Notice: session_start(): A session had already been started - ignoring in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/Connections/fonctions.php on line 340
Qantara - Insignias del poder
Notice: Undefined variable: dans_edito in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/public/include/doc_header.php on line 92

Notice: session_start(): A session had already been started - ignoring in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/Connections/fonctions.php on line 340

Notice: Undefined index: motscles in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/public/include/doc_menu.php on line 60

Notice: session_start(): A session had already been started - ignoring in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/Connections/fonctions.php on line 361
Qantara Qantara

Notice: Trying to access array offset on value of type null in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/Connections/fonctions.php on line 684

Insignias del poder

En Bizancio

Las insignias del poder en Bizancio se encuentran bien documentadas tanto en numerosos tratados como en las representaciones que de ellas conservan mosaicos, frescos, iluminaciones y monedas. Sus orígenes se asocian con tres ámbitos diferenciados: algunas insignias provienen directamente de las magistraturas romanas, en especial de los cónsules; otras vienen de Oriente debido a que, tras su victoria contra el Imperio Persa, Bizancio recupera algunos de sus usos, en particular el título de basileus (gran rey) que sustituye al de imperator; y otras más son creación original relacionada en parte con la dimensión cristiana que adopta el Imperio.

Uno de los rasgos característicos es el color púrpura. Si bien existe con numerosos matices, el color púrpura más puro es de uso exclusivo del emperador. De hecho, una de las alcobas del palacio denominada Porfira, que se reservaba para cuando las emperatrices reinantes debían dar a luz, posee un pavimento de mármol púrpura. Los niños que nacen en ella se conocen como porfirogénetas, una cualidad que desde principios del siglo x les confiere una presunta legitimidad para reinar. El simbolismo del color púrpura se extiende de la cabeza a los pies, pues incluso las pantuflas deben ser de ese tinte. Sin embargo, no es éste el único color del emperador: según la tradición, Constantino recibió el traje imperial de manos de un ángel, por lo que lógicamente aquél debía ser de color blanco.

En realidad, el vestido imperial era sumamente complicado y dependía de las circunstancias y de un ceremonial tan complejo como aquel: el emperador debía cambiar de vestido en ciertas etapas de las ceremonias y las recepciones. Por lo general, el vestido de debajo era el divitision, una túnica ceñida por medio de un cinturón. La clámide, larga capa sin mangas que se prendía con una fíbula en el hombro derecho, es el legado más evidente de los romanos. En su remplazo, cuando no asiste a una ceremonia, por ejemplo en los banquetes que suelen sucederle o cuando sale de palacio, el emperador puede usar el skaramangion, un manto plisado de origen persa, ceñido a la cintura, que también pueden llevar los oficiales, aunque sólo el del emperador es púrpura. Por encima puede llevar además un sagion, capa de origen romano y militar, bien sea de color azul o más generalmente púrpura, ornado con bordados de oro y perlas. Con todo, el elemento más distintivo que encontramos en casi todas las representaciones es el loros, una estola larga de varios metros, decorada con piedras preciosas y varias veces cruzada en la parte superior del cuerpo, una de cuyas puntas cuelga por delante mientras que la otra viene desde atrás, pasa por encima del hombro derecho, cruza el pecho y cae por delante del hombro izquierdo. Según Constantino Porfirogéneta, el loros simboliza la cruz. Muchas de las representaciones del emperador, lo muestran llevando el loros sobre el divitision.

Naturalmente, la insignia del emperador por excelencia es la corona (o stemma), que con el correr del tiempo deviene cada vez más elaborada. Constantino adopta el diadema, que será el punto de partida de toda la evolución posterior hasta el siglo xii. Constituido por paneles decorados con piedras preciosas y unidos entre sí para formar un círculo, el diadema está rematado por una cruz y adornado por pendilia (tiras de piedras preciosas) que enmarcan el rostro del soberano y caen hasta los hombros. En la época tardía, se ponen en boga las coronas de tipo kamelaukion, con forma de casco de oro, que cubren completamente la cabeza. De hecho, los emperadores poseen varias coronas distintas que alternan según las ceremonias y que un dignatario llamado prepósito, uno de los eunucos de la corte, les proporciona. La emperatrices llevan coronas de iguales características, aunque más sencillas y constituidas por paneles de forma triangular. El coronamiento en Santa Sofía, primera fase de la proclamación imperial, pone en evidencia la cuestión de la humildad que cabe al emperador frente a Dios. En las épocas alta y media, los emperadores se quitan la corona como signo de arrepentimiento y cuando entran en una iglesia. Durante la dinastía de los Paleólogos (1258-1453), sólo se quitan la corona para comulgar.

La corona es además un instrumento diplomático: el emperador la envía para sellar una alianza con un príncipe cercano cristiano, sin contar con que el buen hacer de la orfebrería bizantina es muy apreciado. Esteban I de Hungría fue uno de los soberanos que la recibió.

En la mayor parte de las representaciones y en especial en la más corriente y controlada, la moneda, que los súbditos ven y emplean a diario, aparecen igualmente otras insignias del emperador. En su mano derecha, éste suele sostener un globo rematado por una cruz, símbolo del carácter universal del Imperio y de la naturaleza eminentemente cristiana del ecúmene: el Emperador sostiene la Tierra en su mano. Con la mano izquierda sostiene una cruz de gran tamaño con dos brazos horizontales, que en ocasiones reposa sobre un pie. En algunas representaciones el emperador se muestra sólo con uno de los dos elementos o con ambos, pero en las manos contrarias. Cuando gobiernan dos emperadores, el secundario lleva una corona más baja y decorada con un menor número de pendilia, y a menudo una clámide en vez del loros.

Otras insignias del poder, menos tangibles y más simbólicas, atañen al comportamiento que se debe tener en presencia del emperador y están destinadas a mostrar la distancia que separa al soberano de sus súbditos o de sus invitados. En la sala donde se reciben a los embajadores, un mecanismo levanta el trono varios metros por encima del suelo. En las ceremonias principales y aun en las asambleas donde se comunican las órdenes imperiales, es obligatorio mantener silencio. A esto se debe el nombre de silention con el que se las designa. No sólo todos los asistentes deben permanecer callados, sino que tampoco el emperador dirige la palabra a sus súbditos: murmura al oído de un dignatario que repite sus palabras en voz alta. Por otro lado, como muestra de su humildad y herencia del culto imperial romano, los súbditos se prosternan (proskynesis), recostándose completamente en el suelo a los pies del emperador.

M. K.

 

En islam

 

Los soberanos musulmanes, califas, sultanes o príncipes (malik), sintieron desde el principio la necesidad de expresar la majestuosidad de su función mediante la adopción, imitando a los emperadores cristianos o a los reyes de la antigua Persia, de insignias de poder generalmente designadas en árabe con el término de alât al-mulûkiyya. Sin embargo, es imposible hacer una lista exhaustiva de estos objetos, ya que no cesaron de multiplicarse a lo largo de los siglos, a medida que el poder político se dividía en el seno del dar al-islam. Así, cada soberano quería afirmar, mediante la profusión de los signos de realeza y su originalidad, su magnificencia y legitimidad. Los manuales de cancillería de finales de la Edad Media, como el de al-Qalqashandi, reflejan la lista de estos objetos para algunas dinastías: 11 en los ayubíes o 10 en los sultanes mamelucos. No se trata aquí de un orden de grandeza, ya que no había regla fija o conservadurismo en la materia: un soberano podía abandonar algunas de estas regalia mientras que otro, de la misma dinastía, introducía otras nuevas. Sólo algunas insignias, como el trono, de formas variadas que iban del simple colchón al sillón, con las armas en la mano o las armas de asta y los estandartes, se encuentran en la mayoría de las dinastías. Por el contrario, la corona de metal precioso, insignia de soberanía por excelencia de los soberanos del Oriente antiguo y de la cristiandad medieval, no fue mantenida por las grandes dinastías del islam.

Los primeros sucesores de Mahoma adoptaron como insignias de poder cierto número de objetos simbólicos, que le habían pertenecido y servido para dirigir a la comunidad musulmana o para conducir las primeras expediciones de la yihad. Se trataba, a la vez, de imitar al profeta en la dirección de la comunidad y de inscribirse en su continuidad mediante la utilización de estos objetos, que se convirtieron rápidamente en verdaderas reliquias, fuente de legitimidad y portadoras de baraka. Así, el trono con peldaños del profeta o minbar fue reutilizado por los califas de Medina. Sus sucesores omeyas y, a continuación, abasíes adoptaron el manto del profeta o burda, así como su sable, su vara, su lanza y su sello, que se transfirieron a Damasco y posteriormente a Bagdad.

En el momento de la explosión del califato en el siglo X, los califas omeyas de Córdoba y los califas fatimíes no poseían reliquias del profeta que habrían podido transformar en regalia y no sintieron la necesidad de procurárselas o inventarlas. La mayoría de las insignias de poder ya no tenían mucho que ver con esta tradición, a excepción de la lanza y el escudo, adoptados por los fatimíes, que habrían pertenecido a Hamza, tío del profeta. Los califas fatimíes desarrollaron un ceremonial particularmente elaborado, donde las insignias de poder desempeñaban un papel esencial: algunas se tomaban directamente prestadas a la tradición abasí, como los estandartes o incluso el parasol, pero esta dinastía tenía la voluntad de superar al califato de la competencia, multiplicando las regalia, que alcanzaron el número probablemente sin igual de 13. Las fuentes de inspiración son sin duda múltiples, desde la tradición local heredada de la época faraónica hasta el imperio bizantino vecino y competidor, del que se tomó seguramente la idea del trono de oro macizo instalado en la sala de recepción del palacio oriental de El Cairo.

Con la llegada de los turcos selyúcidas al poder, a mediados del siglo XI, los nuevos poseedores de la autoridad sintieron a su vez la necesidad de afirmar su rango mediante la adopción de insignias de poderes, es decir retomando insignias tradicionales que marcaban la soberanía de los califas árabes, como el trono o el sello, pero la mayoría de las veces introduciendo en Oriente Próximo nuevas insignias que pertenecían a la tradición oriental, sin duda heredada del mundo de las estepas y la tradición persa, como la tienda soberana o incluso la ghâshiyya, cubierta de montura de piel curtida y guarnecida con oro, llevada delante del soberano por un hombre a pie.

Los sultanes otomanos volvieron, en cierta medida, a la tradición califal, retomando el manto del profeta como insignia de poder y, a partir del siglo XVII, su sable, expresando a su vez una singularidad introduciendo nuevas insignias, siendo la principal de ellas la tughra, el emblema caligráfico del sultán donde figuraba su nombre y el de su padre.

En general, el califa no llevaba las insignias de poder permanentemente y no le acompañaban sistemáticamente en sus desplazamientos, a excepción quizás del anillo-sello, que servía para sellar el correo oficial. La mayoría de las veces, estos objetos se colocaban en un almacén del palacio, el almacén de la «pompa solemne» para los califas fatimíes, y sólo salían de allí para ceremonias solemnes. Un personal bien particular, generalmente constituido de eunucos en la época califal, se dedicaba al manejo de estos objetos. Bajo los abasíes, los eunucos se ocupaban del traslado de las insignias del califa difunto al nuevo califa, al igual que en los fatimíes uno de los oficiales más altos del servicio privado era el eunuco encargado de disponer el turbante-corona sobre la cabeza del califa, que sólo un hombre imberbe podía ver.

El primer contacto del soberano con estos objetos tenía lugar, efectivamente, el día de su investidura, en que vestía cierto número de ellos. A continuación, sólo se los ponía durante ceremonias oficiales y algunas de estas insignias sólo salían en circunstancias bien particulares. Hay que distinguir, efectivamente, las regalia utilizadas durante audiencias de las utilizadas durante cortejos solemnes, como el parasol de los califas o el cuello de brocado colocado al caballo del príncipe ayubí. De la misma forma, se debe diferenciar entre las insignias que llevaba directamente el soberano de las que debían acompañarlo o aparecer consigo, como el Corán de ‘Uthmān que aparecía como insignia de poder durante audiencias de los califas abasíes y que se encuentra, unos siglos más tarde, en el Occidente musulmán, acompañando en una camella blanca a los soberanos almohades en campaña. Así, los califas abasíes vestían el manto del profeta, llevaban su sable y utilizaban su vara como cetro; los califas fatimíes se distinguían por vestir el tâj, la corona-turbante adornada de un rubí en forma de media luna, el hâfir. Esta tradición califal de que el príncipe llevase insignias de poder se perdió con los soberanos turcos, que expresaron su soberanía haciendo llevar estas insignias de poder a miembros de su entorno, que hacían así acto de lealtad. En los ayubíes por ejemplo, un emir se sentaba o horcajadas detrás del príncipe, blandiendo encima de su cabeza un pequeño estandarte, llamado sanjaq, símbolo de soberanía, mientras que un segundo emir andaba delante con la ghâshiyya.

J. –M. M.



Notice: Undefined variable: dans_accueil in /srv/data/web/vhosts/www.qantara-med.org/htdocs/public/include/doc_footer.php on line 72