Al principio del cristianismo, algunos cristianos se retiran de la vida activa para dedicarse a Dios, en una vida de oración y celibato. En el siglo IV, cuando se acaban las persecuciones contra los cristianos, el cristianismo, convertido en la religión mayoritaria, conoce una desazón de sus exigencias éticas; el movimiento de retiro toma una dimensión más radical de ruptura con el mundo, en la soledad (los anacoretas
Tras un tiempo de discernimiento (noviciado), el monje toma el hábito monástico y supera un cierto número de etapas (pequeño hábito, gran hábito). Contrariamente a los monjes de otras religiones, el monje cristiano se compromete para la vida entera. El monasterio acoge también a no-monjes, a altos personajes (a veces emperadores) que desean terminar sus días en un monasterio, o simplemente a particulares que, previa donación, reciben una plaza reservada en un monasterio (adelphaton). En torno a algunos monasterios gravitan familiares que frecuentan los oficios y reciben la dirección espiritual de un monje. El monasterio también puede ser un lugar de retiro forzado (desgracia o encarcelamiento).
El mundo bizantino conoce diversos tipos de monasterios. Los anacoretas viven solos en una cabaña o una pequeña ermita dependiente de un monasterio. Las lauras agrupan varias celdas de ermitaños en un gran espacio, alrededor de un polo común que une a los lavriotas para la liturgia dominical (Mar Saba en Palestina). Los monasterios cenobíticos reúnen en una misma vivienda un número variable de mujeres, de varias decenas a varias centenas. A lo largo de su vida, un monje puede pasar de una forma de vida monástica a otra. En teoría, desde la reglamentación de Justiniano (siglo VI), que favorece el cenobitismo más fácil de controlar, los monasterios dependen del obispo del lugar donde se encuentran; pero progresivamente se van multiplicando monasterios dependientes directamente del patriarca de Constantinopla (monasterios stauropegiacos), o incluso totalmente independientes.
El monasterio se presenta como un espacio delimitado por un recinto, que puede tomar la forma de una verdadera muralla, como en los monasterios fortificados del monte Athos, donde los ermitaños aislados se refugian en caso de incursión hostil. Los edificios del monasterio, agrupados en torno a la iglesia (katholikon) donde los monjes se encuentran para la liturgia, se componen de una hospedería para acoger a los huéspedes de paso, de celdas de los monjes (kellia) y partes comunes (refectorio, cocina, bodegas, enfermería, biblioteca, scriptorium). La vida en el monasterio está ritmada por la liturgia: Divina Liturgia (misa) o Liturgia de las Horas, constituida por siete oficios compuestos de salmos, himnos y metanías (simple inclinación del busto o postración), en la celda o en la iglesia. El tiempo que no se dedica a la oración se reparte en trabajo en los campos o artesanía, copia de manuscritos o servicios del monasterio (cocina, ropa, etc.).
Se encuentran monasterios en todo el Imperio bizantino, en las ciudades y los pueblos. Pero están repartidos, sobre todo, en algunos grandes centros monásticos. El más conocido es el monte Athos, que ocupa el dedo oriental de la Calcídica, al norte de Grecia. Habitada exclusivamente por monjes y prohibida a todo elemento femenino, la península de Athos contiene ermitas (skites) y grandes monasterios, como Lavra (o Gran Laura, fundada en el siglo X por San Atanasio el Atonita), Iviron (monjes georgianos), Chilandar (monjes serbios) o Vatopedi. La Santa Montaña atonita la administra un consejo de hegúmenos (superiores de los monasterios) presidido por un Protos. Existen otras colonias monásticas en «soledades», como el monte Latros cerca de Milet, el monte Olimpo en Bitinia o Meteora en Grecia continental. En Constantinopla, numerosos monasterios muestran la importancia de los monjes en la vida política del Imperio, como el Studion, cuya Regla, elaborada por Teodoro el Estudita (siglo IX), influenciará los reglamentos de numerosos monasterios. A partir del siglo XI, emperadores y aristócratas bizantinos desean fundar numerosos monasterios, que albergan también fundaciones caritativas. A algunos, como el Pantocrátor fundado por Juan II Comneno, o Petra, fundado por el kral serbio Uros Milutin, se les añade un hospital.
Si cada monje debe observar la pobreza, numerosos monasterios bizantinos poseen importantes propiedades territoriales, de las que sacan beneficios. En efecto, los emperadores y los altos personajes se aseguran la protección divina dotando a los monasterios como intercambio de la oración de los monjes, y todo bien dado a un monasterio es inalienable y está exento de impuestos. Sin embargo, a medida que el Imperio se empobrece, el Estado confisca bienes monásticos para provecho de los militares.
Aunque la caída del Imperio provocó la desaparición de numerosos monasterios, sobre todo en Constantinopla, sobrevivieron grandes conjuntos monásticos que desempeñaron, bajo el Imperio otomano, el papel de guardianes de la ortodoxia bizantina. Actualmente, el monte Athos sigue poblado por más de 2000 monjes.
M. -H. C.
En el mundo musulmán, los lugares de retiro o khalwadhikr fueron desarrollados por los medios místicos y consistían en rememorarse y repetir en forma de letanía los nombres de Dios, la shahâda u otras fórmulas religiosas, con el fin de alcanzar el éxtasis para acceder a lo divino. Fue precisamente en uno de estos lugares de retiro, la cueva del monte Hira, no lejos de la Meca, donde comenzó la vocación profética de Mahoma, en el mes de ramadán del año 610. Aquí recibió, efectivamente, la primera revelación del Corán por medio del ángel Gabriel. El retiro espiritual, que Mahoma practicaba un mes al año, parece efectivamente haber sido una práctica en vigor en la Arabia preislámica, sin que sea sin embargo posible decir si estaba relacionada con las prácticas de adoración pagana o con el culto de los hanif, que practicaban el monoteísmo antes del islam. En todo caso, la caverna fue el prototipo mismo del retiro de los místicos y santos musulmanes y el lugar privilegiado de su encuentro con Dios. Así, muy a menudo en la prolongación de los cultos antiguos, estos lugares de retiro fueron recuperados por el islam y se convirtieron, en la época medieval, en el centro de peregrinajes secundarios. Estos primeros lugares de retiro, a imagen del primer período del movimiento místico, dirigido por individuos aislados que se llamaban sufíes, fueron individuales y se implantaron, en formas múltiples, en los lugares más variados. Se caracterizaban por la modestia del hábitat, que debía marcar la renunciación a los bienes de este mundo y ser el teatro de una vida ascética. El aislamiento relativo de estos retiros no significaba, sin embargo, una ruptura con la sociedad, ya que estos místicos vivían ante todo de la caridad de los musulmanes y dispensaban, paralelamente, una enseñanza sobre el camino a seguir para entrar en comunión con lo divino. Así, especialmente en la época fatimí, estos retiros podían tomar la forma de modestos refugios en lugares aislados lejos de las grandes aglomeraciones, como las «cabañas de Banyas», en el marco silvestre y montañoso del Golán en Siria, donde se había retirado un grupo de ascetas en el siglo XI. Más numerosos, sin embargo, parecen haber sido los lugares de retiro en la periferia de las ciudades, como las cuevas del Muqattam o el cementerio del Qarafa en los alrededores del Cairo, o incluso en el interior mismo del espacio urbano, donde los sufíes podían vivir en lugares singulares como los minaretes. El famoso teólogo y místico iraní, al-Ghazali, residió así en la celda más alta del minarete occidental de la Mezquita de los Omeyas de Damasco, durante su estancia en la ciudad a finales del siglo XI.
Sin embargo, cabe subrayar que los lugares de retiro musulmanes fueron, a partir de la segunda mitad del siglo VIII, la mayoría de las veces colectivos, lo que condujo a los orientalistas a calificarlos de «conventos musulmanes», a causa de los paralelismos que podían establecerse en su disposición con los monasterios cristianos. Estos establecimientos, desde sus orígenes, mantuvieron estrechas relaciones con la guerra santa o yihad y con los movimientos místicos. Los más antiguos se establecieron en los márgenes del mundo musulmán, en las zonas frontera tanto terrestres, de Anatolia a Irán, como marítimas, del Magreb a Palestina, y tenían como función primera asegurar la defensa y la seguridad del dar al-islam. Estos edificios, que se califican actualmente de ribat, eran, ante todo, fortalezas-fronteras que albergaban elementos del ejército regular, pero también, al parecer, voluntarios de la guerra santa que se dedicaban, fuera de los períodos de guerra, a la evolución y a la meditación. Algunos ejemplares de estos edificios, que formaban una verdadera cadena de fortificaciones tanto costeras como terrestres, se conservaron particularmente bien a lo largo de la costa tunecina, dejando, como el ribat de Sousse, el prototipo mismo del «convento militar». Se presenta como un espacio fortificado de forma cuadrangular, dotado de una entrada única, de cuatro torres de ángulo, una de ellas más elevada que servía a la vez de torre de acecho y de minarete. El patio central está rodeado de pórticos, detrás de los cuales se sucede una serie de celdas individuales sin ventanas, donde se alojaban los combatientes y los ascetas. La segunda planta retoma el mismo modelo de disposición de las celdas, sólo el lado situado en la entrada está ocupado por una mezquita. Este modelo de lugar de retiro, que parece poco a poco abandonado a partir del siglo X, conoció una segunda vida a partir de la época de las Cruzadas, cuando Oriente Próximo se cubrió de fortalezas, algunas de las cuales, como la fortaleza de Saladino en Sadr en el Sinaí, recibían sufíes que venían a hacer retiros más o menos prolongados con soldados del ejército regular.
A partir del siglo XI, se abre sin embargo un segundo período para el movimiento sufí, que entonces ya no está dominado por individuos aislados, sino por cofradías o tarīqa, organizaciones colectivas, fuertemente jerarquizadas, dependientes de la personalidad de un fundador iniciador de una «vía» para acceder a Dios. Esta nueva organización de los movimientos místicos dio nacimiento, sin duda a partir de Irán, a establecimientos llamados khanqah, donde los místicos vivían en común. Esta institución se extendió con este nombre o con el de ribat - especialmente en Irak -, desde India hasta Egipto, donde fue introducida por el famoso sultán Saladino (r. 1171-1193). Su difusión en el Magreb, donde se conoce con el nombre de zawiyya, parece haber sido un poco más tardía y no remontar más allá del siglo XIV, bajo la dinastía de los Meriníes. Por último, el sultanato otomano la difundió a partir del siglo XVI, con el nombre de tekke o takiyya, en todo el Imperio bajo una forma monumental. A diferencia de los ribat del período precedente, estas instituciones ya no mantenían relación directa con la yihad y fueron fundadas, ante todo, en el seno o en la periferia de las aglomeraciones, donde eran simples casas de sufíes. Bastante a menudo, los medios políticos, especialmente los príncipes turcos y curdos que dominaban el mundo musulmán de esta época, estuvieron en el origen de estas fundaciones, esperando tanto controlar los movimientos místicos, cuya enseñanza se refería a partes enteras de la población, como beneficiarse de la baraka que estos sufíes llevaban con ellos. La financiación del edificio y su mantenimiento, así como la de los hombres que la habitaban, eran asegurados por fundaciones piadosas o waqf, asignadas al establecimiento por el fundador que podía enterrarse allí. Si bien es difícil establecer un plano-tipo de estos establecimientos, se puede sin embargo señalar que comprendían, para los más importantes, generalmente celdas, un lugar de reunión y una sala de oración al lado de la sala con cúpula dónde estaba enterrado el fundador de la institución, como en la khanqah monumental del sultán mameluco Faraj ibn Barquq (r. 1399-1412) en El Cairo, o, más frecuentemente, el maestro del camino sufí, como la zawiyya de Abu Madyan en Tlemcen.
J. -M. M.
En los orígenes de la vida monástica
El término de monje (del griego monos, solo) designa al que se retira del mundo para consagrar su vida a Dios, mediante la oración y la meditación. Ya en el Evangelio, Cristo había dado ejemplo, retirándose cuarenta días en el desierto. Además, en el Judaísmo, la corriente esenia (siglo II a.C. - siglo I d.C.) estaba constituida de comunidades estructuradas, que se aislaban para practicar una vida religiosa rigorista. Con el auge del cristianismo en los siglos III y IV, la vida monástica se desarrolla rápidamente, particularmente en la Tierra Santa y en el Egipto bizantinos, bajo dos formas: los ermitaños o anacoretas, como San Antonio, eligen la soledad completa, mientras que los cenobitas optan por una vida comunitaria cortada del mundo, como San Pacomio o San Basilio de Cesarea.
El primer monaquismo occidental
La vida monástica la introduce en Galia San Martín en Ligugé hacia el año 361 y, a continuación, Honorato en las islas de Lérins y Juan Casiano en Marsella a principios del siglo V. Como en Oriente, estas comunidades se atribuyen reglas de organización variadas. Juan Casiano deja por ejemplo varios tratados, entre ellos las Instituciones cenobíticas, que tienen un gran impacto en Occidente. Los fundamentos del monaquismo son la renunciación al mundo, la pobreza, la humildad, la ascesis, la oración, la castidad, la estabilidad y la obediencia al padre de la comunidad, el abad, elegido por los monjes. Los monjes no se ordenan sacerdotes en general, pero pronuncian votos que les comprometen.
En el siglo VI, San Benito de Nursia (hacia 480 - 504) elabora una regla muy clara y práctica en 73 artículos, destinada a su fundación de Montecassino, retomando y simplificando las reglas anteriores, como la regla llamada del Maestro. Ésta ritma el tiempo monástico con las celebraciones, la lectura y meditación individuales (lectio divina) y el trabajo manual. A pesar del éxito del riguroso monaquismo irlandés, introducido en el continente por San Columbano a finales del siglo VI, la regla de San Benito, que se había ignorado tras la muerte de su fundador, la promovió el papa Gregorio Magno (590 - 604), particularmente en las islas británicas recientemente evangelizadas, y se impuso lentamente en otras partes. En la Galia merovingia, el monaquismo irlandés declina, ya que los soberanos intervienen en las designaciones de abades - a menudo laicos - y se apropian de los bienes de las abadías. La acción de los soberanos carolingios a partir de 751 significa un nuevo auge para la vida monástica, mientras que se impone la regla benedictina.
La reforma monástica carolingia
La acción de Benito de Aniano, consejero del emperador carolingio Luis el Piadoso, desemboca a principios del siglo IX en una serie de reformas monásticas. Se generaliza entonces la regla benedictina. Los sínodos celebrados en Aquisgrán en 816 y 817 reorganizan la vida monástica y canónica, bajo la autoridad imperial. La liturgia se hace más elaborada, ya que la recitación de las horas monásticas puntúa la jornada del monje. Al mismo tiempo, se lleva a cabo una reflexión sobre el espacio monástico, organizado ya de manera funcional. El plano de San Galo, dirigido al abad de este monasterio desde el monasterio de Reichenau por el obispo de Basilea hacia 820, retoma sin duda planos elaborados en el entorno de Luis el Piadoso y propone un esquema teórico de organización modular en torno al claustro, en el centro del monasterio. Está rodeado de la iglesia, en general dispuesta al norte y, al este, del edificio donde los monjes leen y copian los libros (el scriptorium), y termina con el dormitorio en la primera planta. Se agregará ulteriormente la sala capitular, entre la iglesia y el scriptorium. Su nombre proviene de la lectura que se hace de un capítulo de la regla, se debaten también asuntos comunes de la abadía y cuestiones de disciplina. Los lados sur y oeste del claustro están rodeados del refectorio y la bodega. El conjunto está sometido a la clausura (de donde proviene el nombre de claustro), los monjes no salen sin el permiso expreso del abad y los laicos no son admitidos. Se reserva un edificio fuera de la clausura para el recibimiento de los huéspedes, también hay edificios para el abad, para los monjes inválidos o enfermos y para los novicios, futuros monjes. Los espacios con vocación económica también están representados. Así, el monasterio occidental adquirió su estructura característica, cuyo carácter estereotipado contrasta con los monasterios bizantinos. Por último, los monasterios están rodeados de murallas que los aíslan, ya sea en la ciudad o en el campo. Se desarrollan suburbios monásticos bajo sus muros, atraídos por las actividades económicas generadas por el monasterio.
También fue en la época carolingia cuando nació la institución canónica; el obispo de Metz, San Crodegango, a finales del siglo VIII, había organizado a los curas que vivían alrededor de él en una comunidad de canónigos que practicaban la vida común. No obstante, los canónigos no están obligados a la clausura, ya que ejercen funciones sacerdotales de cara a los fieles y conservan sus bienes sin pronunciar el voto monástico de pobreza. Como la regla benedictina es inadecuada para su estado, se crea una regla a partir de algunas orientaciones sacadas de los escritos de San Agustín, la regla agustiniana. Los canónigos reciben su organización definitiva en el momento del sínodo de Aquisgrán, en 816. Así, las catedrales están yuxtapuestas por un cercado canónico, construido en torno a un claustro, con edificios comunes.
La edad de oro del monaquismo en los siglos XI - XII
Fundado en 909 - 910 por el duque de Aquitania Guillermo el Piadoso y el abad Bernón, Cluny es emblemático del nuevo auge monástico durante los tiempos feudales. Su anexión directa a Roma, que lo preservó de los abusos de los laicos o del clero local, está en el origen de su éxito, así como la personalidad excepcional de sus primeros abades. Al desarrollar una liturgia muy elaborada, con una preocupación particular por la conmemoración de los difuntos, expresa la belleza y la armonía en sus realizaciones arquitectónicas, sus esculturas, sus manuscritos, su música... La belleza terrestre es, efectivamente, para los cluniacenses, la expresión de la perfección divina, según un concepto neoplatónico. En el siglo XI, Cluny está a la cabeza de una red de cerca de mil abadías y participa activamente, por ejemplo, en la cristianización de la España reconquistada a los musulmanes.
Florecen otras órdenes durante este mismo siglo XI, mostrando el dinamismo de la vida espiritual: Vallombreuse fundada por Juan Gualberto, Grandmont por Esteban de Muret, la Chartreuse por San Bruno, Fontevraud por Robert d'Arbrissel, constituyen algunos ejemplos entre muchos otros. Algunas de estas órdenes, como los cartujos, alían una parte de vida eremítica y una parte de vida comunitaria. Nacen también colegios de canónigos regulares, como reacción contra los canónigos de los cabildos catedrales, llamados entonces canónigos seculares, porque ya no practicaban la vida común y se habían convertido en personajes importantes que elegían al obispo y desempeñaban a veces un papel político. Los canónigos regulares se instalan en burgos donde llevan a cabo funciones parroquiales, practicando a su vez la vida común.
Los cistercienses, fundados en 1098 por Robert de Molesme, conocieron un verdadero auge con la entrada de Bernardo – San Bernardo de Claraval - y de unos treinta miembros de la nobleza borgoñona en 1112. La orden cisterciense conoce entonces su apogeo en el siglo XII. Aunque fundada según la regla benedictina en sus orígenes, otros textos, como la Carta de caridad o de los consuetudinarios, aportan a la orden sus especificidades. Como reacción contra los cluniacenses, los cistercienses hacen honor al trabajo manual, haciéndose asistir por conversos, institución original que, con granjas dependientes de la abadía, permiten una explotación económica excepcional. Simplifican la liturgia y promueven un ideal de austeridad, despojo y simplicidad, que se puede observar en el rigor de sus abadías. Las representaciones iconográficas, esculpidas o pintadas, desaparecen porque podrían distraer al monje y desviarlo de su oración o de su meditación. Los monasterios se organizan jerárquicamente como una familia: Císter controla a sus cuatro hijas, cuyos abades tienen un derecho de control sobre la abadía madre; las cuatro hijas dispersan otras abadías, siendo originarias a su vez de otras fundaciones... Los cabildos generales agrupan anualmente a todos los abades en Císter. Además, este destacado sistema será adoptado por otras órdenes, en particular los benedictinos.
Nuevas formas de vida religiosa, las órdenes mendicantes
Con el auge urbano del siglo XII, los monjes, totalmente aislados del mundo, no pueden responder a las necesidades de una sociedad en busca de un marco espiritual. De esta forma, nacen nuevos modos de vida religiosa al alba del siglo XIII: las órdenes mendicantes, cuyos miembros son hermanos y no monjes, dependientes de conventos, que practican una forma de pobreza colectiva (no sólo individual como los monjes, cuyas abadías eran muy ricas), de ahí su nombre. Al vivir de limosnas y pequeños trabajos, hacen honor al ideal evangélico de pobreza y humildad. San Francisco (1181/1182 - 1226), que dio origen a los hermanos menores o franciscanos, ilustra perfectamente este movimiento: proveniente de la rica burguesía de Asís, renuncia a todo e invita a sus conciudadanos a seguirlo en la miseria. El papa aprueba su movimiento en 1209, pero la orden tarda mucho en estructurarse, se elaboran sucesivamente dos reglas en 1221 y 1223. Santo Domingo (1170 - 1221), canónigo español y teólogo, predica contra los Cátaros, herejía que se había desarrollado en el sur de Francia. Organiza la orden de los hermanos predicadores o dominicos entre 1215 y 1219 y les da una regla. Inclinados hacia la predicación, la teología y la limitación de las almas, los dominicos son todos sacerdotes; renuncian también a los bienes materiales. Los carmelitas, provenientes de la Tierra Santa (Santa María del Carmel), los estructura en 1209 San Alberto, patriarca de Jerusalén. A raíz de la pérdida de las plazas fuertes latinas en Oriente, se instalan en Occidente y se reorganizan en 1247 y 1252. Los hermanos ermitaños de San Agustín o agustinos, que provienen de un movimiento eremítico de Italia central, se convierten en una orden mendicante en 1256, y se organizan definitivamente a finales del siglo XIII. El concilio de Lyon de 1274, para evitar una proliferación anárquica de estos movimientos, limita su número a estas cuatro órdenes. A finales de la Edad Media, algunos laicos se agrupan en las ciudades para buscar nuevos caminos hacia Dios, en cofradías o beguinajes. En 1540, Ignacio de Loyola sienta las bases de la Compañía de Jesús: los Jesuitas constituyen entonces una nueva orden que promete un buen futuro, mostrando el dinamismo de una Cristiandad occidental que nunca dejó de buscar nuevas vías hacia la salvación.
Th. S.
Byzancio
B. Flusin., La civilisation byzantine, Que sais-je 3772, Paris, 2006
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