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Qantara - Los Omeyas (661-750)
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Los Omeyas (661-750)

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Mezquita de Damasco

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La muerte del profeta Mahoma, jefe espiritual y temporal, en el año 632 dejó a la joven comunidad musulmana sumida en un cierto desconcierto. La ausencia de indicación en cuanto a la elección de su sucesor dio origen a las primeras escisiones políticas entre los partidarios de una sucesión en el seno de la familia del Profeta [1] y los partidarios de una sucesión por méritos[2]. Tras el reinado de los cuatro primeros califas, llamados los «bien guiados» (rashidun), se impuso el general Muawiya, que instauró el primer califato hereditario del mundo islámico en el año 661. Si los anteriores dirigentes, ocupados con las conquistas, apenas habían tenido tiempo de actuar como mecenas, esta primera dinastía califal constituyó una auténtica fase de génesis para las artes del mundo islámico y su civilización.

Los omeyas emprendieron primeramente una conquista simbólica del territorio a través de un programa arquitectónico sabiamente orquestado. El desplazamiento del centro de poder a Damasco (Siria) desde los primeros años del califato omeya daba fe de una voluntad de ruptura con las comunidades del Hedjaz, todavía resentidas tras la toma de poder por la familia omeya. La implantación del califato en el espacio sirio, antiguamente bizantino y mayoritariamente cristiano, determinó la orientación del primer arte islámico y su sociedad. Los primeros califas omeyas utilizaron en un primer tiempo las estructuras administrativas anteriores y locales, así como los edificios preexistentes: la oración del viernes se hacía en la iglesia San Juan Bautista de Damasco. Si el árabe estaba propagándose por todo Dar al-islam a través del Corán[3] y las tropas, eran el griego y el persa las lenguas empleadas en la gestión del imperio y las costumbres sasánidas y bizantinas las que iban impregnando progresivamente los hábitos de los califas. Hubo que esperar hasta el año 694/695 para que el califa Abd al-Malik (r. 685-705) impusiera mediante una reforma la lengua árabe en la administración. Esta ruptura es perceptible en las monedas conservadas. Si los primeros dinares imitan las monedas bizantinas reproduciendo en su anverso un personaje de pie, vestido al estilo griego y rodeado de una inscripción en árabe, los dinares post-reforma son anicónicos y están adornados con la profesión de fe en árabe. Tras este acto se ocultaba una fuerte voluntad de afirmar una identidad islámica en ruptura con la población local. Asimismo, se trataba indudablemente de solucionar los problemas planteados por la similitud de las monedas islámicas y bizantinas, ya que ciertas crónicas cuentan que los bizantinos habían llegado a acusar al califa de apoderarse de los dinares y de colocar en ellos imágenes cristianas.

La llegada de los omeyas no puso fin a las conquistas, que se intensificaron bajo el reinado del califa al-Walid (r. 705-715). Conquistaron la totalidad de África del norte y, a partir del 711, cruzaron el estrecho de Gibraltar abriendo así una brecha hasta la Francia merovingia. Al este, conquistaron progresivamente el Irán oriental y el Sind. Estos vastos territorios suministraban a los árabes riquezas y materias primas, pero también numerosos esclavos, fuerza de trabajo que contribuyó al florecimiento de una opulenta clase dirigente y al surgimiento de una sociedad heterogénea dentro de la cual los nuevos conversos no árabes eran considerados inferiores, situación que finalmente acabaría provocando el derrocamiento de la dinastía.

Con sus programas arquitectónicos e iconográficos, los omeyas afirmaron su influencia sobre la tierra, pero también sobre los espíritus. Es a Abd al-Malik a quien debemos uno de los primeros monumentos religiosos del Islam, la Cúpula de la Roca, erigida en el 691 sobre la terraza del Templo de Jerusalén, lugar de sacrificio de Isaac y del viaje nocturno de Mahoma[4]. Este edificio de planta octogonal, coronado por una cúpula, está provisto de un doble deambulatorio que magnifica la roca del miraj. La forma octogonal inscribe a este edificio conmemorativo en la tradición de los martyria y de los baptisterios cristianos. El interior está adornado con revestimientos de mármol y de mosaicos con fondo de oro, técnicas bizantinas cuyo perfecto dominio induce a pensar en la participación de artesanos cristianos locales en la obra. Su iconografía es también una afirmación de dominación de la nueva religión: jarras que vierten líquidos y están rematadas por coronas aladas (motivos reales sasánidas) conviven con pendilia bizantinas (coronas de las que penden perlas y pedrería). En la parte superior se despliega la primera inscripción monumental del Islam en cúfico antiguo, realizada en teselas doradas y con versículos que recuerdan la unidad divina y el lugar que ocupa Jesús en el Islam –profeta y mensajero–, destinada sin duda a reforzar la fe de los nuevos conversos. Al parecer, este edificio formaba parte de un plano global concebido por Abd al-Malik para la ciudad santa que abarcaba la explanada del Templo, el Palacio y la Mezquita de al-Aqsa, cuyo mihrab se encontraba en el eje de la Cúpula de la Roca antes de las modificaciones introducidas durante los siglos VIII y XI.

La gran mezquita de Damasco, que certifica la continuación de esta política de apropiación simbólica del espacio bajo el califato de al-Walid,  fue construida sobre la iglesia principal de la ciudad, dedicada a San Juan Bautista, la cual se erigió a su vez sobre el emplazamiento de un antiguo templo de Júpiter. Su planta, de tipo árabe, sus dimensiones y algunas de sus características morfológicas están relacionadas con el temenos del templo romano sobre el que se construyó. Dotada de un patio rodeado de pórticos, la sala de oración se compone de tres naves paralelas al muro de la qibla, cortadas por una nave axial en el eje del mihrab. La fachada de la sala de oración que da al patio, cuya doble elevación evoca los acueductos romanos, está decorada con magníficos mosaicos sobre fondo de oro. En ellos, edículos y palacios adornados con conchas proliferan en un paisaje exuberante, donde el volumen del follaje y los relieves están delicadamente reproducidos mediante degradados de colores. Este decorado sorprendente, cuyo significado es todavía objeto de discusión[5], se inscribe en la tradición de la Antigüedad tardía. También ahí, el dominio de la técnica del mosaico induce a pensar en la colaboración de artesanos cristianos en la obra.

Finalmente, la arquitectura civil es sin duda el mejor testimonio de la esencia del arte omeya y de sus fuentes. Conocemos poca cosa de los palacios urbanos de esta época, pero un grupo de edificios extra-urbanos, dispuestos a lo largo de las vías de intercambio, jalona el actual desierto sirio-jordano[6]. Su función sigue siendo objeto de debate: recintos agrícolas o lugares de vacaciones, esos edificios podrían dar fe del carácter itinerante de la corte omeya y de su voluntad de marcar este territorio recientemente conquistado con la huella visible de su autoridad. El decorado de los baños de Qusayr Amra, edificados por al-Walid, refuerza esta interpretación: en su ábside, un soberano musulmán que preside al estilo bizantino, se enfrenta a los soberanos vencidos, identificados mediante inscripciones griegas y árabes (el emperador bizantino, el rey visigodo, el emperador sasánida, el negus de Etiopía, el emperador de China y el khaqan turco). Filiación simbólica o representación imaginada de la grandeza del Islam, está claro que los modos de representación y las técnicas de realización de este decorado no marcan una ruptura con los períodos anteriores. Lo mismo puede decirse de los mosaicos y de los numerosos estucos de Khirbat al-Mafjar[7], donde se mezclan representaciones figurativas y vegetales en ocasiones muy próximas a las producciones palmirianas. También aquí, las diversas influencias son un testimonio de la participación de artesanos procedentes de diferentes regiones. Sólo el árabe, cada vez más frecuente en los decorados, y una cierta estilización incipiente contribuyen a distinguir el arte omeya del arte de la Antigüedad tardía[8].

En el 750, una revolución liderada por los abasíes –descendientes de Abbas, tío del Profeta– puso un final sangriento al califato omeya. Sólo un miembro de la familia escapó a la masacre y, gracias al apoyo de las tribus aliadas de su madre, logró refugiarse en España, donde sus descendientes resucitarían más tarde el califato omeya.

J. H.

Bibliografía

Bosworth, C.E., Les Dynasties musulmanes, Arles, Actes Sud, 1996, p.25-30.

Ettinghausen, R.; Grabar, O., The Art and Architecture of Islam: 650-1250, Londres, Yale University Press, 1994.

Grabar, O., The Shape of the Holy : Early Islamic Jerusalem, Princeton, Princeton University Press, 1996.

Grabar, O., La Formation de l’art Islamique, Paris, Flammarion, 2000.

Hawting, G.R., « Umayyade », in Encyclopédie de l’islam, t. X, p. 906-914.

Rosen-Ayalon, M., Art et archéologie islamique en Palestine, Paris, Presses universitaires de France, 2002.

Nota


[1] Partidarios de Alí, son los llamados shiíes.

[2] Suníes.

[3] Según la tradición, la primera reseña del Corán remonta al califato de Uthman (r. 644-656), quien envió un ejemplar del mismo a cada una de las grandes ciudades del imperio.

[4] Este viaje, llamado miraj, lleva al Profeta de La Meca a Jerusalén y después al Paraíso, donde contempla el rostro de Dios, y a los infiernos, sobre el lomo de un caballo alado, Buraq. No se sabe si esta asociación entre la roca y el miraj existía en la época de la construcción de la Cúpula.

[5] Ciertos investigadores vislumbran ahí una evocación del Paraíso.

[6] Entre ellos: el palacio de Mshatta (Jordania), cuya fachada se conserva en el Museo de Arte Islámico de Berlín, Qasr al-Kharana (Jordania), Qasr al-Khayr al-Gharbi (Siria, 724-727).

[7] Segundo cuarto del siglo VIII, reinado de al-Walid II, cerca de Jericó.

[8] Bol con decorado moldeado, Suse, siglo VII-VIII, París, Museo del Louvre, inv. MAO S. 376.



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