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Qantara - Lugares de transmisión del saber
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Qantara Qantara

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Lugares de transmisión del saber

En Bizancio

La Antigüedad tardía se caracterizaba por la presencia de escuelas en todas las ciudades y por la existencia de varios polos prestigiosos de enseñanza superior:Atenas en filosofía, Alejandría en filosofía, ciencias y medicina, Beirut en derecho, Antioquía y Gaza en retórica. Las cartas y los poemas autobiográficos de Gregorio de Nazianzo, en lo que respecta a Atenas, y la Vida de Severo de Antioquía por Zacarías Escolástico, en cuanto a Alejandría y Beirut, nos permiten imaginar la vida estudiantil en estos grandes centros intelectuales.

La retracción urbana que supuso la crisis demográfica de los siglos vi y vii, y la pérdida de numerosos territorios como consecuencia de la conquista árabe influyeron considerablemente en el sistema de enseñanza. Sin embargo, durante el Imperio bizantino, se impartía instrucción básica en todas las ciudades, en escuelas privadas (en ocasiones, muy pequeñas con apenas un maestro y unos pocos alumnos), monasterios y parroquias. Las familias pudientes solían tener preceptores que se ocupaban de sus hijos. A partir del siglo viii, en distintas ciudades existían escuelas secundarias privadas que contaban con el apoyo del Estado y que impartían la encyclopaideia (esencialmente gramática y retórica).La competencia entre las escuelas, cada vez más numerosas, era notable. El elogio de Juan Mesarites por su hermano Nicolás hace una viva descripción de una de esas escuelas, formada por varias aulas que comunicaban por un pórtico, aunque la mayoría de las escuelas sólo constaba de un aula.

Si la hagiografía pone en evidencia una multitud de escuelas básicas en distintos pueblos, las fuentes relativas a la enseñanza secundaria sólo describen escuelas de Constantinopla. Éstas suelen llevar el nombre de una iglesia, aunque no se sabe si dependían de una parroquia o si solamente se trataba del nombre del barrio donde se encontraban, organizado alrededor de una iglesia. Así se conoce el nombre de la escuela de los Santos Apóstoles (descrita por Nicolás Mesarites) y el de la escuela de San Pedro, ambas de gran renombre. Más modestas son la escuela de los Cuarenta Mártires, la Diakonissa, la Theotokos ton Chalkoprateion (barrio de los caldereros o del cobre). Estas escuelas privadas compiten seriamente entre ellas. Están dirigidas por un maistor (por lo general uno solo) y supervisadas por el maistor de los rétores y por el hypatos de los filósofos, que controlan su funcionamiento y dictaminan los exámenes de fin de curso. A partir de 1261, cuando Miguel VIII arrebata Constantinopla a los latinos, se reconstruyen escuelas bajo la autoridad del Estado (como la escuela de San Pablo del Orfanato, fundada y financiada por Miguel VIII) o dentro de monasterios (escuela de Máximo Planudes en el de Akataleptos, escuela de Nicéforo Grégoras en el de Chora).

Del mismo modo, la enseñanza superior está bien representada en Constantinopla. Pese a que las fuentes son poco explícitas, se puede considerar que la fundación, hacia 850, de cuatro cátedras (filosofía, astronomía, geometría y gramática), dirigidas por León el Matemático, en el gran palacio de la Magnaura (al sureste de la ciudad) por orden del césar Bardas es el primer esbozo de “escuela universitaria” (el término “universidad” en sí mismo se debe reservar al sistema específico del Occidente medieval). En el siglo x, Constantino viii Porfirogéneta renueva esta enseñanza nombrando profesores prestigiosos a cargo de las distintas cátedras. Por otra parte, cabe señalar, en el siglo xi, la escuela de derecho fundada en el palacio San Jorge de los Manganes y dirigida por Juan Xifilin, que obtiene el título de nomofilax, y la escuela de retórica y filosofía dirigida por Miguel Pselo, designado hypatos de los filósofos, que supervisa además las escuelas secundarias de la ciudad. Parecede organización de los estudios superiores, sino que resultan de la decisión de Constantino X Monómaco de financiar en lo sucesivo una escuela fundada de común acuerdo entre Pselo y Xifilin para formar a los dirigentes del Imperio. ser que estas dos nuevas escuelas no forman parte de un plan concertado

Estudios recientes ayudan a comprender mejor la formación de los médicos en el Imperio bizantino.Mientras que la escuela de Alejandría debe su notoriedad al comentario de los textos médicos antiguos, la enseñanza médica en Bizancio se orienta a la formación para el ejercicio de la medicina. La enseñanza teórica se imparte en pequeños centros llamados frontisteria, como aquel al que acude Juan Zacarías en el siglo xiv. Después de ello, el futuro médico efectúa prácticas en hospitales (por ejemplo el Pantocrátor en Constantinopla) como asistente. En el siglo xv, Juan Argirópulo imparte enseñanza de alto nivel a médicos experimentados en el katholikon museion del hospital de Kralj, en el barrio de Petra.

También en Constantinopla, los didáscalos estaban a cargo de la formación de los clérigos, en especial la de los de mayor rango, obispos y patriarcas, que se celebraba en la escuela patriarcal situada cerca de Santa Sofía. Los juristas y los agrimensores estudian en pequeñas escuelas organizadas por la corporación de notarios.

Aunque Constantinopla atrae a estudiantes de todo el Imperio, las ciudades provinciales también albergan centros de estudio. En el siglo xiv, Tesalónica es renombrada por sus estudios de retórica. Allí estudiaron al parecer numerosos juristas (Tomás Magistro, Mathías Blastares, Constantino Harmenópulo, Nicolás Cabasilas), por lo que cabe suponer que había una escuela de derecho. Para terminar, por esa misma época, Trabizonda es reconocida por su escuela de astronomía, abierta a las influencias orientales (astronomía árabe y persa).

M.-H. C.

 

En Islam

Saber y enseñanza están relacionados desde hace mucho tiempo. Esa es la razón por la que, desde el advenimiento del Islam, se crearon espacios especializados para estudiar el Corán y los hadîth. Al principio, esta enseñanza se hacía en las mezquitas. Éstas no estaban sólo reservadas a la oración sino que representaban el primer núcleo de lo que se llamará la madrasa (la escuela), donde se enseñaba la lectura, la escritura, la teología, etc. Los sabios, los que se llamaban «la gente del saber», tenían sus círculos. En la época de los omeyas, las mezquitas estaban abiertas para toda persona habilitada a enseñar y toda persona que quisiera asistir a las clases. Por otro lado, el profesor no tenía la obligación de enseñar un tema preciso, su papel era comunicar lo que sabía.

En los primeros siglos, la enseñanza no reposaba sobre obras especializadas y no respetaba una pedagogía precisa. El juez Iyadh indica que Malek ibn-Anas decía: «no conocemos a nadie de nuestro país, o de nuestros antepasados, que escribiese. Entonces le dijimos: ¿cómo debemos hacer? Respondió: aprenda como aprendieron y haga como ellos hicieron para que sus corazones se iluminasen y ello le evitará la escritura».

A principios del Islam, el faqîh, así como el sabio, impartieron gratuitamente su enseñanza y eran independientes de cara a la autoridad. Pero a principios del siglo VIII, vio la luz un nuevo régimen. Fueron instaladas escuelas en las ciudades y pueblos musulmanes, para permitir a los jóvenes adquirir las bases de la lengua, aprender el Corán, la escritura (o la caligrafía) y la gramática. Esta enseñanza de base les permitía proseguir sus estudios en la mezquita.

En la mezquita, el estudiante integraba grupos de estudios más amplios. La enseñanza que recibía era el equivalente de la enseñanza secundaria de nuestros días y representaba una etapa transitoria entre la escuela y los círculos en torno a los sabios más famosos, que impartían clase y son el equivalente de la enseñanza superior actual.

La mezquita es el primer tipo de construcción con vocación religiosa en Islam. La primera, la del profeta Muhammad, en Medina, es de hecho el primer lugar de enseñanza. Desde entonces, se ha reforzado la relación entre saber y cultura en la mezquita. Entre las mezquitas-escuelas más importantes, citemos: la mezquita de Medina, donde enseñó Anas ibn-Malik, la mezquita de Koufa, donde enseñó el imán Abû Hanifa, la de Fustat, donde estudio el imán Shafîi. La mezquita de al-Basra y la mezquita omeya en Damasco, la mezquita Ezzitouna, la mezquita de Okba Ibn Nafaa en Kairuán y la mezquita de los Karawiyyin en Fez, no eran menos importantes

A pesar de la competencia entre la madrasa y la zawiyya, la mezquita conservó su prestigio a través de los siglos. Lo consiguió, sobre todo, por el hecho de que la teología estaba en el centro de la enseñanza impartida. Efectivamente, los sabios explicaban el contenido de la nueva religión y lo que seguía siendo poco inteligible para los musulmanes.

Varias fuentes, ya sean del Oriente o del Occidente musulmanes, relatan cómo, a partir de los principios del Islam, se formaban en las mezquitas los numerosos círculos de enseñanza. Y mientras que en Oriente, desde el reino de Nûr al-Dîn Zankien Syrie y el de (Saladino) en Egipto, el sabio enseñaba las cuatro doctrinas; en el Magreb, el Occidente musulmán, se enseñaba sobre todo la doctrina malikí. La enseñanza de la doctrina hanafí empezó en la época de los turcos otomanos en Túnez y Argelia.

A la mezquita se añadió la madrasa como establecimiento para la enseñanza. Se construyeron varias en todo el mundo musulmán. La calidad de la enseñanza era a menudo de alto nivel, como por ejemplo en la madrasa al-Muntasiriyya, en Bagdad, o en la madrasa Chamâ’iya, en Túnez.

La enseñanza en la mezquita parecía hacerse en total libertad. El estudiante no estaba obligado a la asiduidad, ni a asistir a las clases: optaba por el círculo de su elección. En la madrasa, el estudiante debía respetar algunas reglas. Efectivamente, el estudiante interno estaba obligado a estar presente a un horario fijo y sólo podía irse de clase cuando el profesor terminaba su exposición. Además, sólo podía frecuentar las clases a las que estaba obligado. Pero como el desarrollo de las clases en las madrasa era controlado por un director o un «cheikh», hemos observado que el número de estudiantes que frecuentaba las madrasa era inferior al de las mezquitas (proporcionalmente al número de las habitaciones de la madrasa), donde la enseñanza era válida sin limitación.

Los fatimíes son los primeros que intervinieron en los asuntos de la enseñanza en el mundo islámico. Decidieron una orientación religiosa precisa, que servía su interés. En ello fueron seguidos por la mayoría de los gobiernos ulteriores en los países islámicos, especialmente en lo que se refería a los temas propuestos para la enseñanza, la elección y la nominación de los profesores para los que fijaban un salario y que manipulaban a su antojo, según sus preferencias y tendencias doctrinales. Respecto a ello, los ejemplos son muchos. Mientras que varios profesores se sometieron a la voluntad de los políticos y de los sultanes, otros parecían haber rechazado tal situación. Habrían dudado en aceptar un puesto oficial de profesor, sobre todo porque no compartían las mismas doctrinas que el poder, cuya influencia iba más allá de las mezquitas, las madrasa y cualquier otro lugar de enseñanza.

La enseñanza no se hacía únicamente en las mezquitas y madrasa. Algunos sabios enseñaban en sus casas, entre otras cosas, el hadîth y la jurisprudencia.

Antes de utilizar la mezquita, el profeta Muhammad también había tomado, efectivamente, la casa de al-Arqâm ibn Abû al-Arqâm como polo de encuentro con sus compañeros para enseñarles los principios de la nueva religión.

Los califas, los príncipes y la gente acomodada contrataban a maestros privados para cuidar a sus hijos. En materia de enseñanza privada, los fatimíes dieron un salto cualitativo, construyendo escuelas privadas en sus palacios, donde se velaba por la instrucción de sus hijos y las de sus notables. El califa al-Mû’tadid, por ejemplo, hizo construir al lado de su palacio un lugar reservado a los sabios; su acción fue imitada a continuación por algunos nobles. Abû al-Qâsim ibn Muhammad ibn Hamdân al-Mawsilî fundó en 945 la «casa del saber» en Mossoul, y le anexó una biblioteca que dedicó a todos los estudiantes sin excepción.

Además de ser lugares militares y de culto, los Ribats (fortalezas) eran también lugares de enseñanza. Y este tipo de monumento continúa asegurando el papel de la enseñanza. En Túnez, aseguraron este papel hasta el siglo XVII; era el caso, por ejemplo, del Ribat de Sousse, donde los estudiantes continuaban viviendo y estudiando.

Varios grupos de estudios se encontraban también en el zawiyya y el maqâm, extendidos especialmente en la parte occidental del mundo musulmán. Los numerosos ejemplos a propósito de la enseñanza impartida en estos establecimientos demuestran que estos lugares participaron a la difusión de la instrucción en una gran parte del mundo arabo-musulmán.

Algunas librerías vieron la luz en Oriente desde el advenimiento del estado abbasí. Los libreros, en su mayoría, eran instruidos. Sus tiendas atraían a los sabios y a los cheikhs, y eran un lugar de intercambio entre estudiantes y sabios. Casi por todas partes en las ciudades árabes y musulmanas, estas librerías eran también polos de atracción para los estudiantes y los sabios al acecho de los manuscritos que provenían de todas partes.

Si la palabra madrasa se encuentra en el siglo X (del verbo darassa, estudiar), los historiadores no están sin embargo de acuerdo sobre el nacimiento de las madrasa en el mundo islámico. La mayoría afirman que fue Nizâm al-Mulk, un visir selyukida (m. 1092), el fundador de las madrasa en el mundo islámico, pero Westenfield cita madrasa anteriores, entre ellas la fundada por Abû Hâtim Assabti (m. 956). Varias casas que datan del siglo IX fueron también construidas para difundir el saber, como la biblioteca del palacio de ‘Alî ibn-Yahyâ Binissabu (m. 888), que era accesible a todo el mundo.

Después del Khurasan, Bagdad conoció también su sistema de madrasa a mediados del siglo XI, pero desaparecieron con la invasión mongola.

A pesar de la creación de las madrasa, las clases en las mezquitas no se detuvieron. La enseñanza se prosiguió en la mezquita omeya en Damasco, en las de Karawiyyin en Fez, la de Medina, de El Azhar en El Cairo, de la Zitouna en Túnez, de Koufa y de Bagdad…

En todo caso, no cabe duda que la madrasa fue creada para realizar un objetivo que la mezquita, con su organización espacial particular, no podía satisfacer: el de albergar a los estudiantes y maestros. Efectivamente, el estudiante venía a menudo de una región lejana de la ciudad y afrontaba la dificultad de encontrar un alojamiento. Así, a principios del siglo IX, algunos sabios y notables dedicaron partes de sus casas y palacios a albergar a los estudiantes que venían de regiones lejanas. Otras razones explicarían, sin embargo, la expansión de madrasa. En el momento en que las madrasa hacían su aparición en Egipto y en el Bilâd al-Sham, la guerra estaba en su apogeo entre musulmanes y cruzados; Nûr al-dîn Zanki habría aprovechado la presencia de los sabios y profesores musulmanes para incitarlos al combate. En cuanto al shafiismo, intentaba erradicar el chiísmo y el monopolio de sus aspectos sobre la enseñanza.

Emanación del principio mismo de la mezquita, la madrasa musulmana tenía, además de su vocación educativa y de acogida, una función cultural. Como para la mezquita donde, efectivamente, se producían la enseñanza y la oración, cada madrasa albergaba también una sala de oración.

Con las ventajas de la gratuidad de los estudios y el alojamiento, la madrasa permitió a varios de sus diplomados provenientes de los medios desfavorecidos una inserción conveniente en la sociedad y la obtención de puestos importantes en el gobierno, especialmente en los ámbitos jurídico y educativo. Entre ellos había varios maestros y escritores públicos. Este hecho se comprueba, sin embargo, menos en Occidente que en el Oriente musulmán.

En las madrasa se podían enseñar una o varias doctrinas, dos, tres, incluso cuatro a la vez. En Bagdad, en el año 1233, fue fundada la madrasa más conocida, la Mustansiriyya, con sus cien habitaciones de gran dimensión. Allí se enseñaban las cuatro doctrinas.

Los estudiantes se ponían en círculo en torno a sus maestros, de ahí la apelación halaqa, círculo, para la clase. Incluso si todos los estudiantes intentaban colocarse lo más cerca posible del maestro para escuchar bien todo lo que decía, no era menos verdad que los estudiantes observaban un orden preestablecido. Efectivamente, cada uno tenía su sitio y no sobrepasaba su emplazamiento, que se le atribuía según su edad, la antigüedad de su frecuentación de las clases del mismo maestro y su nivel de estudios. El maestro se dirigía a los jóvenes estudiantes sentados en la última fila si se distinguían por algunas aptitudes.

Los métodos de enseñanza diferían según las épocas y el estado del saber. Así, la época de prosperidad y desarrollo científico distinguió inminentes sabios, cuya ciencia estaba altamente confirmada. Tal maestro se permitía entonces las interpretaciones más delicadas de los textos más arduos. Pero en la época de decadencia cultural y científica, otro maestro apenas se permitía algunos comentarios e interpretaciones que firmaba con otros en los márgenes de los libros. Era también, de alguna manera, asegurar la transmisión del saber.

Entre los modos de enseñanza conocidos a partir de los primeros siglos del Islam figura la interrogación. El estudiante hacía preguntas a su maestro. Este método desapareció para provecho de otros, siendo el más conocido «el dictado»: el estudiante transcribe todo lo que dicta el maestro. El maestro cuyo nivel científico era confirmado interpretaba cada párrafo que dictaba y el estudiante anotaba estas interpretaciones en el margen de sus hojas y, a continuación, se emprendía la discusión a propósito del tema dictado. A veces el maestro se hace ayudar por un alumno asistente.

A largo plazo, el estudiante obtiene su diploma sin pasar por un examen de final de estudios, como se hace actualmente. Efectivamente, después de haber estudiado uno o varios libros con su maestro, éste le concede la maestría, al-‘ijâza, es decir el diploma que le permitirá, a su vez, enseñar lo que ha aprendido con su maestro. Cuando el estudiante muestra una gran aptitud y una perfecta asimilación de la clase de interpretación del libro al que se refiere, el maestro le inscribe entonces una maestría en la primera o la última página del libro. Manuscrita, esta maestría se acompaña del nombre del estudiante y de los libros que ha aprendido, así como del nombre del maestro.

Dada la importancia de las maestrías que proporcionaban los grandes sabios, unos y otros las coleccionaban con gran entusiasmo ante las eminencias. Antes de su muerte, los grandes sabios proporcionaban maestrías a los sabios de su época y a todos los que se las pedían. No se excluía que algunos apasionados de estas maestrías las pidieran para ellos y sus hijos.

Nadie duda que ambas orillas del Mediterráneo estaban, en los planos cultural y científico, relacionadas mediante sólidas relaciones. El inminente sabio Tahar Ibn ‘Achûr (1879 – 1973), en su libro ¿El alba no está cerca?[1] declara: «la idea de crear escuelas para enseñar las ciencias en el Islam es la resultante del espíritu cívico del estado abbasí, marcado por la síntesis entre el espíritu del Islam y el espíritu griego, ya que ellos [los Abbasíes] no olvidaron citar la escuela de Platón en la traducción de los libros griegos».

Si los sabios árabes tradujeron un número importante de filósofos y médicos griegos, los europeos tradujeron también, a su vez, un número importante de sabios musulmanes, como Ibn Rushd (Averroes), Ibn Sîna (Avicena), al-Ghazâlî, Ibn al-Jazzâr, Ibn Khâldûn, etc.

La circulación del saber entre las dos orillas, desde estas épocas, permitió al sur del Mediterráneo conocer la cultura de Occidente y al norte aprovechar los conocimientos árabes y musulmanes, cuyo progreso civilizador se consolidaba regularmente desde el advenimiento del Islam.

M. B. B. M.

Bibliografía

Flusin, B., « Un lettré byzantin au XIIIe siècle : Jean Mésaritès », en Lire et écrire à Byzance, ed. Brigitte Mondrain, París, Association des Amis du Centre d'Histoire et Civilisation de Byzance, 2006.

Lefort et alii, J., Géométries du fisc byzantin, « Réalités byzantines », París, 1991.

Wolska, W., « Les Écoles de Psellos et de Xiphilin sous Constantin 9 Monomaque », en Travaux et Mémoires du Centre d'Histoire et Civilisation de Byzance 6, París, 1976.

Nota


[1] ? أليس الصبح بقريب



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