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Qantara - Lugares de culto
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Qantara Qantara

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Lugares de culto

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Mezquita de Damasco

En Bizancio

Para los bizantinos, como para todos los cristianos, el rezo puede practicarse en cualquier lugar: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”, (Juan 4, 24). Sin embargo, el lugar por excelencia para practicar la religión y rezar junto a los demás es la iglesia, donde se celebra la liturgia que contribuye al encuentro de Dios con los hombres a través de la eucaristía (“el cuerpo de Cristo es el nuevo templo”, Juan 2, 21).

Cuando se penetra en una iglesia bizantina, llama la atención la omnipresencia de las imágenes, que contrasta con el aspecto más bien austero del exterior. Mosaicos, frescos e iconos dibujan un mundo nuevo. Las imágenes son parte integrante de la piedad bizantina desde la crisis iconoclasta (siglos viii y ix) y desempeñan un papel importante en la liturgia. De hecho, en la iglesia todo cumple con una función litúrgica. Por eso las iglesias bizantinas han seguido una evolución paralela a la de la liturgia.

A principios del Imperio (siglos iv a vi), la construcción más común es la iglesia de planta basilical, que consta de una o varias naves rectangulares delante de las cuales se encuentra un nártex (sala dedicada a los catecúmenos y a algunos penitentes). La nave, cubierta por una techumbre, culmina hacia oriente en un coro abierto y un ábside. Esta disposición es la apropiada para una liturgia influida por las ceremonias imperiales, con procesiones y un movimiento de entrada y salida de la iglesia. Un ejemplo de ello es la basílica de san Apolinario el Nuevo en Rávena (siglo vi). Con el tiempo se impone otro estilo arquitectónico. El elemento innovador será la cúpula, que domina la nave, y la generalización de la planta centrada. Santa Sofía, que Justiniano mandó construir en Constantinopla, combina ambas plantas. La liturgia terrestre es la imagen de la liturgia celestial y la iglesia, el símbolo del cosmos compuesto por el cielo (el santuario) y la tierra (la nave). El santuario está separado de la nave por un cancel (una balaustrada baja). Los mosaicos y los frescos proporcionan al conjunto su esplendor. Las miradas se dirigen hacia el ábside presidido por la imagen de Cristo.

A partir del siglo ix, las iglesias basilicales, destinadas al culto catedralicio, es decir el del obispo, deben rivalizar con las iglesias privadas, de tipo monástico. Más pequeñas, éstas adoptan una planta en forma de cruz griega y poseen una o varias cúpulas. Simultáneamente, la evolución del cancel o templón, que pasa a ser más alto y a adornarse con imágenes hasta convertirse en un tabique opaco cubierto de iconos y dotado de puertas (el inocostasio), refuerza el carácter sagrado del santuario, de los clérigos que penetran en él y de los ritos que allí se llevan a cabo (la consagración eucarística). Debido a las reducidas dimensiones de la iglesia, los grandes desplazamientos de épocas anteriores devienen meramente simbólicos (los clérigos entran y salen del santuario por las puertas del iconostasio). La divina liturgia ya no es la imagen terrestre de una liturgia celestial, sino la representación de las etapas de la vida de Cristo. El programa iconográfico se adapta a esta nueva situación: el Cristo Pantocrátor observa a los fieles desde la cúpula; el ábside alberga la imagen de la Madre de Dios (theotokos), que media entre el cielo y la tierra; la nave se cubre de ciclos narrativos, sobre todo acerca de la vida de Cristo. Las iglesias de Dafni y Hosios Lukas en Grecia presentan impresionantes conjuntos iconográficos hechos en mosaico.

En los últimos siglos del Imperio se produjo un florecimiento de los temas iconográficos. La Ascensión de Cristo, que prefigura la divinización del hombre tras su resurrección, ocupa un lugar destacado en el ábside. El último renacimiento del arte bizantino se observa en pequeñas iglesias monásticas como la de San Salvador en Chora (hoy Museo Karye de Estambul), cuyos mosaicos (en el nártex y en la nave) y frescos (en la capilla aneja o paraclesion) son una de las manifestaciones más acabadas del arte bizantino.

Fuera de las iglesias, otro lugar de culto importante es el baptisterio donde se cumple con el principal sacramento de iniciación: el bautismo. El baptisterio también se transforma al ritmo de la práctica. De forma circular u octogonal, inicialmente se organiza alrededor de una fuente bautismal donde el catecúmeno entra bajando por unos escalones de piedra. A medida que los bautismos de adultos disminuyen, las fuentes bautismales se sustituyen por pilas de pie en las que se sumerge a los recién nacidos. Los mosaicos y los frescos que decoran las paredes del baptisterio representan temas relacionados, como el bautismo de Cristo en las aguas del Jordán. Se pueden observar dos hermosos baptisterios bizantinos en Rávena.

J. -M. M.

En la Europa Occidental

El origen de las basílicas cristianas

 

Como el culto cristiano había obtenido un estatus oficial por la decisión de Constantino en Milán en el año 313, el número de cristianos no dejó de aumentar, sobre todo porque a finales del siglo IV el cristianismo fue proclamado religión de Estado por Teodosio. Los lugares de culto se multiplicaron, el mismo Constantino hizo erigir grandes santuarios para reunir a los fieles, las basílicas. El tipo arquitectónico se inspiraba de edificios existentes. El nombre mismo de basílica se deriva del griego Basileus, el soberano: es la sala de audiencia real, aparecida en el mundo griego helenístico. Se utiliza en Roma a partir del siglo II a.C., como un lugar de reunión que prolonga lateralmente el foro, que sirve de mercado, centro de negocios o sala de justicia. La basílica cristiana, destinada a albergar un número importante de fieles, se deriva de este edificio público. No obstante, se ha adaptado: la basílica civil daba en general a un largo lado que delimitaba el foro, para multiplicar las entradas, y estaba provista a menudo de dos ábsides en sus lados pequeños. Por el contrario, la basílica cristiana daba a un lado pequeño, con una disposición a lo largo que permitía valorizar el ábside, al otro extremo del rectángulo que constituía la nave. Este ábside está dirigido hacia el este, el sol naciente, evocación de la resurrección. (Hay, sin embargo, algunas excepciones, San Pedro y San Juan de Letrán en Roma tienen el ábside al oeste por razones topográficas). El monumento está subdividido, eventualmente, por filas de columnas que delimitan una nave central y colateral o naves laterales. Está cubierto de un armazón, salvo el ábside abovedado en cuarto de esfera. Así, el ábside materializa el lugar más importante del edificio, donde se sitúa el altar.

           

Aunque existen también edificios de planta centrada, siguen siendo excepcionales en Occidente (salvo para los baptisterios), mientras que se hacen predominantes en la arquitectura bizantina. Por último, la sala de oración de algunos tipos de mezquitas, como la de los omeyas en Damasco, se inspira de este tipo arquitectónico (sala rectangular subdividida por columnas), pero vuelve sin embargo a la disposición a lo ancho de las basílicas civiles, para adaptarse a las filas de creyentes orando hacia la Meca.

 

Las funciones de las basílicas

 

Las primeras basílicas cristianas tienen funciones específicas. Así, la basílica de Letrán en Roma, sede episcopal, está destinada a la celebración eucarística y contiene un altar. La basílica de San Pedro, con funciones martiriales, está destinada al recogimiento en la tumba del apóstol y mártir, alrededor de la cual se edificó el ábside. La basílica de Santa Inés, cuyos colaterales se prolongan alrededor del ábside (tipo «en forma de circo»), recibe sepulturas y constituye una zona funeraria. Tras los siglos IV-V, estas diferenciaciones tienden a desaparecer, todas las basílicas están provistas de altares, reciben las reliquias de mártires y albergan sepulturas privilegiadas. El nombre de iglesia también se utiliza para designar el monumento, proveniente del griego ekklesia, que designa la asamblea de los fieles. Las iglesias vinculadas a la sede episcopal se llaman catedrales (de cátedra, asiento), las de las parroquias, parroquiales. Los santuarios vinculados a las comunidades religiosas (cf. Los lugares de retiro) reciben denominaciones específicas: la iglesia abacial para un monasterio, colegial para una comunidad de canónigos, conventual para los conventos de hermanos mendicantes... El papel principal de la iglesia es albergar la celebración eucarística.

 

La celebración eucarística, un culto sacrificatorio en un edificio sagrado

 

La misa dominical, dividida en liturgia de la Palabra y liturgia eucarística, se deriva de las celebraciones de los primeros discípulos. Como lo describen los Actos de los Apóstoles, los primeros cristianos rezaban, leían y meditaban juntos el domingo por la mañana. Al final del día, tomaban una comida en común, repitiendo los gestos de Cristo durante la Cena, la última comida antes de la Pasión. Durante este rito, llamado de la consagración, el pan y el vino se transforman para los cristianos en cuerpo y sangre de Cristo («la transubstanciación»). Este rito sacrificatorio constituye una particularidad esencial del culto cristiano. Efectivamente, a través de la eucaristía, se celebra el sacrificio de Cristo. Así, el cristianismo se define como un culto sacrificatorio, al igual que el judaísmo de la época del templo de Jerusalén, donde los sacerdotes realizaban sacrificios de animales. Por otro lado, en el judaísmo posterior a la desaparición del templo, al igual que en el islam, sinagogas y mezquitas albergan la oración colectiva, dirigida por el rabino o el imán. En el seno del cristianismo, en el siglo XVI, la Reforma, particularmente proveniente de Juan Calvino, redefine a su vez el culto cristiano como un culto de oración, ya que la eucaristía adopta un carácter conmemorativo. Los pastores, cuyo rol es bastante comparable con el de rabinos e imanes, guían a las comunidades protestantes.

 

Los sacerdotes católicos, al igual que los ortodoxos, al haber recibido el sacramento del orden, efectúan el sacrificio eucarístico en un altar - terminología propiamente sacrificatoria -, que es también la evocación simbólica de la tumba de Cristo. Así, la iglesia que alberga el sacrificio es un edificio sagrado, sobre todo porque después del concilio de Letrán IV (1215) se conserva permanentemente el pan consagrado - cuerpo de Cristo - en reservas eucarísticas originarias de los tabernáculos, para la adoración de los fieles. Es el obispo el que efectúa la consagración de la iglesia, a lo largo de una ceremonia solemne.

La iglesia, edificio material, se compara con la Iglesia celeste, según el concepto de San Agustín, que hace un paralelismo entre la ciudad terrestre y la Jerusalén celeste. Así, la capilla palatina de Carlomagno en Aquisgrán mide 144 pies de circunferencia, la dimensión de la Jerusalén celeste según el Apocalipsis, «medida de hombre, la cual es de ángel», idea retomada por la inscripción «Es Jerusalén la celeste lo que se representa con esta imagen, visión de paz y para nosotros esperanza segura de quietud»… A partir de la época románica, los temas de las esculturas que coronan los pórticos evocan el final del tiempo (la escatología), a través de representaciones como el Juicio Final o Cristo en Majestad del Apocalipsis, que marca el franqueamiento entre el mundo terrestre y el mundo celeste, simbología representada por la Iglesia. En el siglo XII, el abad de Saint-Denis, Suger, compara las vidrieras de su iglesia con las gemas brillantes de la Jerusalén celeste.

 

La evolución arquitectónica de las iglesias occidentales

 

A partir de los siglos VIII-IX, las iglesias se transforman, bajo el impulso de la renovación litúrgica querida por el clero y los soberanos carolingios. En lugar del altar único de las basílicas paleocristianas, se asiste a una multiplicación de los altares. Se va de procesión de uno a otro y se celebran misas para los difuntos inscritos en el obituario (sólo se puede celebrar una misa al día en un altar). Se erigen torres al oeste (macizo occidental o Westwerk), que comportan un altar en una capilla alta, recibiendo también campanas. Es el origen de las fachadas románicas, provistas de una torre porche en la entrada (Saint-Germain des Prés en París, hacia el año 1000), precedidas de un nártex (porche y capilla alta como en Tournus en Borgoña, segundo cuarto del siglo XI) o enmarcadas por dos torres (fachada armónica de Saint-Etienne de Caen, finales del siglo XI). El desarrollo del culto de las reliquias implica la constitución de criptas complejas, con pasillos de circulación y capillas anexas (Saint-Germain de Auxerre, siglo IX). Estas criptas dieron lugar a cabeceras románicas…

 

En torno al año 1000, se elaboran nuevas fórmulas. Las cabeceras son mucho más complejas. Predominan dos fórmulas: las cabeceras con capillas escalonadas, constituidas de un ábside central enmarcado de ábsides laterales con profundidad creciente (planta del segundo estado de la abacial de Cluny, 2ª mitad del siglo X, conocida por excavaciones; Chateaumeillant en Berry, siglo XII), y el deambulatorio con capillas que salían de él, con un pasillo de circulación que gira alrededor del santuario y al que da una corona de capillas (abaciales de Tournus y Conques, siglo XI). Los brazos de los transeptos, que forman una planta de la iglesia en cruz latina, se articulan en torno a un armazón regular. Si estas partes son abovedadas, no es forzosamente el caso del resto de la nave, que puede ser de madera: el arte románico no es obligatoriamente sinónimo de bóveda de cañón, contrariamente a una idea preconcebida (abacial de Jumièges en Normandía, mediados del siglo XI), por ejemplo. Sin embargo, muy pronto, ritman las paredes columnas empotradas (semicolumnas solidarias del muro), definiendo naves. Los soportes complejos, los pilares compuestos, formados de varios elementos, reciben los arcos de los arranques. Por último, las bóvedas se generalizan en la segunda mitad del siglo XI. La interdependencia de los elementos arquitectónicos es, sin duda, una de las principales características de esta arquitectura, que provoca una sensación de escalonamiento de las masas y los volúmenes, como se puede ver en el arte románico auvernés. A lo largo del siglo XII, se experimentan también nuevas fórmulas (recubrimiento con cúpulas en la nave, catedrales de Angulema, Cahors y Le Puy, por ejemplo). Una decoración pictórica subraya la arquitectura, desarrollando ciclos iconográficos complejos (Saint-Savin en Poitou). Los capiteles historiados y los relieves de los tímpanos esculpidos traducen la imagen en la piedra. Las referencias a la Antigüedad son numerosas.

 

La arquitectura gótica se elabora en Ile-de-France a partir de los años 1140, en la época de la madurez del estilo románico en el resto de Francia. Al principio, se distingue por nuevas técnicas: utilización de la bóveda de ojiva o del arbotante, por ejemplo. Después de algunas experiencias, a veces atípicas (edificios a 4 niveles, catedrales de Laon y París), el primer arte gótico deja sitio, hacia 1190, a un estilo calificado de gótico clásico, cuya ilustración es la catedral de Chartres, seguida de las de Reims, Amiens y Beauvais, que ofrecen un ejemplo emblemático: naves estrechas que presentan tres niveles (grandes arcadas inferiores, triforio – paso en el espesor del muro – y ventanas altas), vanos subdivididos por rellenos de piedra, bóvedas constituidas de dos ojivas que recortan cuatro secciones, en una planta rectangular (cuadripartitas en planta con un lado más largo que otro)... Esta racionalización de la arquitectura permite, a partir de 1240, vaciar completamente las superficies murales, cerradas por vidrieras donde se expone la iconografía precedentemente figurada en la pintura mural. Así, como en la Santa Capilla de París, se obtiene la sensación de una arquitectura desmaterializada, de un efecto jaula de vidrio que da su nombre al gótico resplandeciente. La luz que cae del cielo es así una evocación de la luz divina. A partir del siglo XIV, el estilo gótico flamígero acentúa los efectos decorativos y gráficos, recortando la piedra como encaje y creando la ilusión de pavesas, en sus vanos y rosas. Paralelamente, el gótico de las órdenes mendicantes traduce, a partir del siglo XIII, una reacción contra la fastuosidad de las iglesias, afirmando su apego a un despojo y una austeridad más conforme al ideal evangélico.

T.S. 

Bibliografía

Byzancio

Cutler, A., Spieser, J.-M., Byzance médiévale, 700-1204, París, 1996.

Taft R. F., Le rite byzantin : Bref historique, trad. par J. Laporte, París, 1996.

 



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