Además de estar naturalmente asociada, dentro de las actividades de la vida diaria, a la necesidad de alimentarse, la caza es uno de los numerosos pasatiempos de los príncipes y una de las actividades favoritas de los soberanos.
En el mundo islámico, la caza forma parte de la furusiyya, es decir, del conjunto de conocimientos teóricos y prácticos relativos a una variedad de terrenos que incluyen la equitación, el arte veterinario, los juegos y el arte militar, concepto que nació en la época abasí en el entorno de los príncipes, asociado fundamentalmente a la educación que recibían los pretendientes al trono califal. A la inversa de lo que ocurre con Bizancio, las fuentes documentales sobre el ejercicio de la caza en el mundo islámico son muy numerosas. La literatura cinegética ha proporcionado interesantes tratados de montería y cetrería. El más antiguo y a la vez el más completo, el Kitab al-Masayid al-Matarid (“Cepos y trampas”), fue escrito en el siglo x por Kushadjim (m. 961 o 971), que retoma un escrito anterior desaparecido, probablemente de origen omeya. La segunda obra de referencia sobre este tema procede de los mamelucos egipcios. Se trata de Kitab uns al-mala’bi-wahshi al-fala (“Comercio de los grandes de este mundo con animales salvajes de los desiertos sin onda”, 1371) de Ibn Mangli, montero y escritor cinegético. Las fuentes de información iconográficas son relativamente frecuentes: el arte islámico ofrece en efecto numerosas escenas de príncipes cazando.
El consumo del producto de la caza está enmarcado en los preceptos coránicos y en los hadith. No se puede consumir cualquier especie (por ejemplo, los cánidos) y se debe respetar el sacrificio ritual de las presas[1].
La carne no es el único producto de la caza. Losla Alta Edad Media. Los tendones del animal proveen de excelentes cuerdas para los arcos. Las pieles de pantera tienen particular éxito: desde temprano se las exporta hacia Europa y Asia central, mientras que ciudades como Kairuán (Túnez) se especializan en el curtido de pieles. La piel de visón, cuyo uso en la corte andaluza de Córdoba está documentado desde los siglos x y xi, es otro producto suntuario muy apreciado. Las fieras se capturan, además, desde los comienzos de la civilización islámica, para poblar los parques zoológicos y cinegéticos de los califas, que de esta manera perpetuaban una tradición que ya existía en el Irán de los sasánidas. huevos de avestruz forman parte de la alimentación y sus cáscaras eran muy apreciadas en Occidente desde
La tradición heredada de la Antigüedad atribuía a ciertas partes del cuerpo de los animales virtudes medicinales y en ocasiones mágicas. Entre las muchas sorprendentes afirmaciones que se encuentran, podemos leer que la grasa de avestruz derretida cura los tumores o que si se coloca la hoja de una espada en la molleja de esta ave el metal queda imputrescible.
Entre las numerosas técnicas de caza (con cepos, con carnaza, de montería, de cetrería, a rececho), las técnicas más ampliamente descritas son aquellas en las que intervienen conjuntamente un hombre y un animal. Al igual que en Occidente, el perro es un fiel compañero de caza.
La cetrería y la montería ocupan un lugar preponderante dentro de las actividades recreativas de la corte[2]. Estas prácticas, que pasaron en primer lugar de China a Irán y luego de allí a las demás regiones del mundo islámico, llegaron a Europa a través de al-Andalus.
Los príncipes solían practicar la caza de montería con un guepardo. Antes de la llegada del Islam, los árabes no utilizaban este animal de presa, que según Aristóteles era el fruto de la unión de una pantera con un león. Domesticado desde la época sasánida, el leopardo se utilizaba en China en la época Tang, según se puede observar en unas estatuillas de cerámica con figuras de jinetes acompañados de guepardos. En la civilización islámica, su uso se extendió en la época omeya[3] y continuó en las épocas siguientes. Signo exterior de poder y riqueza, también aparece en cortejos oficiales en el Egipto de los fatimíes y de los mamelucos.
La captura y el adiestramiento del guepardo constituían un largo y difícil proceso, que está muy bien documentado, a partir del siglo x, en numerosos tratados[4]. El estudio más completo es de origen mameluco (Ibn Mangli, 1371). Una vez capturado el animal, se lo ataba a unas estacas durante largas jornadas, luego se lo sujetaba con una suerte de camisa, antes de someterlo a un período en el que se lo exponía ante la población durante el día y era vigilado por un guardia durante la noche. Cuando había perdido todos los rasgos de su carácter salvaje, se pasaba a la fase de aprendizaje, durante la que se le enseñaba a permanecer sentado a la grupa del caballo, posición en la que suele aparecer por lo general en las representaciones del arte islámico. El «aguzamiento» es la última etapa del proceso de adiestramiento. A continuación, se podía utilizar el guepardo para cazar de tres maneras: con el animal corriendo tras la presa, con el animal al acecho o bien a rastro de huella. Al parecer, algunos notables acaudalados también poseían guepardos. En la iconografía de las artes sasánidas, estos animales suelen aparecer representados de a dos, a ambos lados de un árbol de la vida. La posible presencia del animal en un aguamanil fatimí de cristal de roca es una prueba del interés por este animal como auxiliar de caza en los medios más favorecidos[5].
Tanto en Europa occidental como en el mundo islámico, la cetrería se consideraba un arte de alto rango, debido no sólo a su complejidad, sino también al refinamiento de las técnicas de amaestramiento de las aves. Muchas son las especies de rapaces utilizadas. La caza de vuelo ya existía antes de la llegada del Islam en los pueblos sasánidas y quizás también entre los árabes[6]; sin embargo, su expansión se remonta a la época omeya, al igual que la caza con guepardos. La cetrería pasó a ser una actividad esencial, que se llevaba a acabo bajo la dirección del amir al-Sayd. Su importancia en al-Andalus se refleja en algunas decoraciones de objetos realizadas para el entorno del califa[7]. El Calendario de Córdoba (961) pone de manifiesto un profundo conocimiento de las distintas fases de reproducción de los halcones.
Muchos soberanos musulmanes de Occidente fueron grandes amantes de la caza de vuelo. Se sabe que en el siglo ix, Muhammad II ibn Ahmad, emir aglabí de Kairuán, robó de las arcas del Estado para pagar sus deudas de «juego de vuelo». El sultán hafsí al-Mustansir (Túnez, r. 1249-1277) cazaba en su propio coto situado en las cercanías de Bizerta.
A partir de la época omeya, el arte islámico provee de numerosos objetos de cerámica, marfil y metal con labrados e incrustaciones que proporcionan una vasta iconografía sobre el tema de la caza, en el marco más amplio de una decoración que evoca el esplendor de la vida cortesana. En el castillo de Qusair Amra (Jordania, 700-715), el muro occidental de la sala de audiencia presenta una escena de caza del onagro, actividad preferida del rey sasánida Bahram Gur, en el corazón de un decorado donde se entremezclan numerosas influencias artísticas. Los lujosos objetos de metal islámicos confeccionados en el Oriente Próximo por encargo de los príncipes también encierran escenas con cazadores de a pie o a caballo, algunos de los cuales van acompañados de animales de presa[8]. Por lo general, esta importante iconografía está asociada a la de las demás actividades de ocio de los príncipes, puesto que la caza fue un elemento esencial de la vida de la corte desde el comienzo de la civilización islámica. El motivo del jinete cazador está presente asimismo en el mundo iraní[9].
Las especies que se cazan en el mundo islámico medieval son muy variadas. El antílope (mahat) —tema primordial de la poesía preislámica e islámica— se caza por lo general con ayuda de un animal carnívoro, aunque también con una jauría de perros e incluso con aves. La gacela (ghazal), cuya carne es de consumo autorizado según los preceptos religiosos, ha sido una presa muy buscada no sólo por motivos alimenticios, sino también para esparcimiento. Su caza se efectúa con lebreles, con un guepardo o con aves rapaces. Destacada fuente de inspiración de la poesía en lengua árabe, la gacela y su incesante persecución es un tema clave del género cinegético que se presta para que el autor describa de forma pormenorizada las cabalgatas de los jinetes cazadores. En la poesía erótica, se suelen evocar los atractivos femeninos por medio de metáforas sobre la gracia, la ternura y la mirada aterciopelada de la gacela. Varios célebres pasajes literarios ponen de relieve este animal, como la gran epopeya nacional iraní escrita por Firdawsi hacia el año 1000, Shahnameh, y el conocido episodio donde la joven e insolente Azade desafía al rey sasánida Bahram Gur a que transforme con sus flechas una gacela macho en hembra y viceversa, y a que con una sola flecha atraviese la oreja y la pata de otra gacela. Este episodio aparece en numerosas imágenes del arte islámico, entre ellas, en un azulejo de cerámica del palacio seljúcida de Kubadabad (Anatolia, 1236).
La pantera (namir), animal sumamente peligroso y temido por la población, se caza principalmente por su piel. Los textos describen tres formas de caza: un hoyo disimulado con un cebo vivo, el ataque directo con armas blancas y venablos, o rodeando al animal y atacándolo con flechas. Según algunos testimonios, una vez capturadas, en ocasiones las panteras se encerraban en pequeños zoológicos o parques cinegéticos como el de Hayr al-wuhush, en las cercanías del palacio de las Pléyades (Dar al-Thurayya) durante el reinado del califa abasí al-Muktadir (908-932).
Por otro lado, la práctica de la caza requiere el uso de un completo equipo de armas (espadas, arcos, lanzas…), entre ellas, algunas relativamente originales como, por ejemplo, la cerbatana[10] empleada para cazar aves. Además, cada forma de caza obliga a emplear algunos accesorios específicos. Este variado material, del que se conserva algunas piezas[11], se conoce asimismo gracias a las miniaturas iluminadas del arte islámico[12], en las que se observan, por ejemplo, los guantes y el escudo de los halconeros.
En el mundo bizantino, la caza destinada a la alimentación no es tan común como en el mundo islámico. Los productos de la pesca constituyen, en efecto, la principal fuente alimenticia, siendo la carne un alimento secundario. En cambio, sí se observa una práctica de la caza por parte de los príncipes con fines recreativos, con la misma variedad de técnicas y formas de captura. Considerada un sustituto pacífico del entrenamiento militar, la actividad cinegética es muy practicada por los emperadores, especialmente los de la dinastía de los Comneno (1081-1185), algunos de los cuales incluso perdieron su vida en ello.
Los animales de caza incluyen perros, leopardos y aves de presa, y los animales cazados, liebres, osos, cérvidos y jabalíes. Las técnicas de caza son variadas, siendo la cetrería una actividad de prestigio reservada a la clase dominante. En Bizancio, debido a su estrecha relación con los círculos de poder, la caza dio lugar al desarrollo de una iconografía asociada a la simbología imperial. La arqueta de marfil pintado de púrpura de la catedral de Troyes es un buen ejemplo de ello. Su frente está adornado con una escena de caza de felinos, la parte posterior con una escena de caza de jabalí, ambos costados con motivos de aves fénix, y la tapa con una escena de triunfo imperial. Por consiguiente, podemos afirmar que en todo el Mediterráneo la iconografía de la caza está estrechamente vinculada con la iconografía principesca.
C. S.
Al-Sarraf, S., “Evolution du concept de furûsiyya et de sa littérature chez les Abbassides et les Mamlouks”, in Chevaux et cavaliers arabes dans les arts d’Orient et d’Occident, (catálogo de exposición, París, Institut du monde arabe, 2002) París, IMA, Gallimard, 2003, p. 67-72.
Cutter, A., Kazhdan, P. A., “Hunting”, in Oxford Dictionary of Byzantium, t. 2, Nueva York: Oxford University Press, 1991, p. 958.
Digard, J. P. (dir.), Chevaux et cavaliers arabes dans les arts d’Orient et d’Occident, (catálogo de exposición, París, Institut du Monde Arabe, 2002), París, IMA, Gallimard, 2002, p. 180-189.
Viré, F., “Bayzara”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 1, Leiden, E. J. Brill, 1991, p. 1186-1189.
Viré, F., “Fahd”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 2, Leiden, E. J. Brill, 1977, p. 757-761.
Viré, F., “Fanak”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 2, Leiden, E. J. Brill, 1977, p. 794.
Viré, F., “Ghazâl “, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 2, Leiden, E. J. Brill, 1977, p. 1060-1062.
Viré, F., “Mahât”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 5, Leiden, E. J. Brill, 1986, p. 1217-1220.
Viré, F., “Na’âm”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 7, Leiden, E. J. Brill, 1993, p.830-832.
Viré, F., “Namir”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 7, Leiden, E. J. Brill, 1993, p. 948-951.
Viré, F., “Sayd”, in Encyclopédie de l’Islam, nueva edición, t. 9, Leiden, E. J. Brill, 1998, p.102-103.
“La chasse et la guerre”, in L’Islam dans les collections nationales, (catálogo de exposición, París, 1977), París, RMN, 1977, p. 178-196.
[1] Un fragmento de aplique de marfil que data del Egipto fatimí (siglos xi y xii) y que se conserva en el museo del Louvre (inv. 6266) representa, entre otros, a un personaje procedente de una escena de degollación de una presa.
[2] El Píxide de al-Mughira (968, España) expuesto en París en el museo del Louvre (inv. OA 4068) presenta estas dos formas de caza: en un medallón, dos jinetes enfrentados a ambos lados de una palmera cazan con halcones y, en otra escena, dos perros atrapan una presa.
[3] El príncipe Yazid (r. 680-683) parece haber sido el primero en utilizar el guepardo en la caza de montería.
[4] Bab sayd al Fahd, capítulo del Kitab al-Masayid al-Matarid de Kushadjim.
[5] Aguamanil de cristal de roca con el nombre de al-Aziz (Egipto, r. 975-996), Venecia, tesoro de San Marco (inv. 80).
[6] Esta forma de caza se practica aún en nuestros días con águilas, en Asia central.
[7] Píxide de al-Mughira (968, España) en marfil labrado, expuesto en París en el museo del Louvre (inv. OA 4068).
[8] Arqueta, Turquía oriental, 1ª mitad del siglo xiii, Londres, colección Nasser D. Khalili, inv. MTW 850.
[9] Copa con jinete cetrero, Irán, principios del siglo xiii, cerámica silícea con adorno haft rang, París, museo del Louvre, inv. MAO 44O.
[10] Se puede ver una ilustración de ello en la panza del aguamanil confeccionado por Ibn Mawaliya, Jezireh, a finales del siglo xii, aleación de cobre con incrustaciones de plata y cobre rojo, o en la del vaso que lleva el nombre del sultán al-Malik al-Nasir Salah al-Din Yusuf conocido como el “vaso Barberini”, Damasco o Alepo, 1237-1260, aleación de cobre con incrustaciones de plata, París, museo del Louvre, K. 3435 y A. 4090.
[11] Tambor de halconero, timúrida u otomano, finales del siglo xv-principios del xvi, bronce, Vaduz, Furusiyya Art Foundation; guantes de caza bordados, Turquía, siglo xvii, cuero con bordado de seda y oro, Topkapi Sarayi Muzesi, inv. 31/275.
[12] Véase por ejemplo la miniatura representando un jinete con arco, India, 1610-1615, aguada, tinta y oro sobre papel, Col. del Aga Khan, M.178.
| El proyecto | Exposición itinerante | visita virtual | Catálogo | Nuestros enlaces | Aviso legal | Contacto | ![]() |
![]() |
![]() |
| Copyright Qantara 2008 © todos los derechos reservados |