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Qantara - Muebles y objetos de culto
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Qantara Qantara

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Muebles y objetos de culto

En Bizancio

Los numerosos inventarios de bienes de las iglesias y de los monasterios que han llegado hasta nuestros días son una fuente de información esencial sobre las distintas clases de muebles y objetos de culto bizantinos, de los que proporcionan una detallada enumeración[1]. En la mayoría de los casos, los objetos de culto residen en ofrendas hechas a las iglesias como signo de reconocimiento por una cura milagrosa o por la desaparición de un peligro, o como adelanto para la conmemoración póstuma del alma. Cuando no se empleaban en la iglesia, los objetos de culto y en especial las distintas vasijas sagradas, se conservaban en una sacristía llamada skevophylakion. Podemos distinguir tres grandes grupos de objetos: los de devoción, los litúrgicos y los de iluminación.

Objetos de devoción

Las iglesias bizantinas encerraban gran cantidad de iconos. Sólo se colgaban algunos de ellos en el templón o iconostasio de la iglesia, que separaba la nave del santuario. Los iconos de las grandes festividades solían colocarse sobre el entablamento, mientras que el del santo titular de la iglesia se colgaba entre las columnas del templón, que también soportaba los iconos de Cristo y de la Virgen. Los días festivos, los iconos del santo cuya fiesta se celebraba (o del acontecimiento festivo según el calendario litúrgico) podían colocarse sobre un atril o proskynetarion dentro de la iglesia. Algunos iconos estaban decorados por ambos lados y poseían una pértiga para trasladarlos durante las procesiones. Se conservan iconos pintados a la encáustica sobre tablas de madera, algunos de ellos revestidos de plata, e iconos confeccionados en otros materiales como mosaicos, metal, marfil o esteatita. El culto de las imágenes, sumado al de las reliquias, que se acentuó considerablemente durante el período mediobizantino, favoreció la producción de relicarios de orfebrería ricamente decorados con representaciones de Cristo, de la Virgen y de los santos.[2] Los relicarios más lujosos, como la estauroteca de Limburgo que data del siglo x, son cofres de orfebre cuyo interior posee una cavidad cruciforme destinada a alojar una cruz de madera con incrustaciones de fragmentos de la verdadera cruz de Cristo. La reliquia principal suele ir rodeada de distintos compartimentos que también hacen las veces de relicarios y que van cubiertos por tapaderas decoradas con representaciones figuradas e inscripciones asociadas a las reliquias conservadas en su interior. Los días festivos, como el de la Exaltación de la Cruz, celebrado el 14 de septiembre, las reliquias se exponían para veneración de los fieles. Iconos y relicarios se veneraban además en el ámbito privado, sobre todo aquellos de pequeño tamaño que se llevaban colgados sobre el pecho. Cabe decir lo mismo de las distintas clases de cruces confeccionadas en materiales variados que van de la madera y los metales sencillos o preciosos, al marfil, la esteatita y otras piedras duras como el cristal de roca. Entre los objetos de devoción que son tanto de uso privado como eclesiástico figuran asimismo los incensarios colgados de tres cadenillas y los incensarios con pie diseñados para ser colocados sobre una superficie plana. Los recipientes para el incienso solían tener forma semiesférica o cilíndrica. En los recipientes con tapadera, ésta solía estar perforada para permitir la salida del humo. También se observan incensarios de formas más elaboradas como, por ejemplo, torrecillas con cúpula. El perfume y el humo que exhalaban los incensarios tenían la virtud de ahuyentar a los malos espíritus y de elevar las plegarias de los feligreses hacia Dios.

Objetos litúrgicos

Las grandes cruces procesionales de orfebrería montadas sobre pértigas formaban parte del mobiliario corriente de las iglesias bizantinas. Fuera de las procesiones, la cruz se apoyaba sobre la mesa del altar, junto al artophórion, tabernáculo donde se guardan las sagradas especies eucarísticas que se reservan para las ocasiones especiales, y junto al rhipidion (abanico litúrgico). Durante la celebración de la eucaristía, los diáconos llevan los abanicos litúrgicos en las procesiones solemnes de la Entrada pequeña y la Gran entrada, que determinan las dos fases de la liturgia eucarística. La Entrada pequeña marca el principio de la liturgia de la palabra, que comienza con una procesión donde un clérigo lleva el Evangelio, cuya cubierta solía estar finamente labrada por un orfebre. La Gran entrada es una procesión en la que se llevan el pan y el vino de la sacristía, donde han sido preparados, hacia el altar. Los objetos empleados en la eucaristía son principalmente el cáliz y la patena. El cáliz bizantino se compone en esencia de una copa semiesférica, unida a un pie troncocónico provisto de un nudo abultado y de una base circular. Sin embargo, en el período posterior a la iconoclasia, el pronunciado gusto por la Antigüedad incitó a producir cálices con dos asas que los inventarios de bienes suelen designar con el nombre de “cráter”, en referencia a la copa de vino de los banquetes antiguos. Los ejemplares más majestuosos, como algunos de los que se conservan en el tesoro de la basílica de San Marco, en Venecia, están tallados en piedras duras (ágata, sardo, serpentina, jaspe…), ornadas con trabajos de orfebrería. Ocurre lo mismo con las patenas. Estos platillos planos o cóncavos poseen un borde que en la época mediobizantina se ensancha y está ricamente adornado con pedrerías. Sobre la patena se coloca el asterisco, formado por dos laminillas metálicas cruzadas y curvas que sirven para que el velo eucarístico que cubre la patena no toque el pan. Los demás accesorios eucarísticos son la cucharilla que sirve para distribuir la comunión, el colador litúrgico de metal, para colar el vino eucarístico y extraer así todas las impurezas que podrían caer sobre el pan, y la lanceta, pequeño cuchillo litúrgico empleado para cortar del pan de la ofrenda, prosphora, la parte que se debe consagrar. Los inventarios de objetos litúrgicos de metal incluyen asimismo el conjunto formado por la jarra y la jofaina (kherniboxeston), utilizado para las abluciones del sacerdote.

Objetos de iluminación

La luz, símbolo de divinidad, desempeña un papel protagonista en el culto bizantino. Los objetos de iluminación tenían por finalidad realzar el esplendor de los lugares de culto y honrar a los santos. Los polycandelon eran discos perforados, en cuyos huecos se colocaban lámparas de aceite o velas. Suspendidas por medio de cadenas, estas luminarias de techo multiplicaban la luz en las iglesias y hacían brillar los revestimientos de mosaicos e iconos y los utensilios litúrgicos. Las fuentes escritas, sobre todo las cartas de fundación de los monasterios (typika), nos enseñan que las velas o las lámparas de aceite (kandelai) se colocaban delante de los iconos, sobre los relicarios o sobre las sepulturas que albergaban las iglesias. Del mismo modo, se colgaban lámparas de aceite y velas del entablamento del iconostasio delante del cual se erigían además unos candelabros de gran tamaño (manualia), mientras que los candeleros más pequeños se reservaban para las procesiones.

B. P.

 

En Islam

La religión musulmana, desde sus orígenes, presenta la particularidad de utilizar un mobiliario extremadamente reducido en los lugares de oración, así como un número casi inexistente de objetos necesarios para la celebración del culto. La extrema sobriedad de la mayoría de las salas de oración de las mezquitas, llevada hasta el extremo en algunas ramas del Islam como el ibadismo, remonta al modelo de la mezquita primitiva del profeta en Medina. El fiel, para rezar, necesita simplemente una alfombra de oración que delimite un espacio sagrado y puede incluso no utilizarla en condiciones extremas. Estas alfombras constituyen, muy a menudo, el único elemento del mobiliario de los oratorios de barrio o masjid, cubriendo el suelo en vistas de la realización de la postración o sujûd, elemento central de la oración ritual musulmana.

Sin embargo, hay que subrayar que la distinción entre los simples oratorios para las oraciones cotidianas y las mezquitas congregacionales, donde debe efectuarse la oración común del viernes, reposa esencialmente sobre un elemento mobiliario, el minbar, hasta el punto de que la apelación «mezquita con minbar» fue utilizada para designar estas grandes mezquitas. El minbar encuentra su origen en el trono en el que se sentaba el profeta cuando rendía justicia o sermoneaba a la comunidad para hacerles conocer sus decisiones. Este asiento de madera de tamariz, al que se accedía mediante dos escalones, se encontraba en la mezquita de Medina y fue reutilizado como trono por sus primeros sucesores, que hicieron de él un atributo de soberanía. Durante la época omeya (661-750), sin embargo, el minbar se difundió en las grandes mezquitas del imperio musulmán y dejó, poco a poco, de ser un objeto de soberanía para servir simplemente de púlpito para el predicador religioso. Al mismo tiempo, de objeto móvil que podía desplazarse en diferentes sitios de la mezquita, se convirtió en un elemento fijo, adosado al muro de qibla, generalmente a la derecha del mi?r?b. El más antiguo ejemplar conservado remonta a mediados del siglo IX y se encuentra en la gran mezquita de Kairuán. En algunos siglos, se pasa así de un asiento con dos escalones a un púlpito construido generalmente de una escalera con balaustrada que permite acceder a una plataforma muy a menudo terminada con un palio, el acceso a la escalera haciéndose por una puerta con dos batientes. Si los primeros minbar eran de madera, la utilización de nuevos materiales como el ladrillo, la piedra o el mármol, característicos de las mezquitas mamelucas y otomanas, poco a poco hizo que este elemento de la mezquita perdiese su carácter mobiliario para convertirse en una de las piezas arquitectónicas constitutivas del edificio. En el momento de la oración del viernes, el predicador sube los primeros escalones de este púlpito para sermonear a los fieles y pronunciar el sermón o khutba, pero nunca sube hasta la cima de la plataforma, emplazamiento dejado vacío en recuerdo de Muhammad, que lo ocupaba. La imitación del profeta está presente en la posición de pie, que es la del predicador, pero también en el objeto que sujeta entonces en su mano derecha, uno de los raros objetos del culto musulmán, que puede ser un sable o un bastón, según las escuelas jurídicas del Islam, con el que golpea los escalones que ha subido.

Algunos objetos, como los alumbrados, se impusieron rápidamente en las mezquitas, donde se instaló un verdadero recorrido luminoso, que tenía que subrayar la sacralidad del lugar. Parece que el espacio situado delante del mi?r?b, el lugar más sagrado de la mezquita, era también el mejor iluminado, a la vez por la luz natural proporcionada por los vanos de la cúpula que lo cubría, pero sobre todo por las lámparas, candelabros y lámparas de araña que lo iluminaban. Fue sin duda en Egipto y Siria, a finales de la época ayyubí (finales del siglo XII-mediados del siglo XIII), pero sobre todo bajo los sultanes mamelucos (1250-1517), cuando el arte de la iluminación conoció su apogeo. Las lámparas de vidrio esmaltado, los candelabros de bronce y las lámparas de araña monumentales recubiertas de decoraciones epigráficas y, a veces, del blasón de los donadores, contribuyeron a reforzar la atmósfera sagrada del lugar.

Los demás elementos del mobiliario de la mezquita están ampliamente relacionados con las múltiples funciones, especialmente la del lugar del poder, asignadas al edificio desde sus orígenes. Si el minbar se convirtió ampliamente en el atributo de los hombres de religión, los soberanos continuaron a ocupar en la mezquita una posición eminente materializada por la maqsûra, espacio que se les reservaba delante del mi?r?b. Este elemento de mobiliario se presentaba finalmente bajo la forma de un marco de madera calada y decorada. Uno de los más antiguos ejemplares de época zirí (siglo XI) está todavía visible en la gran mezquita de Kairuán.

El mobiliario más abundante está sin embargo relacionado con la función de la mezquita como lugar de recitación y de transmisión del texto sagrado, así como lugar privilegiado para la enseñanza de las ciencias religiosas. La mayoría de los edificios contienen así bibliotecas que albergan libros sagrados, especialmente preciosos ejemplares del Corán, como el monumental Corán de Amajur (876), dado en waqf en la ciudad de Sur (Líbano). Un mobiliario especial relacionado con este uso se encuentra igualmente en la mayoría de las mezquitas, ya sea en forma estática como los dikka o estratos realzados, donde se colocan los recitadores del Corán, o móvil con los atriles de madera y pies rectos o cruzados.

La mayor parte de este mobiliario y de estos objetos eran mantenidos o renovados, ya sea por las donaciones de ricos mecenas que deseaban hacer reconocer su piedad por la comunidad de su ciudad o de su barrio, o bien por fundaciones piadosas o waqf, que se constituían muy a menudo en el momento de la construcción de nuevos edificios, con el fin de asegurar su funcionamiento y mantenimiento. Algunos ingresos se atribuían así a la renovación de las alfombras de oración o incluso al suministro de aceite y mechas para las lámparas.

Objetos más singulares, las reliquias, florecieron a partir del siglo XII en los lugares de culto y estuvieron incluso, a veces, en el origen de la fundación de edificios que debían servirles de verdadero «relicario». Un cierto número de objetos que había pertenecido a los profetas mencionados en el Corán, a Muhammad o a santos musulmanes, se convirtieron así en objetos de veneración fuertemente cargados de baraka. Se puede citar, en Damasco, una sandalia de Muhammad conservada durante mucho tiempo en la madrasa funeraria al-Mujâhidiya, o incluso los múltiples ejemplares del Corán llamado de ‘Uthmân, del que las mezquitas de Córdoba, Damasco y El Cairo pretendían poseer el ejemplar original.

Debe concederse una situación singular a la Ka’ba, polo religioso del Islam, que vio afluir desde sus orígenes las donaciones provenientes de todo el mundo musulmán. Algunas de ellas siendo institucionales y regulares, como el velo de seda o kiswa que cubre el edificio y se sustituye cada año, o también las llaves de bronce elaboradas, regaladas por los soberanos que tenían rango de protectores en los lugares santos. No obstante, la mayoría de las donaciones eran ocasionales y expresaban la piedad del donador. Venían a acumularse en el interior de la Ka’ba, que se vaciaba regularmente para la ocasión de cambios políticos o por una acumulación demasiado grande.

J.-M. M.

Bibliografía

L. Bouras, “Byzantine Lighting Devices”, Jahrbuch des Österreichischen Byzantinistik 32/3, II (1981), p. 479–491.

M. Parani, Reconstructing the Reality of Images: Byzantine Material Culture and Religious Iconography, Leiden 2003.

Le trésor de Saint-Marc de Venise, catálogo de exposición, Galeries Nationales du Grand Palais, Milán, 1984.

Nota


[1] Véase Byzantine Monastic Foundation Documents, 3 vol., ed. J. Thomas y A. Constantinides Hero, Washington, DC, 2000; M. Parani, B. Pitarakis, J.-M. Spieser, “Un exemple d’inventaire d’objets liturgiques. Le testament d’Eustathios Boïlas (Avril 1059)”, Revue des études byzantines 61, 2003, p. 143-165.

[2] Véase Byzance et les reliques du Christ, ed. J. Durand y B. Flusin, Centre de recherche d’histoire et civilisation de Byzance, Monographies 17, París, 2004.



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