La obra del Imperio almohade ha marcado profundamente la historia y el arte del Occidente musulmán. Partiendo de un núcleo inicial en las zonas montañosas del Antiatlas y el Alto Atlas, el movimiento almohade llega a fundar el mayor imperio jamás conocido en la parte occidental de Dâr al-islâm, (tierra del Islam), de la Tripolitania al Atlántico, al-Andalus incluido.
La historia de los Almohades comienza con la predicación de Ibn Tûmart, jurista bereber originario de la tribu de los Hargha. Al sublevarse contra los almorávides e indignarse especialmente contra la influencia de los juristas (fuqahâ’) malekitas sobre el poder del soberano ‘Alî b. Yûsuf, Ibn Tûmart preconiza la reforma y profesa una nueva doctrina, el tawhîd (unitarismo). Esta nueva doctrina propone una síntesis de las aportaciones de un gran número de corrientes musulmanas, en particular el Ash’arimo y el Chiísmo y recomienda la vuelta a las fuentes fundamentales del derecho musulmán (el Corán y la Sunna) en lugar de recurrir a las compilaciones de jurisprudencia, práctica predominante entre los juristas malekitas. Después, Ibn Tûmart se autoproclama Mahdî (literalmente, «el bien guiado»), concepto tomado del Chiísmo, que implica el carácter mesiánico de su movimiento, y que le otorga la impecabilidad (‘isma) necesaria para legitimar su acción.
Gracias al apoyo de ciertas tribus de bereberes Masmûda, Ibn Tûmart se rodea de una primera comunidad de fieles, que se fija en el año 1124 en Tinmel. El movimiento almohade, dotado de una organización jerárquica inspirada en las tradiciones comunitarias bereberes, emprende así una larga pugna por el poder. Al morir Ibn Tûmart, en el año 1130, lega la dirección del movimiento a ‘Abd al-Mû’min, gran estratega y caudillo, artífice de la victoria almohade sobre los Almorávides. La caída de estos últimos con la toma de Marrakech en 1147, no supone el final de la conquista almohade que continúa con una lucha sin tregua contra numerosas insurrecciones, y sobre todo, con una expansión del Imperio hacia Ifrîqiya y al-Andalus. Al imponerse en los territorios conquistados, los Almohades, siguiendo el modelo de sus predecesores, luchan contra el avance cristiano y normando en Ifrîqiya y contra portugueses y castellanos en al-Andalus, objetivo fundamental. El triunfo almohade permite acabar con la primera y retrasar la segunda, en particular con el triunfo de Alarcos en 1195.
La magnitud del Imperio almohade no procede solamente de su amplia expansión geográfica. Respaldados por la legitimidad que les proporciona el «almohadismo», los soberanos almohades, empezando por ‘Abd al-Mû’min se autoproclaman califas, rompiendo de este modo con el reconocimiento nominal de la autoridad abasí que respetan los Almorávides. El poder califal reposa en una organización estatal jerarquizada y eficaz, donde los sayyid, miembros del clan mu’minide, y los ashyâkh, dignatarios de diferentes tribus almohades, ocupan un lugar privilegiado. El mensaje almohade se difunde gracias a un grupo de doctores, talaba o huffâz, encargados de iniciar a la población, en lengua bereber, en los fundamentos del dogma almohade. La moneda almohade, con su dinar doble y, sobre todo, con sus dirhams cuadrados, pone de manifiesto su deseo de ruptura con los modelos anteriores.
Gracias a su importante flota de guerra, los Almohades gobiernan en un territorio donde se desarrolla una gran actividad portuaria, sobre todo en Túnez, Bugía o Ceuta, incluso en el Atlántico. Los intercambios con el Occidente cristiano son continuos, a pesar del enfrentamiento militar en al-Andalus; y las relaciones diplomáticas, con Pisa o Génova, por ejemplo, aseguran las condiciones necesarias para el desarrollo de una actividad comercial que va cobrando una mayor importancia.
La fuerza del proyecto político y la capacidad de organización administrativa del régimen almohade favorecen los grandes programas de urbanización. Se construye una nueva ciudad palaciega, la Qasba, en la capital Marrakech. En Sevilla, sede andaluza de la autoridad califal almohade, también tienen lugar obras de gran envergadura en los espacios palaciegos (el qasr o Alcázar), y la construcción de una nueva mezquita de grandes dimensiones. Ribât al-Fath (que después se convertirá en Rabat) es el principal asentamiento de nueva creación almohade, iniciado por ‘Abd al-Mû’min y continuado por sus sucesores. Rabat, punto de encuentro de las armadas almohades en su marcha hacia al-Andalus, alberga la construcción de una gran mezquita que no se culmina, la mezquita Hasan, de dimensiones nunca igualadas en la historia del Occidente musulmán medieval. Muchas otras ciudades del Magreb y de al-Andalus, como Taza, Fez, Silves, Mértola, Siyâsa o Saltès aún conservan vestigios de una próspera vida urbana. El urbanismo almohade se caracteriza sobre todo por la importancia de los sistemas de fortificación urbana y un gran interés por la extensión de las zonas ajardinadas que rodean las ciudades gracias a la construcción de bahîra (jardines con enormes estanques) como se pueden apreciar en Marrakech, Fez o Sevilla.
La expresión artística es un sector privilegiado dentro de la ideología almohade. La herencia que nos han legado dentro del ámbito de la arquitectura religiosa es impresionante: entre ellos un gran número de lugares de culto de los que hay constancia en el Magreb y al-Andalus, muchas de las mezquitas almohades son auténticas obras de arte. Las encontramos en todas las capitales del Imperio: primero en Marrakech, con las dos Kutubiyya (1147 y 1158) y la mezquita de la Qasaba (hacia el 1197), después, en Sevilla, que, desde 1172 cuenta con una gran mezquita. Los dos nuevos asentamientos almohades, Taza y Rabat, están dotados cada uno de una gran mezquita, construidas respectivamente en 1135 y el 1196-1197, sin olvidarnos de Tinmel, núcleo principal del movimiento almohade, lugar donde se construyó una gran mezquita hacia el año 1153 en recuerdo de Mahdî Ibn Tûmart. Estas construcciones siguen un programa arquitectónico coherente y estudiado: las salas de oración se disponen en forma de T, heredado de los ejemplos clásicos de Medina, Córdoba o Kairuán. Las naves son perpendiculares al muro de la qibla, precedido de una larga nave trasversal, con una nave axial siempre mayor que las demás. Una serie de cúpulas, adornadas con motivos de muqarnas, otorgan importancia a las naves axial y transversal, y marcan los puntos de intersección entre las naves transversales y las longitudinales. El patio central (sahn) normalmente delimitado por la prolongación de las naves laterales y, por consiguiente, perfectamente integrado en el edificio, dota de equilibrio a la composición arquitectónica. El minarete es el elemento más emblemático de la estética de las mezquitas almohades. El cuerpo superior de los minaretes está decorado por una sucesión de diferentes motivos que unen las arcadas de formas variadas y de redes recticurvilineas que tienden a ocupar el lugar más importante en la parte superior del minarete almohade, como se puede observar en el de la mezquita de la Qasba, en Marrakech. La parte más alta de la torre también está rodeada de una banda de baldosas cerámicas colocadas sobre un paramento de madera.
Las portadas monumentales urbanas forman parte de los elementos arquitectónicos a los que los Almohades han prestado una atención especial. Se trata de un auténtico monumento cuadrado, que sobresale de las cortinas de las murallas, normalmente flanqueado por dos torres. El paso se realiza por una serie de salas o de espacios descubiertos normalmente repartidos sin orden aparente. Algunas portadas (Bâb al-Rwâh y la portada de los Udâya en Rabat y Bâb Agnâw en Marrakech) presentan una ornamentación elaborada que contrasta con la sobriedad habitual. En efecto, la estética almohade ha hecho una interpretación muy particular del ornamento: suele ser aireado, sobrio y, sin embargo, equilibrado. La austeridad de los Almohades es una reacción a la exuberancia de la decoración almorávide.
Por otro lado, las artes mobiliarias conocen un gran desarrollo durante el período almohade. Los tirâz, de los que encontramos numerosos ejemplos en la España cristiana, continúan la producción textil andaluza y no parece reflejar la austeridad de la decoración arquitectónica almohade. Entre los numerosos tipos de producción cerámica, el esgrafiado es, sin duda, el más característico, sobre todo en la parte oriental de al-Andalus donde se encuentran los ejemplares más bellos.
Víctimas de sus propias contradicciones y de la importancia creciente de sus competidores internos, el régimen almohade comienza a derrumbarse tras la derrota de las Navas de Tolosa (al-‘Uqâb, 1212). La conquista cristiana de al-Andalus se acelera y las principales ciudades musulmanas van cayendo una tras otra: Córdoba (1236), Valencia (1238), Murcia (1243), incluso Sevilla (1248). Sólo un enclave musulmán alrededor del reino de Granada se mantiene bajo los auspicios de la nueva dinastía nazarí. En el Magreb, el poder almohade, debilitado en el plano ideológico por la abolición del dogma de la infalibilidad de Mahdî a manos del califa al-Mâ’mûn en 1232, se enfrenta a la división inevitable de su Imperio, que se reparten a partir de entonces sus tres sucesores hafsidas, ‘abdelwadidas y marinidas.
Y. B.
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