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Qantara - Los tesoros
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Qantara Qantara

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Los tesoros

En Bizancio

La concentración de capitales económicos, los abundantes recursos metalíferos, la importancia de la demanda imperial y la demanda de dotaciones de las fundaciones religiosas privadas, que se multiplicaron considerablemente durante el período mediobizantino, han sido factores determinantes en el desarrollo de un artesanado de lujo en Constantinopla. Los testimonios que han llegado hasta nuestros días son una ínfima parte de la producción original. Del tesoro imperial, repartido entre varios edificios del Gran Palacio, de los cuales el más estratégico en este sentido era el Filax, sólo se conservan algunas menciones en fuentes escritas. Así pues, al hablar de tesoros bizantinos, nos referimos esencialmente a los tesoros de las iglesias y los monasterios. Estos últimos, que se conservaban en lugar seguro en la sacristía o skeuophylakeion, se registraban en inventarios actualizados a diario[1]. El inventario de Santa Sofía de Constantinopla establecido en 1396 enumera no menos de ciento ochenta objetos y tejidos de lujo, adornados con perlas y piedrerías[2]. Otros testimonios sobre los bienes muebles de los monasterios, que son relativamente numerosos en lo que se refiere al Monte Athos, provienen de donaciones, testamentos y en menor medida de adquisiciones de los propios monasterios.

Los vasos sagrados preciosos contribuían junto a las reliquias a acrecentar el prestigio de las iglesias y los monasterios, de los que reflejaban el florecimiento económico. Así mismo, la acumulación de tesoros era una forma de capitalizar las riquezas. En épocas de crisis económica grave, los únicos metales de los que se podía disponer para acuñar moneda era el obtenido por fundición de los objetos pertenecientes a los tesoros de las iglesias. En muchas oportunidades a lo largo de la historia bizantina, los emperadores debieron optar por esta drástica medida, entre ellos Heraclio (r. 610-641), Alejo I Comneno (r. 1081-1118) e Isaac II Ángelo (r. 1185-1195, 1203-1204) que mandaron fundir numerosos objetos de culto. El propio Constantino ya había sentado un precedente de esta práctica al confiscar los tesoros acumulados en los templos paganos[3]. La enajenación de bienes muebles y sagrados estaba sujeta a restricciones canónicas. No obstante, en la práctica las cosas solían ser diferentes: cuando las necesidades se hacían apremiantes, los monjes podían vender objetos eclesiásticos. En el período bizantino tardío, se producen incluso ventas de reliquias y relicarios imperiales[4]. En ocasiones, los propios sacerdotes y monjes robaban materiales preciosos de los objetos de culto[5].

Los tesoros de los monasterios atonitas, así como los de los demás grandes monasterios ortodoxos como el de Santa Catalina de Sinaí o San Juan de Patmos, se constituyeron gracias a donaciones efectuadas a lo largo del tiempo. Por tanto, no es fácil establecer la cronología de los objetos o de las reliquias[6]. Puede suceder que un objeto mencionado en un inventario se haya incorporado a una montura posterior, aunque la mayoría de estos objetos se han perdido. Algunas veces, los inventarios o alguna inscripción a modo de dedicatoria permiten documentar la historia de los objetos que se han podido preservar, mientras que en torno a otros objetos se conoce alguna historia legendaria que es imposible comprobar. Así, por ejemplo, el magistral cáliz de jaspe del monasterio de Vatopediou (Monte Athos, Grecia), incorporado a una montura de inspiración gótica, obra maestra del arte de los Paleólogo, posee cuatro monogramas que permiten atribuirlo al déspota de Mistra (Peloponeso), Manuel Cantacuceno Paleólogo (r. 1349-1380). Una patena y un cáliz decorados con esmaltes de bajo relieve traslúcidos, pertenecientes al tesoro de un mismo monasterio, llevan una dedicatoria de Thomas Preljumbovi?, déspota de Ioánina (r. 1367-1384)[7].

Otros testimonios sobre los tesoros de las iglesias bizantinas nos han llegado a través de objetos llevados por los cruzados a Occidente. El valor pecuniario de los vasos sagrados, como los célebres cálices esmaltados del Tesoro de San Marco de Venecia, que llevan una dedicatoria del emperador Romano, o la parte original de la Pala d’Oro, que supuestamente proviene del monasterio de Pantocrator de Constantinopla, se suma al carácter sagrado de las reliquias[8]. Los relicarios fueron los primeros objetos preciosos que llegaron a Occidente desde Bizancio[9]. Después de la toma y del saqueo de Constantinopla, el dogo Enrico Dandolo envió a Venecia la reliquia de la Muy Preciosa Sangre, la de la cruz de Cristo en una estauroteca, la cabeza de san Juan Bautista y el brazo de san Jorge, que constituyeron el núcleo original del futuro tesoro de la basílica, donde se percibe la muy estrecha relación entre el valor sagrado y el valor material de los objetos[10]. Ante las apremiantes necesidades de dinero, Balduino II, último emperador latino de Constantinopla, debió vender la reliquia más preciosa de la Pasión, la corona de espinas, a un mercader veneciano llamado Nicolás Quirino. Así fue como, antes de pasar a integrar el considerable conjunto de reliquias insignes de la cristiandad adquiridas por Luis II, la corona de espinas pasó por Venecia. A su llegada a París, se encontraba en un recipiente de oro puro. Poco después de su llegada a esta ciudad, tanto la corona como la verdadera cruz, la lanza y casi todas las reliquias de Constantinopla se habían colocado en un conjunto de nuevos relicarios que luego serían sustituidos por el Gran relicario de la Santa Capilla que había sido confeccionado especialmente para ello. De las reliquias conservadas en su relicario de origen, sólo se conservan dos fragmentos de plata dorada del relicario de la piedra del sepulcro, que hoy se encuentra en el Museo del Louvre[11].

B. P.

En islam

 

A la pregunta «¿qué es un tesoro?», es posible, en función de las épocas y lugares, proponer respuestas muy diversas. Puede ser, según el contexto, algo raro, exótico, maravilloso en el sentido dado antiguamente a las mirabilia[12] y a las obras conservadas en los gabinetes de curiosidades; el mismo término puede aplicarse a un objeto, un animal o incluso un individuo[13].

Aquí, hablaremos esencialmente de los objetos. La calidad de «tesoro» depende a menudo del valor que le atribuye su propietario. Por ejemplo, las plumas de pájaros exóticos de la selva amazónica difíciles de cazar o, en los antiguos Mayas, las habas de cacao, que servían de moneda. El material que constituye el objeto no es lo único que se tiene en cuenta, sino también su forma, decoración, valor simbólico y poderes mágicos. En la época romana del desfile, que celebraba el triunfo de un jefe que volvía victorioso de una campaña, se exhibían como tesoros objetos y animales exóticos, así como esclavos capturados en los confines del imperio.

Muy pronto, el mundo europeo se interesó por obras provenientes de África y Oriente, en función de algunos criterios, pocas veces asociados en el mismo objeto: naturaleza del material, valor artesanal o artístico, u obra económica. En todas las épocas, las piedras preciosas, el cristal de roca, el marfil, el oro y la plata, se han considerado portadores de un valor intrínseco. A finales de la Alta Edad Media, los primeros objetos elevados a los títulos de «tesoros» fueron bronces del siglo IX – jarros con un asa, candelabros trípodes que se inspiran de un prototipo de plata, originario de Siria e Irán, cuyos ejemplos se encuentran en España, Sicilia e incluso Alemania del sur. En España, por ejemplo, dos candelabros trípodes rematados con un pico alto en el que se fijaba la lámpara de aceite [14] presentan similitudes con candelabros procedentes de excavaciones realizadas en Damasco, Lámpsaco y Hama, conservados en Estados Unidos, y otros, de bronce, encontrados en diversos yacimientos arqueológicos egipcios.

Por el contrario, algunas fuentes históricas mencionan el descubrimiento por parte de Musa ibn Nusayr, en el momento de la conquista musulmana de la península Ibérica, de la famosa «Mesa de Salomón», que envió a Oriente Próximo. Se trata aquí de una costumbre habitual en los primeros tiempos de la expansión musulmana: el envío a la Meca o al tesoro del califa de una pieza prestigiosa tomada del tesoro de la ciudad recientemente conquistada, símbolo de la victoria de los árabes [15]. En función de las circunstancias históricas u otras, los tesoros no siempre llegaron a sus destinatarios, e incluso cambiaron de manos. Así fue como muchas obras particularmente lujosas, originarias de Oriente, destinadas a la corte de los califas omeyas o de los príncipes musulmanes de al-Andalus, se encontraron más tarde en los tesoros de iglesias europeas. Es el caso, por ejemplo, de los cristales de roca, obras prestigiosas que hicieron la gloria del Egipto fatimí de finales del siglo X, mediados del siglo XI y se encontraron en la península Ibérica, como las piezas de ajedrez de los Avellanes en Cataluña y Lugo[16], así como en Francia, donde el abad Suger ofreció al abad de Saint Denis un espléndido aguamanil [17], en Alemania e incluso en Italia, particularmente en Venecia. Aquí, junto a los objetos de vidrio, figuran varias piezas de formas diversas, bastante a menudo ricamente renovadas por orfebres occidentales [18].

Algunos tesoros, escondidos en lugares secretos por sus propietarios persuadidos de venir a recogerlos al final de guerras o revueltas políticas, fueron objeto más tarde de hallazgos fortuitos. Citemos, por ejemplo, los de Charilla y Lorca, compuestos de joyas de oro y plata, sin duda puestos a salvo en la época de la fitna en el siglo XI en España [19], y de Cesarea (siglos X-XI) en Palestina[20].

Para seguir en la península Ibérica, conviene mencionar otro material particularmente precioso, que conoció un destino similar al del cristal de roca: el marfil de elefante. La política conciliadora del califa ‘Abd al-Rahmân III con Marruecos favoreció la reanudación de los contactos con África y el abastecimiento de marfil, interrumpido desde hacía siglos. En los talleres eborarios reales de Córdoba y Madinat al-Zahra se confeccionaron, para el califa y sus allegados y, posteriormente, para los Mariníes, magníficos cofres con tapaderas lisas o accidentadas y píxides, con decoraciones vegetales, animales y figurativas profundamente esculpidas. Todos, prácticamente, mencionan, en una banda que rodea la base de la tapadera, además de las fórmulas de deseos, el nombre del dedicatario, a veces el del artista y una fecha[21]. Tras la caída del califato, algunos talleres eborarios perpetuaron su arte en Cuenca, que dependía del reino taifa de Toledo, pero en un estilo diferente. La mayoría de sus objetos se conservan actualmente en los museos y tesoros de abadías e iglesias, o algunos se restauraron incluso con placas esmaltadas [22]. La moda del trabajo del marfil alcanzó Sicilia, donde, junto a objetos esculpidos, como olifantes, se encontraron numerosos cofres con decoraciones pintadas y, posteriormente, en los siglos XII-XIII, trabajados según la técnica de la intarsia. Algunas de las realizaciones de la época nazarí de Granada, en particular las cajas enteramente caladas, evocan las de la época mameluca en Egipto.

Curiosamente, los marfiles de época fatimí, por otra parte magníficos, no figuran en los tesoros. ¿Es porque se trata sobre todo de placas con decoración esencialmente áulica, que probablemente adornaban muebles, cofres, pero que también participaban a la decoración de grandes puertas de madera de mezquitas y conventos coptos, y no cajas que pudieran servir de receptáculos de carácter religioso?

Tanto en Oriente como en Occidente, los tejidos fueron muy buscados por los propietarios de tesoros. A partir de su conquista de la península Ibérica, los árabes, entre otras numerosas cosas, importaron la sericicultura. Muy rápidamente, se desarrollaron talleres de tejidos de sedas elaboradas, que perduraron incluso después de la reconquista cristiana y cuya fama se extendió muy rápido fuera de las fronteras. A partir del siglo X, los inventarios de los papas mencionan la importación de sedas de al-Andalus. La importancia de esta industria sedera local explica, sin duda, la relativa ausencia de tejidos importados de Oriente, a excepción quizás de la tela persa de la catedral de Burgo de Osma. No obstante, la técnica de la tapicería, especialidad de los coptos de Egipto, llegó, a pesar de las rivalidades entre los omeyas de España y los fatimíes, hasta al-Andalus. Varios trozos de fina tapicería de sedas policromas y de hilos de oro lo demuestran, por ejemplo algunas con decoración de zonas que contienen pavos reales [23], el tiraz a nombre de al Hisham II[24] o el de San Esteban de Gormaz. Fabricados en el taller califal de tiraz de Córdoba, el magnífico tejido de Oña que pasa a mediados del siglo X por manos de los cristianos, así como la gran seda azul oscuro bordada de medallones con caballeros, esfinges y águilas, sin duda producida para al-Mansur, se encuentran ahora en el tesoro de la catedral de Autun bajo la denominación de «Santo sudario de Lázaro de Autun»[25]. Lo mismo ocurre en los siglos XII-XIII para las espléndidas producciones con decoración a menudo monumental, lejano eco de las sedas persas, como la «Capa del rey Roberto»[26] del tesoro de San Saturnino de Toulouse, sin hablar de los tejidos de diferentes técnicas que llevaban a veces inscripciones árabes, en los que se enterraron los príncipes cristianos españoles.

A partir del siglo XII, al-Andalus empezó a exportar hacia los países mediterráneos e incluso también hacia los del norte de Europa objetos de fabricación local, como sedas de Almería, cerámicas realizadas según la técnica de la «cuerda seca» y, sobre todo, las famosas cerámicas lustradas de Málaga, que se encuentran hasta en Irak. Lustrada también, la producción de Manisés (cerca de Valencia), obra de artesanos musulmanes que pasaron a dominación cristiana a partir del siglo XIII, hacía la competencia a la de Málaga y se encuentra en todos los países del Mediterráneo e incluso del Mar Negro, como lo muestran los recientes descubrimientos realizados en Crimea, así como en Bagdad, donde parecían ser tesoros «exóticos».

Por último, podemos evocar los tesoros de Oriente, sobre los que estamos relativamente informados [27]: el del califa de Bagdad, del que los embajadores del emperador bizantino en el año 917 dejaron un informe maravillado; el de los fatimíes, dispersado en 1056 en razón de la desastrosa situación económica del país, y su fabulosa biblioteca incendiada en 1171; y, por supuesto, el de los otomanos, inmenso y muy diversificado, repartido en los siglos XVI y XVII en varias partes de Topkapi Saray[28], en Estambul.

J. Z.-S.

Nota


[1] K. Smyrlis, La Fortune des grands monastères byzantins (fin du Xe-milieu du XIVe siècle), Centre de recherche d’histoire et civilisation de Byzance, Monographies 21, París, 2006, p. 99-104.

[2] P. Hetherington, “Byzantine and Russian Enamels in the Treasury of Hagia Sophia in the Late 14th Century”, Byzantinische Zeitschrift 93, 2000, p. 133-137.

[3] M. F. Hendy, Studies in the Byzantine Monetary Economy c. 300-1450, Cambridge, 1985, p. 228-232; A. Glabinas, He epi Alexiou Komnenou (1081-1118) peri hieron skeuon, keimelion kai hagion eikonon eris, Salónica, 1972.

[4] P. Hetherington, “A Purchase of Byzantine Relics and Reliquaries in Fourteenth-Century Venice”, Arte Veneta 37, 1983, p. 9-30.

[5] N. Oikonomides, “The Holy Icon as an Asset”, Dumbarton Oaks Papers 45, 1991, p. 35-44.

[6] Patmos. Les trésors du monastère, ed. A. D. Kominis, Atenas, 1988; Sinai. Treasures of the Monastery, ed. K. A. Manafis, Atenas, 1990; Treasures of Mount Athos, ed. A. A. Karakatsanis, Catálogo de exposición, Salónica, 1997.

[7] J. Durand, “Innovations gothiques dans l’orfèvrerie byzantine sous les Paléologues”, Dumbarton Oaks Papers 58, 2004, p. 338-341.

[8] Il Tesoro di San Marco. Il Tesoro e il Museo, dir. H. R. Hahnloser, Florencia, 1971; Le trésor de Saint-Marc de Venise, Catálogo de exposición, Galeries nationales du Grand Palais, Milán, 1984.

[9] H. A. Klein, “Eastern Objects and Western Desires: Relics and Reliquaries between Byzantium and the West”, Dumbarton Oaks Papers 58, 2004, p. 283-314; id., Die Heiltümer von Venedig - Die ‘Byzantinischen’ Reliquien der Stadt, in Quarta Crociata. Venezia, Bisanzio, Imperio latino, Vol. II, dir. G. Ortalli, G. Ravegnani y P. Schreiner, Venecia, 2006, 789-812.

[10] R. Cassanelli, “Pillage d’objets d’art: le trésor de la basilique Saint-Marc, de Byzance à Venise”, in La Méditerranée des Croisades, dir. R. Cassanelli, Milán y París, 2000, p. 219-235.

[11] Le trésor de la Sainte-Chapelle, Catálogo de exposición, Museo del Louvre, ed. J. Durand, París, 2001.

 

[12] Existe, desde principios del siglo IX en Oriente, toda una literatura de las maravillas, constituida sobre todo de anécdotas que evocan historias fabulosas, seres extraños encontrados por los comerciantes y los marinos que viajan hasta China y Asia del sudeste. A partir del siglo XII, los cosmógrafos desarrollaron mucho este género literario. El más conocido es Zakariyya ibn Muhammad ibn Mahmuol al-Qazwini (hacia 1203-1283), sabio de origen árabe instalado en Irán en Qazwin, cuya obra ‘Ajâ’ib al-Makhlûlat las maravillas de las cosas creadas, conoció, hasta periodos recientes, numerosas versiones ilustradas e inspiró la decoración de objetos como cerámicas. Cf. cat. exp., «L’étrange et le merveilleux en terre d’Islam» (Lo extraño y lo maravilloso en tierra de islam), París, 2001, p. 34-63.

[13] Todavía hoy, el título de «tesoro nacional» se otorga, en Japón, por ejemplo a grandes personajes como algunos actores.

[14] Museo de Toledo e Instituto de Valencia de don Juan.

[15] La primera ilustración de este traje se representa, simbólicamente, mediante la decoración de mosaicos con fondo de oro del primer tambor y del primer «deambulatorio» de la Cúpula de la Roca en Jerusalén (691): las joyas de todo tipo, que resaltan en mosaico de nácar en medio de las decoraciones vegetales, son en realidad las llevadas por los soberanos de países vencidos.

[16] Ver también los del museo de Lleida (Dioceva i Comarcal, inv. 1473).

[17] París, Museo du Louvre, Departamento de objetos de Arte.

[18] Cf. cat. exp. «Le trésor de Saint-Marc de Venise» (El tesoro de San Marcos de Venecia), París, 1984, p 207-225.

[19] Por ejemplo: cinturón o diadema del tesoro de Charilla, siglo X, Museo Provincial de Jaén, inv. 2789; pendientes, principios del siglo XI, Victoria and Alberts Museum, Londres, 1447-1870, 1447a-1870; numerosos elementos diversos, finales del siglo X - principios del siglo XI, Baltimore, The Walkers Art Gallery, 57.1596, cf. cat. exp. «Al-Andalus», Nueva York, 1992, p. 220-223.

[20] Descubierto en 1963. Sin duda, la jarra de cerámica que lo contenía fue enterrada en el momento del ataque de la ciudad por los cruzados en 1101, The Israel Antiquities Authority, n0 60-834 à 60-859.

[21] Cf. la imponente obra, muy erudita, de E. Kühnel, Die islamichen Elfenbeiskulpturen, VIII-XIII, Jahrundert, Berlín, 1971.

[22] Por ejemplo, el cofre hecho en Cuenca en 1026 por Muhammad ibn Zayan, que proviene del Monasterio de Santo Domingo de Silos. Las placas de cobres dorados con decoraciones de esmaltes champlevés se realizaron entre 1140 y 1150 (Museo de Burgos, inv. 198).

[23] Madrid, Instituto de Valencia de don Juan, 2071. Cf. Al-Andalus, 1992, op. cit., p. 224-225.

[24] 976-1013. Madrid, Real Academia de la Historia, 292. Cf. Al-Andalus, 1992, op. cit., p. 225-226.

[25] Autun, tesoro de la catedral, 2 pequeños trozos se conservan en Lyon, museo histórico de los tejidos, inv. 27.600, y en París, Museo nacional de la Edad Media, CLd1865.

[26] Casulla, 1a mitad del siglo XII, Toulouse, Basílica de San Saturnino, cf. Al-Andalus, 1992, op. cit., p. 318-319.

[27] Book of Gifts and Rarities, (Kitab al-Hadaya wa al-Tuhaf), translated and annotated by Ghada al-Hijjawî al-Qaddŭmî, Harvard University Press, Cambridge, Mass.

[28] Por ejemplo, Marthe Bernus Taylor, Le Trésor (El tesoro), en, cat. exp. «Topkapi à Versailles» (Topkapi en Versalles), Versalles, 1999, p. 266-273.



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