn Jubayr, en su visita a Damasco hacia 1184-1185, dedicó una larga descripción al reloj monumental de la gran mezquita de los Omeyas. Gracias a mecanismos especialmente adaptados, este reloj indicaba no sólo las horas del día, sino también las de la noche.

El geógrafo Yaqut al-Hamawi (m.1229) habla de este tipo de reloj en Malta, en la época del emir Yahya, que inspiró la realización del reloj de Palermo. Este último fue instalado en 1142 por Rogelio II. Los vestigios arqueológicos demuestran que este reloj llevaba una inscripción en tres lenguas (latín, griego y árabe) [5].

En realidad, estos datos sirvieron de catalizador para una cultura técnica de toda una corriente: la escuela árabe de ingeniería mecánica. Correlativamente a la profusión de tratados, las grandes ciudades del mundo musulmán conocían la moda de los relojes monumentales; esos instrumentos que permitían contabilizar y fijar las horas de oración.

T.M.

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Islam

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Nota


[1] Cf. Agathias, De rebus gestis Iustiniani, V

[2] Cf. Procope, Les guerres de Justinien, VIII, 17

[3] Sur l'impératif du secret de la formule du feu grégeois, cf. Constantin VII, De administrando Imperio, XIII, 73-103

[4] Cf. Liutprand de Crémone (920 (ou 922 ?)-972), De Legatione Constantinopolitana (?)

[5] Al-Hamawî (Y.), Mu‘djam al-Buldâne, Beyrouth, s.d, 5, p. 51-52.



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