A partir de los primeros siglos de la era cristiana y antes incluso del reconocimiento oficial del cristianismo como única religión del Imperio bizantino en el siglo IV, los cristianos decoraban los edificios culturales y las tumbas con representaciones figuradas de Cristo, la Virgen y otros personajes santos. Se utilizaron ampliamente y se convirtieron en objetos de devoción pública y privada, ya que para los bizantinos las imágenes eran la reproducción fiel de la persona que representaban. Como retrato exacto del modelo, la imagen contenía una parte de éste y aseguraba al fiel su presencia protectora inalterable. Progresivamente, la imagen adquirió en los bizantinos el mismo poder milagroso que su prototipo, de manera que la distinción entre la veneración procurada a la imagen y el culto por su prototipo era cada vez más difícil. La importancia de cada representación figurada y su poder de persuasión sobre lo que representa hizo del culto de las imágenes un elemento esencial del cristianismo bizantino.
A partir de la segunda mitad del siglo VI, la veneración de las imágenes alcanzó una fuerza destacable, debida en particular a la adoración de algunas imágenes de origen milagroso, llamadas acheiropoietas (acheiropoieta en singular), es decir «no hechas de mano del hombre». Dotadas de cualidades apotropaicas y curativas, las imágenes protegían y castigaban, sufrían, sangraban y hablaban, pero tomaron también una parte activa en los acontecimientos políticos y militares del Imperio, como el Mandylion (tela con la huella de la cara de Cristo) enviado al rey de Edesa, Abgar, que habría salvado la ciudad durante el asedio de los persas en el año 554, o el icono de la Virgen que el patriarca paseaba en las murallas de la ciudad de Constantinopla durante el asedio de los ávaros en 626 y el de los árabes en 717.
Los signos de superstición y de desviación del culto de los iconos, así como la hostilidad de los judíos y los árabes, pueblos de tradición puramente anicónica, contribuyeron a la controversia y fueron una de las razones que llevaron a los cristianos a la gran lucha iconoclasta, durante la que se prohibió cualquier representación de personaje sagrado. Sin embargo, la crisis iconoclasta sólo reforzó el culto de las imágenes y el poder de los monasterios.
Aparte del significado y la simbología que revestía una representación figurada en los bizantinos, su ejecución desempeñaba también un papel importante. Cualquier personaje representado siempre era el centro de interés de cualquier composición, sin que los artistas bizantinos dejaran ningún detalle al azar. Éstos últimos, tras haber ejecutado el dibujo preparatorio de la composición y terminado el conjunto del fondo, emprenden la ejecución de las figuras. Trazadas primero con color ocre, se dibujan a continuación con pincel fino, antes de colorearse. Los trazos de la cara, los detalles significativos y los últimos acabados en cada personaje los ejecuta a menudo, con gran cuidado, el mejor artista o el maestro responsable del equipo. Ello demuestra que la calidad de ejecución de los personajes sagrados importaba mucho en el arte bizantino, ya que la imagen debía ser el retrato exacto del modelo, asegurando así al fiel su presencia protectora inmutable.
La iconografía de los personajes sagrados, al haber sido fijada definitivamente en el siglo VI, aporta una identidad visual a cada personaje sagrado, aunque ésta sólo sea convencional, ya que no corresponde a ningún modelo verdadero. Las actitudes y posturas de cada personaje, fuertemente inspiradas de la tradición antigua, se modifican de una época a otra y reflejan las preocupaciones dogmáticas y espirituales, así como la evolución de toda la sociedad. Tras el final de la iconoclasia, las formas anatómicas voluminosas, los drapeados amplios y rítmicos, además de las actitudes fijas de la época paleocristiana, dejaron sitio a un estilo más abstracto y lineal, donde la esquematización de las formas, las siluetas alargadas y desnudas de volumen y la expresión extasiada de los ojos traducen los principios fundamentales de la estética bizantina y su voluntad por representar la esencia de las cosas, más que su realidad material o su apariencia. Esta nueva concepción del arte dota a las representaciones figuradas de una alta espiritualidad y un estilo ascético e irreal, que a través del tiempo y, en particular, a finales del siglo XII, tiende hacia el manierismo y la exageración: formas desmesuradamente alargadas, trazado gráfico, posturas en contrapposto, trazos afinados y expresividad de la mirada. Habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIII y el Renacimiento de los Paleólogos para encontrar de nuevo un interés por los modelos antiguos y la vuelta a las formas amplias y voluminosas, con trazos alargados y modelado pictórico. La búsqueda de espiritualidad no se detiene, pero los personajes ocupan más el espacio y se animan en actitudes amplias y posturas extravagantes.
E. Y.
La opinión según la cual el arte islámico es anicónico se extiende en Occidente y Oriente, pero es errónea, de manera que debe matizarse. En el islam, más que el arte, es la adoración de las imágenes la que está prohibida.
Si la ausencia de imágenes en los edificios religiosos es casi constante, no ocurre lo mismo para el arte profano. Los vestigios de los castillos omeyas (Mushatta, Khirbat al-Mafjar, Qasr al-Hayr al-Gharbi, Qusayr Amra) e incluso abasíes (harem del Dar al-Khalifa) ofrecen un repertorio figurativo heredado de la Antigüedad y, a partir de mediados del siglo IX, junto a los motivos geométricos, vegetales y epigráficos, se encuentran animales y personajes, representados sin sombra, en un estilo que subraya su ausencia de vida.
En el arte islámico, es sobre todo la gloria del soberano la que se ilustra. Solo, de pie en un pedestal, está menudo sentado en un estrado bajo o incluso un trono. La cara principesca se idealizó hasta el siglo XV y se transformó, bajo la influencia europea, en verdadero retrato. Mehmet Fatih, pintado por los artistas otomanos o por Gentile Bellini, siempre es reconocible.
El soberano aparece en ocupaciones que atañen a su cargo, como la guerra o la diplomacia. La caza, ilustrada en los tratados de furusiyya en la época mameluca, termina con un banquete en música y danza, ilustrado por un único personaje o por todo un ciclo, donde puede aparecer el príncipe en trono, sus dignatarios, una escena de caza y festejos. Si bien el músico puede figurar solo, a menudo es una pequeña orquesta que acompaña una recepción.
La danza, presente en los muros de los edificios omeyas, reviste varios aspectos, por ejemplo la de los pañuelos, representada en el siglo XII. Existen otros divertimentos, por ejemplo juegos como el polo, transmitido al mundo árabe a partir del siglo IX y más tarde a Europa, que aparece a menudo en objetos mamelucos, o el juego de ajedrez, ilustrado en el Libro de los Juegos de Alfonso X, donde se afrontan un musulmán y un cristiano. Pero el arte islámico se interesa por las clases menos privilegiadas y los grandes acontecimientos humanos personales, las escenas de la vida ciudadana, rural y nómada constituyen temas ampliamente tratados. Los Maqāmāt de al-Harīrī (Irak, 1225-1235 y 1237 cuentan entre las obras ilustradas más ricamente. Tratadas con colores y humor, los personajes sorprendidos en vivo tienen aspectos típicos (nariz pronunciada, mímicas, juego de miradas y manos). En el episodio del nacimiento, una mujer se apoya en dos sirvientas, mientras que en la primera planta, el padre, inquieto, se tira de la barba. La vida social también se evoca: escuela primaria, caravansarays, mercado de esclavos, taberna.
La vida nómada es un tema favorito y la vida rústica se ilustra en la botella de la Fundación Furusiyya. La vida religiosa no se olvida: vida en la mezquita, khutba del viernes, Ka’ba. Los cristianos también aparecen: Cristo ilumina un casco de cerámica fatimí; una serie de metales ayyubíes presenta escenas cristianas, por ejemplo la cantimplora de Washington donde se figura, entre otras cosas, la entrada de Cristo a Jerusalén, que se encuentra en un vaso de Baltimore. Hay otro ámbito en el que la representación figurada desempeña un papel preponderante: la ilustración de obras literarias. Las novelas de amor inspiraron a los pintores. Llaman la atención dos obras del siglo XIII, una de la Turquía selyúcida, la Novela de Warqah y Gulshâh, otra de Marruecos o al-Andalus, la Novela de Bayâd y Riyâd, único manuscrito del género que haya llegado del Mediterráneo occidental.
Las fábulas más famosas son las de Kalila y Dimna, redactadas según un original sánscrito del siglo VIII. A partir de principios del siglo XIV en Francia, se regaló una traducción latina a Felipe el Hermoso; y ya sabemos el provecho que sacó de ella Jean de Lafontaine. El manuscrito más antiguo que nos haya llegado es característico de la escuela «árabe»: marco estilizado, personajes rígidos, situaciones llenas de humor.
En el género de las Maravillas (mirabilia), la obra más importante fue redactada en el siglo XIII por al-Qazwini, (Las Maravillas de las cosas creadas y las curiosidades de las cosas existentes). Aquí se ilustran creaciones divinas, extrañezas, curiosidades, temas celestes, terrestres y marinos. De otro género literario es el Mukhtâr al-Hikam wa mahâsin al-Kalim – Las mejores sentencias y los refranes más preciados. La obra, que relata la vida de los sabios griegos, comporta catorce miniaturas y un doble frontispicio donde se mezclan influencias bizantinas y sentido del diálogo a lo árabe.
La figuración aparece también en el ámbito científico. La astronomía se estudió en Bagdad a partir del siglo IX y en el más antiguo manuscrito conservado del Catálogo de las estrellas fijas – según el Almagesto de Tolomeo – las figuras de las constelaciones son más sencillas que sus antepasados clásicos y tratadas a la oriental. La astrología desempeñaba un papel importante en la vida oficial y privada; los tratados determinaban el carácter y el destino de los nativos, según su signo.
Se sabe la importancia de la medicina en el mundo islámico. Las investigaciones de los médicos desembocaron en la redacción de obras, algunas de las cuales (Tratado de cirugía de al-Zahrâwî o «Abulcasis», a principios del siglo XI; Canon de Ibn Sina o «Avicenas» 980-1037), permanecieron en boga en Europa hasta el siglo XVIII.->.
Se encuentran también obras de farmacopea ilustradas, como el Kitâb al-Dyriaq (Libro de los Antídotos), escrito según Galeano en 1199, que trata los remedios contra las mordeduras de serpiente. Junto a los grabados bizantinizantes, otros son de un estilo que evoca el del Warqa y Gulshâh y de cerámicas iraníes. El De Materia Medica de Dioscórides, tratado de ciencias naturales, el más antiguo herbario pintado enteramente llegado hasta nosotros, a menudo está ilustrado. Un ejemplar en griego de finales del siglo VIII, realizado en la zona egipcio-palestina, presenta ilustraciones cercanas a traducciones árabes.
Obra de un género diferente, el Libro del conocimiento de los procedimientos mecánicos, redactado a principios del siglo XIII por al-Jazarī, describe la construcción y el mecanismo de cincuenta máquinas. Entre las ilustraciones, muy coloridas, un barco mecánico acoge a bebedores y músicos que levantan sus vasos a la salud del príncipe, sentado en un trono, en un pabellón.
Aunque Dios no puede representarse, los seres de lo invisible (ángeles, demonios) sí. Los ángeles alados con caras graciosas son los guardianes del trono divino y mensajeros de Dios. Es uno de ellos quien, en el Corán, anuncia a María el nacimiento de Jesús; la escena aparece en un estanque ayyubí. El arcángel Isrâfîl anuncia el Juicio Final: una página del siglo XIV, de composición monumental y dinámica, ilustra este momento. El arte islámico representa también a los profetas de antes del islam, a María e incluso a Mahoma. Una página del Jami’ al-Tawarikh – Compendio de crónicas (siglo XIV, Tabriz) muestra a Jonás salido del vientre del pez. Adán y Eva expulsados del Paraíso son pintados varias veces. En una página de un Qisas al-Anbiya’, se muestran en llantos, con el cráneo afeitado, vestidos de blanco, llevados fuera del jardín por el pavo real y la serpiente. Más a menudo, en un taparrabos de hojas de higuera, son expulsados por los ángeles, el pavo real, la serpiente, Iblis y el dragón. La ascensión de Jesús al Paraíso se ilustra en algunos manuscritos, al igual que para el viaje nocturno de Mahoma, al que se han dedicado obras específicas, las Mi’râjnama.
M.B-T
[1] Pero no es raro ver, esculpido en la piedra de madrasa selyúcida en Anatolia, animales vinculados con antiguas tradiciones turcas (dragones, águilas): Divrigi, Döner Kümbet en Kayseri, Yakutiyr madrasa y Cifte Minare madrasa de Erzerum.
[2] El atribuido a Sinan Bey, artista de la corte de Mehmet II.
[3] Por ej., en el Süleymanname de Arifi, Estambul, 1558, Biblioteca de Topkapi Sarayi Müzesi, H. 1517): asedio de Belgrado (fol. 108b-109b), batalla de Mohacs (fol. 219b-220a).
[4] Süleymanname, op.cit., Recepción de Barbarroja, el gran corsario de Argel, fol.360a.
[5] Por ej. copa con bebedor, firmada Ja’far, cerámica lustrada, Egipto, s. XI, El Cairo, museo de arte islámico, inv. 13478.
[6] Copa con bailarina, Egipto, s. XI, cerámica lustrada, Washington, Freer Gallery of Art, inv. 46.30.
[7] Pebetero, Egipto, 2a mitad s. XIII, aleación de cobre incrustada de plata, El Cairo, museo de arte islámico, inv. 15107.
[8] Liber de Ajedrex, 1283, Madrid, Biblioteca Monasterio de El Escorial, Ms. T.I.6.
[9] Al-Maqāmāt de al Harīrī, San Petersburgo, Instituto Oriental de la Academia de las Ciencias, Ms.s.23.
[10] Al- Maqāmāt de al Harīrī, 1237, por Yahya ibn Mahmud ibn Yahya ibn Abi’l Hasan Kuwarriha al-Wasiti, París, Biblioteca Nacional de Francia, Arabe 5847.
[11] Furusiyya Art Foundation, Vaduz, Liechtenstein, cf. cat. exp. Glass of the Sultans, The Metropolitan Museum of art, New York , 2001, p. 242-245.
[12] El Cairo, Museo de Arte Islámico, inv. 5397/1.
[13] Freer Gallery of Art, n° 4410. La misma escena, menos desarrollada, aparece también en el estanque a nombre de al-Malik al-Salih Najm al-din Ayyub, del mismo museo, n° 5510.
[14] Dos vasos, Siria, v. 1260, vidrio soplado con decoración esmaltada y dorada, Baltimore, The Walters Art Museum, inv. 47.17 et 47.18
[15] El libro de Kalila y Dimna, traducción latina, s. LIV, París, Biblioteca Nacional de Francia, Latin 8504.
[16] Realizado en Siria hacia 1200-1220, París, Biblioteca Nacional de Francia, Arabe 3465.
[17] Cuya iconografía se retoma en un manuscrito cristiano, conservado en la biblioteca del monasterio de Balamand (Líbano, Ms.n°147(6)): ver la escena del sueño del rey de las Indias.
[18] Realizado quizás en Siria en el siglo XIII, Estambul, Topkapi Sarayi Müzesi, Ahmet III, 3206.
[19] 1009, Oxford, Bodleian Library, Marsh 144.
[20] Por ej. Libro de las natividades, de Abu Masar Al-Balji, Egipto, s. XV, París, Biblioteca Nacional de Francia, Ms arabe 2583.
[21] En Francia, en el s. XIV, Guy de Chauliac cita, en su gran tratado de cirugía, todos los préstamos hechos a sus predecesores (Galeno, Avicenas, Abulcasis), mientras que, en el s. XVI, Ambroise Paré no cita a nadie.
[22] París, Biblioteca Nacional de Francia, Manuscritos orientales, arabe 2964. El colofón indica los nombres del calígrafo, Muhammad ibn Abî-l-Fath, y del dedicatario, Abû’l Fath Mahmûd.
[23] París, Biblioteca Nacional de Francia, Grec 2179. La encuadernación, de marroquín negro, contiene las armas y la cifra de Enrique II y Catalina de Médici. Las traducciones en latín y árabe del nombre de varias plantas muestran su utilización en diversos contextos.
[24] Copia realizada en Siria, 1315, por Farurukh ibn ‘Abd al-Latif, Washington D.C., Freer Gallery of Art, n° 30-73 r°.
[25] Cor. XXXV, 1. Según la interpretación dada a este versículo, los «Ángeles están dotados de alas por dos, tres o cuatro», lo que remite a la imagen dada de los serafines en la Biblia (Ezequiel, I, 6; Isaías, VI, 2). El Corán cita también diecinueve arcángeles que velan el fuego eterno (la Saqar).
[26] Washington D.C., Freer Gallery of Art, n° 5510, en uno de los medallones del registro superior.
[27] ‘Ajâ’ib al-Makhlûqât d’al-Qazwînî, Washington D.C., Freer Gallery of Art, n° 54.51 v°.
[28] Dublín, Chester Beatty Library, Ms. Pers. 231, fol. 13b.
[29] Por ej. página de un Qisas al-Anbiya de 1575-1576, Estambul, Topkapi Sarayi Kütüphanesi, B250, fol. 36a.
[30] Como en el Zübdetü’t Tevarih de Lokman, Estambul, 1583, Estambul, Türk ve Islam Müzesi, n°1973, fol. 18b.
[31] Por ej. París, Biblioteca Nacional de Francia, Mss. Or., Suppl. Turc 190.
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