El arte de escribir es un hecho eminentemente cultural: responde a la doble voluntad de dar una forma visible y perenne a un discurso fugitivo en su oralidad y embellecer el resultado de la fijación gráfica. En el Occidente medieval, conoció, entre los siglos v y xv, bastantes evoluciones, permaneciendo sin embargo en el ámbito del manuscrito hasta el descubrimiento de la imprenta, hacia 1430-1450, lo que permitió reproducir en serie libros con ayuda de caracteres móviles.
Estrechamente dependiente de sus usuarios, el arte de escribir varía según el tipo de texto que se fija, el soporte elegido para recibir la escritura y el uso que se quiere hacer de él. Así, la escritura será diferente en los escritos documentales (actas diplomáticas, minutas notariales, registros de cuenta...) y librescos. El recurso a la escritura de aparato y a la caligrafía –ya se trate de misivas alargadas con preámbulos de cartas o de las adornadas de los libros litúrgicos – pretende realzar la solemnidad del texto o incluso el prestigio del comanditario.
A los soportes manuscritos tradicionales (el papiro, cuyo uso desaparece a lo largo de la alta Edad Media, el pergamino y, a partir del siglo xiii, el papel) se añaden la piedra, la pintura mural, el metal, la madera, el textil, el vidrio y cualquier otra materia que, esculpida, pintada o moldeada, pueda recibir un texto. En una sociedad mayoritariamente iletrada, al principio de la Edad Media todavía más que al final, estos textos a menudo monumentales (epitafios, inscripciones de consagración, identificación de personajes...) se colocan en lugares que permiten al mayor número posible de personas verlos; no sabiendo leer, el público puede hacerse explicar el significado de ellos por un clérigo o un letrado, lo que, durante mucho tiempo, siguió siendo sinónimo.
Los textos revisten, de hecho, con o sin ornamentación específica, un carácter simbólico que expresa el poder de los que controlan el arte de escribir. Casi monopolio de los clérigos a principios de la Edad Media, penetra primero tímidamente los estratos más altos de la sociedad laica (soberanos, condes y aristócratas en la época carolingia) y, a continuación, se difunde al mismo tiempo que se multiplican los contratos rurales o los juegos de escritura contable que acompañan el auge económico y comercial y que se estructuran, lo que se convertirá en las universidades en el siglo xiii. El papel creciente del notariado a partir del siglo xi en los países meridionales, el desarrollo de las cancillerías reales y principescas o incluso la renovación de una reflexión especulativa, nacida por el redescubrimiento de las obras antiguas en el siglo xii, contribuyeron a ampliar los usos del escrito y el número de sus actores –redactores, copistas, calígrafos, lectores.
La evolución morfológica de la escritura ha acompañado todas estas transformaciones. En la alta Edad Media, el paisaje gráfico estaba parcelado, con escrituras muy torcidas, como las de la cancillería franca, y el uso, para la realización de los libros, de formas gráficas muy diversas, más o menos derivadas de la uncial de la Antigüedad tardía. La reforma de la escritura iniciada por Carlomagno a finales del siglo viii desemboca en la aparición de la carolina, minúscula liberada de las ligaduras características de las casillas cursivas y cuyo éxito incontestable fue reforzado por la estructuración de un sistema de puntuación que, acompañando la separación de las palabras, incrementa la legibilidad del texto. La unificación gráfica carolingia sobrevivió al proyecto político de la que provenía. La carolina dio lugar, a largo plazo, a nuestros caracteres de imprenta, incluso si, en algunas zonas como la Italia lombarda, se habían continuado a desarrollar formas propias, relacionadas con la conciencia muy clara de la identidad llevada por el sistema gráfico.
A partir de los siglos xi-xii, las nuevas maneras de pensar y escribir implican diversas evoluciones; reaparecen las escrituras cursivas, que traicionan una familiaridad mayor con el texto, y, a principios del siglo xiii, las curvas de los caracteres empiezan a quebrarse, revelando más netamente la estructura de la palabra para detrimento de la identidad propia de la letra. Éste movimiento es contemporáneo al desarrollo de la reflexión escolástica y la arquitectura gótica, que revelan, como la escritura del mismo nombre, las grandes articulaciones de un discurso a la vez intelectual y monumental, compartido por los más grandes sabios de la época. Los caracteres góticos, que comportan mayúsculas y minúsculas, se utilizan tanto en los manuscritos como en las inscripciones (piedras sepulcrales, tapices murales o piezas de orfebrería murales), traicionando la difusión de esta nueva cultura gráfica, que se diversifica a su vez con la proliferación, a partir del siglo xiv, de formas mixtas (la «bastarda» de la corte en Francia), más o menos barrocas o caligrafiadas.
El dinamismo del arte de escribir responde, en este final de Edad Media, a una demanda social creciente que está lejos de ser independiente de la aparición, en el siglo xv, de la imprenta. La sed de cultura que marca los principios de la corriente del humanismo viene así a reforzar el uso tradicional de los escritos en los campos jurídico, administrativo o religioso: los príncipes y grandes laicos, las órdenes mendigantes, las universidades reúnen así bibliotecas cada vez más importantes. La copia manuscrita tradicional, por su ritmo y su coste, ya no podía convenir al incremento exponencial de la demanda. A partir de principios del siglo xv circulan impresiones xilográficas, con imágenes pero igualmente textos; al mismo tiempo, a favor de progresos técnicos diversos, se pone a punto el sistema de imprenta tipográfica, por caracteres móviles. El hecho de que Gutenberg, para el primer libro realizado de esta manera en Occidente – la Biblia –, eligiera vitela e imitara a la vez la escritura y la paginación de un manuscrito ilustra cómo su descubrimiento representaba una bisagra entre la Edad Media y el Renacimiento.
C. T.
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