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Qantara - La arquitectura palaciega
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Qantara Qantara

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La arquitectura palaciega

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La qala de los Banu Hammad

En Bizancio

 

En nuestros días, no se conocen muy bien los palacios y las residencias de los grandes dignatarios de la corte imperial bizantina, y ello ni en Constantinopla ni en las provincias del Imperio, como tampoco han llegado hasta nosotros suficientes vestigios de los palacios imperiales, con excepción de los maravillosos conjuntos de mosaicos del siglo vi, la principal fuente de información son las obras literarias como, por ejemplo, con respecto a la Myrelaion, residencia del futuro emperador Romano I Lecapeno (r. 920-944). Las descripciones o alusiones de los textos literarios como las de la vida de san Filareto el Misericordioso o las de algunas obras que hacen uso de una gran imaginación y fantasía, como la descripción del palacio de Digenis Akritas[1], que da la imagen de un señor dedicado a la defensa de las regiones fronterizas, no permiten hacerse una idea muy exacta de cómo eran.

Un conjunto arquitectónico aún mal estudiado se ha considerado durante mucho tiempo el vestigio de un palacio de Constantinopla que perteneció a Constantino Porfirogeneta. La decoración arquitectónica de esta construcción ha permitido datarla en el siglo xiv. Se ha pretendido incluso, aunque con pocos argumentos, que fue residencia de Teodoro Metoquita, gran figura política e intelectual de principios del xiv.

En contraste, gracias a las fuentes literarias y a un pequeño número de vestigios arquitectónicos, tenemos más información sobre los palacios imperiales. Así, el Gran Palacio de los emperadores bizantinos se extendía al sureste de la península sobre la que se había construido Constantinopla. Este conjunto de edificios se remontan a la refundación de la ciudad por Constantino (r. 324-337), que encargó un palacio de superficie equivalente a la del palacio imperial situado en el Monte Palatino de Roma.

El palacio imperial es un conjunto de edificios unidos por patios y jardines que comprende tanto la residencia privada de los emperadores como las dependencias oficiales y los barrios de los distintos cuerpos militares encargados de la guardia imperial. La entrada principal se denomina chalke. Desde el reinado de Constantino, siguiendo con el modelo romano, se establece una comunicación directa entre el palacio y la caseta imperial del hipódromo denominada kathisma, lugar capital de encuentro y también de enfrentamiento entre el emperador y el pueblo. Muchos restos del hipódromo se encuentran hoy sepultados bajo la Mesquita Azul. Al este de esta mezquita, se ha dejado al descubierto un notable conjunto de mosaicos organizados alrededor de un patio con peristilo. Recientes investigaciones permiten datar este conjunto en el siglo vi, coincidiendo probablemente con las reconstrucciones de Justiniano (r. 527-565). El Gran Palacio fue reconstruido y ampliado en varias oportunidades. En él destaca el chrysotriklinos, gran sala del trono cuyo ábside estaba decorado por un gran mosaico de Cristo. Del mismo modo, son de gran importancia las renovaciones del emperador Teófilo (829-842). Los textos mencionan en especial unos autómatas inspirados en los de la corte de Bagdad, que Teófilo mandó instalar en la sala del trono. Durante los siglos ix y x, bajo los reinados de Basilio I (r. 867-886) y Constantino VII Porfirogeneta (r. 913-959), se efectúan en el Gran Palacio los últimos reacondicionamientos y ampliaciones de importancia.

Por otra parte, podemos mencionar el palacio de Bucoleón, llamado así por la presencia de una escultura de un león y un toro situada junto al mar. Se cree que Teodosio II (408-450) había construido un primer palacio aislado cerca del mar, más abajo del Gran Palacio. En una fecha indeterminada, dicho palacio habría sido incorporado al Gran Palacio y pasaría a conocerse bajo el nombre de Bucoleón a partir del siglo ix. Nicéforo II Focas (r. 963-969) realizó en él importantes obras de remodelación, de las que aún se pueden ver amplios muros que daban al mar y que proporcionan una idea de la monumentalidad del conjunto. Al pie del palacio se encontraba el puerto de Bucoleón, que utilizaba el emperador.

A partir de finales del siglo xi, durante la dinastía de los Comneno, poco a poco el Gran Palacio pierde importancia —aunque se siguen realizando allí las principales ceremonias oficiales, en especial cuando se trata de recibir a los soberanos extranjeros—, en beneficio del palacio de Blanquerna que se convierte en la residencia favorita de los emperadores. Saqueado por los cruzados durante la toma de Constantinopla en 1204, los Paleólogo prácticamente ya no lo utilizarán una vez reconquistada la ciudad. Los textos señalan el mal estado de mantenimiento en el que se encuentra. Muchos sectores del palacio están semiderrumbados; tras la conquista otomana, paulatinamente se implanta allí un barrio de viviendas, hasta que el sultán Ahmed I (r. 1603-1617) mande edificar en el lugar correspondiente a la parte central del antiguo palacio, el complejo de la Mezquita Azul.

Del palacio de Blanquerna se sabe muy poco. Estaba edificado al noroeste de Constantinopla, cerca de la iglesia de Blanquerna y muy probablemente se trataba al inicio de un conjunto de residencias imperiales en las que el emperador solía permanecer por breves períodos cuando asistía a los servicios litúrgicos de este importante santuario de la Virgen. Alejo I Comneno (r. 1081-1118) es quien ordena construir un verdadero palacio, que Manuel I Comneno (r. 1143-1180) se encargará de ampliar y decorar con gran suntuosidad. El palacio de Blanquerna es una de las residencias de los emperadores latinos, pese a que ya no se encuentra en muy buenas condiciones. Renovado por Miguel VIII Paleólogo (r. 1258-1282) que hará de él su residencia principal, al igual que sus sucesores, el palacio comienza a caer en desuso a partir del siglo xv y quedará definitivamente al abandono después de la conquista otomana. Actualmente, sólo se pueden ver algunas subestructuras que ni siquiera constituyen un conjunto coherente susceptible de restituir la apariencia original del palacio.

Merece la pena destacar el palacio de Bryas, edificado por el emperador Teófilo en las cercanías de Constantinopla por el costado asiático, imitando los palacios árabes, según indican las fuentes. Recientemente se creyó que se habían localizado sus cimientos pero subsisten dudas acerca de su identificación.

La lujosa decoración de estos palacios está muy poco documentada. Algunos textos describen mosaicos que adornan la iglesia de la Virgen del Faro, capilla palatina que encerraba las reliquias más valiosas del Imperio. Viajeros occidentales recibidos en la corte de Manuel I dieron cuenta de la espléndida decoración del palacio de Blanquerna, revestido de mármol, mosaicos y pinturas. También se sabe que Miguel VIII Paleólogo mandó representar en las pinturas del palacio sus victorias militares. Sin embargo, en términos generales, el conocimiento que hoy tenemos de la arquitectura palaciega bizantina sigue siendo muy parcelario.

J.-M. S.

 

En Islam

La arquitectura palaciega, vasto campo de la arquitectura islámica, es a menudo menos conocida que la arquitectura religiosa, especialmente por el número restringido de edificios conservados. Se puede evocar a través de tres grandes tipos de construcciones, que corresponden a períodos y a fórmulas arquitectónicas diferentes: los palacios omeyas, los palacios abbasíes y, por último, edificios como la Alhambra en Granada o el palacio de Topkapi en Estambul.

Estas tres fórmulas participan de la misma concepción intelectual del espacio arquitectónico, como marco de la valorización del poder principesco. Por el contrario, las fórmulas arquitectónicas y las tipologías de los edificios varían.

Fue bajo las dinastías omeya de Siria y abbasí de Irak, en los siglos VIII y IX, cuando se diseñaron tipos arquitectónicos que conocieron una amplia difusión en todo el mundo islámico.

La arquitectura palaciega islámica se desarrolló naturalmente a partir del establecimiento de un poder político centralizado en Siria, Jordania y Palestina omeya. Las ciencias principescas presentan características heredadas en parte de la arquitectura de la antigüedad tardía. Se encarnan en los edificios antiguamente agrupados bajo el vocablo de «castillos del desierto»[2]. Estas estructuras cuadradas extra-urbanas recuerdan el principio de las casas agrícolas (villa rustica) de la antigüedad tardía. La presencia de una muralla se convertirá en una característica esencial de los palacios en tierra de Islam y el espacio clausurado, aislado de esta forma del resto del mundo, encarnaba un «edén». Una entrada única da acceso a un patio central, en torno al cual están dispuestas salas repartidas a menudo en dos niveles. Son a veces verdaderos complejos[3] donde se encuentran, en el corazón de la misma muralla, una mezquita, baños o incluso cisternas. Las ricas decoraciones que se desplegaban, retomando, entre otros elementos, técnicas heredadas del mundo antiguo Mediterráneo como el mosaico, son particularmente fastuosos. Dejan imaginar el lujo que caracterizaba entonces la vida de corte. Los palacios urbanos omeyas sólo son conocidos por descripciones[4], no subsiste ningún vestigio. Las casas del gobierno, construidas en Kufa (Irak) en 638 y en Marwin en 747, presentan ambas una disposición cuadrada, donde un gran patio está enmarcado por iwân, en tres lados en Kufa (una estancia tripartita y una sala con cúpula ocupan el cuarto lado) y en cuatro lados en Marwin, el iwân y la sala bajo cúpula siendo elementos heredados de la arquitectura sasánida.

Los principios de la época abbasí se inscriben en la continuidad de la época precedente[5]. Fue la nueva capital, Samarra, fundada en el siglo IX, la que fue el lugar de elaboración de un nuevo tipo de edificio. Fueron edificados palacios gigantescos. El del Jawsaq al-Khaqani (836, reino del califa al-Mu’tasim) y el de Balkuwara (849-859, reino del califa al-Muttawakil) son verdaderas ciudades-palacio. Se puede observar, en el seno de murallas gigantescas, una organización en terrazas donde aparecen grandes jardines, un componente esencial de los palacios en el mundo islámico, así como dos unidades bien distintas, una privada y la otra pública. Las terrazas sucesivas llevan progresivamente, según una progresión axial, a las zonas claves de los palacios, ocupadas por las salas de audiencia. El principio ampliamente adoptado de los patios con cuatro iwân marca claramente la herencia sasánida.

La tipología de estos palacios de los primeros siglos del Islam se difundió ampliamente en el mundo islámico, hasta las regiones orientales del mundo islámico[6]. Lo mismo ocurrió para la concepción simbólica del palacio, considerado como un universo cercado, donde se disponen espacios públicos atribuidos al ejercicio del poder y zonas privadas para el príncipe. La noción de evolución, que equivale prácticamente a un recorrido iniciático, impregnará de forma duradera la arquitectura palaciega islámica hasta períodos relativamente recientes.

Madinat al-Zahra, la ciudad edificada en más de cuarenta años (936-976) para los soberanos omeyas de Andalucía, está impregnada de la herencia de los palacios de Samarra. Se observa la misma consideración de la topografía del sitio, la misma gradación de las zonas de lo público hacia el alcázar reservado al califa, el principio del patio (patio) enmarcado con estancias e igualmente una gran parte reservada a los jardines. Esta afección de Andalucía por los jardines perduró durante los períodos siguientes. El palacio nazarí de la Alhambra, en Granada, erigido en el siglo XIV,da mayor relevo a espacios de ocio, algunos de ellos integrados a la arquitectura (patio de los leones), mientras que otros se despliegan en terrazas independientes. En el mundo iraní, que no evocaremos aquí, los jardines ocupan igualmente un lugar preponderante. Simbolizan, como en el mundo islámico en general, una imagen del paraíso, donde el agua desempeña un papel de primer orden.

La evocación de la Alhambra nos conduce a citar un tercer tipo de palacio, en los que no se observa la misma concepción de conjunto del espacio. En el seno de grandes murallas, unidades distintas están relacionadas mediante patios y jardines, sin la organización axial que definía las estructuras palaciegas evocadas precedentemente.

El palacio otomano de Topkapi, en Estambul, constituye un famoso ejemplo de ello. Única residencia de los soberanos otomanos del siglo XV al XIX, está situado por encima de la ciudad. Una muralla enmarca la totalidad, dando acceso a tres patios principales, accesibles por puertas sucesivas. Quioscos, pabellones y edificios que acogen construcciones funcionales (cocinas, caballerizas, bibliotecas…), edificios dedicados a los usos políticos (torre de justicia, sala del trono), zonas de viviendas entre las que se encontraba el famoso harén, se despliegan en 700000 m2. La duración de ocupación del sitio y la actividad arquitectónica constante que lo acompañó explican la ausencia de organización de conjunto. No obstante, se sigue observando la gradación de los espacios de lo público hacia lo privado.

Los edificios de Topkapi, erigidos en los siglos XVIII-XIX, incluso si se inscriben ampliamente en la tradición otomana, están fuertemente impregnados de los modelos occidentales. El aporte europeo tuvo el mismo impacto en la época moderna en otras regiones del mundo islámico (Dar Hasan Pacha, Argelia, finales del siglo XVII).

 Esta visión demasiado rápida de la arquitectura palaciega en tierras de Islam no estaría completa sin la evocación de la arquitectura de tiendas, heredadas del modo de vida nómada de las poblaciones de la Arabia pre-islámica y de Asia central, que conoció su desarrollo gracias al aporte mongol y se extendió particularmente en los mundos iraní, indio y otomano[7]. Las miniaturas nos ofrecen un reflejo sorprendente de lo que podían ser estos palacios de tela instalados en los jardines. Ofrecían un marco refinado a las audiencias oficiales y a las diversiones privadas. Estas estructuras ligeras, lógicamente conservadas raras veces, se utilizaban también en contexto militar, sirviendo entonces de campamentos a las tropas en campaña.

C. S.

En la Europa occidental

El modelo antiguo

El vocablo palacio deriva del nombre de una de las siete colinas de Roma, el Mons Palatinus, donde los emperadores habían instalado sus residencias a partir del siglo I. En la Antigüedad tardía, se construyen allí suntuosos palacios. A finales del siglo iii, Diocleciano manda edificar un impresionante conjunto arquitectónico en Spalatum (actual Split, Croacia), en su región natal. Los edificios fortificados presentan una planta regular, rectangular, que sigue la ordenación clásica de los campamentos militares, con dos ejes (un cardo y un decumanus). La zona norte comprende cuarteles, dependencias para almacenamiento de mercancías y viviendas para el personal, mientras que la zona sur alberga, por un lado, la residencia imperial y, por el otro, un templo y el mausoleo que se destina como morada eterna del emperador. Los distintos elementos del palacio están unidos por pórticos. En las proximidades de la zona residencial, compuesta por salas de recepción y apartamentos privados, se encuentran las termas. Cabe señalar que este conjunto arquitectónico se edifica como residencia para el emperador Diocleciano después de su abdicación y no constituye en realidad un centro de poder. Sus sólidas murallas le confieren no obstante un carácter defensivo que anuncia los castillos medievales.

Por lo general, las residenciales imperiales de los últimos tiempos de la Antigüedad presentan barrios que albergan los servicios asociados al Gobierno y espacios de representación del poder. Así es como hoy en día podemos ver, entre los vestigios del palacio imperial de Tréveris, una gran sala de audiencias y la basílica de principios del siglo IV. El Gran Palacio de Constantinopla constituye el ejemplo más acabado de esta clase de residencias, que a la vez cumplían con funciones de servicio y de representación, y que estaban destinadas a enaltecer el poder imperial. Las residencias de la aristocracia adoptan este mismo carácter monumental, con espacios de recepción que incluyen grandes comedores (triclinia) con ábside.

Después de la caída del Imperio Romano de Occidente (476), los soberanos de los nuevos reinos aceptan el legado antiguo. En Rávena, el rey ostrogodo Teodorico levanta una gran iglesia palatina, la actual San Apolinar el Nuevo, a finales del siglo V, cuya majestuosidad es comparable a la de las grandes construcciones antiguas. Desgraciadamente el palacio no se ha conservado hasta la actualidad. No obstante, por lo general los demás palacios de la Alta Edad Media no eran tan elegantes como las edificaciones antiguas de las que se inspiraban. El cronista del siglo VI San Gregorio de Tours menciona pórticos de madera pintada de colores vivos situados alrededor de los patios interiores de los palacios merovingios. Estos poseían además grandes salas donde se celebraban las asambleas de los aristócratas o de los obispos, y un conjunto religioso con una capilla. Si bien en la actualidad no subsisten ejemplos de estas obras arquitectónicas, se sabe que en la región de París había varios palacios de esta naturaleza, por ejemplo en Soissons, Choisy o Compiègne, algunos de los cuales estaban vinculados a una abadía. El rey y su entorno se desplazaban de un lugar a otro en función de la caza o de los acontecimientos políticos. Los palacios debían estar en condiciones de albergar todos los órganos itinerantes del poder político, por más que en esta época son relativamente rudimentarios.

Con el florecimiento de la administración carolingia a partir de 751, también florecen los palacios. El ejemplo más conocido es el del palacio de Aquisgrán, edificado por Carlomagno a partir de 790 e inspirado en el modelo antiguo. En su centro, se encuentra una zona residencial unida por medio de pórticos, hacia un extremo, a una zona de recepción, la gran sala de audiencia (aula), semejante a la de la basílica romana de Tréveris, y hacia el otro, a un conjunto religioso organizado en torno a la capilla palatina, cuya estructura reproduce la de la sociedad carolingia: el emperador se sentaba en un trono que dominaba al pueblo cristiano, bajo la mirada del Cristo de la cúpula, del que era el vicario, es decir, el representante en la Tierra. Poco se sabe, no obstante, de las viviendas de la aristocracia, que apenas se mencionan. Cerca de Orléans, en Germigny-des-Prés, uno de los consejeros del emperador, Teodulfo, mandó construir un palacio del que se conserva el oratorio.

Castillos, fortificaciones y otros centros de poder

A finales de la época carolingia, con el desmantelamiento de la autoridad pública, la aparición de los castillos marca un desplazamiento de los centros de poder en el nuevo mundo feudal. Estas habitaciones poseen tanto funciones residenciales como castrenses y simbolizan el poder. Sus primeras manifestaciones son los castillos de mota. Inicialmente de madera y más tarde de piedra, estas construcciones se levantan sobre montículos de tierra artificiales. Poseen torreones cuadrangulares que encierran la gran sala de recepción, los apartamentos privados y la capilla, distribuidos en plantas superpuestas. La planta baja, que carecía de aberturas y solía ser abovedada, se empleaba como almacén. El acceso a la primera planta se efectuaba por medio de una escalera de piedra o madera. La última planta se destinaba a un uso militar. A partir del siglo XI, las escaleras que unían las distintas plantas entre sí solían estar alojadas en el espesor de los muros. Más tarde se emplearán escaleras de caracol. Alrededor de la torre se levanta una muralla cuya función defensiva deviene cada vez mayor. En el interior de las murallas se encuentra por lo general una albacara, lugar donde se desarrollan todas las actividades económicas y donde además, en ocasiones, el señor tiene su vivienda. En el siglo XII, aparecen nuevos elementos castrenses: el puente levadizo sostenido por cadenas, los cadalsos, las almenas y las aspilleras.

A partir del siglo XIII, estos castillos presentan una gran diversidad. Las fortalezas erigidas por los ingenieros militares de Felipe Augusto son de naturaleza eminentemente castrense y forman una línea defensiva. Tras la realización de importantes obras, el Louvre, construido inicialmente como pieza clave de la defensa de París por el oeste, pasa a ser residencia principal de Carlos V. Al este de París, en el siglo XII, el actual castillo de Vincennes es apenas un pabellón de caza reestructurado por Felipe Augusto y san Luis. El torreón, uno de los más grandes jamás construidos, y los elementos militares son obra de Felipe VI de Valois hacia 1337. Aunque los reyes residan en él con frecuencia, el Palacio de la Cité sigue siendo el centro oficial de poder. Sede de las instituciones durante la Antigüedad tardía, éste es un palacio urbano: pese a sus fortificaciones, no es un castillo pues conservará durante todo el período feudal su naturaleza regia. Como los palacios antiguos, está organizado en sectores diferenciados: uno destinado a la representación del poder y a la administración cada vez más presente (en él se instala, por ejemplo, el parlamento, emanación judicial de la corte creada por san Luis), otro a la residencia personal del soberano y un tercero a la capilla palatina, obra de san Luis que aún podemos apreciar en nuestros días (la Santa Capilla). En el siglo XIV, cuando los papas se establecen en Aviñón, levantan un palacio fortificado que tendrá estos mismos elementos: sede de las instituciones y de los servicios apostólicos, que ocupan gran parte del edificio, apartamentos privados del papa y capilla. Algunas residencias poseen funciones complejas: el Castel del Monte, construcción octogonal del emperador Federico II que data del tercer tercio del siglo XIII, quizás tuviese funciones de observatorio astronómico, además de destinarse a la caza, que tanto apreciaba el emperador...

La búsqueda de la comodidad a finales del Medievo

Los últimos tiempos de la Edad Media se caracterizan por una serie de innovaciones en la vivienda de los señores feudales, que tienden a conciliar la comodidad con el carácter emblemático de las edificaciones. Se mantiene claramente el carácter castrense del castillo, signo de pertenencia a la nobleza. Sin embargo, la función residencial se antepone a la militar, por lo que los edificios se decoran ahora con mucha suntuosidad. Los castillos del duque de Berry, que aparecen representados en el libro de Las muy ricas horas, parecen ilustraciones de un cuento de hadas. De hecho, por encima de uno de ellos, el castillo de Lusignan, se ve a la legendaria hada Melusina volando… Estas construcciones anuncian lo que serán los castillos franceses del Renacimiento.

Las transformaciones más importantes se producen en el terreno del hábitat urbano patricio. En Italia, el palazzo, se extiende a lo ancho de una manzana urbana y se organiza alrededor de patios. Amplias aberturas dejan entrar la luz y en toda la distribución interior se percibe la búsqueda de una mayor comodidad. En Francia, el hôtel deviene el modelo de palacio urbano a partir del siglo XVI. Con frecuencia, Carlos V se instala por ejemplo en el hôtel Saint-Pol. Esta residencia cercana a la Bastilla, hoy desaparecida, estaba formada por distintas viviendas que el rey había adquirido y unido por medio de galerías, sin otorgarles una estructura regular. En cambio, toda la decoración interior había sido lujosamente renovada. El edificio poseía magníficos jardines con animales y tenía un aspecto campestre propicio al ocio y al sosiego. Algunos miembros de la familia real mandan edificar otros hôtels parisinos: el de Nesle (de Jean de Berry), el de Bourbon, el de Clisson (del que se conserva la entrada, incorporada al hôtel de Soubise). En esa época, el vocablo hôtel, que hace referencia al carácter doméstico de la construcción y al personal que atendía a los príncipes, no parece designar un tipo arquitectónico bien definido. En 1436, el final de la dominación inglesa que sucede al reinado de Carlos VI marca un nuevo auge en la construcción de este tipo de residencias, tanto para la aristocracia como para los prelados y la burguesía más adinerada. Por ejemplo, el hôtel de los abades de Cluny (actual Museo Nacional del Medievo), que data de finales del siglo xv, consagra la estructura de esta clase de construcciones. El cuerpo principal en forma de U está construido entre un patio y un jardín. Un muro cerca el conjunto y lo aísla de las calles circundantes. Las distintas áreas están comunicadas horizontalmente por medio de galerías y corredores, y verticalmente por medio de torretas que alojan las escaleras. Dos salas de recepción, la habitación del abad y la capilla evocan las tres áreas que componían tradicionalmente los palacios con sus respectivas funciones: representación, residencia y devoción. Una cocina y otros elementos de confort completan el conjunto que es bastante semejante al palacio de Jacques Cœur de la ciudad de Bourges (el consejero de Carlos VII lo mandó edificar hacia 1443-1450). La planta del edificio entre patio y jardín del hôtel de Cluny presagia la estructura de los hôtels particuliers (palacetes) parisinos de los siglos XVI a XVIII.

Th. S.

Bibliografía

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Featherstone, J. M., “The Great Palace as Reflected in the De Caerimoniis” in Bauer, F. A. (ed.), Visualisierungen von Herrschaft, junio de 2004, Estambul: Ege Yayinlari, 2006, p. 47-61.

 

Jobst, W.; Kastler, R.; Scheibelreiter, V., Neue Forschungen und Restaurationen im byzantinischen Kaiserpalast von Istanbul, Viena: Verlag der Österreichischen Akademie der Wissenschaften, 1999.

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Blair, S., « Saray », in Encyclopédie de l’Islam, nouvelle édition, vol. IX, Leiden, E.J. Brill, 1988, p. 44-48

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Yérasimos, S., « Le palais de Topkapi et son évolution », in Topkapi à Versailles, Trésors de la cour ottomane, (cat. exp., Versailles, Musée national des châteaux de Versailles et de Trianon, 1999), Paris, RMN et AFAA, 1999, p. 108-112

Nota


[1] Personaje del poema épico epónimo escrito probablemente a principios del siglo xii durante el reinado de Alejo I Comneno.

[2] Qasr al- Kharana, desierto transjordano, siglo VII.

[3] Khirbat al-Mafjar, Jericó, autoridad palestina, segundo cuarto del siglo VIII, construido bajo Hisham (724-743) o al-Wâlid (743-744), es un complejo palaciego que agrupa a todos estos elementos.

[4] Kubbat al-Khadra, Damasco, erigido bajo el reino de Mu’âwiya (661-680).

[4] Palacio de Ukhaydir, Kufa, Irak, 764-778.

[5] Fue así como en el palacio ghaznaví de Lashkari Bazar, ocupado del siglo X al XII, se hace uso del principio del patio con cuatro iwân.

[6] Tienda otomana, Turquía, segunda mitad del siglo XVII, Viena, Kunsthistorische Museum.



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