Desde muy temprano, el mundo islámico se caracterizó por una intensa circulación de personas y mercancías, de modo que la organización de los transportes terrestres fue una preocupación permanente para los soberanos. En la época de la conquista musulmana, el sistema de caminos ya estaba muy desarrollado, especialmente gracias a la red de vías romanas que, en mayor o menor grado, se siguió manteniendo en la Antigüedad tardía. Lo cierto es que existían infraestructuras viales que constituían un punto de partida, aunque estuviese organizado esencialmente para satisfacer las necesidades de un imperio centrado en Roma e Italia. El nacimiento de nuevas capitales, la modificación de los polos políticos, económicos y religiosos requería una reorganización de dichas infraestructuras.
Sin embargo, se debían tomar en cuenta ciertas limitaciones naturales estructurales. Para empezar, el relieve condiciona ampliamente la configuración de la red de circulación y los puntos de paso obligado de los caminos (puentes, puertos). Las montañas son obstáculos mayores, sobre todo durante los meses invernales, lo que lleva a privilegiar las llanuras o los valles de importantes ríos. Por ejemplo, el valle del Orontes, en Siria, o el del Suman, en la región central del Magreb. Aun cuando todos no son tan navegables como el Nilo ni mucho menos, los ríos constituyen igualmente importantes vías de circulación. Otra consideración son las condiciones climáticas, en regiones donde la aridez y el aprovisionamiento de agua son fundamentales. La existencia y el mantenimiento de pozos son efectivamente un aspecto esencial que condiciona no sólo los itinerarios, sino también la política de mantenimiento de los caminos. De igual forma, la existencia de oasis en las zonas más áridas ayuda a determinar los itinerarios.
Sin embargo, la red de caminos de la época islámica no se puede superponer exactamente a la de la época romana. Las diferencias están asociadas a los traslados de los centros de influencia política, económica y religiosa. Así, la instalación del califato abasí en Bagdad dio un impulso muy significativo al eje formado por el Tigris y el Éufrates. Inversamente, el establecimiento del califato fatimí en El Cairo y la política de esta dinastía a favor del comercio devolvieron su importancia al valle del Nilo, que siguió siendo una vía esencial hasta finales de la Edad Media y los primeros viajes marítimos europeos que rodearon África. Algo semejante aconteció con la conquista de Constantinopla por los otomanos: la nueva capital del imperio se encontraba en el centro de un amplio sistema de caminos. Con las conquistas musulmanas, una de las novedades destacables es una cierta desatención de las rutas litorales, que sufrían las amenazas de los ataques navales bizantinos, y la intensificación de los intercambios a lo largo de ejes de comunicación situados en el límite entre las zonas cultivadas y las zonas estépicas ocupadas por las distintas tribus. Los limes, es decir las antiguas fronteras del imperio romano, pasaron a ser una zona estratégica donde se establecerían grandes ciudades mercantes, algunas de las cuales fueron además capitales políticas. En el Magreb, los principales caminos unen ciudades como Kairuán, la Qala de los Banu Hammad, Tiaret o Sijilmasa. No obstante, poco a poco, a partir de los siglos x y xi, cuando las ciudades del litoral recobran importancia, se desarrollan caminos paralelos a las rutas de navegación, de Ceuta a Alejandría, pasando por Bujía, Túnez o Trípoli. En cambio, hacia el oriente, las ciudades marítimas siguen considerándose fronteras amenazadas; los polos económicos y políticos siguen estando en el interior (El Cairo, Damasco), al menos hasta el comienzo de la época otomana. Más allá del Mediterráneo, importantes vías de circulación unen el mundo musulmán con los mercados africanos a través del Sahara, principalmente para el comercio del oro y de los esclavos, y con los mercados asiáticos, sobre todo la ruta de la seda que atraviesa Asia central. Los distintos poderes regionales se libran una ardua batalla política por el control de estas vías de circulación, a fin de captar los flujos comerciales y los recursos económicos y fiscales derivados.
Cabe destacar asimismo la importancia de los itinerarios utilizados en las peregrinaciones, ante todo hacia las ciudades santas de Arabia, aunque también hacia Jerusalén, los santuarios chiíes y hasta las tumbas de santos locales. Los soberanos se interesaron muy en especial por el itinerario de peregrinación a la Meca debido a la legitimidad que confería a quienes lo controlaban. Lo mismo ocurría con la organización del transporte de los peregrinos hasta los lugares santos.
En términos generales, los itinerarios terrestres fueron con certeza un asunto de estado. La geografía árabe es una buena prueba de ello: a partir del siglo ix, se describen en detalle los itinerarios y los reinos, poniendo de manifiesto no sólo la intensa circulación de personas y mercancías dentro del mundo islámico, sino también la geografía administrativa del imperio. A partir de la época de los omeyas, los mojones instalados en los caminos de Siria afirman la presencia del poder a la vez que marcan algunos itinerarios. Contrariamente a lo sucedido en la época romana, la conservación de los caminos no parece haber sido una preocupación importante. Los medios de transporte empleados —principalmente el camello y el caballo, en vez de los carros— no requerían tantos esfuerzos en ese ámbito. En cambio, las autoridades velaron por establecer una red de postas y caravanserais a lo largo de los caminos. El mantenimiento de las fuentes de agua, tan vitales en los medios áridos y semiáridos, era una prioridad que estaba en manos de los gobernadores de las provincias. Por otro lado, se necesitaban infraestructuras para recibir a las caravanas, que podían contar con varios cientos o miles de monturas, sin mencionar las caravanas de las peregrinaciones que solían estar formadas por varias decenas de miles de personas. Además, muy pronto, desde la época omeya, la necesidad de transmitir la información de forma rápida y segura llevó a dar forma a un sistema de correos con postas a lo largo de las vías de todo el imperio.
Los caravanserais ofrecían a los viajeros techo, abrigo y protección contra los salteadores. Construidos junto a las principales rutas, por lo general alrededor de una fuente de agua, estaban espaciados por intervalos regulares correspondientes a una jornada de viaje. Encerrados por altos muros, tenían plano cuadrangular y se organizaban alrededor de un patio central, rodeado por las habitaciones de los viajeros, distintas salas para almacenar las mercancías y para que descansen los animales, baños (hammam) y un oratorio.
Por último, los soberanos se esforzaron por garantizar la seguridad de los caminos. Esto no siempre fue muy eficaz: los periodos de debilitamiento del poder de estado suelen coincidir con periodos de dificultades para los transportes terrestres debido al bandolerismo, principalmente de tribus nómadas. Los relatos de viajeros evocan indefectiblemente los peligros que los acechaban en los caminos y los riesgos de asalto. Esto animaba a los mercaderes y a los peregrinos a viajar en grupos, a menudo protegidos por escoltas armadas, que a veces ponían a su disposición los propios gobernadores, sobre todo cuando se trataba de peregrinos. De esta manera, el poder se veía obligado, cuando podía, a imponer su autoridad por la fuerza y a garantizar la seguridad de los caminos.
D. V.
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