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La cerámica lustrada

En el Mediterráneo

La técnica del lustre es desconocida en Bizancio. Sin embargo, existe en Corinto una producción de vajilla, datada de finales del siglo XI, que mantiene sorprendentes analogías con las lozas islámicas pintadas con lustre metálico, algunas de las cuales se encontraron en el yacimiento mismo, así como en Atenas. Uno de los recipientes corintios parece ser la copia de una copa fatimí egipcia, por lo flagrantes que son los parecidos entre ambos. Pero si el alfarero bizantino quiso imitar las fabricaciones egipcias, lo ignoraba todo sobre los medios técnicos empleados para tal realización. El esmalte, un vidriado plomífero opacificado con estaño, y el lustre le eran desconocidos, de modo que recurrió a otros medios para acercarse lo más posible al efecto deseado, es decir un engobe blanco cubierto de un vidriado plomífero incoloro para simular el esmalte opaco y un engobe teñido de rojo para reflejar el lustre. Estos objetos son raros en la producción de vajilla en Bizancio.

El lustre metálico es una invención fundamental de los artesanos musulmanes. Se trata de una técnica de decoración que permite hacer penetrar, en la superficie de un vidrio o una cerámica, una fina capa de metal, proporcionando a la pieza reflejos tornasolados.

Los orígenes de esta técnica suscitaron numerosas polémicas. El más antiguo objeto lustrado que se pueda datar es un vaso de vidrio encontrado en Fustat (El Cairo), que lleva el nombre de ‘Abd al-Samad ibn Alī, gobernador de Egipto en el año 773. No obstante, fue en Irak, en el siglo IX, cuando por primera vez los alfareros consiguieron aplicar esta técnica en cerámica. Podría ser, entonces, que los alfareros mesopotámicos transpusieran a la loza un procedimiento practicado por los vidrieros egipcios.

Técnica

La técnica del lustre metálico, compleja y costosa, sólo se practicó en los grandes centros urbanos. Era un secreto de taller, que garantizaba a quien lo poseía un monopolio lucrativo. Sin embargo, poseemos un testimonio histórico valioso, un tratado escrito hacia 1300 por un tal Abu l-Qasim, heredero de una célebre familia de alfareros e historiador de la corte mongola en Tabriz (Irán). La obra dedicada a las piedras preciosas, los perfumes y otras sustancias posee un apéndice sobre la cerámica, que describe el proceso del lustre.

El objeto pasa por dos cocciones. La primera, en atmósfera oxidante, permite cocer la pasta y el vidriado que la recubre (hacia 900/1000°C). Tras enfriamiento, la decoración se pinta con una mezcla que contiene óxidos de plata y/o cobre previamente triturados, calentados con azufre, mezclados con ocre y diluidos con vinagre. A continuación, se vuelve a poner la pieza en el horno durante 72 horas, a una temperatura inferior a la de la primera cocción (600/700°C) y en atmósfera reductora, es decir empobrecida en oxígeno. Los óxidos de plata y cobre se reducen en láminas de metal puro, que se integran al vidriado reblandecido bajo el efecto del calor. Por último, se lava la pieza con agua y, en su superficie, aparece la decoración con lustre metálico, imperceptible al tacto.

En los primeros tiempos del islam, las pastas utilizadas son arcillosas. Para obtener una superficie propicia a recibir una decoración, los alfareros recubrieron estas pastas con vidriados opacos, generalmente blancos pero que también podían teñirse. Es la invención de la loza. A partir del siglo XII, Siria e Irán utilizan una pasta silícea, lo suficientemente lisa y blanca tras la cocción para recibir un vidriado transparente, teñido o no. Apuntemos, sin embargo, que las cerámicas lustradas producidas en España siguen siendo loza.

Las tonalidades del lustre varían en función de la naturaleza de los metales utilizados y de sus proporciones respectivas. Parece que las cerámicas lustradas más antiguas sean policromas: los colores van del negro cobrizo al amarillo oro, tirando a veces hacia el verde y pudiendo alcanzar también tonos rojo rubí sorprendentes. En la segunda mitad del siglo IX, predominan la bicromía (amarillo anaranjado y marrón rojizo) y, después, progresivamente, la monocromía (amarillo oro, verdoso, marrón cobrizo).

Como hemos dicho, el secreto se mantenía celosamente. Además, y contrariamente a otras técnicas, la observación de las piezas lustradas no permite adivinar la forma en que se han realizado. ¿Cómo se puede explicar, entonces, que la técnica se propagase rápidamente a ciudades tan alejadas unas de otras como Málaga, El Cairo o Kashan?

Difusión en el Mediterráneo

A lo largo de su historia, la técnica del lustre metálico aparece de forma esporádica en diversos lugares del mundo musulmán: en general, cuando la producción de una región se debilita y, a continuación, se termina, otra región retoma y desarrolla el procedimiento. Se pueden aportar varias explicaciones a este fenómeno. Los especialistas piensan que los disturbios sociales, económicos o políticos que han jalonado la historia suscitaron migraciones de artistas, llevándose con ellos sus conocimientos. Asimismo, puede ser que los maestros que poseían el secreto de la técnica se desplazasen en función de las ofertas de mecenazgo que se les hacían, como los sabios de la Edad Media. Intervenían así, puntualmente, en talleres donde se practicaban otras técnicas de cerámica, transmitiendo su saber.

El más antiguo testimonio que tengamos de una producción lustrada, en la cuenca mediterránea, se encuentra en la Gran Mezquita de Kairuán, en Túnez, cuyo mihrâb está adornado con 139 azulejos de cerámica lustrada, policromos y monocromos. Un texto del siglo XI nos cuenta que «un hombre de Bagdad fabricó los azulejos en el año 862». ¿Los azulejos fueron importados directamente de la capital iraquí? ¿O bien el «hombre de Bagdad» vino a trabajar a Kairuán, trayendo su saber? Actualmente, se piensa que los azulejos policromos – de los que existen paralelos sorprendentes en la cerámica de Samarra contemporánea – fueron importados de Irak, pero que los azulejos monocromos son probablemente una fabricación local. Las excavaciones del Qasr al-Sahn (Alcázar de la corte) reforzaron la hipótesis de una producción lustrada autóctona, a partir de la época aglabí (800-909): se han exhumado azulejos, así como una copa con decoración lustrada y verde oscuro, cuyos motivos y estilo se diferencian claramente de las creaciones mesopotámicas contemporáneas.

Esta tradición de los azulejos lustrados se encuentra en Argelia, donde se descubrió un conjunto de cruces y estrellas de cerámica lustrada, que debían adornar los muros de un palacio de la Qala de los Banū Hammad, en el siglo XI. ¿Estos azulejos se produjeron in situ o se importaron? La cuestión sigue abierta.

Uno de los más bellos periodos de la cerámica lustrada en el Mediterráneo se sitúa en Egipto, durante el reino de la dinastía fatimí (969-1171). Las piezas destacables que se produjeron entonces se distinguen por una iconografía animada de una gran fantasía: un guepardo y su guardián, una jirafa llevada en procesión, todo tipo de animales fantásticos, como grifos o harpías, o incluso los placeres del príncipe (caza, juegos, banquete, música, danza…). Algunas están firmadas – Muslim, S‘ad e Ibrahim son los más conocidos – sin que se sepa si estos nombres corresponden a artistas o a talleres. La mayoría de las piezas están pintadas sobre fondo crema, pero algunos ejemplos raros muestran un fondo turquesa, o incluso verde o malva. Aunque ninguna de estas cerámicas esté datada, es posible esbozar una evolución en esta producción. Al principio del periodo, la pasta es arcillosa y el vidriado opaco. Los motivos lustrados – animales y personajes esencialmente – se valorizan con un anillo en reserva. El fondo está completamente adornado con cartones de formas variadas, repletos de ocelos o vermiculados. En la periferia de la decoración, un ribete liso, a veces festoneado, cierra la composición. En la parte posterior de las piezas, están pintados círculos que contienen plumeados o incluso combinaciones de puntos, considerados a veces como marcas de talleres. Una pequeña serie, datable de principios del siglo XI, presenta decoraciones en reserva sobre fondo lustrado. Los temas, anecdóticos (combate de gallos, luchadores, mujeres laudistas…), se tratan con humor sobre un fondo de ramas flexibles con anchas eflorescencias, provenientes del borde de la pieza. A partir de la segunda mitad del siglo XI, la pasta se afina, los fondos son cada vez más amplios y las decoraciones aireadas. Es la época del alfarero S‘ad, autor de una fuente famosa que figura un personaje encapuchado y que lleva un incensario, a menudo interpretado como un monje copto. Este objeto, así como un bellísimo casco del museo de El Cairo adornado de un Cristo bendiciendo, muestra que un artista musulmán podía adaptarse a los pedidos de una clientela acomodada, independientemente de la confesión de la misma.

En la segunda mitad del siglo XII, a raíz de disturbios económicos y políticos en Egipto, la producción de cerámica de prestigio se desplaza a Siria del Norte. La región hereda, a la vez, del secreto de la técnica del lustre egipcio y de la pasta silícea, puesta a punto en Oriente. Se crea así una pequeña serie, llamada «de Tell Minis» por el lugar de hallazgo de varias piezas. La forma más característica es una copa troncocónica sobre base anular. Los motivos – símbolos astrológicos, animales, flores estilizadas con pétalos radiantes... – destacan en lustre sobre vidriado blanco o teñido (azul turquesa, cobalto, a veces incluso berenjena). Contrariamente a las cerámicas lustradas abasíes y fatimíes, los fondos son despejados. La mayoría de las veces, un ribete liso delimita los labios de la pieza.

Algunas décadas más tarde, en la región de Raqqah/Balis-Meskeneh (Siria del Norte), emerge una producción nueva: piezas lustradas de una tonalidad chocolate característica, a menudo realzadas de azul y a veces adornadas con una decoración en relieve. El vidriado, ahora alcalino y transparente, lleva frecuentemente marcas de irisación y forma, al nivel de la base de los objetos, rebabas espesas y ligeramente verdosas. Las formas – grandes jarrones con panza ovoide, albarelos, recipientes con asas retorcidas, pequeños expositores, vasijas con paredes acampanadas – son, al mismo tiempo, elegantes y vigorosamente modeladas. Las superficies se adornan con fórmulas de deseos caligrafiadas, potentes arabescos, palmetas y florones trilobulados. Las decoraciones figurativas son excepcionales.

En la misma época, en Anatolia central, los selyúcidas de Rum (1077-1307) revisten sus palacios con cruces y estrellas de cerámica. En la mayoría de los yacimientos importantes, especialmente en el palacio de verano de Kubâdâbâd, cerca de Beyshehir, se descubrieron azulejos con reflejos metálicos pero en cantidad limitada. Esta rareza relativa, asociada a la ausencia de piezas de forma con decoración lustrada de las que se pueda certificar la proveniencia anatolia, hizo dudar del origen de los artesanos que produjeron estos azulejos. Los temas tratados se parecen, en parte, a lo que se encuentra en Irán o Siria en la misma época: personajes nimbados con caras redondas y rasgos menudos, a veces cubiertos con sharbush turco, a menudo sentados y con una fruta, un vaso o incluso dos tallos palmeados en la mano; animales reales sorprendidos en actitudes expresivas o criaturas fabulosas, esfinges, harpías, grifos, cuyo simbolismo nos escapa en parte. El estilo de estas representaciones difiere, sin embargo, de lo que se encuentra en Irán o Siria. Es comparable a lo que se observa en los azulejos con decoración pintada bajo vidriado, encontrados en gran cantidad en los yacimientos anatolios, al lado de los azulejos lustrados y que se atribuyen a artesanos locales.

A raíz de las incursiones mongolas de mediados del siglo XIII, los talleres de Siria del Norte se vieron debilitados, para provecho de Damasco y quizás de El Cairo. Así, las últimas cerámicas lustradas del Este mediterráneo fueron producidas por la dinastía mameluca, hasta finales del siglo XIV. Se han conservado una docena de grandes jarrones balaustre y albarelos de este periodo: sobre el vidriado transparente, de un hermoso azul profundo, destaca una decoración lustrada dorada, tirando a veces hacia el verde. Las panzas se adornan con grandes frisos caligráficos sobre fondos de volutas vegetales, a veces pobladas de pavos reales o fénix en vuelo, motivo de origen chino transmitido al arte mameluco por la dinastía mongola de los Il-Khans. Algunas de estas piezas se pudieron realizar para el mercado europeo.

Sicilia, musulmana de 827 a 1091 y, posteriormente, bajo dominación normanda, quizás produjo cerámicas lustradas (es una de las atribuciones propuestas para la copa con árbol poblado de pájaros del museo del Louvre). Sin embargo, ninguna prueba escrita o arqueológica apoya esta hipótesis.

Al otro lado del Mediterráneo, en España, los talleres musulmanes desarrollaron también la producción de cerámica lustrada. Bajo la dinastía omeya (756-1031), las piezas lustradas se importaban de Mesopotamia, como lo prueban los cascos exhumados en la ciudad califal de Madinat al-Zahra, de estilo abasí. La más antigua fuente escrita que evoca la producción de cerámica lustrada en España es un documento notarial de 1066, sobre la ciudad de Toledo. Un siglo más tarde, Al-Idrisi menciona la fabricación del lustre en Calatayud (Cataluña) y su exportación hacia otras regiones. Por último, en el siglo XIII, el poeta e historiador Ibn Said al-Maghribi escribe que en Murcia, Málaga y Almería se fabrican cerámicas lustradas. Sin embargo, no se ha descubierto, durante las excavaciones llevadas a cabo en estas ciudades, ninguna pieza lustrada anterior al siglo XII. La técnica sólo parece haberse dominado, pues, en la época almorávide (1056-1147), o incluso almohade (1130-1269). Algunos especialistas piensan que se habría implantado en al-Andalus a través del Magreb. Las piezas lustradas, a menudo realzadas de azul, que salen de los talleres de Málaga o incluso de los de Paterna, se exportan a toda la cuenca mediterránea (Túnez, Ceuta, El Cairo, Collioure), y más allá, hasta Inglaterra, Países Bajos y Tabriz, en Irán. Bajo el impulso de la última dinastía musulmana en España, los nazaríes de Granada (1230-1492), la producción lustrada alcanza un nivel de excelencia, ilustrado por los famosos jarrones-ánforas llamados «de la Alhambra», o incluso por raras placas de grandes dimensiones, con decoración lustrada y azul, adornadas con arabescos y escudos de armas.

Los príncipes cristianos de España, en estrecho contacto con la civilización musulmana, se dejaron seducir por esta lujosa cerámica con reflejos cambiantes. Don Pedro Buyl, señor de Manisés (cerca de Valencia), percibió las potencialidades comerciales de la cerámica lustrada y animó a artistas musulmanes a venir a instalarse en esta ciudad, a principios del siglo XIV. Un siglo más tarde, las cerámicas de Manisés, que todavía se llaman «hispano-moriscas», suscitaban un entusiasmo sin precedentes y se exportaban a todas las cortes europeas, especialmente a Italia, Francia y los Países Bajos. Se sabe, por ejemplo, que en 1362 dos artistas musulmanes de Manisés recibieron una comisión del Cardenal Aubert Audouin, para la realización de un pavimento de suelo de cerámica lustrada, destinado al Palacio de los Papas en Aviñón.

En Italia, las cerámicas lustradas se importaron tres siglos antes de que se produjeran allí. Lo demuestran los famosos bacini, esas copas musulmanas incrustadas con fines decorativos en las fachadas de las iglesias (se encuentran igualmente en el Sur de Francia), algunas de las cuales presentan una decoración lustrada. En Pisa, por ejemplo, los muros de San Sisto (1180) encierran recipientes fatimíes, los de Santa Cecilia cerámicas andaluzas del siglo XIII y los del antiguo convento de Sant’Anna cerámicas valencianas del siglo XV. Las iglesias cuyas fechas de construcción se conocen proporcionan al historiador indicios de datación para las cerámicas musulmanas. Permiten, igualmente, seguir la evolución del comercio de la cerámica lustrada en el Mediterráneo, en función de la proveniencia de los bacini: primero el Egipto fatimí y, a continuación, la España del Sur bajo dominación almohade y, por último, a raíz de la Reconquista, la España cristiana. En el siglo XV, las cerámicas lustradas importadas a Italia venían principalmente de Manisés. Como los artistas establecidos en esta ciudad eran originarios, en su mayoría, de Málaga, las cerámicas que producían – lustradas o no – fueron bautizadas «maiolica» por los italianos, de ahí nuestra palabra «mayólica». En el siglo XVI, por fin la técnica pasó a Italia: tres pequeñas ciudades, Deruta, Cafaggiolo y Gubbio produjeron mayólicas con decoración lustrada, de un estilo bien alejado ya de sus prototipos musulmanes.

A.M.