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Qantara - El poder
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Qantara Qantara

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El poder

En Byzancio

El Imperio bizantino se sitúa en la más completa continuidad con el Imperio romano: hasta la caída del Imperio, el soberano se titula, tanto en todos sus actos como en las monedas, «emperador de los romanos». Para que se convierta en emperador, el ejército inviste al candidato en el momento del levantamiento sobre el pavés. A continuación, viene la aclamación popular: es el pueblo de Constantinopla, la ciudad de Constantino, fundador de la Nueva Roma, el que representa al pueblo romano. El nuevo emperador recibe, en general, su aclamación en el hipódromo de la capital, que reúne hasta 40.000 personas. Por último, el Senado ratifica esta decisión. En realidad, el Senado deja de jugar un papel que no sea intermitente como asamblea deliberante a partir del siglo VII: la presencia de senadores, título que ahora es más una calidad social que una función política, en el momento de la aclamación, sirve de aprobación que puede revestir diversas formas.

Con una excepción, todos los emperadores, desde Constantino hasta 1453, son cristianos. A la investidura terrestre viene a añadirse la investidura divina: si un emperador reina, es que Dios lo ha querido y el emperador es «el piadoso elegido de Dios». La forma en que Constantino autorizó, en el año 312, la práctica del cristianismo es, para los cristianos, a la vez una victoria y una sorpresa. Al convocar y presidir el concilio de Nicea (325) para intentar unificar a los cristianos tan divididos, el emperador ocupó, en realidad, la cabeza de la Iglesia. Sin desempeñar siempre un rol teológico, el emperador obtiene una situación particular: es «igual a los apóstoles», una especie de obispo de fuera; tiene el control de las circunscripciones eclesiásticas (obispados, arzobispados, metrópolis). Para los bizantinos, la ciudad terrestre en la que viven, el Imperio, es la imagen terrestre del reino de Dios. Al igual que hay un único Dios en este reino, hay un único emperador en la tierra, que ocupa el puesto de Dios en el reino celeste.

El emperador es, en su sentido original, el «teniente de Dios» en la tierra, lo que le confiere un formidable aumento de autoridad. Controla totalmente la jerarquía eclesiástica. El patriarca de Constantinopla se elige entre una lista de tres nombres, que el sínodo de Constantinopla presenta al emperador. Éste puede rechazar esta lista si su candidato no está presente, lo que es raro. En caso de conflicto, el emperador siempre sale ganador: encontrará un sínodo de complacencia para destituir formalmente al patriarca del que quiere separarse. Esta situación sólo se modifica bajo la última dinastía, la de los Paleólogos (1258-1453). Por una parte, el emperador queda debilitado a la vez que su imperio, situación todavía más agravada por múltiples y largas guerras civiles en el seno mismo de la familia imperial. Por otra parte, los monjes, reticentes desde siempre a obedecer a la jerarquía, ocupan una posición cada vez más importante y el emperador ya no puede imponer su voluntad, por ejemplo aceptar la unión con Roma con la esperanza de recibir auxilio militar de Occidente, única posibilidad de oponerse a la amenaza creciente y mortal de los otomanos.

Como Dios es libre de elegir a su teniente, ello deja espacio a las usurpaciones: si un usurpador tiene éxito, es decisión de Dios. Se plantea entonces un verdadero problema de sucesión. Se resuelve primero, en parte, por el sistema romano de la asociación al trono de aquél que el emperador reinante quiere que le suceda, por ejemplo su propio hijo. Poco a poco, se pone en marcha un sistema dinástico, que alcanza su apogeo con la dinastía de los Macedonios (867-1056) y la de los Comnenos (1081-1185). Incluso si brillantes generales consiguen, durante un tiempo, usurpar el poder aprovechándose de una minoría, se ven obligados a dejar reinar con ellos a los pequeños porfirogénetas, aquellos que nacieron en la Porfira, sala del palacio imperial pavimentada de mármol púrpura, o pórfido, reservada al parto de las emperatrices reinantes.

En principio, el emperador es pues el primero de los magistrados. Los funcionarios, que nombra él mismo, revocando a los más importantes, le obedecen por el único hecho de que es el emperador. Las órdenes se dan y transmiten por escrito, a menudo presentadas en los lugares de destino y leídas por los funcionarios, si se dirigen a la masa de la población que no sabe leer. El Imperio dispone de una administración comparativamente eficaz y numerosa, ya sea para llevar el registro de los soldados o centralizar en Constantinopla un catastro general que es la base del impuesto. Éste sirve, a su vez, además de las munificencias imperiales a menudo realizadas por las inmensas propiedades imperiales, para remunerar a soldados y funcionarios, así como altos dignatarios. Pero los dos se confunden, ya que una función se acompaña la mayoría de las veces de una dignidad.

No obstante, este sistema conoce una crisis a finales de la dinastía macedonia y en el intervalo que la separa del advenimiento de los Comnenos. Coincide con una brutal pérdida territorial tras la derrota contra los turcos (1071). Éstos ocupan una buena parte de Asia Menor, privando al Imperio de ingresos. Coincide también con la primera verdadera devaluación del símbolo más brillante del poder bizantino: el sou de oro (numisma), moneda de oro estable desde su creación por Constantino, más de siete siglos antes. Los Comnenos reorganizan el sistema político y administrativo en torno a su familia, mediante un sistema elaborado de alianzas matrimoniales en círculos concéntricos: la obediencia a la persona del emperador, por una fidelidad la mayoría de las veces familiar, prevalece ahora sobre la sumisión al magistrado. La personalidad del emperador se hace determinante. Cuando la familia imperial se divide o que el emperador reinante no está a la altura, como fue el caso bajo los Paleólogos, cuando por otra parte el territorio controlado se hace demasiado estrecho para proporcionar los medios financieros de gobernar, el poder imperial bizantino se desmorona y el Imperio termina por caer.

 

M. K.

En islam

El poder en islam emana teóricamente de Dios. Mahoma, como enviado de Dios y profeta de su ley sagrada, es el poseedor de un poder teocrático. Este poder es, a priori, espiritual y religioso, pero por la naturaleza moral y jurídica de numerosos versículos coránicos y hadiz, es la base de la autoridad política y militar en la comunidad de los creyentes (la umma). Los pactos de Áqaba y la «constitución» de Medina, acordados entre los medineses, los musulmanes mecanos y Mahoma son los actos creadores de esta umma, que reconocen al profeta como jefe político.

Mahoma mismo no organizó su sucesión y, al haberse proclamado «sello de los profetas», no podía ser sustituido por un nuevo profeta. A su muerte, los principales miembros de la comunidad eligen pues a su compañero más próximo, Abū Bakr (632-634), como jefe político de los musulmanes, con el título de «sucesor del enviado de Dios» (jalifa rasul Allah), es decir «califa». ‘Umar, segundo califa (634-644), añade el título de «príncipe de los creyentes» (amīr al-mu'minīn). Así, los cuatro primeros califas son elegidos por sus pares y dirigen a los musulmanes desde la capital, Medina.

A partir de esta época, aparece una oposición fundamental entre dos concepciones del poder. Una basa la autoridad en la herencia del profeta y considera que sólo los descendientes de Alí, yerno de Mahoma, tienen legitimidad para dirigir el dar al-Islam: sus partidarios son los chiítas. Según la otra, el poseedor del poder califal debe ser el más digno de los musulmanes y debería, en principio, ser elegido por la comunidad: es la concepción que adoptarán los suníes.

A raíz de una guerra civil, los partidarios de Alí, cuarto califa (656-661), abandonan el poder a los omeyas, favorables a la idea de un califa elegido por la comunidad gracias a sus competencias y su dignidad. Éstos respetan pues, teóricamente, el principio electivo (validado por el sermón de investidura o bay‘a), pero imponen de hecho el principio hereditario, creando la primera dinastía musulmana (661-750). Damasco, su capital, se convierte en el centro del poder en el imperio arabo-musulmán.

En el momento de su llegada al poder, los califas abasíes (750-1258) mantienen el principio dinástico, pero lo relacionan con la pertenencia a la familia del profeta, sin ser chiítas. Efectivamente, son miembros de la familia de Mahoma, pero no descienden de Alí. El soberano reside entonces en Bagdad (o en Samarra en el siglo IX), en un palacio (dar al-salam) donde, sentado en un sofá escondido por una cortina, hace gala de los atributos de la autoridad califal: la vara, el manto del profeta, el sable y el Corán de ‘Uthmān (‘Uthmān es el tercer califa de 644 a 656, que organizó la redacción del Corán de referencia para los suníes). Lleva un traje negro y un turbante alto. El palacio es el centro del poder y la fastuosidad de su corte, la expresión de su supremacía.

Fundamentalmente, el califa es el protector del islam como religión y como comunidad. A este título, es la fuente teórica de todos los poderes. Para los suníes, el califa debe preservar la Ley revelada al profeta y su principal papel religioso, como imam, consiste pues en impedir las innovaciones o bid‘a. Por tanto, en principio no tiene ningún poder legislativo, ya que sólo Dios revela la ley. Según los chiítas, el imam es, por el contrario, «autor» de la Ley por su ascendencia profética. Como jefe militar, el califa debe declarar la guerra santa (yihad) y dirigirla contra los infieles o los malos musulmanes. También tiene el deber de defender a la comunidad contra las agresiones exteriores. El califa es, además, el garante de la justicia en su imperio, de modo que debe juzgar y arbitrar entre sus súbditos. Para llevar a cabo correctamente su política, el califa organiza la justicia y la administración, además de percibir los impuestos de todo el imperio.

Para ello, delega sus poderes, enviando a algunos individuos un diploma de investidura, un vestido de honor y diferentes regalos. Así, nombra a los jueces (cadí), encargados de hacer justicia en las provincias del imperio. Designa también a gobernadores (wālī o amīr) en las provincias, encargados de mantener la seguridad y secundados por perceptores de impuestos (‘âmil). En la capital, la administración se centraliza en torno a oficinas (dīwān) dirigidas por el visir (wazīr) y diferentes altos funcionarios, como el chambelán (hâjib).

En el conjunto del imperio, la autoridad del califa se realiza mediante la inscripción de su nombre en las monedas y los tiraz, así como mediante la afirmación de su soberanía en el sermón del viernes, en la gran mezquita de cada ciudad. Pero, a veces, esta autoridad sólo es nominal. En un imperio tan vasto, la tendencia de la autonomía de los gobernadores provinciales fue constante y se desarrolló particularmente a partir del siglo IX. A estas fuerzas centrífugas se añadió entonces la explosión de la unidad de la comunidad, cuando dos nuevas dinastías reivindicaron el califato: los fatimíes, chiítas (909-1171), y los omeyas de Córdoba (929-1031). Otras dinastías reivindicaron posteriormente el califato: los almohades, los mariníes y los hafsíes. Aunque los califas siguieron conservando su autoridad religiosa y doctrinal, su poder se vio todavía más debilitado por la delegación de las demás funciones a generales de diferentes dinastías persas y turcas, llamados grandes emires (amīr al-umarā’) a partir de 932 y, posteriormente, sultanes (título tomado por los turcos selyúcidas a partir de 1058 y, a continuación, por varias dinastías), o a dinastías de otros altos dignatarios (como los amiridas en el califato de Córdoba). Este período de los siglos X-XI marca pues una ruptura fundamental con el paso del poder de las manos de civiles árabes que pertenecían a la familia del profeta a no árabes provenientes, la mayoría de las veces, de la casta militar. El sultanato se convirtió entonces en la principal institución poseedora del poder político, aunque emanase teóricamente del califa. Así, tras la caída del califato de Bagdad en 1258, bajo el sultanato mameluco (1250-1517), el califa abasí de El Cairo ya no era un fantoche, mientras que el sultán, designado entre sus pares, es decir los oficiales del cuerpo de esclavos soldados mamelucos, dirigía realmente el imperio (cuando él mismo no era un fantoche bajo la autoridad de un gran emir). Entonces, era el sultán el que reinaba y nombraba a sus representantes en las provincias. Bajo los mamelucos, el poder se confiaba pues a un grupo de esclavos militares liberados (en general turcos o circasianos), que dominaban todo Oriente Próximo. Los sultanes otomanos, que controlaban los Balcanes y Anatolia, mantuvieron por el contrario al príncipe dinástico. Cuando en 1517, éstos provocaron la abdicación del califa abasí de El Cairo, parece que no reivindicaron inmediatamente su título, pero se presentaban en el siglo XIX como poseedores del califato, hasta su supresión por Mustafa Kemal Atatürk en 1924.

C. O.

Bibliografía

En islam

Bosworth, C.E., Kramers, J.H., Schumann, O., « Sultân », Encyclopédie de l’Islam, 2e édition, IX, p.884-889

Garcin, J.Cl. (dir.), Etats, sociétés et cultures du monde musulman médiéval, Xe-XVe siècle, 3 tomes, Nouvelle Clio, PUF, Paris, 1995-2000

Sourdel, J. et D., Dictionnaire historique de l’Islam, PUF, Paris, 1996

Sourdel, J. et D., La civilisation de l’Islam classique, Paris, 1968

Sourdel, D., Lambton, A.K.S, de Jong, F., Holt, P.M., « Khalîfa », Encyclopédie de l’Islam, 2e édition, IV, p.970-985



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