La religión mayoritaria del Imperio Bizantino es el cristianismo en su versión oriental (ortodoxa). El elemento central de esta religión descendiente del judaísmo es la fe en Jesucristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado. Después de siglos de persecución, el emperador Constantino publica en 313 un edicto de tolerancia. Más tarde, en 392, Teodoro I impone el cristianismo como religión del imperio.
La célula básica es la iglesia local dirigida por el obispo, sucesor de los apóstoles. Las iglesias locales, organizadas en diócesis según el modelo de la administración imperial, se agrupan en provincias dirigidas por un metropolita y éstas, a su vez, se agrupan alrededor de iglesias prestigiosas, los patriarcados: Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Los obispos de los cinco patriarcados se reúnen en concilios ecuménicos para resolver asuntos comunes de dogma y organización. Después del siglo vii, los patriarcas orientales se ven rodeados por el islamismo y la rivalidad entre Roma y Constantinopla ocupa el primer plano. A partir del siglo xi, la voluntad de Roma de imponer su autoridad a toda la Iglesia causa un conflicto duradero con Constantinopla (cisma de 1054).
Promovido por el emperador que lo elige entre tres nombres propuestos por los metropolitas, el patriarca de Constantinopla, obispo de la capital, oficia en la basílica Santa Sofía y dirige las iglesias de su jurisdicción con la ayuda del sínodo permanente formado por los metropolitas presentes en Constantinopla. Los metropolitas y los obispos (solteros) dirigen las parroquias donde intervienen clérigos (casados y por lo general de condición modesta).
Las relaciones con el emperador son complejas. A la cabeza de un imperio que pretende ser universal, el emperador se considera como un representante de Dios en la Tierra. En teoría, la dirección del imperio es una sinfonía entre el poder temporal (el emperador) y el poder espiritual (el patriarca), pero en la práctica el primero suele imponer su voluntad al segundo. Las protestas no proceden de los clérigos, sino de los monjes, tanto de aquellos que viven solos como de los que forman parte de una comunidad.
Los monjes rivalizan con el clero secular, que está centrado en el sacerdocio, y oponen su radicalismo evangélico a las concesiones de la iglesia jerárquica con respecto al mundo profano. Los esfuerzos de los emperadores y de los obispos lograrán que el monacato pase a formar parte de la iglesia, pero los monjes seguirán siendo más independientes que la iglesia oficial, en ocasiones llegando a ir en contra de la política imperial (iconoclasia, negociaciones con la iglesia romana).
La vida religiosa de los feligreses está estructurada alrededor de la vida litúrgica. Los sacramentos de iniciación, que marcan la pertenencia a la iglesia, son el bautismo (poco a poco el bautismo de los niños suplanta el de los adultos), la crismación (recepción del Espíritu Santo) y la eucaristía (comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo). La sinaxis eucarística es un momento sustancial de la práctica religiosa. Otro rito primordial es la penitencia o el perdón de los pecados. Tras la penitencia pública de los primeros siglos, se instaura paulatinamente un rito individual en el que el pecador confiesa sus pecados a un sacerdote. Este rito, que nace dentro del monacato, genera un conflicto entre la iglesia institucional (que considera este sacramento como una responsabilidad del obispo, aunque pueda delegarla a un sacerdote) y los monjes (que lo asimilan a la guía espiritual y pretenden que sea dominio reservado de los monjes carismáticos; Simeón el Nuevo Teólogo, siglo x).
El año litúrgico, al que se ajusta toda la vida bizantina, se organiza en torno a las fiestas de Pascuas (resurrección), Navidad (nacimiento) y Epifanía (manifestación de Cristo).
La vida religiosa no se limita a las reuniones litúrgicas. Guardián de la ortodoxia (la fe recta) contra las supersticiones remanentes del paganismo, el clero se esfuerza por canalizar un sentimiento religioso heterogéneo en el que convergen varias corrientes espirituales. Junto al esquema imperial en el que prima la imagen autoritaria del Cristo Pantocrátor (señor del universo) con el que se identifica el emperador, existe una corriente espiritualista que desconfía de las representaciones figuradas, aún en las plegarias, y una corriente afectiva, centrada en una relación personal con la humanidad de Jesús. En tiempos de crisis (guerras, hambre, epidemias), un sentimiento de temor mezclado con cierta culpabilidad (las desgracias son el precio del pecado) rivaliza con los sentimientos afectivos y es motivo de importantes donaciones hechas a los monjes como guardianes de la vida terrenal y la salvación eterna.
El culto de las reliquias de Cristo y de los santos, que se consideran milagrosas, se combina con la necesidad de representar la religión de una forma figurada que la humanice, lo cual lleva a venerar las imágenes de Cristo y de los santos. En los siglos viii y ix, algunos emperadores intentan prohibir la veneración de las imágenes o incluso la mera representación de Cristo. Esta política iconoclasta, que divide al imperio durante varios decenios, acaba en el triunfo de las imágenes y de su culto (Triunfo de la Ortodoxia, 843). La imagen —frescos y mosaicos de las iglesias o iconos transportables de madera en los que los personajes se representan siempre de frente— pasa a ser un símbolo de la piedad bizantina.
M.-H. C.
La religión musulmana es el zócalo de la civilización islámica. El îslâm, es decir la sumisión a Dios (Allâh), reconoce la unicidad y la trascendencia divinas. Todo creyente (mu’min), todo musulmán (muslim), debe afirmar su creencia en Dios y respetar las reglas de la religión para obtener su salvación en el momento del Juicio Final.
El Islam nace en 610 con el principio de la revelación coránica recibida por Muhammad, último de los profetas, pero la era islámica comienza oficialmente doce años más tarde, en 622, con la hégira, es decir la emigración del Profeta y de los primeros musulmanes de la Meca hacia Medina. Durante veintiséis años, el ángel Gabriel habría transmitido el mensaje divino a Muhammad. Esta revelación constituye la base de la fe y de las prácticas religiosas musulmanas. Así el tercer califa, ‘Uthmân (644-656), habría ordenado la recensión y la redacción de las ciento catorce azoras del Libro sagrado. Considerado como la expresión de la palabra divina, el Corán se supone que es inmutable y eterno.
La fe, las prácticas rituales, la moral, pero también la vida social y jurídica, se definen mediante la religión. Así, cuando el Corán se calla sobre un tema, los musulmanes recurren a los ejemplos normativos de la vida y a las palabras del Profeta y sus compañeros, es decir a los hadîth. La protesta de la autenticidad de algunos hadîth llevó a sabios a verificarla y, a continuación, a recoger los hadîth fiables en dos grandes compendios, el Sahîh de al-Bukharî y el Sahîh de Muslim. Este conjunto de textos sagrados define la Sunna. La Sunna y el Corán son las fuentes de la Ley musulmana, la sharî‘a.
La puesta en marcha de estas normas religiosas fue pues progresiva, tanto en el ámbito de las prácticas del culto (‘ibâdât) como en el de la vida social (mu‘âmalât).
En lo que se refiere al culto, un amplio consenso reconoce los cinco pilares del Islam: la profesión de fe (shahâda), la oración (salât), la limosna legal (zakât), el ayuno (sawm) y el peregrinaje (hâjj). Los chiítas añaden la dedicación de cara a su imán (walâya). En cuanto a la jihâd, la guerra santa, se trata de una obligación religiosa colectiva, y no individual, que no está pues incluida en los cinco pilares, aunque sea reconocida por todos los musulmanes.
Algunas de estas obligaciones del culto tienen implicaciones sociales, como la limosna legal, y completan pues las obligaciones y prescripciones sociales. Estas últimas reglamentan la vida familiar y las relaciones sociales, especialmente el estatus de la mujer, las herencias, las prohibiciones alimentarias, la interdicción del préstamo con intereses, etc. El estatus de las personas entra también en el ámbito de lo religioso, así como las relaciones entre hombre libre y esclavo, o la distinción entre musulmanes y tributarios (dhimmî, que se califican también de «gente del Libro», ya que sus religiones reposan sobre libros sagrados reconocidos por el Islam: el Pentateucos o Torá y los Evangelios).
Las divergencias de opinión sobre la aplicación de estas reglas se afirmaron por la controversia sobre la justicia y la interpretación de los textos sagrados, dando nacimiento a un precoz pluralismo religioso. Así, las primeras décadas del Islam vieron la nueva religión dividirse entre, por una parte, los sunnitas, que consideran que la dirección de la comunidad de los creyentes (la Umma) debe corresponder a un califa elegido por sus virtudes morales y religiosas, y por otra parte los chiítas, para los que la sucesión del Profeta debe seguir el linaje hereditario de su yerno ‘Alî. Los jariyíes se separaron de los chiítas después de la batalla de Siffin en 657 y a raíz de la decisión de ‘Alî de aceptar un arbitraje con los sunnitas.
En el seno del sunnismo, se reconocía un esfuerzo de reflexión (ijtihâd) para resolver las cuestiones jurídicas dejadas sin respuesta, de modo que progresivamente emergieron cuatro escuelas jurídicas principales (madhhab): el malikismo, el hanafismo, el safismo y el hanbalismo, mientras que otras escuelas menores desaparecieron.
Desde el punto de vista teológico, una misma voluntad de precisar los textos sagrados dio lugar al kalam, es decir a la teología especulativa. Así se desarrollaron varias corrientes religiosas, especialmente el mutazilismo, el acharismo o el maturidismo, y hubo que esperar hasta el hanbalismo, sin embargo literalista, para la producción de los tratados de teología. La teología chiíta insiste sobre la cuestión del imanato y se divide principalmente en chiísmos duodecimano, ismaelita y zaydí. A partir del siglo VIII se distingue una religiosidad sufí que privilegia el ascetismo y el impulso místico, en torno a maestros que enseñan una espiritualidad y ritos que divergen de las ortodoxias chiíta y sunnita.
Si la vida religiosa está pues omnipresente para el creyente, se cristaliza en torno a un cierto número de lugares sagrados, entre los que se distinguen primero las tres ciudades santas, es decir la Meca, con la Ka’ba, Medina y Jerusalén. Los chiítas añaden Najaf y Kerbala, lugares de martirio de sus imanes. Los musulmanes practican también la religión en la mezquita (masjid), para rezar y aprender el Corán. La gran mezquita o mezquita del viernes (jâmi‘) es el lugar donde la comunidad se reúne para la oración y la predicación (khutba) del viernes a mediodía. Para las oraciones solemnes de las dos grandes fiestas canónicas se prefiere generalmente una vasta explanada, el musallâ. La fiesta del sacrificio, o Aïd al-Kébir (‘id al-kabîr: la Gran Fiesta), se celebra así el día 10 del mes de dhû l-hijja, según el calendario lunar. Y la fiesta de la ruptura del ayuno, o Aïd al-Saghir (‘id el saghîr: la Pequeña Fiesta), que cierra el período del ramadán, se conmemora el día 1 del mes de shawwâl. Hay que añadir otros períodos sagrados marcados por fiestas religiosas, como el aniversario del nacimiento del Profeta. Los creyentes pueden así reunirse en la fecha precisa en torno a las tumbas de santos (wali-s). Estas prácticas se desarrollaron ampliamente, a partir del siglo XI, en torno a cofradías sufíes (tarîqa). Éstas tendieron a agruparse en conventos (ribât, zawiyya, etc.), donde lo sagrado adopta una dimensión más mística. Por contraste, a partir del siglo XII, se multiplicaron nuevos lugares de estudio de las ciencias religiosas y jurídicas (fiqh), las madrasa, en torno a la religiosidad ortodoxa de los sabios religiosos sunnitas (los ulemas), influenciando tanto la vida religiosa como la vida social y la arquitectura de lo sagrado.
Estos sabios, los sufíes y derviches, forman un medio religioso al que los creyentes recurren para responder a las cuestiones religiosas, jurídicas y sociales. Aunque los soberanos musulmanes puedan nombrarles a funciones oficiales jurídicas o religiosas, no existe realmente un clero constituido dentro del sunnismo. El chiísmo, por el contrario, reconoce una organización jerarquizada de la autoridad religiosa.
C. O.
Orígenes
Entre el siglo i y el iii, como muchos otros cultos originarios de Oriente, el cristianismo se había expandido por el Imperio romano sin estar regido por ningún texto jurídico. En ocasiones perseguidas por las autoridades, aunque por lo general ignoradas, las comunidades cristianas se reunían en casas particulares. Una de estas “casas iglesia”, que data del siglo iii, fue hallada en Siria, a orillas del Éufrates, en Dura Europos, ciudad situada en un cruce estratégico entre varias rutas comerciales donde, en el siglo iii, florecieron numerosos cultos. Entre sus ruinas se encontraron materiales arqueológicos destinados al bautismo y a la eucaristía que demuestran la existencia de prácticas religiosas antes de que se legalizara el culto cristiano en 313. Si los rezos individuales no exigían un lugar determinado, las celebraciones comunitarias, centradas en los sacramentos, requerían espacios ordenados voluntariamente para tal fin. A la inversa, las catacumbas, grandes necrópolis subterráneas organizadas a partir del siglo iii en especial en Roma, jamás sirvieron como lugar de culto, ni como refugio durante las persecuciones. Sólo se acudía a ellas para rezar junto a las sepulturas de los difuntos.
Los sacramentos, fundamentos de la vida religiosa
Los cristianos consideran el sacramento como una manifestación divina, “un signo visible del amor de Dios”. Fue en el siglo xiii cuando la Iglesia estableció definitivamente los siete sacramentos, al introducir el matrimonio y la unción de los enfermos (Segundo concilio de Lyon, 1274). El bautismo, la confirmación (o la crismación para los ortodoxos), la penitencia (o confesión) y la eucaristía, comunes a todos los cristianos, así como la ordenación sacerdotal (el sacramento del orden) se remontan a los primeros tiempos del cristianismo.
Con el bautismo se incorpora al neófito a la comunidad cristiana.Administrado en su origen por el obispo, consistía en una inmersión completa de la persona en una fuente bautismal, a imagen de la inmersión de Jesús por Juan el Bautista en las aguas del Jordán.Cuando, a través del Edicto de Milán de 313, Constantino y Licinio legalizan todos los cultos del Imperio, incluido el cristiano, comienza a desarrollarse una arquitectura específica. Un ejemplo emblemático de los primeros baptisterios es el que se encuentra próximo a la basílica de San Juan de Letrán (hacia 315-320). Su fuente bautismal está situada en el centro de un edificio de planta octogonal, bastante típico de esta clase de construcciones. La forma octogonal evoca los mausoleos romanos y recuerda el significado del bautismo: según san Pablo, éste simboliza la muerte del pecador y su resurrección con Cristo resucitado. El baptisterio de Rávena (llamado Baptisterio Neoniano u Ortodoxo) es igualmente un edificio octogonal y está decorado con escenas que suelen asociarse al contexto funerario y a la iconografía de las catacumbas.Administrada también por el obispo, en una sala adyacente al baptisterio llamada consignatorium, la confirmación es el sacramento que completa el bautismo. En la liturgia original, el candidato que deseaba ingresar en la comunidad cristiana, llamado catecúmeno, efectuaba una preparación durante la noche de Pascuas, bajo la autoridad del obispo. Después de este tiempo de preparación y penitencia, recibía el bautismo, luego la confirmación y, por último, durante la mañana pascual, el sacramento de la eucaristía (su primera comunión), celebración esencial que tiene carácter de sacrificio. La estructura de la zona y de la basílica patriarcal de Aquilea refleja este recorrido a la vez físico y espiritual.
A partir de los siglos vi y vii, se bautiza a personas cada vez más jóvenes, por temor a que fallezcan antes de haber recibido el sacramento. Al multiplicarse los bautismos, los sacerdotes bautizan a los recién nacidos en cualquier época del año. Paulatinamente se abandona el bautismo por inmersión, prefiriéndose el rito de la aspersión sobre una pila bautismal. Este bautismo por aspersión tiene como consecuencia la desaparición de las fuentes bautismales y de los baptisterios. En su remplazo, se coloca una pila bautismal como símbolo en una capilla de la iglesia, cerca de la entrada. Nola Edad Media se reconstruyen algunos baptisterios como los de Pisa o Florencia, para colocar en su interior la pila bautismal. Más tarde, cuando el bautizado ya puede hacer uso de razón y antes de la primera eucaristía, se le administra la confirmación, que consiste en la unción del crisma (o aceite) por el obispo.
Organización del clero
En los primeros tiempos del cristianismo, las comunidades designaron obispos, sacerdotes y diáconos a los que más tarde se sumaron otros órdenes (lectores, subdiáconos, y en lo que respecta a las mujeres, las viudas y las vírgenes consagradas); todos ellos pasaron a constituir el clero. A partir de 313, los obispos, considerados como los sucesores de los apóstoles, pasaron a dirigir las diócesis, circunscripciones territoriales que coincidían con la división administrativa romana de las ciudades. Y así como éstas dependían de la autoridad de las ciudades metropolitanas, se estableció la categoría de los obispos metropolitanos, más tarde llamados arzobispos, por encima de la de los obispos. Una fina banda de lana blanca con cruces negras, el palio, que recibían del Papa, simbolizaba su autoridad. El arzobispo de Lyon, que era la capital de la Galia romana, gozaba del título honorífico de Primado de las Galias. Hasta 1622, París sólo contaba con un obispo que dependía del arzobispo de Sens, antigua metrópoli romana a la que estaba subordinada la futura capital. Bajo la autoridad de los obispos, a partir del siglo vi, los sacerdotes dirigían las parroquias, lo cual permitía un contacto más próximo con los feligreses. En virtud de su ordenación sacerdotal, administraban los sacramentos y debían cumplir con su función de “cura de almas” en las iglesias parroquiales. Sobre este aspecto, las prácticas de Occidente son muy semejantes a las del Oriente cristiano. El año litúrgico y las fiestas siguen el mismo ciclo, y el culto de las reliquias y los santos tiene igual importancia.
Una de las particularidades esenciales de la Iglesia católica romana en relación con las iglesias ortodoxas es el reconocimiento de la autoridad pontificia. Durante la Antigüedad tardía, la palabra “papa”, padre, del griego pappas, designaba en general a cualquier eclesiástico. Sin embargo, el obispo de Roma, capital del imperio donde se encontraban las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, reivindicaba una autoridad específica. Durante los siglos iv y v, los obispos de Constantinopla (ciudad que disfrutaba de la presencia del emperador), Alejandría, Antioquía y Jerusalén (ciudades históricas) también reivindicaron una dignidad específica. Así fue como consiguieron que se los designara patriarcas, junto al obispo de Roma, y pasaron a formar lo que se llamó la Pentarquía. ATras la destitución del último emperador romano de Occidente en 476, el patriarca de Roma comenzó a ejercer una nueva función:desaparecido el imperio y frente a la fundación de nuevos reinos, era la única autoridad de Occidente heredera del prestigio de la ciudad imperial, de la que pasó a ser un fiel defensor. Grandes figuras del papado como Gregorio I Magno supieron conceder a la función pontificia un papel protagónico y otorgarle para siempre la primera posición de la jerarquía católica. En la época carolingia (mediados del siglo viii), la cancillería pontificia elaboró una falsa donación de la ciudad de Roma por Constantino que sirvió de base para la autoridad temporal del Papa en Roma y para la constitución del Estado pontificio, formado por territorios lombardos recuperados por Pipino el Breve. Esto inauguró un periodo de tensiones con el emperador y el patriarca de Constantinopla que, tres siglos más tarde, llevarían a la ruptura y al nacimiento de dos Iglesias independientes. pesar de las divergencias de idioma y rito, se afirmaba la unidad de las cinco iglesias. Los obispos de todo el imperio, reunidos en concilios ecuménicos, tomaban juntos las decisiones importantes.
La Iglesia católica romana
Durante la Alta Edad Media, la Iglesia había tenido que enfrentarse a las exigencias de los laicos que envidiaban sus bienes e intervenían en el nombramiento de los clérigos, los obispos e incluso el Papa. De ahí que, en el siglo xi, pese a las dificultades, la Iglesia se propusiera afirmar su independencia a través de la Reforma gregoriana, que debe su nombre a uno de sus autores, Gregorio VII. En adelante, el Papa será elegido exclusivamente por el colegio de cardenales, herederos del clero romano de la Antigüedad. Los obispos serán designados por los canónigos —los curas que asisten al obispo, organizados en comunidades a partir de la época carolingia— y consagrados por los arzobispos, que dependen del Papa. Por último, los curas y el resto del clero estarán bajo la autoridad del obispo. Paralelamente, se lleva a cabo una reforma moral, que prohíbe el concubinato o el matrimonio de los clérigos. El fortalecimiento de la autoridad pontificia produjo varias crisis, sobre todo con el emperador germánico. Otra consecuencia de ello fue la ruptura con Constantinopla: después del cisma de 1054, se declaró oficialmente la división de la Iglesia; sin embargo, la ruptura profunda en las conciencias se produjo durante el saqueo de Constantinopla, durante la cuarta cruzada, en 1204.
Si bien la Iglesia católica salió reestructurada de la Reforma gregoriana, debió soportar graves crisis, siendo el final de la Edad Media un periodo de grandes dificultades. En el siglo xiv, el hambre, la peste negra y las guerras hacen tantos estragos que la población pone en tela de juicio a una institución que, con sus riquezas, parece muy alejada del ideal apostólico. Por otro lado, la designación de los papas franceses a partir de 1305 dejó la ciudad de Roma al abandono y expuesta al caos. Los pontífices se instalan en Aviñón, en el sur de Francia. En 1376, el Papa regresa a Roma, donde muere en 1378. Los cardenales eligen a un sucesor en Roma y en Aviñón se elige a otro. La cristiandad occidental se divide en dos bandos fieles al uno o al otro pontífice en lo que se denomina el Gran Cisma de Occidente, que difícilmente quedará zanjado con el Concilio de Constanza a finales de 1417. La sede pontificia se traslada de Letrán, donde se había instalado junto a la basílica de San Juan, al Vaticano. La Iglesia de dispone a reconstruir la antigua basílica de San Pedro de la época de Constantino: las obras durarán más de un siglo.
La crisis de finales de la Edad Media produjo un cuestionamiento de la institución eclesiástica y el nacimiento de una espiritualidad más individual: ambos traían consigo las premisas de la Reforma de comienzos del siglo xvi, que cristalizó en la aparición de las Iglesias protestantes.
M. S.
Flusin B., La civilisation byzantine, Que sais-je 3772, París, 2006.
Congourdeau M.-H., « L’Eglise byzantine entre charismes et hiérarchie », en D. Iogna-Prat y G. Veinstein ed., Histoires des hommes de Dieu dans l’islam et le christianisme, París, 2003, p. 17-38. relojes de buceo
C. Morrisson (dir.), Le Monde Byzantin, I, L'Empire romain d'Orient (330-641), "Nouvelle Clio", París, 2004.
J.-C. Cheynet (dir.), Le Monde Byzantin, II, L'Empire byzantin (641-1204), "Nouvelle Clio", París, 2006.
Garcin, J.-C. (dir.), Etats, sociétés et cultures du monde musulman médiéval, Xe-XVe siècle, París, PUF, « Nouvelle Clio », 1995-2000.
Mantran, R., L’expansion musulmane, VIIe-XIe siècle, París, PUF, « Nouvelle Clio », 1969.
Sourdel, D. et J., Dictionnaire historique de l’islam, París, PUF, 1996.
Sourdel, D. et J., La civilisation de l’islam classique, París, Arthaud, « Les grandes civilisations », 1983.
| El proyecto | Exposición itinerante | visita virtual | Catálogo | Nuestros enlaces | Aviso legal | Contacto | ![]() |
![]() |
![]() |
| Copyright Qantara 2008 © todos los derechos reservados |