La transferencia de la capital del Imperio romano a Bizancio y la fundación de Constantinopla tuvieron un impacto profundo en la formación de redes de comercio en el Oriente mediterráneo. La nueva capital tenía necesidades mayores en productos alimenticios. A nivel del comercio regional o interregional, se han demostrado corrientes de intercambios entre las ciudades y el campo, por una parte, y las diferentes zonas geográficas del Imperio, por otra parte. Una inscripción actualizada en Anazarbo de Cilicia, datada de los siglos V-VI, es particularmente sugestiva de lo que podría ser el comercio en una ciudad del Mediterráneo oriental durante la Antigüedad tardía. Menciona una serie de mercancías importadas a Anazarbo y el impuesto de aduana percibido sobre la importación. Entre ellas, figuraban productos alimenticios como el vino, las especies y los productos de aliño (garum, azafrán, ajo), o materias primas como la seda, el estaño y el plomo.
La arqueología puede ayudarnos en la descripción de redes de comercio, dado que la producción cerámica se conserva relativamente bien respecto a la de otras industrias (textiles, etc.). Los resultados de excavaciones muestran un comercio de una cerámica de lujo entre África del Norte y la parte oriental del Imperio y, particularmente, la parte suroeste de la cuenca egea (por ejemplo, Argos). Las importaciones de esta cerámica alcanzaron un punto culminante en el siglo IV, disminuyeron a lo largo del siglo V, mientras que hizo su aparición una cerámica análoga producida en los alrededores de Focea (en la costa oeste de Asia Menor) y retomaron en el siglo VI. El ejemplo es típico de la forma en que se establecían las redes de intercambios. Por otro lado, Constantinopla exportaba material de construcción, como el mármol de Proconeso en África del Norte.
A partir del siglo V, se desarrolló en Bizancio un comercio de productos alimenticios. El auge de Constantinopla fue una de sus causas principales. El gran número de ánforas atribuidas a talleres de Asia Menor, Cilicia, Siria, Palestina y Egipto son los testigos de este comercio. Es sugerente que se descubrieran los mismos tipos de ánforas tanto en la parte oriental como en la occidental del Imperio. Evidentemente, la anona representaba una parte considerable de las importaciones de productos alimenticios en Constantinopla, como lo sugiere la famosa tarifa de Abidos (hacia el año 492). Algunas investigaciones recientes muestran, sin embargo, que los intercambios se hacían, sobre todo, en el marco de un comercio animado por particulares.
Los productos de lujo de Oriente (seda, especies, una serie de perfumes) llegaban a Bizancio por vía terrestre – zonas fronterizas como Nisibe, Artaxata y Calinicón, servían a la vez de puestos de aduanas y mercados –, o bien por vía marítima. Los barcos oficiales provenientes del Océano Índico transportaban las mercancías a los puertos del Mar Rojo. Algunos mercaderes bizantinos se aventuraban tan lejos como el sur de la India o la isla de Ceilán. Este comercio controlado por los sasánidas de Persia, los grandes rivales del Imperio bizantino en esta época, sufrió todas las vicisitudes de las relaciones entre estos dos estados.
La crisis demográfica que sacudió a Bizancio en la segunda parte del siglo VI y, sobre todo, en el siglo VII, tuvo como consecuencia la bajada de la producción y la reducción de las transacciones. No obstante, a mediados del siglo VII, algunos mercaderes bizantinos seguían viajando hasta las costas del Mediterráneo del noroeste. Durante el mismo periodo, la pérdida de Siria, Palestina y Egipto privó a Bizancio de algunas de sus provincias más ricas. Los grandes centros urbanos de la Antigüedad tardía atravesaron un periodo de transformaciones mayores. El declive radical de la circulación monetaria se interpreta como un índice de retroceso de las transacciones monetizadas, sobre todo en los campos. No obstante, se conservó sin duda un cierto nivel de intercambios y el comercio se practicaba en mercados temporales (ferias), eventualmente en forma de trueque. Es posible, sin embargo, que la imagen que nos hacemos del comercio bizantino durante los siglos «oscuros» se modifique a medida que progresan los estudios arqueológicos.
En lo que respecta al comercio internacional, existen numerosos testimonios que muestran que Bizancio mantenía un comercio estructurado con los musulmanes, lo que deja perplejo dada la imagen general de la economía bizantina durante este periodo. Los primeros signos de una recuperación aparecen en el siglo IX y se acompañan de una mejoría espectacular de la circulación monetaria, primero en los Balcanes del Sur y después en Asia Menor. Del siglo IX al siglo XII, Bizancio vivió un periodo de desarrollo demográfico, lo que tuvo evidentemente un impacto favorable sobre el comercio. Una serie de mercados fronterizos en Asia Menor (Trebisonda, Attaleia) y en los Balcanes (Develtos, Tesalónica) favorecían el comercio con las tierras de islam y Bulgaria.
Constantinopla se convirtió en un polo de atracción para los mercaderes extranjeros (musulmanes, búlgaros, rus’, occidentales, turcos), que la frecuentaban regularmente para procurarse las mercancías que buscaban, sobre todo las famosas sedas. Los musulmanes importaban de allí perfumes, especies y sedas, los búlgaros materias primas como el lino y los rus’ peleterías, pieles, cera, miel y esclavos. El comercio se reanimó igualmente en las provincias del Imperio donde emergieron mercados importantes, como Corinto, Tebas o Halmyros. El punto culminante de este periodo de desarrollo fue el siglo XII. Algunos testigos occidentales describían entonces, llenos de admiración, las riquezas acumuladas en Constantinopla y la multitud de extranjeros que allí se desplazaban. La misma época quedó marcada por la interferencia de los mercaderes italianos en el comercio bizantino, a raíz de la concesión de privilegios, mediante los cuales obtuvieron la reducción o, en el caso de los venecianos, la abolición del impuesto del 10% que se imponía a la importación y venta de mercancías.
La caída de Constantinopla y el desmantelamiento del Imperio bizantino a raíz de la IVa Cruzada (1204) pusieron fin a este periodo de prosperidad. La Constantinopla latina ya no era el gran mercado que había sido durante los siglos anteriores. Tras su reconquista en 1261, el emperador se vio obligado a otorgar privilegios, primero a los genoveses y después a los venecianos, que instalaron verdaderas colonias con su propia administración, no sólo en Constantinopla y Pera, sino también en varios sitios de la provincia para explotar productos del sector primario, particularmente apreciados tanto en Oriente como en Occidente. Así, los genoveses tuvieron el monopolio del comercio de la masilla de Quíos y el alumbre de Focea, mientras que los venecianos explotaban los ricos recursos naturales de Creta. El periodo coincide con el desarrollo de la economía en Europa occidental, lo que tuvo como consecuencia el aumento de la demanda y la necesidad de apertura de nuevos mercados para los productos de Occidente. Los italianos invadieron no sólo el comercio internacional de Bizancio sino también el comercio interior. Los mercaderes bizantinos, aunque provistos de espíritu de empresa, no podían hacer la competencia a venecianos y genoveses, que gozaban de una exoneración de todo impuesto comercial. Al lado de ellos, ragusanos, provenzales, florentinos y anconitanos disfrutaban de diversas reducciones, que les permitían llevar a cabo un comercio rentable. Bizancio llegó a depender de Occidente, no sólo en lo referente a los productos manufacturados, sobre todo los textiles, sino también a los productos alimenticios (cereales y vino). Las bases del dominio de Occidente sobre el Mediterráneo oriental estaban bien sentadas.
M. G.
Como la esclavitud no se podía alimentar que por dos fuentes legítimas, que eran el nacimiento en la servidumbre y la captura en la guerra, el mundo musulmán tuvo que abastecerse en países vecinos ó lejanos. Los eslavos venían de Europa oriental, central y septentrional y seguían varios caminos: unas veces el del Oriente musulmán por el Asia central, la Persia y la Mesopotamia, otras por el Occidente cristiano que expedían esclavos desde Narbona o Venecia hacia Egipto y Siria, y otros hacia Al-Ándalus y el Magreb. En camino, algunos prisioneros de guerra pasaban por unos centros de castración. Uno de los más famosos se encontraba en Verdún: los mercaderes judíos los transformaban en eunucos para venderlos en el reino de Córdoba, el cual vendía algunos al otro lado del mar, a varios países del Islam. Desde Europa oriental, como de las estepas de Asia central que se extienden hasta China, los turcos solían pasar por Persia y Mesopotamia para ir a Siria y Egipto donde fundaron la dinastía de los Mamelucos que reinó de 1250 a 1517. En fin, desde África, los Negros viajaban en caravanas hacia el Magreb y Egipto o en naves hacia Asia por el mar Rojo y el golfo Pérsico. Algunos eran conducidos a unos monasterios coptos de la región de Asuán para ser castrados salvajemente a ras del vientre. Además de estas importaciones generalmente masivas, el mundo musulmán estaba abastecido en nuevos esclavos por prisioneros de guerra o viajantes capturados en el mar por piratas que los vendían después en los mercados. Los hombres iban encadenados, las manos detrás de la espalda, para no poder escaparse, y a algunos se les cortaba el pelo, del que sólo guardaban una mecha que colgaba sobre la mejilla.
Tratados como mercancía o como animales, los esclavos se clasificaban en especies. Su origen no determinaba solamente el precio sino también el empleo. Las mujeres beréberes se destinaban al placer, las persas a la maternidad, las bizantinas a guardar los bienes, las Zenj de la costa oriental de África a la lactancia y las de La Meca y de La Medina al canto. En cuanto a los hombres, los nubios y los indios eran escogidos como guarda espaldas o para guardar los bienes, los turcos y los eslavos como guerreros. En fin, algunas especies suscitaban el desdén, e incluso el asco, como los armenios que tenían la fama de ser los peores blancos. Eran condenados a las tareas las más pesadas; incluso las mujeres no podían servir para el placer.
Los clientes se limitaban generalmente a visitar la mercancía humana con la mirada y la mano. Levantaban el labio superior, hundían los dedos en la boca para averiguar si los dientes eran falsos, podridos o descalzados y contar los que faltaban. Escupían brutalmente a la cara de las mujeres para luego frotar la piel; se aseguraban así que no las habían untado de maquillaje para disimular las imperfecciones.
A pesar del pudor exigido por los juristas que limitaban la vista de la cara y de las manos de las esclavas, los clientes deslizaban las manos por debajo de la ropa para explorar sus partes íntimas y palparlas. Los más atrevidos les quitaban los taparrabos que disimulaban el campo genital, cuando no las obligaban a desvestirse. Esta exposición de carne ofreciéndose a la vista y al tacto atraía a los que deseaban satisfacer gratuitamente sus deseos.
Sin embargo, la sola visión no era suficiente para estimar el valor venal de la mercancía. Para desbaratar los fraudes, los clientes prudentes recurrían a un examen más detallado, lejos del bullicio del mercado, en una habitación o una casa vecina, cuando no en su propio domicilio. Para las vírgenes, averiguaban la presencia del himen tocándolo o confiaban este examen a una mujer de confianza al abrigo de las miradas, en el mismo lugar o en un sitio tranquilo. Los más desconfiados llegaban hasta apretar el sexo para asegurarse que no estaba untado con una mezcla de pulpa de granada y de nuez de agalla amasada con hiel de vaca que daba a las desfloradas una apariencia de virginidad efímera. En fin, las esclavas con valor iban a una casa o a una habitación del vecindario, cuando no al domicilio del mismo cliente, que las desvestía, sin la presencia de una mujer por tanto obligatoria, ni la del maestro, del chalán o de la matrona que le ayudaba. La prudencia se convertía así en impudencia: la chica era librada al placer, a veces con el consentimiento del mercante y a espaldas del vendedor, cuyo bien podía ser considerablemente depreciado por un futuro embarazo, o podía no encontrar comprador si estaba destinado al placer.
La clientela no se podía fiar a los signos engañosos de algunos oficios, como la ropa o los dedos manchados de negro de los supuestos herreros o escribas: había que ponerlos a prueba antes de comprarlos. Varias pruebas permitían a los esclavos demostrar su habilidad: los sastres tenían que coser, los panaderos hacer pan, los músicos tocar melodías con su instrumento, las bailarinas lucir exhibiendo movimientos gráciles, y las cocineras cocinar platos. Los hombres exhibían su fuerza levantado cargas o luchando y los futuros guerreros mostraban su valentía frente a terribles peligros: se les lanzaba monstruosas serpientes u objetos impresionantes.
Los fraudes eran tan corrientes en los mercados que la palabra chalán que designa a los mercaderes de esclavos se convertirá en un insulto que se echaba a los mentirosos. Solían atribuir un origen falso a la mercancía para hacer subir los precios: en Egipto, introducían indígenas en los rebaños serviles procedentes de Trípoli en Asia; en Ándalus, presentaban unas bellezas indígenas disfrazadas como extranjeras que hablaban la lengua de su país. Los clientes los más ingenuos eran engañados, como este habitante de Elvira que compró en Córdoba una franca destinada a su cama y que se hacía entender únicamente mediante un intérprete. Nada más entrada en la ciudad, la bella se traicionó burlándose de un viejo libertino que hacía tiempo que no veía; no era nada más que una chica de la región.
Víctimas de supercherías, los clientes se llevaban muchos desengaños. Algunos descubrían que el chico que acababan de comprar era en realidad una chica o viceversa. Sin embargo, cada sexo se dedicaba a un empleo determinado: las mujeres eran afectadas al servicio interior (limpieza, cocina y algunas veces al placer) y los hombres a tareas fuera de casa. Otros se daban cuenta de que el esclavo era de condición libre o que tenía un defecto insalvable. Volvían entonces al mercado para bajar el precio, obtener el reembolso o devolver la mercancía. Cuando el desacuerdo no se solucionaba de forma amistosa, se recurría a la justicia. Pero el cadi podía, por diversos motivos, desestimar al demandante. Así, el famoso malikita Sahnun se negó en anular la venta de un ciego presentado por el chalán como “inmóvil de los ojos” y comprado por un beduino ignorante que descubrió más tarde que era ciego. Negándose a retractar su juicio, consideraba que el árabe nómada del desierto hubiera debido pedir al mercante que le explicara sus palabras oscuras y sobre todo que examinara al esclavo, puesto que su discapacidad no se podía disimular. En claro, sólo un ciego podía adquirir a otro ciego sin darse cuenta.
E. V.
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