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Qantara - Peregrinaje
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Qantara Qantara

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Peregrinaje

En Bizancio

 

El peregrinaje, viaje hacia un lugar santo con una finalidad de adoración, arrepentimiento y curación del alma y el cuerpo, no está previsto ni por las Escrituras, ni por los Padres de la Iglesia, lo que no le impide desarrollarse a partir del siglo IV y conocer un auge formidable.

El origen del peregrinaje es el viaje a Tierra Santa de personajes deseosos de conocer, por ellos mismos, los lugares escenificados en las Escrituras. Con ello, ponen los pies en las huellas de Cristo; imitar, en la medida de lo posible, la vida y los comportamientos de éste es uno de los objetivos de la vida cristiana, la santificación se une rápidamente a la curiosidad y la desborda. Durante siglos, Jerusalén será para los bizantinos un destino privilegiado, a pesar de las dificultades creadas por la soberanía árabe y, por momentos, latina en la ciudad santa. El peregrinaje se extiende muy rápidamente a los demás lugares mayores de la Biblia, como el Sinaí, al pie del que se instala el monasterio de Santa Catalina.

El desarrollo extremadamente rápido del culto de los santos, primero de los mártires de las persecuciones y, a continuación, de los hombres o mujeres con comportamiento considerado o promovido como excepcional, implica una diversificación de los peregrinajes en dirección de los santuarios que se edifican en torno a su tumba y sus reliquias, reales o alegadas, para los que se desarrolla una literatura hagiográfica que alaba sus proezas, incluidos los milagros realizados después de su muerte. Ello permite una amplia diversificación del peregrinaje, una mayor difusión territorial que lo hace accesible incluso a los que no tienen ni tiempo ni medios de hacer largos y, a veces, peligrosos desplazamientos. Ello no cuestiona la superioridad del peregrinaje a Tierra Santa, que constituye uno de los lugares comunes de la hagiografía. El santo, a menudo un monje, realiza, a veces en varias ocasiones, el peregrinaje de Jerusalén. Además, esto le permite visitar los monasterios fundados en el desierto de Judea por Eutimio y su sucesor Sabas. Como la laura de Sabas sigue funcionando bajo la dominación árabe, ello permite incluso recibir el hábito monástico en este sitio privilegiado.

Los lugares de peregrinaje se hacen así innumerables. Algunos sobrepasan muy ampliamente el marco de la cristiandad bizantina. Así, las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo atraen a los cristianos de Oriente, sobre todo cuando las reconquistas tras las invasiones eslavas hicieron que el camino de Roma fuese relativamente seguro, sin que la degradación de las relaciones entre el papado y el patriarcado empeorase la situación, al menos hasta la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204. El autor de la Vida de Cirilo el Fileota, modesto propietario de un pueblo situado a unos cincuenta kilómetros de la capital, nos lo muestra desplazándose a Roma en compañía de su hermano y quedándose lejos de la muchedumbre, muchos de ellos peregrinos, que se apresuran en sus carreteras. El autor escribe a principios del siglo XII.

Pero la victoria más espectacular es la de Simón el Estilita, creador de un estilo de vida que conoció un gran éxito hasta el siglo XI: este modesto campesino de Siria del Norte alzó en un cercado una columna (stylos, de ahí el nombre) en la cima de una montaña, el monte Corifeo, y se instaló allí para no bajar más, salvo para subir sobre las columnas cada vez más altas que los fieles le edifican. A su muerte, en 459, ha adquirido una celebridad que se extiende hasta Galia, pero sobre todo en Oriente. Aunque sus despojos fueron retirados con fuertes luchas por el patriarca de Antioquía, queda la columna, alrededor de la que se edifica una basílica cuádruple muy espectacular, con cuatro lados que rodean la columna, capaz de acoger a la muchedumbre de peregrinos que afluyen y para los que se edifican muchos edificios anexos. Desde el pueblo situado al pie del monte Corifeo, se sube hacia el santuario por una vía sagrada, cuyas primeras pendientes están rodeadas de tiendas aparentemente bastante prósperas. Como el santuario había pasado entre las manos de los monofisitas, condenados al concilio de Calcedonia en 451, pero mayoritarios en la región, los calcedonios suscitan la aparición de otro Simón Estilita, llamado el Joven, en torno al cual se desarrolla igualmente un próspero peregrinaje. Acude gente de toda la cristiandad, sobre todo oriental, desde las partes más recónditas del Cáucaso, tanto para ver la columna de Simón el Antiguo como para la del Joven. Los santuarios siguen activos hasta el siglo XII.

Desde el punto de vista local, se multiplican los peregrinajes secundarios, promovidos por un monasterio o un obispo. Con el desarrollo del culto de las imágenes, a partir del siglo VI, pero sobre todo tras el final de la iconoclasia en el año 843, se desarrollan innumerables peregrinajes a los iconos santos. Así, Cirilo el Fileota iba todos los viernes de su pueblo a Constantinopla para asistir al milagro de un icono de la Virgen en la iglesia de Blaquerna, recubierta de un velo que un viento divino levantaba cada semana para ofrecerlo a la adoración de los fieles.

Los peregrinajes tienen impacto en la vida económica y social. El peregrinaje cuesta caro y moviliza sumas considerables; al mismo Cirilo, yendo a San Miguel de Honaz (la antigua Colosas, en Asia Menor), le roban la suma relativamente importante que transportaba. De hecho, este peregrinaje, como el de Demetrio a Tesalónica y el de otros muchos, se acompaña de una feria anual, para satisfacer las necesidades de los peregrinos, así como del conjunto de la población local.

Más allá de la simple devoción, los iconos y las reliquias atraen también al peregrino por los milagros que supuestamente realizan y de los que la literatura hagiográfica se hace portavoz. Se encuentran entonces los procedimientos de los santuarios antiguos, como la incubación, que puede durar varias semanas. Además del contacto directo con la reliquia, estrictamente enmarcado, la cura se realiza a menudo por medio del myron, el aceite que sale de las lámparas que iluminan la reliquia o el icono, y que se puede mezclar con cera para hacer el cerato, que se aplica sobre el órgano enfermo. Y el peregrino podrá irse con un elogio, una medallita de barro cocido o crudo con la imagen del santo, que le servirá de talismán.

El peregrinaje no es para nada una obligación, pero encuentra en el mundo bizantino un éxito considerable; incluso el modesto campesino encontrará fácilmente una iglesia o un monasterio cercanos, con un icono o una reliquia, a los que podrá dirigirse.

M. K.

 

En Islam

En tierra de Islam, el peregrinaje o hâjj es una de las obligaciones fundamentales del musulmán. Forma parte de los cinco pilares del Islam y todo musulmán debe efectuarlo al menos una vez en su vida, si tiene las capacidades físicas y financieras para hacerlo. Debe realizarse en la ciudad santa de la Meca en un período fijo del año, el mes de dhû l-hijja, último mes del calendario musulmán. Su origen, así como algunas prácticas, remontan a la época anteislámica; las tribus de la Península Arábiga adoptaban entonces un período de tregua para ir a visitar el santuario de la Ka’ba en la Meca, donde reposaban los ídolos. Las revelaciones coránicas del período medinés ofrecieron un marco a estas prácticas en la nueva religión monoteísta, depurándolas de su carácter pagano simbolizado por la destrucción de los ídolos. La Ka’ba fue entonces considerada como una fundación de Abraham y de su hijo Ismâ‘îl. Sin embargo, las prácticas habituales, simplemente evocadas en el Corán, fueron en lo esencial fijadas por el profeta Muhammad en el momento del peregrinaje, llamado «peregrinaje del adiós», que efectuó a la Meca en 632, poco tiempo antes de su muerte.

Durante siglos, el número de musulmanes que efectuaban el peregrinaje fue limitado por la lentitud de los medios de desplazamiento, la lejanía de las comarcas más recónditas del mundo musulmán y, sobre todo, los múltiples peligros que el peregrino podía encontrar a lo largo de la carretera del peregrinaje o darb al-hâjj, siendo los mayores el extravío, la falta de agua, los ataques de beduinos o adeptos de sectas disidentes, como los cármatas en el siglo X. A lo largo de los siglos, sin embargo, se aportaron una serie de mejoras para facilitar el desplazamiento de las masas peregrinas, cada vez más numerosas. La ruta iraquí fue la primera que acondicionó la esposa del califa Hârûn al-Rashîd (786-809) y fue entonces designada por su nombre: Darb al-Zubayda. Los itinerarios más frecuentados, que salen del Cairo y de Damasco, fueron también dotados de paradas, donde los peregrinos podían alimentarse, beber, enterrar a sus muertos e incluso encontrar refugio detrás de las murallas de un pequeño fuerte, como en Nakhl en el Sinaí o en Aqaba en la confluencia de las carreteras egipcia y siria. Por otro lado, una escolta militar dirigida por el emir del peregrinaje, título conferido a un oficial que el califa quería honrar, se encargaba de proteger la caravana y de asegurar la seguridad de los peregrinos. Los musulmanes que no tenían la posibilidad de ir físicamente a la Meca podían efectuar el peregrinaje por procuración, práctica que conoció un cierto auge en los siglos XII y XIII entre los príncipes turcos y curdos de Oriente Próximo. A la vez estaban preocupados de no dejar sus estados, donde podían ser destituidos en caso de ausencia, pero también deseaban manifestar piedad a las poblaciones que administraban, haciendo colgar en las grandes mezquitas magníficos ejemplares de los certificados de peregrinaje efectuados en su nombre.

Al final de un viaje que podía durar varios meses, el peregrino llegaba a los límites del territorio sagrado o «haram», representado por estaciones o mîqât situadas a lo largo de las carreteras caravaneras, donde debía ponerse en estado de sacralización, purificándose mediante una ablución general y poniéndose una ropa particular, compuesta de dos piezas de tela no cosidas. Los ritos del peregrinaje, codificados muy precisamente, han variado bastante poco desde sus orígenes y se realizan cada año a partir del día 7 del mes de dhû l-hijja. El peregrino empieza entonces generalmente pagando la ‘umra o «pequeño peregrinaje», que puede efectuarse también en cualquier otro momento y que constituye, ante todo, un ejercicio de piedad individual. El peregrino va primero a la Meca, hacia la mezquita sagrada, en el centro de la cual se encuentra la Ka’ba, para efectuar el tawâf, rito que consiste en dar la vuelta al edificio siete veces en el sentido inverso de las agujas del reloj después de haber besado, en la esquina sureste, la «piedra negra» aportada por el ángel Gabriel a Abraham para terminar la construcción del edificio. En un segundo tiempo, debe realizar, no lejos de la mezquita sagrada, una carrera o sa‘y entre las dos colinas de Safa y Marwa, conmemorando la carrera de Agar, concubina de Abraham, buscando agua en el desierto para salvar a su hijo Ismâ‘îl.

El hâjj propiamente dicho comienza el día siguiente y se efectúa, en su mayoría, en los alrededores de la Meca, primero en el valle de Mina, donde el peregrino pasa la noche antes del 9 dhû l-hijja al pie del monte Arafat, donde efectúa una parada de pie de varias horas antes de precipitarse, antes del anochecer, a Muzdalifa, donde se pronuncian las oraciones de la tarde y la noche. El día del 10, marcado por la vuelta a Mina, ve realizarse dos ritos mayores del peregrinaje: la lapidación con siete piedras de uno de los tres montones de piedras, símbolo de Satán, y el sacrificio de un animal en recuerdo del sacrificio de Abraham. El peregrino, de vuelta a la Meca, efectúa entonces las últimas circunvalaciones en torno a la Ka’ba. Los tres últimos días del peregrinaje, que se termina el 13 dhû l-hijja, se desarrollan en Mina y se acompañan de tiros de piedras rituales.

El peregrinaje a La Meca materializa desde sus orígenes la unidad de la comunidad musulmana y, a este título, siempre ha representado un objetivo político mayor. Así, durante los primeros siglos del Islam, le tocaba al califa dirigir el peregrinaje: algunos, a imagen y semejanza de Hârûn al-Rashîd, realizaron esta misión con celo. Si, a continuación, la presencia de los soberanos se hizo más rara en la Meca – ningún sultán otomano efectuó el hâjj –, el control de la ciudad santa y la afirmación de su autoridad sobre ésta fueron siempre una fuente de reconocimiento y legitimación de los diferentes poderes que dominan el mundo musulmán. La preeminencia de un príncipe se manifestaba también por el rango que ocupaban la caravana de sus presidentes en la marcha hacia Mina y la posición de sus estandartes en el monte Arafat. Tras la dislocación del califato en el siglo X, los diferentes soberanos de Oriente Próximo intentaron tomar el control de los lugares santos o hacer reconocer su preeminencia sobre estos. El famoso sultán Saladino fue así el primero que tomó el título de guardián de los lugares santos, a partir de la segunda mitad del siglo XII. Los soberanos mamelucos, seguidos varios siglos más tarde por los sultanes otomanos, manifestaron su preeminencia sobre los lugares santos enviando cada año un palanquín montado sobre un camello, llamado mahmal, marcando la participación simbólica del príncipe al peregrinaje y afirmando su dominación sobre la Meca.

Teóricamente, los únicos peregrinajes canónicos fuera del hâjj eran los efectuados en las otras dos ciudades santas del Islam, Medina y Jerusalén. Sin embargo, a partir de los primeros siglos del Islam, los peregrinajes se multiplicaron en torno a las tumbas de los imanes chiítas, como el de ‘Alî à Najaf o de Husayn en Karbala, y adoptaron incluso una forma exigente. Esta manifestación de la piedad popular afectó al mundo sunnita, donde se multiplicaron a partir del siglo XI las visitas piadosas o ziyârât a las tumbas de los santos musulmanes, con la esperanza de captar la baraka de los piadosos personajes, susceptibles de satisfacer las oraciones de los peregrinos. Estos lugares de peregrinajes secundarios, especialmente en las provincias periféricas del Islam, se multiplicaron a partir del siglo XII, época en que florecieron las primeras guías de peregrinaje, entre ellas la de al-Harawî, para orientar a los peregrinos. Esta nueva devoción se convirtió muy a menudo en un objetivo de poder, y los príncipes locales intentaron recuperarla para su provecho. Estas prácticas fueron sin embargo regularmente condenadas por los juristas musulmanes, especialmente de rito hanbalita, como Ibn Taymiya en el siglo XIII, que vieron en ellas un replanteamiento de la Unicidad divina. En este linaje, el movimiento wahhabi condenó de forma definitiva, a partir del siglo XVIII, el culto de los santos y las visitas piadosas. Ello se tradujo en Arabia, en los siglos que siguieron, mediante la destrucción de las tumbas de los santos y la prohibición de todos los peregrinajes considerados como extra-canónicos.

J. M. M.



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