La procesión se detiene posteriormente en la iglesia, donde los parientes más cercanos no entran: se mantendrán alejados durante el tiempo del luto. El servicio fúnebre se organiza en torno al canto de los salmos, que citan los milagros del Antiguo Testamento; así, los fieles piden para el difunto que el milagro de la Salvación se renueve. La iconografía funeraria retoma estos temas y añade los milagros del Nuevo Testamento: la resurrección de Lázaro se sitúa al lado de Daniel salvado de los leones. Se comparte entonces una comida funeraria a base de cereales y nueces, llamada kollyva y preparada el día de la muerte, que se comparte de nuevo en la tumba y en el momento de las conmemoraciones.
Las conmemoraciones
El rasgo más significativo del ritual bizantino reside en la lentitud del proceso de luto y de las conmemoraciones. Desde el período antiguo, el calendario no cambia prácticamente. Se hacen visitas a la tumba, donde se comparte la comida fúnebre, el noveno, undécimo, trigésimo o cuadragésimo día y, después, al cabo de un año. El día de la muerte se convierte en el día aniversario de la conmemoración, celebrada cada año y en la que se repiten la comida en la tumba y las lamentaciones. Se puede comprender que este fenómeno encarna la lentitud del proceso del «morir» bizantino. La frecuencia y la repetición del luto pueden explicarse también por la importancia que revisten para las mujeres, sus principales actrices. Mientras que habitualmente se ven privadas de palabra pública, estas conmemoraciones les permiten hacerse sentir.
A partir de la aparición de los signos funerarios, se bajaban los párpados del muerto, se ataba la mandíbula con una cinta ancha y se colocaba un objeto pesado en su vientre para impedir que se inflase. Tras haberlo cubierto del ombligo a las rodillas para esconder las partes íntimas, se apresuraban para lavarlo. Las mujeres se confiaban a las mujeres, los hombres a los hombres, unas veces parientes cercanos y otras lavadores de muertos. El cuerpo se rociaba entonces con agua aromatizada de alcanfor triturado y frotado con hojas de loto o malvavisco, a modo de jabón. El número de lavados debía ser impar, cinco o siete, si tres no eran suficientes. A continuación, el cuerpo se secaba, se perfumaba y se envolvía de mortajas blancas de un número de preferencia impar, como mínimo tres, hasta cinco para los hombres y siete para las mujeres. Por último, tenían costumbre de embalsamarlos con fumigaciones y sustancias aromáticas como el alcanfor.
Después de la ceremonia del lavado del cuerpo, el muerto se colocaba en una camilla. Un signo permitía a menudo distinguir los sexos, un turbante para los hombres, una superestructura bombeada o adornos de peinado para las mujeres. Con la cabeza hacia adelante, el muerto lo llevaban siempre hombres, de preferencia tres colocados en triángulo: el primero cargaba los dos brazos delanteros de la camilla en sus hombros, los otros dos los brazos traseros. Pero podrían ser cuatro, dos delante y dos detrás, para formar un rectángulo. Estos portadores eran unas veces camilleros de profesión y otras, conocidos del difunto, que se relevaban sucesivamente a lo largo del camino. En cuanto a los niños de corta edad, se colocaban en una pequeña camilla que un hombre llevaba sobre la cabeza o en brazos.
Con un paso rápido, el cortejo precedía a la camilla a pie, al menos a la ida. Los jinetes se admitían a continuación. Por último, las mujeres cerraban la marcha dando gritos penetrantes, especialmente las plañideras. Tocando panderetas, avanzaban con las ropas desgarradas, el pelo disperso cubierto de polvo y barro, con el que se embadurnaban igualmente la cara y la garganta. Después se celebraba la oración de los muertos, en los primeros siglos, en una explanada a todo viento en el cementerio y, más tarde, en una mezquita de la ciudad. Una vez quitada la camilla, el cortejo fúnebre volvía a caminar hacia el lugar de sepultura. En cuanto se llegaba, los sepultureros, de un número de preferencia impar, normalmente tres, colocaban al muerto en una tumba o en el panteón familiar. Acostaban al cadáver sobre el lado derecho, con la cara girada en dirección de la Meca y la espalda sostenida con ladrillos para fijarlo en esta posición. Algunos de los asistentes, cerca de la fosa o el panteón, tiraban entonces suavemente tres puñados de tierra. A continuación, la tumba se recubría con un tabique y se terraplenaba, cerrando la entrada del panteón por medio de piedras de clausura que la atravesaban de un lado a otro, para impedir que la tierra penetrase, y enterrándola normalmente. Entonces, la familia servía una comida y se sacrificaba un animal para distribuir la carne a los pobres. Por último, las personas que formaban el cortejo retomaban el camino de vuelta. En ese momento, podían utilizar monturas desaconsejadas a la ida. En cuanto a los familiares, pasaban la primera noche después de la inhumación, la noche de la desolación, cerca del difunto, que era visitado entonces por dos ángeles, Munkar y Nakir, susceptibles de torturarlo.
Los funerales se desarrollaban, por lo general, el mismo día del fallecimiento, si sucedía por la mañana, y el día siguiente, si sucedía por la tarde o por la noche. El pésame se daba a la familia antes del entierro y, posteriormente, tres días después. Por último, el luto duraba cuarenta días y cuarenta noches.
Hasta el siglo X, acogían a los muertos dos tipos de sepultura, diferenciados por el emplazamiento de la fosa. En uno de ellos, se excavaba en la pared lateral frente a la Meca; en el otro, en medio. Los panteones funerarios, que debieron expandirse a lo largo de los siglos XI y XII, terminaron por excluir en muchos países la inhumación primitiva en el suelo. Estas construcciones subterráneas, oblongas y recubiertas de un techo abovedado, eran colectivas. No obstante, a veces un tabique separaba los dos sexos.
La profundidad de la tumba dividió los ritos: los malikíes, que preferían la superficie de la tierra al fondo, recomendaban no sobrepasar un codo (es decir, cerca de 50 centímetros), lo justo para contener el mal olor del cadáver y protegerlo de los dientes de las fieras. Pero los shafís preconizaban excavarla a unos dos metros y medio, mientras que los hanbalíes la limitaban a cerca de un metro y medio. En cuanto al panteón, era generalmente profundo, con el fin de permitir al muerto sentarse en el momento de la visita de los dos ángeles, Munkar y Nakir.
Los materiales utilizados para las mamposterías interiores y exteriores de la tumba suscitaron, igualmente, opiniones divergentes. Uno sólo ponía de acuerdo a los juristas: los ladrillos crudos. Asimismo, la forma de la sepultura fue fuente de división: debía ser bombeada como una joroba de dromedario para algunos, pero plana para otros. Finalmente, la primera superestructura fue preferida por la inmensa mayoría de los suníes, para evitar cualquier confusión con los chiítas, que habían adoptado la segunda. Por último, ningún signo debía traicionar la fortuna y el rango de los muertos, de manera que las sepulturas se marcaban, originalmente, solamente con una piedra o un trozo de madera al lado de la cabeza. Ligeramente salientes, estaban desprovistas de decoración, incluso de yeso o arcilla. Pero la desnudez primitiva se abandonó: las tumbas se embellecieron con mármol y se alzaron considerablemente por encima del suelo, para llamar la atención y señalar la opulencia del muerto.
Censuradas por el Profeta y los juristas, las inscripciones funerarias fueron durante mucho tiempo consideradas decoración y prodigalidad superfluas, o incluso vanidad póstuma. Pero la condena no se siguió prácticamente: se colocaron estelas en las tumbas, la más antigua, conservada en el Museo islámico de El Cairo, remontándose al año 652. Comúnmente de piedra caliza, mármol o gres, fueron durante mucho tiempo rectangulares y cuadradas. Posteriormente, aparecieron las columnas y los pilares cuadrangulares, cilíndricos u octogonales, coronados a veces de capiteles simulados, que se expandieron tanto en Oriente como en Occidente, de Kairuán a Toledo. El más antiguo testigo conservado sigue marcando la tumba del sufí Dhul-Nun al-Misri (m. en 860) en el cementerio de El Cairo. Estas piedras verticales parecen, sin embargo, reservadas a los hombres, como lo sugieren algunos especímenes rematados con una escultura que representa un turbante en Kairuán. Por último, los revestimientos en forma de hoja, que se llaman por costumbre prismáticos, no conocieron una gran boga en Occidente.
Aunque condenadas por el Profeta, que había prohibido construir sobre las tumbas para no convertirlas en lugares de culto y, posteriormente, por los juristas que sancionaban incluso los modestos edículos de ladrillo o piedra que consideraban adornos inútiles y dilapidaciones de bienes sin provecho, las construcciones funerarias se expandieron a partir de los primeros siglos del islam. Pero la más antigua que haya sobrevivido, la qubba al-Sulaybiyya en Samarra, sólo se alzó en el año 862 sobre la tumba del califa al-Muntasir. Estos mausoleos ofrecen diversos planos. Algunos forman un edificio cuadrado, a menudo abierto a los cuatro vientos del cielo, como el de Ismael, fundador de la dinastía de los Samaníes en Bujará, erigido entre 913 y 943, o el conjunto construido hacia 1010 en el cementerio de El Cairo sobre las sepulturas de seis parientes del visir Ibn al-Maghribi. Por último, en Irán, los mausoleos revisten a veces la forma de una torre funeraria de planta estrellada, como el Gunbad-i-Qabus alzado por un emir oscuro en vida en Gurgan (1007) o la tumba de Ala al-din en Varamin al sur de Teherán, cuya construcción se terminó en 1289, trece años después de su muerte.
Con el paso del tiempo, los monumentos funerarios tomaron proporciones gigantescas, como en el imperio mameluco. Así, las tumbas de los sultanes se integran en un complejo que comprende una mezquita y un colegio, como el del sultán Hasan (1356), y, a veces, incluso un hospital, como el de Qalawun (1285). Fuera del Mediterráneo, el mausoleo más imponente es seguramente el Taj Mahal en Agra (India). Dedicado por el emperador mogol Shah Jahan a su mujer Arjumand Banu Begum, conocida como Mumtaz Mahal, fallecida en 1631, su construcción duró doce años. Aunque su esplendor es suficiente para provocar la censura de los rigoristas, ningún jurisconsulto se atrevió jamás a decretar su demolición: en el ámbito de la arquitectura funeraria, la práctica se alejó considerablemente de la teoría.
Y. R.
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